La Mañana Después
Las siete de la mañana llegaron sin que Lyall lo notara.
Por primera vez en lo que él podía recordar, su reloj interno falló.
No fue un despertar abrupto sino un regreso gradual a la conciencia, como salir de agua profunda con lentitud.
La pata derecha ardía. Eso fue lo primero que sintió antes de abrir los ojos, ese pulso constante y sordo que la quemadura emitía mientras los tejidos trabajaban por dentro, reconstruyendo lo que el fuego había deshecho.
Se había dormido tarde. Él incendio inició en la medianoche, duraron unas dos o tres horas apagando el fuego, él entró al almacén a la madrugada y quizás durmió máximo unas dos horas si quería ser generoso, por eso los sentía algo pesados cuando abrió los ojos despacio.
El almacén tenía esa penumbra grisácea de los espacios cerrados cuando la mañana ya existe afuera pero todavía no ha entrado. Por la rendija de la puerta entreabierta que Berto había dejado la noche anterior se filtraba una franja de luz blanca. Olía a tierra, a querosén, a madera vieja.
No olía a nada de lo que debería oler.
Lyall parpadeó. Miró el techo de piedra. Luego miró su pata herida.
Su quemadura de tercer grado había cambiado desde que se hizo la herida.
Ya no era aquel blanco apagado y textura alterada de las quemaduras frescas.
Ahora era rosada, tensa, ese color que aparece cuando la piel nueva está terminando de formarse por debajo.
Unas pocas horas más y no quedaría ni rastro. Al mediodía estaría como nuevo.
Ya conocía bien ese proceso y debido a eso, los recuerdos comenzaron a llegar.
Hace 7 años atrás
La primera vez que se quemó tenía trece años.
No fue en el establo de nadie. Fue en una noche de campaña, en algún lugar del frente norte cuyo nombre él no sabía porque a los soldados del Proyecto Nimrod no les daban mapas ni contexto geográfico específico, solo coordenadas y órdenes.
Dormían en un edificio requisado, era un lugar que alguna vez había sido un granero o algo parecido, con paredes de piedra gruesa y un techo de madera que hacía ruido con el viento.
Él dormía en el cuarto de la izquierda con otros siete de su escuadrón. No recordaba sus nombres porque no habían durado suficiente como para que valiera la pena aprendérselos.
Y fue entonces cuando la bomba cayó en el cuarto de la derecha.
No fue el sonido lo primero. Fue la onda expansiva, esa cosa invisible que golpea el cuerpo antes de que el cerebro registre qué está pasando. Lyall se despertó en el aire, literalmente, con la pared a su lado convertida en astillas y una muralla de calor que llegó medio segundo después.
El cuarto de la derecha era un infierno en el sentido más literal de la palabra. Llamas por todas partes, humo negro que bajaba desde el techo, y soldados que gritaban, que no se movían, que se movían mal y otros carbonizados al instante.
Lyall no se detuvo a pensar. Aquella era la única ventaja real del entrenamiento que había recibido desde que tenía uso de razón: cuando el pensamiento fallaba, el cuerpo ya estaba actuando.
Entró tres veces. La primera, sacó a cuatro soldados que aún podían moverse, aunque la explosión los había dejado desorientados.
La segunda, rescató a cinco más que yacían inmóviles.
La tercera vez, se adentró cuando el techo ya cedía y sacó a seis hombres que nadie más habría intentado salvar; nadie más habría soportado aquel calor el tiempo suficiente para llegar hasta ellos.
Quince en total. Los contó después, cuando ya estaba afuera y el edificio terminaba de derrumbarse sobre sus propios cimientos.
Entre esos quince estaba el sargento Wallace; por supuesto, él siempre estaba allí.
De hecho, Wallace figuraba entre los primeros cuatro que Lyall había arrastrado hacia la vida.
Fue en ese momento cuando sintió la espalda.
Y el brazo.
Y la pierna.
El uniforme había desaparecido en las partes de su cuerpo que ahora sentía raras. Lo que quedaba era tela carbonizada pegada a la piel en algunos lugares, que era incluso peor que no tener ropa. El fuego no había respetado nada de lo que tocó.
No dolió al inicio, que era lo más extraño.
Había un calor generalizado, una especie de entumecimiento que el cuerpo pone como barrera inicial, pero el dolor de verdad llegó después, cuando lo llevaron a la enfermería y lo sentaron en el suelo porque, según los enfermeros, los soldados del Proyecto Nimrod no necesitaban camillas.
Estarían como nuevos en doce horas. No hacía falta malgastar espacio en ellos.
Así que él se quedó en el suelo, con el pantalón roto como única prenda, sin la camisa militar y con la espalda y el brazo y la pierna irradiando un calor que no era normal y que se fue convirtiendo en dolor a medida que las horas pasaban.
Un dolor que no aumentaba de forma brusca, sino que solo estaba ahí, permanente, como una nota sostenida que no termina.
Doce horas.
Lyall pasó aquellas doce horas con la frente apoyada en las rodillas y los ojos cerrados.
No lloró; no hubo ni una sola queja. Ni siquiera pudo refugiarse en su forma de lobo al encontrarse dentro de la enfermería, pues no se lo permitieron.
Durante ese tiempo, su rostro permaneció en una quietud absoluta, como una máscara de piedra que ocultaba cualquier rastro de vida.
La única estrategia que conocía para lidiar con lo incontrolable era fugar su mente hacia otra parte; así que pensó en misiones.
Se concentró en secuencias de movimiento y ángulos de ataque.
Recordó un pan que había comido dos noches atrás, su sabor delicioso y el deseo de probarlo otra vez.
Pensó en agua limpia y en el sargento Wallace entregándole ese vaso de madera con el agua.
Visualizó la forma correcta de empuñar una espada de hueso para maximizar el daño con el mínimo esfuerzo, y repasó mentalmente cómo infiltrarse en un edificio en llamas sin perder la orientación cuando el humo te anula la visión.
Cosas útiles. Conceptos que poseían lógica y detalles que, para él, resultaban agradables.
Sudó mucho. Eso lo recordaba con claridad, el sudor que le corría por los costados y se mezclaba con la piel dañada produciendo una incomodidad adicional que no necesitaba.
Pero cuando las doce horas terminaron y la piel nueva había tomado su lugar, se puso de pie, estiró los hombros, y eso fue todo.
El sargento Wallace apareció con un uniforme nuevo bajo el brazo. No era de su talla, como nunca lo eran, pero lo dejó caer frente a él de todas formas.
Toma. Nos vamos mañana. Vienen refuerzos nuevos al escuadrón. Le había dicho.
No le preguntó si estaba bien. No mencionó los catorce soldados que Lyall había sacado del fuego, quince si lo incluía a él.
No era que lo olvidara, era que ese tipo de cosa no se agradecía porque se suponía que no necesitaba agradecerse.
Los soldados del Proyecto Nimrod cumplían misiones.
Ese era el trato. Nadie le decía gracias a un hacha por cortar madera.
Lyall ya sabía eso, así que tomó el uniforme y no esperó ningún reconocimiento porque no sabía que podía esperarlo.
Ahora, en el almacén de los Bethel, el recuerdo se disolvió con la misma lentitud con que había llegado.
Era solo un brazo. Un solo brazo, no la espalda y un brazo y una pierna al mismo tiempo. Comparado con aquello, esto era casi nada, era como un mínimo rasguño.
Sin esperar mucho, se incorporó despacio desde su forma de lobo, notando cómo la pata herida protestaba al apoyarse, pero sostenía el peso sin ceder. Afuera, los pájaros llevaban rato haciendo ruido. El jardín ya estaba despierto, aunque la mansión todavía no diera señales de movimiento completo.
Pensó en Rebecca.
A las siete de la mañana, ella seguía durmiendo.
Se levantaba a las ocho, a veces a las siete y media si algo la despertaba antes.
Durante todo ese tiempo él había sido parte de eso, el calor constante junto al que ella extendía la mano dormida buscando pelaje negro. Esta mañana no había nada que buscar.
Esa imagen lo deprimió con una eficiencia que no esperaba. Además, no fue gradual. Fue directa, como un golpe limpio.
Se sacudió el pensamiento. No servía de nada pensar en eso…
Estaba tan absorto en el recuerdo de Rebecca mientras su cuerpo se preparaba para regresar a la forma humana, que no percibió el sonido de la puerta al abrirse.
Se percató de la presencia en el umbral solo cuando un grito rompió el silencio del almacén.
Era Anna, el ama de llaves. La mujer permanecía petrificada, apretando una pila de ropa limpia contra el pecho mientras observaba, con los ojos desorbitados, al enorme lobo negro que ocupaba el rincón, ovillado sobre las mantas de Berto.
—¡Ah! ¡Por todos los santos del cielo! —exclamó ella, con la voz temblorosa—. ¿Eres... eres tú?
Lyall levantó la cabeza. Parpadeó. Luego asintió una sola vez así en su forma de lobo, con esa calma absoluta que tenía incluso en los momentos más absurdos.
Anna no se movió. Lo miraba como si esperara que en cualquier segundo cambiara de opinión respecto a no atacarla.
El lobo era más grande que un lobo normal, considerablemente más, con el pelaje negro que absorbía la poca luz del almacén y esos ojos azules que eran demasiado equivocados para la especie.
Los lobos no tenían ese tipo de ojos azules.
Los lobos no tenían esa mirada que reconocía a las personas y las evaluaba.
—¡No me vayas a morder! —exclamó Anna, y su voz salió más pequeña de lo que claramente hubiera querido—. ¡No me hagas nada, bestia!
Lyall ladeó su cabeza lobuna.