El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El peso de lo que no se dice #3
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El peso de lo que no se dice #3

—Capitán Ritwall, en las historias de guerra que tanto le gusta contar, usted sabe muy bien que los soldados del Proyecto Nimrod no actúan sin instrucciones.

Para Lyall, yo soy su sargento; mis órdenes son ley.

La responsable de lo ocurrido no es él, soy yo.

—Se detuvo por un momento—. Y no me arrepiento, porque él defendió mi honor después de que usted lo pisoteara como si no valiera nada.

El silencio que siguió fue tan denso que el crepitar de la leña en la chimenea pareció un estruendo en la habitación. Lord Uriel se giró despacio hacia su hijo.

—¿Humillaste a la señorita de Bethel?

Dante no respondió.

—¿Sí o no? —La voz subió apenas, lo suficiente para hacer todo el ambiente más incómodo de lo que ya era.

Dante cerró los ojos. Al abrirlos, sostenía una sonrisa de terquedad absoluta; admitir un error no figuraba en su vocabulario.

—Nadie en su sano juicio terminaría con una mujercita tan… problemática —declaró, con la voz pastosa por la mandíbula herida—. Una mujer lisiada y que habla demasiado. Es una mala combinación.

Intentó reír, pero el dolor transformó el gesto en un quejido lamentable, similar al de un animal apaleado.

Ante el insulto, Lord Adriel se levantó del escritorio.

No fue un movimiento pausado, sino el estallido que se estaba aguantando durante toda la mañana; en el momento preciso, la furia simplemente se desbordó.

—¿Cómo se atreve —comenzó, con una voz peligrosa precisamente por no ser un grito— a seguir humillando a mi hija delante de mí? No hay nada más que decir. ¡Lárguense de mi propiedad, no quiero volver a verlos!

El doctor Walter, que aguardaba junto al estante con su habitual y tensa neutralidad, se acercó a Dante.

—Permítame ayudarlo a levantar, capitán —se ofreció.

—No —lo cortó Adriel, sin mirarlo—. Que lo ayude su padre.

Walter se detuvo, asintió y regresó a su sitio. Lord Uriel se puso en pie y ayudó a su hijo Dante a incorporarse y lo sostuvo un instante antes de girarse hacia Adriel con una calma que era, en sí misma, una provocación.

—En el fondo —dijo Uriel—, mi hijo tiene razón.

¿Se molestan porque dijo la verdad? —Miró a Adriel y luego a Rebecca—.

¿Cómo se atrevió su hija a rechazar la mano de mi hijo?

¿Y encima le lanza a su perro para que lo ataque?

¡Los ofendidos somos nosotros! Lo mínimo que podía hacer su desahuciada hija era aceptar la propuesta, pero no…

la rechazó como si realmente tuviera opciones.

Lyall no se movió, pero sus manos, quietas a los costados, se cerraron despacio.

Sus ojos siguieron a Lord Uriel con esa atención fija que anuncia una decisión tomada a la espera del momento exacto.

Era una mirada que no construía; simplemente llegaba cuando algo cruzaba un límite que él no sabía explicar con palabras.

Entonces, un sonido brotó de su garganta, bajo y sostenido.

Un gruñido.

—Esto no se quedará así, Lord Adriel —continuó Uriel—. ¿Cree que me quedaré de brazos cruzados mientras maltratan a mi hijo solo por decir la verdad?

—¡Largo de mi propiedad, he dicho!

Los Ritwall avanzaron hacia la salida. Lord Uriel se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro; su sonrisa gélida advertía que guardaba la última palabra para causar el mayor daño posible.

—Supongo que nos volveremos a ver —comentó—. Vendremos al funeral de su hija. Les traeré flores, las más bonitas de nuestros jardines.

Al oír eso, Lord Adriel alzó las cejas y dio un paso al frente. Fue un movimiento veloz, cargado de algo que Rebecca no le veía hacía años; algo que él guardaba bajo llave porque conocía su propia capacidad destructiva.

—¡Milord! —El doctor Walter se interpuso de inmediato, frenándolo con una mano firme en el pecho—. ¡Cálmese, no caiga en provocaciones!

Los Ritwall salieron mientras lord Uriel se reía de manera burlona. La puerta se abrió con tal fuerza que Anna apenas tuvo tiempo de apartarse para evitar el golpe. Vio pasar a los dos hombres sin que le dedicaran una mirada y, cuando desaparecieron por el pasillo, exhaló.

Dentro del despacho, Lord Adriel se pasó una mano por el cabello y lo acomodó despacio, reconstruyendo su compostura con un gesto metódico.

Miró a Lyall. El muchacho seguía con la vista clavada en el corredor, la mandíbula apretada y los puños cerrados.

El fuego bajo su superficie, normalmente invisible, era imposible de ignorar aquella mañana.

En cuanto los Ritwall desaparecieron, Rebecca comenzó a toser.

Había estado conteniendo el ataque durante toda la reunión y, al ceder la tensión, el cuerpo reclamó la deuda.

El esfuerzo le sacudió el pecho con violencia.

Se llevó el pañuelo a la boca y Lyall se giró hacia ella al instante, con esa velocidad propia de los que siempre regresan al único lugar que les importa de verdad.

Walter miró a Lord Adriel desde su lugar.

—Milord —dijo con voz tranquila—. Tengo el presentimiento de que esta mañana se ha ganado a dos enemigos.

Adriel no respondió. Siguió mirando el corredor vacío con la expresión del hombre que ve la forma del desastre mucho antes de que llegue, y que sabe que ya no tiene forma de evitarlo.