El peso de lo que no se dice
Lyall subió las escaleras como si el suelo ardiera bajo sus pies.
No estaba corriendo en todo el sentido de la palabra.
Era otra cosa, algo que sus piernas decidieron antes de que su cabeza lo consultara.
Los peldaños de mármol desaparecieron bajo sus pies en una cadencia que habría hecho parpadear a cualquiera que lo viera desde abajo, preguntándose si acababa de ver lo que creyó ver.
El pasillo. La puerta de Rebecca. Todo sucedió en menos de un minuto. Y ahora, frente a la puerta, la abrió.
Ella estaba junto a la ventana en su silla de ruedas, de espaldas a él, con la vista puesta en el jardín donde Berto todavía no había empezado su ronda de la mañana.
La luz entraba de lado y le caía sobre el perfil, sobre el cabello rubio recogido con más cuidado del habitual, sobre el abrigo de lana gris que llevaba encima del vestido lila.
Los zapatos negros lustrosos asomaban bajo la tela.
Se había preparado. Se había vestido como si el mundo siguiera igual, como si la noche anterior no hubiera existido, como si no estuviera allí sentada esperando algo que todavía no sabía cómo nombrar.
Fingía que, hace menos de un día, no le habían dicho que esperaba un hijo de un hombre que se transformaba en lobo y sacaba espadas de sus propios huesos.
Pero en cuanto escuchó el sonido de la puerta, giró la cabeza.
Ni siquiera captó el momento en que sucedió; de pronto, su lobo Lyall ya estaba arrodillado frente a ella.
No hubo una secuencia de pasos en su cabeza.
Simplemente ocurrió. La distancia entre la puerta y la silla de ruedas se esfumó y él se encontró de rodillas antes de que Rebecca terminara de girarse.
Sus brazos la rodearon con esa presión exacta que había ensayado durante semanas, ajustando la fuerza en el último segundo para no lastimarla, para que el abrazo fuera un refugio que ella pudiera recibir sin esfuerzo.
Rebecca hundió la cara en su cuello.
Y algo en ella cedió.
No fue dramático; no hubo un sollozo ni un temblor visible.
Fue ese alivio silencioso que ocurre cuando un cuerpo, tenso por demasiado tiempo, encuentra al fin el único lugar donde puede dejar de estarlo.
La rubia lo rodeó con toda la fuerza que tenía; no era mucha en términos absolutos, pero él la recibía como si fuera el tesoro más pesado del mundo y lo cargara con gusto.
Así como estaban, Rebecca hundió la nariz en la base del cuello de su lobo y respiró.
Olía a humo, a sudor y a queroseno, pero debajo de todo aquello seguía siendo él.
Era ese aroma que, en las últimas semanas, su cuerpo había aprendido a reconocer como sinónimo de paz, de alegría y de todo lo bonito que había experimentado en una vida marcada por el dolor constante.
Él cerró los ojos.
Inhaló. Menta. Lavanda. Ella.
Y al instante, algo que llevaba horas fuera de su sitio volvió a encajar.
Cuando se separaron fue apenas un centímetro, el espacio mínimo para que sus bocas se encontraran, y el beso que ocurrió no fue suave al principio.
Fue la clase de beso que sale cuando dos personas llevan horas separadas que se sintieron como mucho más que horas, cuando el cuerpo ya construyó una costumbre alrededor de otra presencia y la ausencia lo desorganiza de formas que no sabe articular.
Lyall le sostuvo la nuca a Rebecca con una mano, despacio, y ella aferró el frente de su camisa con los dedos cerrados.
L-2235 pensó, en algún punto de ese beso, que la había extrañado.
Que la había extrañado con una intensidad que no tenía nombre porque él nunca había tenido palabras para ponerle nombre a las cosas que sentía, y que tal vez era mejor así, tal vez algunas cosas no necesitaban palabras para ser reales.
Cuando se separaron de verdad, los dos respiraban un poco más rápido de lo que deberían.
Rebecca alzó las manos y las apoyó a ambos lados de la cara de su lobo. Lo estudió con detenimiento. Sus ojos color miel recorrieron cada centímetro de aquel rostro con la urgencia de quien teme encontrar una herida, pero reza por no ver nada. La frente. La mandíbula. Los pómulos. La nariz.
Nada. No había rastro de daño. Su piel estaba intacta.
Esos ojos azules la miraban desde abajo con una calma que a ella todavía le costaba comprender; era esa paz propia de las personas que han aprendido a no esperar que las cosas vayan bien y que, por eso mismo, no celebran la felicidad, sino que solo la reciben.
Los ojos de su lobo no mostraban odio, ni rabia, ni dolor.
Solo estaban allí, fijos en ella, con un amor tan evidente que dolía; un amor que existía solo para ella.
—Lyall —dijo, y su voz tuvo un temblor pequeño que no planeó—. No tienes ni un solo golpe en la cara.
Pasó el pulgar por su mejilla, despacio.
—El capitán te estuvo golpeando durante... —Se detuvo. Tragó saliva—. ¿No te duele nada? ¿Estás bien?
Él asintió con la cabeza.
Pero Rebecca lo seguía mirando y él lo notó, y supo que un simple asentimiento esta mañana no era suficiente. Respiró. Abrió la boca, despacio, como quien empuja algo pesado.
—Lyall... está... bien —dijo, sonriéndole.
La voz le salió ronca y pausada, arrastrando las palabras con esa dificultad que nunca terminaba de desaparecer. Pero salieron. Las dijo mirándola a los ojos.
Rebecca no respondió de inmediato.
Lo miró. Lo miró de verdad, con su manera de observar más que de ver, y algo en su expresión cambió. Los ojos se le aguaron apenas, con un brillo húmedo que aparece justo antes de las lágrimas cuando se recibe algo inesperado. No lloró. Solo parpadeó una vez, despacio.
Cuando volvió a abrir los ojos, Rebecca lo recorrió con una caricia que temblaba, como si sus dedos trataran de memorizar la forma de sus pómulos antes de que se desvanecieran.
Había una urgencia en su tacto, una presión desesperada por retenerlo que chocaba con la suavidad de sus manos.
Lo sostenía como se sostiene algo precioso que ya se ha empezado a perder, con la mirada fija en él, temiendo que, si dejaba de tocarlo un solo segundo, el aire se lo llevaría de vuelta a ese lugar donde antes estuvo, cuando llegó a su mansión todo sucio y estropeado.
Quizás era eso. Quizás Rebecca ya estaba aprendiendo a extrañarlo antes de perderlo. Pero a pesar de todo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, con tristeza pegada a los bordes.
—Me gusta escucharte hablar, mi Lyall —murmuró—. Hazlo más seguido. ¿Sí?
Lyall hizo esa mueca brevísima, casi imperceptible, que en su cara ocupaba el lugar de una sonrisa grande. Asintió con la cabeza.
Él no le mencionó lo del brazo. Lo mantenía oculto bajo la manga, apretado contra la camisa que Anna le había entregado esa mañana.
Cada vez que se movía, la tela rozaba la zona donde la piel nueva intentaba cerrarse; era un fastidio sordo, constante, una sensación que llevaba tanto tiempo ignorando que apenas la registraba.
No llegaba a ser insoportable, solo era molesto.
Él conocía de sobra la frontera entre ambas cosas.
Daba igual; para el mediodía no quedaría rastro de la herida, así que no había necesidad de comentar eso. No valía la pena que su sargento se asustara o se angustiara por algo tan pasajero. Con ese pensamiento, se puso en pie.
La miró. Respiró.
—Tu... padre —dijo él. Hizo una pausa larga, buscando cómo seguir, pero las palabras no aparecieron en el orden que necesitaba. Hablar resultaba más difícil y agotador de lo que imaginaba, así que soltó un suspiro apenas audible—. Vamos.
Rebecca alzó la vista hacia él.
—¿A dónde vamos? —preguntó, dividida entre la curiosidad y la alegría de ver a Lyall tan "parlanchín"—. La verdad es que no tengo hambre. —Guardó silencio un momento—. Y Lyall, me encanta que estés hablando más, aunque... tengo algo muy importante que decirte. Nosotros...
Y justo en ese instante, la puerta se abrió antes de que pudiera terminar. Anna entró con la mirada fija, como si hubiera cronometrado cada segundo que pasaron a solas y no pensara permitirles ni un instante más.
—Ni crean que los dejaré solos —sentenció, sin dar espacio a negociaciones—. Vamos. Lord Adriel la espera en el despacho ahora mismo, señorita.
Bajaron en el orden de siempre. Lyall la cargó por las escaleras con Rebecca apoyada contra su pecho, un brazo bajo sus rodillas y el otro en su espalda.
Ella aprovechó el trayecto para rodearle el cuello con los brazos, igual que cada mañana, aunque esta vez lo hizo con más peso, más intención, como si las horas de separación le hubieran recordado que ese gesto no era infinito y que valía la pena tomarlo en serio mientras estuviera disponible.
Le apoyó la mejilla cerca de su hombro. Cerró los ojos un momento.
Anna iba detrás de ellos.
Los observaba. No era la primera vez, claro que no, pero verlos ahora, sabiendo lo que sabía, era una experiencia muy distinta a todas las anteriores.
La forma en que Rebecca se cerraba sobre él como si el mundo se encogiera hasta ese espacio entre los dos brazos.
La forma en que Lyall ajustaba el paso sin que nadie se lo pidiera, amortiguando cada peldaño para que ella no sintiera ningún traqueteo.
Esa coordinación que no venía de una instrucción sino de semanas de repetición hasta que el cuerpo de uno aprendió los bordes del cuerpo del otro.
Anna apretó los labios.
Seguía sin poder creerlo. El asombro no terminaba de desgastarse a pesar de que llevaba repitiéndoselo desde anoche.
Su señorita, tan aristocrática, la niña que ella vio crecer y cuidó en los episodios más duros de la enfermedad; la misma a la que consoló cuando murió su madre con palabras torpes, había terminado así.
Se había enredado con un muchacho que apenas hablaba, un peligro andante que no tenía apellido ni historia que ofrecer.
No era más que un exsoldado; quizá, hasta el esclavo de un sargento retirado y trastornado.