El peso de lo que no se dice #2
Anna observó la nuca de Lyall mientras bajaban. El cabello negro estaba algo revuelto y sus hombros eran amplios, los músculos se le marcaban bajo la camisa sin el menor esfuerzo.
Desde un punto de vista puramente físico, el muchacho era atractivo; negarlo habría sido como decir que el día es noche.
Sin embargo, Anna se reprendió con la eficiencia de sus décadas de servicio y apartó el pensamiento antes de que terminara de formarse.
No importaba el exterior. Ella lo había visto: aquello no era un hombre corriente, era algo fabricado por el Proyecto Nimrod con un propósito específico.
Su señorita había tenido la desgracia de confundirlo con un joven de rostro extrañamente simpático.
Aunque... Rebecca se había enamorado de él mucho antes de saber lo de las espadas y lo del lobo que habitaba en él.
Anna lo sospechó desde el inicio, aunque no quiso afrontarlo.
Recordaba que a la joven le había gustado desde el primer momento, cuando llegó sucio y apestoso; de lo contrario, habría armado una rabieta para que su padre lo echara.
Anna lo ignoró entonces, asumiendo que era simple benevolencia, pero aquello solo fue el principio.
Lo vio ocurrir despacio, en las tardes de lectura en el jardín y en las conversaciones a media voz que fingía no escuchar desde el pasillo.
Rebecca se había enamorado de alguien que la miraba sin lástima, que no calculaba lo que se le debía por cada amabilidad ni comparaba lo que ella podía dar con lo que no.
Alguien que era exactamente lo que era, sin necesidad de fingir, porque nunca había aprendido a disimular.
Anna entendía la teoría. Lo que no asimilaba era cómo habían cruzado la línea, cómo terminaron teniendo sexo sabiendo las consecuencias. Aunque, siendo honesta, el capitán Dante Ritwall era el camino "correcto" y ya habían visto de lo que era capaz.
Con todo eso en mente, llegaron a la planta baja.
Lyall depositó a Rebecca en la silla con una delicadeza que Anna solía pasar por alto, pero que esta mañana, por alguna razón, notó con claridad.
La acomodó y le ajustó el abrigo con sus dedos grandes y cuidadosos, sin fijarse en si alguien lo observaba. Lo hacía y ya.
Rebecca lo miró desde la silla de ruedas con una sonrisa tranquila, llena de una nostalgia que no sabía cómo nombrar.
—Gracias, Lyall —dijo.
Él respondió con una de esas muecas breves que en su cara cumplían la función de sonrisa. Luego tomó los agarradores de la silla y la empujó por el pasillo.
Anna los alcanzó en dos pasos.
—Señorita —dijo, caminando a su lado—, en la oficina está el padre del capitán Ritwall. Quiere saber qué fue lo que de verdad pasó ayer. —suspiró—. Sea lo que sea, diga la verdad. Esos hombres son militares. Saben distinguir cuándo alguien miente. Por favor. Sea honesta.
Rebecca miró el corredor frente a ella. Su expresión se fue cerrando mientras avanzaban, como cuando una persona recoge todo lo que tiene y lo ordena antes de entrar a un sitio donde no puede permitirse estar desarmada.
—Seré honesta —dijo—. No te preocupes, Anna.
Anna asintió. No agregó nada más.
La puerta de la oficina la abrió Anna.
—Milord —anunció, con la voz lo más neutra que pudo—. Aquí está lady Rebecca.
Se hizo a un lado. Lyall empujó la silla hacia el interior mientras Anna cerraba la puerta. Sin embargo, ella no se marchó; se quedó allí, con la espalda pegada a la madera y el oído a un centímetro de la junta, conteniendo el aliento. Necesitaba saber qué iban a decir.
Dentro del despacho, Rebecca tardó un segundo exacto en encontrar a Dante.
El capitán ocupaba uno de los sillones con la rigidez propia de un cuerpo golpeado, o mejor dicho, apaleado.
Era difícil reconocer al noble que, días atrás, llegaba a la mansión con el uniforme impecable, el bigote encerado y la seguridad habitual de los hombres acostumbrados a que el mundo se reorganice a su alrededor.
Pero ahora lucía espantoso.
Rebecca lo observó sin el menor ápice de culpa. Sintió un placer que otros habrían juzgado inapropiado, pero ella no se molestó en ocultarlo. Una sonrisa breve e involuntaria asomó a sus labios antes de que pudiera contenerla. El hombre sentado junto a Dante captó el gesto.
Lord Uriel Ritwall tenía los mismos ojos café de su hijo, pero con el peso de los años encima; en ese momento, mantenía la vista fija en ella con una atención nada amistosa.
Lyall, imperturbable, empujó la silla hasta el centro del despacho y luego buscó un rincón donde pudiera pasar desapercibido, como un mueble más.
Sin embargo, Lord Adriel lo señaló con un gesto breve desde detrás de su escritorio.
—Tú. Permanece cerca. No te quedes en el extremo.
Lyall miró alrededor. Procesó las opciones en silencio con la lentitud metódica propia de sus evaluaciones tácticas, y se movió al lugar más lógico: al lado de Rebecca. Se plantó junto al brazo de la silla de ruedas, con la espalda recta y las manos a los costados.
Rebecca respiró hondo. Miró a su padre, luego a Lord Uriel y por último a Dante. Él la observaba con una expresión que mezclaba el dolor físico con una intención deliberada; era la mirada de los que buscan dejar claro que la conclusión ya está escrita, sin importar lo que se diga.
—Fui yo quien ordenó a mi sirviente golpear al capitán Ritwall.
Rebecca soltó la declaración sin preámbulos ni dudas. Lord Uriel abrió la boca para protestar, pero Lord Adriel levantó una mano, apenas un centímetro, y fue suficiente para que el otro hombre guardara silencio. Su hija iba a hablar y nadie la iba a interrumpir.
—Lo hice porque el capitán Ritwall me humilló al rechazar su propuesta de matrimonio —prosiguió Rebecca—. Me dijo que solo quería casarse conmigo por lástima. Que tener una esposa enferma y lisiada lo haría resaltar más a él. Afirmó que yo no tenía derecho a rechazarlo.
Hizo una pausa. No buscaba un efecto dramático; solo sintió un nudo en la garganta y necesitó un segundo para que cediera.
—Me hizo llorar de pura humillación. Cuando empecé a llorar, Lyall reaccionó y le propinó un golpe.
Eso fue todo al principio. Mi sirviente me cargó para sacarme de allí; íbamos a marcharnos, pero el capitán lo atacó por la espalda, a traición, y lo golpeó durante un buen rato con saña.
Lyall no se defendió hasta que yo se lo ordené.
Cuando lo hice, simplemente se protegió. Eso fue todo.
Carraspeó; tenía la garganta seca.