La Mañana Después #2
Aquella pregunta carecía de lógica para él porque no tenía pensado morderla, ni siquiera se le cruzó por la mente.
¿Por qué razón lo haría? Ella no era una presa, ni un enemigo; no había cometido falta alguna que justificara un ataque.
Lyall jamás había hincado los dientes en nadie que no perteneciera al "bando de los malos", por llamarlo de algún modo.
La observó con una confusión absoluta, tratando de entender el origen de aquel miedo, antes de decidir que la forma más rápida de zanjar la situación era completar la transformación y regresar a su forma humana.
Así que comenzó a cambiar.
Los huesos crujieron con ese sonido que no era agradable de escuchar desde afuera, eso lo sabía.
El pelaje retrocedió. El cuerpo se contrajo y reajustó.
La perspectiva subió. En cosa de segundos, Lyall estaba de rodillas en el suelo del almacén, humano, con las cobijas de Berto arrugadas a sus pies.
Y sin ropa.
Anna lo vio «todo».
Al instante, soltó un grito tan desgarrador que los pájaros que andaban por el jardín salieron volando, espantados por el estruendo.
Y es que, cuando L-2235 se puso en pie, Anna se topó de frente con su pene; aquello era...
enorme. La mujer se quedó sin habla, con los ojos fijos en lo que no debía ver, y sin poder evitarlo, el primer pensamiento que le cruzó la cabeza fue que «eso» era lo que había estado dentro de su señorita y lo que la había embarazado.
Al caer en la cuenta de lo que eso implicaba para la frágil Rebecca, el horror la golpeó de nuevo y volvió a gritar con todas sus fuerzas.
—¡Vístete! ¡Vístete ahora mismo! —Le lanzó la ropa con fuerza en un proyectil de tela que él atrapó con una sola mano sin pensar—. ¡Cuando termines, sal aquí de inmediato! ¡Fuera de mi vista hasta que estés presentable… y con ropa!
Luego cerró la puerta de golpe.
Lyall observó la ropa que Anna le había entregado.
Había una camisa limpia, los pantalones y la ropa interior.
Debajo de todo, encontró un par de zapatos.
Se llevó las prendas al rostro y aspiró: era su ropa de siempre, seguramente rescatada por Anna de su antigua habitación de servicio.
Sin embargo, al llegar a las botas, notó que el rastro era distinto; aunque no eran nuevas, el aroma le pertenecía a otro.
Entonces, sin darle más vueltas, dejó el montón en el suelo y comenzó a vestirse con movimientos metódicos, empezando por las prendas de abajo, como lo había hecho cada mañana desde que estaba en la mansión.
El brazo derecho quemado protestó cuando pasó la camisa por encima. La zona herida, todavía en ese estado intermedio entre la piel vieja y la nueva, se tensó al estirarse. Apretó los dientes un segundo. Luego terminó de abotonar.
Agarró los zapatos. Se los puso.
Se limpió la cara con una de las cobijas de Berto, frotando con suficiente fuerza para sacar lo que pudiera sacarse sin agua. No quedó perfecto, pero estaba mejor que ayer. Las manos también, aunque esas tardaron más. Cuando consideró que era suficiente, se puso de pie y salió.
Anna lo esperaba afuera con los brazos cruzados y esa expresión que usaba cuando estaba furiosa, pero también buscaba mantener el control de la situación.
Lo miró de pies a cabeza.
Los moretones que ayer le cubrían la piel habían desaparecido.
No quedaba rastro de la sangre seca que le manchaba la cara.
Si Anna no lo hubiera visto con sus propios ojos saliendo de ese almacén, tras pasar la noche extinguiendo el fuego del establo con los demás, habría jurado que aquel muchacho estaba como cualquier otra mañana.
Se veía intacto, como si la paliza de Dante, los golpes del comandante y el incendio fueran sucesos de hace meses y no de hacía apenas unas doce horas.
Anna apretó los labios al comprender que él, en definitiva, no era humano.
—Lord Adriel ordenó que sigas atendiendo a la señorita Rebecca —declaró ella, con un tono más acusatorio que informativo—. Pero lo que hacías de noche...
Anna dio un paso al frente y lo aferró por la pechera del chaleco gris, sacudiéndolo con rabia sin importarle que él era más alto y fuerte que ella.
—¡Sabía que algo ibas a hacerle, lo sabía desde el primer día! ¡Yo lo advertí! Dije que era una locura dejarte en esa habitación, pero nadie me hizo caso, claro, ¡a Anna nunca la escuchan! ¡Eres un pervertido, un animal! ¿Cómo pudiste aprovecharte de la señorita? ¡Malnacido! ¡Bestia!
Lyall no se movió. La dejó sacudirlo porque la alternativa era apartarla y eso era peor. Anna lo soltó después de un momento. Se alisó el delantal con ambas manos, recuperando la compostura con un esfuerzo visible.
—Ya no comerás con nosotros en la cocina —continuó ella, más calmada, aunque sus palabras sonaban a sentencia—.
De hecho, lo único que tienes que hacer en esta mansión es atender a la señorita.
Cuando no estés con ella, estarás fuera, como el animal terrorífico que eres —dijo, recorriéndolo con la mirada y reviviendo el pavor de haber visto al lobo gigante hace poco—.
Berto ya está al tanto de todo. No de que seas una bestia, pero sí de que no volverás a la cocina… Comerás allá con él.
Señaló hacia el fondo del jardín con un gesto brusco.
—Todos hemos desayunado ya, así que vete a la casa del jardinero ahora mismo. Él tiene tu comida. Cuando termines, preséntate en el despacho de Lord Adriel. Quiere hablar contigo.
Lyall asintió con la cabeza.
Anna lo miró un segundo más, como si quisiera agregar algo y decidiera en el último momento que no valía la pena. Luego se giró y se fue hacia la mansión con unos pasos rápidos que hacían sonar sus faldas.
Lyall la observó alejarse. Luego miró en dirección al jardín a donde el señor Berto y mientras veía hacia esa dirección, su mente regresó a Rebecca otra vez.
Tocó la puerta de la casita del jardinero dos veces. Berto abrió casi de inmediato, como si ya lo esperara, y lo más probable era que así fuera.
—¡Ah, muchacho! Pasa. —Se hizo a un lado—. ¿Cómo sigue ese brazo?
Lyall entró. Se miró el brazo derecho, o al menos la parte que se asomaba bajo la manga. Se encogió de hombros, como diciendo: “ahí está”.
Berto lo estudió un momento con esa mirada de anciano que no se apresura a sacar conclusiones. Luego asintió, aceptando la respuesta no verbal como suficiente, y señaló la mesa.
—Siéntate. Ahí está tu comida.
El plato era generoso; contenía más de lo habitual en su ración matutina.
Resultaba evidente que Anna había intentado compensar la cena que él se saltó la noche anterior.
No lo hacía por afecto, sino por esa disciplina de mantener a la servidumbre en condiciones de trabajar; asumía que, sin alimento, el muchacho terminaría desmayándose.
Ella no podía saber que el lobo era capaz de resistir hasta dos semanas sin probar bocado, pero fuera cual fuese el motivo de Anna, el resultado era el mismo: un banquete para él.
Lyall se sentó y permitió que una pequeña sonrisa asomara en su rostro. Tomó el pan primero, por ser lo más sencillo, y luego atacó el estofado ignorando los cubiertos, como hacía siempre.
Berto se sentó al otro lado de la mesa. Lyall lo notó de reojo; el jardinero permanecía en silencio, con las manos apoyadas sobre la madera y la vista puesta en él, con esa paciencia tranquila de quien no tiene prisa ni necesita fingirla.
No era hostilidad, sino una observación pura.
Sin embargo, a Lyall le incomodaba. No era el escrutinio gélido y peligroso de Walter, sino algo diferente: neutro, casi curioso.
Lyall interpretó que el anciano esperaba que se diera prisa para él poder empezar sus tareas, así que aceleró el ritmo. Pero, al comer con tal ansiedad, se atragantó. Tosió un par de veces con el puño en la boca y Berto se inclinó hacia adelante.
—¡Oye! No comas tan rápido, nadie te está apurando —hizo una pausa breve—. ¿Puedo preguntarte algo?
Lyall lo miró con desconfianza, asintiendo con la cabeza mientras mantenía la boca llena.
—No es tan difícil usar los cubiertos —el anciano señaló el tenedor intacto—.
¿Por qué todo el tiempo comes así? Anna siempre se queja de lo mismo.
Yo suelo comer con el resto en la cocina y siempre quise preguntártelo.
Ahora que sé que hablas... ¿es que en el ejército no te enseñaron modales?
Eras militar, supongo que te enseñaron eso, ¿o no?
Eran preguntas directas, sin rastro de malicia.
Pura curiosidad. Pero Lyall no respondió.
Miró el tenedor, luego el plato, y solo siguió comiendo a un ritmo más lento.
No tenía la capacidad de explicar que, para él, los cubiertos eran una complicación innecesaria, así que se refugió en el silencio como siempre había sido.
Berto resopló un sonido que no llegó a ser risa, y al ver que el muchacho lo ignoraba, no insistió.
Cuando terminó, Lyall recogió el plato con ambas manos.
—Tranquilo —dijo Berto, deteniéndolo con un gesto—. Déjalo ahí, yo me encargo. Tú vete con el Lord. Anda.
Lyall soltó el plato y se puso en pie. Observó al anciano un segundo; un instante breve que esa mañana se sentía más pesado de lo normal. Luego salió sin decir nada. Aquel hombre era extraño, pero no le desagradaba.
Afuera, el sol ya calentaba el jardín, que olía a hierba recién cortada y tierra húmeda.
Lyall rodeó la propiedad hacia la entrada de servicio.
Al cruzar la cocina, las dos cocineras y el muchacho que lavaba los platos se quedaron paralizados.
Nadie habló, pero las miradas lo persiguieron hasta que desapareció por el pasillo.
Sabían lo del capitán; se leía en esa mezcla de miedo y morbo en sus ojos. Lo que aún no sabían, lo que Anna guardaba bajo llave, era todo lo demás. Las noches de sexo, el embarazo... Por ahora.