El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El peso de lo que vendrá
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El peso de lo que vendrá

Lord Adriel permaneció mirando la puerta por donde los Ritwall habían desaparecido. Luego se giró hacia Walter.

—Cierre la puerta.

El doctor obedeció sin decir nada. El clic del pestillo al cerrarse sonó más definitivo de lo necesario.

Adriel se pasó una mano por el cabello por segunda vez; regresó a su silla tras el escritorio, pero no se sentó de inmediato.

Se quedó de pie junto a ella, como si sentarse fuera una forma de rendición para la que aún no estaba listo. Luego suspiró.

—Tú… —dijo, mirando de reojo al lobo—. Siéntate.

El joven observó alrededor, tomó la silla más cercana y se sentó con la espalda recta y las manos sobre los muslos.

Era su postura habitual: no era rigidez, sino la única forma que su cuerpo conocía para estar quieto.

Sus ojos se movían entre el Lord, la puerta y Rebecca, regresando siempre a ella mientras movía su silla para estar a su lado.

Cuando su hija y el sirviente estuvieron frente a él en el escritorio, Adriel tomó asiento por fin. Apoyó los codos en el escritorio y entrelazó las manos.

—Como pueden ver —comenzó, con una frialdad mecánica, priorizando los hechos sobre cualquier sentimiento—, esto no terminó bien.

Tal como advirtió el doctor Walter, nos hemos ganado dos enemigos innecesarios.

Tienen lazos fuertes con la corona, con la guardia real y con media nobleza del reino.

No sé hasta dónde querrán llegar por la ofensa que les hiciste, Rebecca.

Comprendo que ese hombre te humilló, pero haberle lanzado a tu pe…

—No es un perro, padre. —La voz de Rebecca fue tranquila pero directa al interrumpir lo que sabía que él iba a decir—. Es Lyall y es una persona.

Lord Adriel frunció el ceño, mirándola un segundo.

—Sabes a lo que me refiero, hija —replicó, y continuó sin darle espacio—.

Haberle permitido golpear a Dante tiene consecuencias que no se resuelven con el argumento de que se lo merecía.

En estas situaciones, a veces es mejor lucir como un cobarde que reaccionar.

Un escándalo controlado es siempre preferible a uno que se escapa de las manos.

Con un suspiro cansado, se recostó en la silla.

—Si los Ritwall deciden llevar el caso ante el rey y la reina madre, no voy a interponerme.

Entregaremos a tu sirviente —dijo, mirando con desdén a L-2235—.

Corren rumores de que la reina busca soldados del Proyecto Nimrod últimamente; no sé con qué propósito, pero si el asunto llega al juzgado real, se lo entregaremos a la corona y punto.

Solo dirás que el exsoldado perdió la cordura y asunto arreglado.

Mientras Adriel exponía su plan, Lyall miró a Rebecca. Tenía la frente tensa, los labios apretados y el brillo en los ojos que aparecía cuando la preocupación la superaba, aunque tratara de controlarlo.

Entonces, Lyall miró al doctor Walter. El hombre seguía junto al estante con las manos tras la espalda y su expresión hermética de siempre.

Excepto que, esta vez, algo se filtraba.

Era apenas una leve curvatura en la comisura de los labios.

Un gesto casi imperceptible, invisible para quien no supiera buscarlo, pero claro como el agua para alguien que había pasado años leyendo rostros enemigos en la guerra y descifrando los ojos del sargento Wallace antes de que le diera un castigo.

Al doctor le gustaba la idea. Disfrutaba imaginándolo en manos de la justicia real.

Lyall no entendía qué significaba el juzgado de la corona, pero la sonrisa del doctor fue suficiente: no era nada bueno. Y si el doctor lo deseaba, era doblemente malo. Se quedó inmóvil.

—¡Padre, no es justo! —Rebecca lo sacó de sus pensamientos.

Estaba inclinada hacia adelante, con las manos aferradas a los apoyabrazos—.

¡Lyall no pagará por la bajeza de ese hombre!

Cada golpe fue merecido. Dante no me quería a mí; me quería como un adorno, como la prueba de su supuesta generosidad por cargar con una enferma lisiada.

¡Pensaba tenerme a su lado hasta que muriera para luego ir contando la trágica historia de su primera esposa!

Me di cuenta, padre. Le herí el orgullo al rechazarlo y eso fue todo.

Mi vida a su lado habría sido una miseria.

Adriel la observó. Algo cruzó su expresión, algo viejo y cansado que no era del todo enojo.

—Pero, aparte de todo eso… he de asumir la verdadera razón por la cual lo rechazaste —dijo, despacio—. ¿No?

Rebecca no respondió de inmediato, solo entrecerró sus ojos mirando a su padre.

—Porque durante todo ese tiempo... —El lord desvió los ojos hacia Lyall, y en esa mirada había un desprecio que no necesitaba palabras para comunicarse con claridad— te estuviste acostando con tu sirviente… como una cualquiera.

Rebecca bajó la cabeza hacia sus manos.

—Padre, no es lo que crees…

—¿Qué no es lo que creo? —La voz de Adriel subió apenas, lo justo para que el peso de la pregunta se sintiera en toda la habitación—. ¿Entonces qué es, Rebecca? Tienes síntomas de embarazo. Puede que estés esperando un hijo de un ser que no fue creado para reproducirse.

Adriel se acomodó en su silla.

—Buscaremos la forma de interrumpir el embarazo mientras haya tiempo.

Sobre los Ritwall, el rumor correrá entre la nobleza, es inevitable; pero puedo concertar citas con pretendientes de reinos aliados que ignoren lo sucedido con el capitán.

Inventaremos una coartada médica para explicar que ya no eres casta.

Todo se puede contener —hizo una pausa breve—.

Pero debe ser secreto. Anna ya sabe demasiado y eso es un problema.

No permitiré que circule la historia de que mi hija se revolcó con su sirviente...

y menos con un exsoldado que dista mucho de ser un humano común.

El silencio posterior pesó en el aire, volviéndose asfixiante. Rebecca levantó la vista despacio, con los labios apretados. Su voz salió con un temblor gélido, previo al llanto.

—Padre. Básicamente, me culpas por lo que hizo Dante.

Adriel no respondió.

—Dices que debí mantenerme callada —prosiguió ella—.

Que Lyall no debió reaccionar mientras aquel hombre me llamaba lastre y aseguraba que me hacía un favor al aguantarme porque mi enfermedad lo hacía lucir mejor.

—Su voz se quebró un instante y se recompuso—.

Papá, no me importa si lo pregona en todo el reino.

No me arrepiento de nada. Es una lástima que Lyall no lo matara.

Lo dijo con una calma exaltada, la versión más cruda de la rabia.

Lyall, que escuchaba inmóvil, se desplazó hacia ella.

Se inclinó hasta rozar su frente con la de Rebecca en un gesto instintivo y sin explicaciones que siempre usaba para intentar calmarla.

Ella cerró los ojos un segundo antes de abrirlos.

—No te preocupes. Estoy bien.

Él permaneció cerca mientras Walter observaba la escena horrorizado y Adriel apretaba los labios. Finalmente, el lobo se alejó para darle espacio a la rubia.

—Respecto al bebé —continuó Rebecca mirando a su padre—, no interrumpiré nada. Puede que sea el único hijo que tenga. No tomaré nada para impedir que nazca.

Tanto Adriel como el doctor Walter abrieron los ojos de par en par.

—Hija… —comenzó Adriel, con un tono peligrosamente cercano al miedo—, no digas tonterías. Ese bebé podría matarte. No sabemos qué surgirá de algo así, ni qué complicaciones vendrán. Tu cuerpo carga con demasiado.

Rebecca sonrió con la extraña paz de quien acepta un destino inevitable.

—¿Qué importa? De todas formas, moriré joven. Solo estaré adelantando el final. Todos saben que mi vida será corta.

El silencio fue absoluto. Entonces, Lyall habló.

—No…

Fue una sola sílaba, corta y directa, con una voz ronca y áspera por la falta de uso. La miró a los ojos y repitió, empujando cada palabra:

—No... no morirás.

Le sostuvo la mirada, ignorando al resto de los presentes. Alzó la mano y le acarició la cara; fue un gesto espontáneo, con la palma callosa sobre la mejilla pálida, midiendo su fuerza con una delicadeza extrema.

—¡Ya quítale las manos de encima a mi hija!

La voz de Adriel llenó el despacho. Se había levantado de golpe, con los puños apretados y la furia acumulada estallando al fin. No podía creer el descaro de ambos.

—¡Todo es tu culpa! ¡Maldigo el día que acepté comprarte! —exclamó señalándolo, con la mano temblorosa y una vena marcándose en su cuello—. ¡Maldito sargento que te trajo a mi puerta! Ahora mi hija está embarazada de ti, somos enemigos de la milicia real y ni siquiera sé qué pasará con mi hija.

Se llevó las manos a la cabeza. Le temblaba la voz, algo inaudito en un hombre acostumbrado a dar órdenes y verlas cumplidas.

Estaba perdido. No quería expulsar a Lyall porque destrozaría a Rebecca, repitiendo la tragedia de su difunta esposa, pero tampoco soportaba verlo. En resumen, se sentía atado de manos.

Rebecca, al ver a su padre tan fuera de sí, extendió la mano y buscó la de él.

—Papá… —dijo, con una voz que distaba mucho de la frialdad de hace un momento—. Estaremos bien. No te preocupes por mí.

Adriel la miró con una expresión agotada. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir. Necesitaba silencio, tiempo y quizás dormir, algo que no había hecho bien desde la noche anterior. Su cerebro era incapaz de procesar simultáneamente el escándalo, el incendio, los Ritwall y el embarazo.

—Tú —le dijo a Lyall, sin suavizar el tono—, llévala a dar una vuelta. Al jardín o donde quiera.

Hizo una pausa y añadió:

—De momento, seguiremos como si nada hubiera cambiado. Pero que quede claro algo irrevocable, Rebecca: él no volverá a dormir dentro de esta casa. Estaría loco si permitiera que volviera a quedarse bajo este techo después de todo esto. Ya descubrí que eres bastante atrevida…

Rebecca apretó los labios y prefirió no pelear. Se tragó las palabras y asintió.

—No haremos nada indebido, te lo prometo. Pero te pido que Anna no me persiga cada momento. Déjame pasar el resto del día con Lyall. A solas.

Adriel soltó el aire despacio.