El peso de lo que vendrá #2
—Sí. Como quieras.
—Confía en mí —insistió ella, tocando la mano de su padre con la suya, que lucía diminuta a su lado.
El Lord asintió sin mirarla.
—Lyall —dijo Rebecca girándose—, llévame al jardín. Necesito aire.
Sin decir nada, Lyall tomó los agarres de la silla y la empujó hacia el pasillo vacío. Salieron.
El doctor Walter los siguió con los ojos hasta que desaparecieron por el corredor. Luego se giró hacia lord Adriel, que, sentado en su silla, tenía la vista perdida en el escritorio, en ningún punto concreto.
—Su hija no tiene idea de lo que dice ni de lo que hace, milord —sentenció Walter, recuperando la tranquilidad habitual—. Está cegada por el muchacho.
Adriel no respondió.
Walter se acomodó en el sillón frente al escritorio, cruzando una pierna sobre la otra. Su calma llenaba los silencios sin asomo de prisa.
—Escúcheme, milord. Sé que está abrumado. Es muy comprensible dado todo lo que ocurrió en menos de veinticuatro horas. Pero permítame darle mi opinión, que para eso estoy aquí.
Adriel levantó la vista y le prestó toda la atención que el doctor quería.
—Respecto al soldado —continuó Walter—, mi consejo es enviarlo a la cárcel. Así, usted quedará limpio si el conflicto con los Ritwall escala. Nadie podrá señalarlo si el muchacho está encerrado y lejos de su hija.
Hizo una pausa para enfatizar su desprecio:
—Lady Rebecca debe entender que la reputación de los Bethel vale más que su calentura con un exsoldado.
Adriel no dijo nada. Seguía escuchando con la mirada perdida. Walter se inclinó hacia adelante, eliminando cualquier rastro de delicadeza en su voz:
—Sobre el embarazo, ya que ella insiste en dar a luz...
déjeme visitar a un colega. Trabajó en el Proyecto Nimrod y necesito preguntarle algo que nadie se planteó: si el semen de esos sujetos transmite la carga de la bestia.
Quiero saber si el feto, si es que llega a nacer, heredará las espadas, la transformación y el resto de la aberración genética.
Walter carraspeó y se acomodó sus lentes, agregando:
—Nadie pensó que esos especímenes fueran a reproducirse, pero seamos realistas: han pasado cinco años desde la guerra.
Hay cientos de ellos repartidos por el reino y Rebecca no ha sido la única mujer con ganas de acostarse con uno.
Estoy seguro de que ya hay bastardos de soldados Nimrod caminando por ahí.
Mi amigo debe tener datos sobre qué clase de criaturas están engendrando.
Lord Adriel alzó la mirada.
—Doctor —dijo, despacio—. ¿Se acuerda de las historias que decían que el Proyecto Nimrod solo despertaba algo que ya estaba dormido dentro de los habitantes de Sabaoth?
Que en un pasado muy lejano hubo hombres lobo, hombres león, tigres, águilas, pero que eventualmente murieron, aunque ese linaje quedó durmiendo en la sangre de sus descendientes, y fue la flor de Nashar la que lo sacó a relucir otra vez.
Walter se acomodó los lentes por segunda vez.
—Por supuesto que conozco esa historia, milord.
La flor de Nashar solo crece en los campos del norte de Sabaoth.
Se dice que nació en esa tierra porque creció regada por la sangre de las primeras guerras, donde esos hombres bestia cayeron.
Pero son mitos, mi señor. La realidad es que el Proyecto Nimrod era una combinación de muchos componentes, no solo el extracto de la flor.
Hay química, hay modificación de tejidos, hay…
—Sí, sí —lo interrumpió Adriel, con un gesto breve de la mano—. Aun así. Quiero que vaya con su colega. Quiero saber qué tan riesgoso puede ser para Rebecca estar embarazada de alguien así. Pero no diga que es mi hija ni mucho menos.
—Por supuesto que no lo haré milord. El secreto se mantendrá resguardado en mi lengua.
Adriel asintió.
—Antes de partir dejaré todo preparado para los cuidados matutinos de la señorita. No se preocupe por eso.
—Bien.
Walter se levantó del sillón. Se alisó el chaleco con ambas manos, un gesto limpio y metódico que hacía siempre antes de salir de un sitio.
—Lo dejo para que piense con calma, milord. A veces la claridad llega en medio de la soledad cuando uno deja de intentar forzarla.
Y salió.
El pasillo estaba vacío cuando Walter cerró la puerta tras de sí.
Caminó despacio hacia su habitación, con las manos entrelazadas a la espalda y los ojos fijos en el mármol.
Sus pasos sonaban regulares, espaciados; era el ritmo propio de alguien que no tiene prisa porque el tiempo trabaja a su favor.
Las últimas palabras dichas al Lord seguían dándole vueltas en la cabeza mientras avanzaba.
La flor de Nashar. Los linajes dormidos de los hombres bestia. Las leyendas que rodeaban el reino.
Walter no era un hombre dado a otorgar crédito a los mitos.
Su formación resultaba demasiado rigurosa para eso: acumulaba años sobre libros de medicina, anatomía comparada y teoría genética.
Una leyenda campesina sobre flores y guerreros mitológicos no debería afectarle, pero había algo en el relato de Adriel que se negaba a soltar.
Por azar o destino, L-2235 —el hombre que debería reinar en lugar de Caín— se transformaba en lobo.
Y el escudo del reino de Sabaoth era, precisamente, un lobo coronado de pelaje oscuro y ojos azules.
Aquel emblema permanecía allí desde eras que ningún historiador vivo podía datar con precisión.
Figuraba en los muros del palacio, en las monedas, en las banderas de los regimientos y en los sellos de cera de cada carta oficial de la corona.
El lobo coronado; el símbolo del reino desde antes de que este tuviera su nombre actual.
Walter lo había visto mil veces sin dedicarle un pensamiento especial.
Ahora, sin embargo, reflexionaba sobre el Proyecto Nimrod.
Cada niño despertaba un animal distinto sin forma de predecirlo ni controlarlo.
Les inyectaban el extracto de la flor y esperaban.
Muchos morían. Los supervivientes podían manifestar cualquier criatura: un tigre, un águila, un león, un lobo.
Según los doctores del proyecto, era puro azar.
¿O tal vez no lo era?
¿Y si el animal dependía del linaje? ¿De la sangre que corría por las venas del niño antes de que la flor hiciera su trabajo? ¿Y si los niños sobrevivían porque en sus venas latía dormida la herencia antigua de los hombres bestia que solo la flor lograba despertar?
Walter se detuvo en seco.
Si aquello fuera cierto, si la bestia era un reflejo de la sangre antigua del sujeto, entonces que L-2235 fuera un lobo dejaba de ser una casualidad.
Era exactamente lo que debía ser. El hijo del Rey Josías.
El descendiente de la casa real de Sabaoth.
El linaje del lobo coronado, oculto durante generaciones, que la flor de Nashar había devuelto a la superficie.
Walter retomó el paso.
El pensamiento era incómodo. Lo apartó con la eficiencia de quien tiene práctica en no dejarse llevar por líneas de razonamiento que no conducen a ningún lugar útil.
Porque no importaba. En términos prácticos, no importaba en absoluto ese gran detalle.
De todas formas, nadie lo sabría jamás. Él mismo era el único que sabía quién era ese muchacho, y lo había sabido durante diecinueve años, y había decidido hace mucho tiempo lo que significaba esa información y lo que había que hacer con ella.
El príncipe Joel no existía. L-2235 era un soldado sin historia, sin familia, sin nombre propio hasta que Rebecca se lo inventó llamándolo “Lyall”.
Y lo que Walter se había prometido a sí mismo seguía siendo cierto.
Era solo cuestión de tiempo.
Si los Ritwall llevaban el caso ante la corona y el muchacho terminaba en el juzgado real, sería el fin.
En juicios de tal magnitud debía estar presente, al menos, la reina madre; si eso sucedía, la reina Alba no dejaría pasar la oportunidad.
Fuera por el crimen contra el capitán o por cualquier otro motivo que encontrara, lo condenaría.
Y si el asunto no llegaba a oídos de la corona, Walter sabía que encontraría otro camino; siempre existía una alternativa para los que son pacientes y saben esperar.
Respecto al bebé que esperaba la obscena lady…
Walter dobló por el corredor hacia su habitación.
Rebecca pretendía seguir adelante. Era obstinada, siempre lo había sido; no suponía ninguna sorpresa.
Pero su físico no compartía esa terquedad.
Su organismo era frágil de una forma que ni ella misma terminaba de comprender, y un embarazo con tantas incógnitas representaba demasiado peso para un cuerpo que ya cargaba con el Marchitamiento de Huesos.
El bebé no nacería. Lo más probable era que muriera antes del parto, y Rebecca se iría con el no nacido.
Walter lo sabía con la misma certeza con que sabía que el sol salía por el este. No era un deseo. Era simplemente la lógica de los hechos alineándose en el único orden que tenían sentido.
Rebecca no lo lograría.
«Por supuesto que no lo logrará… solo está acelerando su muerte», pensó el doctor con una sonrisa en sus labios.
Se detuvo frente a su puerta.
Qué final tan trágico para el príncipe de Sabaoth.
El heredero legítimo del trono, criado como un arma salvaje y viviendo como sirviente, enamorado de una muchacha con una enfermedad degenerativa destinada a morir joven.
Para colmo, esperaba un hijo condenado antes de nacer.
La madre moriría con él o poco después. Y el príncipe terminaría pudriéndose en una celda o ejecutado por orden de la reina que orquestó su desaparición diecinueve años atrás.
Era casi literario, pensó Walter mientras abría la puerta de su habitación.
Pero aquellos detalles carecían de importancia; con él en el anonimato, el reino se mantendría a salvo. La corona de Caín I seguiría intacta. El fantasma del príncipe Joel, superviviente contra toda lógica durante dos décadas, terminaría exactamente donde siempre debió terminar.
En la nada.