El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La Mañana Después #3
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La Mañana Después #3

Poco después, Lyall llegó a la sala principal y se detuvo frente a las escaleras.

Olfateó.

El olor de Rebecca llegó desde arriba con esa claridad que siempre tenía, esa mezcla de menta y lavanda y algo que era solo ella y que su nariz identificaba antes que cualquier otra cosa. Estaba arriba. Despierta o casi, era difícil determinarlo desde esta distancia.

Quería subir.

Apretó los puños a los costados. Cerró los ojos un segundo. Los abrió.

Fue hacia la oficina del comandante. Debía seguir las órdenes…

Tocó dos veces. Él olfateó un nuevo aroma ahí adentro y otros conocidos.

—Pasa.

Lyall empujó la puerta.

Lo primero que vio fue al Doctor Walter, de pie junto al estante de libros con las manos entrelazadas detrás de la espalda, con esa expresión suya que no daba nada y lo evaluaba todo.

Lo segundo fue al comandante Adriel sentado detrás del escritorio, con los codos apoyados en la madera y una fatiga encima que no era de una sola noche.

Lo tercero fue al Capitán Dante Ritwall.

Estaba sentado en uno de los sillones, con la postura rígida del que siente cómo los golpes se han enfriado durante la noche.

El vendaje en su cabeza era limpio pero muy llamativo, y la mandíbula hinchada le deformaba un poquito el perfil.

La boca, que la noche anterior era un desastre de sangre, seguía tan inflamada que le cambiaba la expresión de la cara.

Mantenía el brazo derecho doblado contra el pecho, protegido por un cabestrillo de tela blanca.

Desde el punto de vista del exsoldado, el capitán parecía recién llegado de una misión que por poco le cuesta la vida.

Y, de cierta forma, así era; si no hubiera sido por Rebecca, Lyall lo habría matado a golpes.

Lo habría hecho con todo el gusto del mundo, sintiéndose, por primera vez en su vida, feliz de cumplir con una misión de aniquilación.

Y junto a Dante, en el sillón contiguo, había un hombre al que Lyall no conocía.

Tenía el porte de alguien acostumbrado a que las habitaciones lo reconocieran cuando entraba.

La misma complexión de Dante, pero con veinte años más encima.

El cabello castaño ya entrecano, peinado con esa pulcritud de los hombres que consideran su apariencia una extensión de su posición.

Los ojos cafés eran idénticos a los del capitán.

Se trataba de Lord Uriel Ritwall, el padre de Dante.

—Ese es el sirviente —dijo Adriel, con voz plana.

Lord Uriel se levantó del sillón.

Lyall lo observó acercarse sin hacer un solo movimiento. Le sostuvo la mirada cuando el hombre se plantó frente a él; esos ojos cafés no ocultaban nada de lo que sentían en ese momento. Había visto esa expresión antes, muchas veces, en oficiales que necesitaban demostrar su poder.

Por eso, no le sorprendió en absoluto la bofetada. El golpe llegó con toda la fuerza de un brazo que había tenido suficientes años para cultivarse. El impacto le volteó la cara.

Lyall dejó que la cabeza girara con el golpe en lugar de oponer resistencia; sabía que resistirse solo habría sido peor para el hueso.

El cabello, que llevaba suelto, le cubrió la visión por un momento.

Se lo quitó de la cara con un gesto rápido; por lo general, era Rebecca quien siempre se encargaba de recogérselo.

Cuando volvió a mirar al frente, Lord Uriel ya estaba retrocediendo con la satisfacción de haber hecho lo que quería.

—Este es el hijo de puta que casi mata a mi hijo —dijo. Su voz tenía esa densidad de las personas que han pasado horas dejando que la rabia se endurezca, hasta convertirla en algo más sólido que el simple enojo—. Nadie le hace eso a mi familia y sigue en pie.

Se giró hacia Adriel.

—Quiero que lo ejecuten lo más pronto posible, lord Adriel. La prisión es lo que menos se merece. Solicitaré a la corona el permiso para ejecutar a su sirviente. Espero que lo entienda.

Desde el estante, Walter no dijo nada. Pero Lyall, que tenía su visión periférica entrenada para registrar movimiento en cualquier rincón de un espacio, captó el gesto casi imperceptible en el rostro del doctor.

Una contracción leve en los labios. Media sonrisa que se formó y se borró en menos de un segundo.

Lord Adriel exhaló despacio.

—L-2235.

Lyall lo miró.

—Ve a buscar a mi hija. —La voz del comandante no tenía la temperatura de antes, tenía algo más controlado, más deliberado—. Ella amaneció mejor. Es la testigo de lo que ocurrió ayer y la razón por la que actuaste como actuaste. Tráela aquí. No te tardes.

Lyall asintió con la cabeza.

Y se fue. Rápido.

Detrás de él, escuchó la voz de Adriel antes de que la puerta se cerrara:

—Si, es cierto. Mi sirviente actuó con salvajismo.

Pero usted sabe, capitán, mejor que nadie, que los soldados del Proyecto Nimrod no desatan esa violencia sin una razón muy fuerte que la justifique.

Mi hija dirá lo que ocurrió. Y puedo asegurarle que ella puede ser muchas cosas, pero mentirosa no es una de ellas. La crie bien.

La puerta se cerró.

Lyall ya estaba en las escaleras.