El precio del silencio #3
El anciano suspiró, observando al muchacho: la camisa rota, la sangre seca y los pies descalzos. Le inspiraba una lástima que no podía mitigar aunque quisiera.
—No es justo lo que Lord Adriel hace contigo —confesó en voz baja—. Pero no me lo tomes a mal, no puedo intervenir. Él es el señor de esta propiedad y yo necesito mi hogar; es lo único que me queda. No es que me dé igual lo que te pase, es que no puedo hacer más.
Lyall lo miraba en silencio. No entendía por qué el hombre se entristecía por algo de lo que no era culpable. Aquel desánimo ajeno le resultaba extraño. Sin embargo, comprendía la jerarquía.
—Órdenes —comentó con tono descriptivo—. Cumplirlas.
Berto resopló. No fue una risa, sino el sonido del reconocimiento amargo.
—Ven. Te llevaré al almacén.
«Qué anciano tan extraño», pensó Lyall mientras lo seguía por el jardín.
«Sigue asustado, pero lo está por mí. Quisiera ver qué significa eso en algún libro...
». Recordó que en los dos únicos libros que había leído encontró respuestas a preguntas difíciles.
Esta —la compasión del jardinero— era una que necesitaba buscar con urgencia.
Cuando llegaron al almacén este era de piedra, como había dicho Berto.
Bajo el techo de madera se acumulaban sacos de abono, herramientas de mango largo, azadas, rastrillos, tijeras de podar, rollos de cuerda de cáñamo.
En una esquina había bidones metálicos con queroseno para las lámparas del jardín.
En otra, cajones de semillas y bulbos organizados por tipos.
Olía a tierra, a aceite y a ese olor seco e indefinible que tienen los espacios que solo usan las cosas y nunca las personas.
Berto señaló un rincón libre junto a la pared del fondo, lejos de los bidones de queroseno.
—Aquí puedes dormir. —Hizo una pausa—. Arrópate bien con la manta.
Dejó las cobijas y la almohada sobre el suelo de piedra. Lyall las levantó y ahora las tenía en sus manos.
—Ten cuidado —añadió el anciano, mirando el brazo una última vez—. Espero que sea verdad que mañana estés mejor —dijo, sin dejar de ver el brazo.
Se quedó parado un segundo más. Luego dijo, casi sin volumen:
—Lamento que te traten así. No sé qué hiciste, pero... en fin. Nos vemos mañana.
Le hizo un gesto con la cabeza, ese tipo de saludo breve que no necesita palabras.
Lyall respondió igual con un movimiento leve de cabeza.
Berto salió. Cerró la puerta, pero la dejó apenas entreabierta, dejando un hueco fino por donde entraba el aire de la noche.
Y ahora, que estaba completamente solo, el silencio del almacén se asentó.
Lyall se quedó parado un momento con las cobijas en los brazos.
Escuchó los pasos del jardinero alejarse por el jardín.
El sonido de la puerta de su casita cerrándose.
Luego, nada. Solo el viento suave entre los árboles y, muy lejos, el canto de algún pájaro que confundía el amanecer temprano con la mañana de verdad.
Colocó las cobijas en el rincón. La almohada encima. Con los pies descalzos sobre la piedra fría, se quitó la camisa, o lo que quedaba de ella. Luego los pantalones. La ropa interior. Todo quedó en un montón desordenado cerca de la pared.
No necesitaba el pudor que en realidad no tenía, además, no había nadie. Y ahora, que estaba desnudo, se arrodilló en el suelo y así comenzó la transformación.
Los huesos crujieron con esos sonidos que él ya no escuchaba porque los tenía tan incorporados que ya eran parte del proceso, como el sonido de la propia respiración.
La columna se arqueó. El pelo brotó. El mundo cambió de escala cuando el cuerpo creció y la perspectiva bajó hacia el suelo.
En segundos, el lobo negro estaba en el almacén, entre los sacos de abono y las azadas, en un espacio que de repente se sentía mucho más pequeño.
En su forma de lobo, buscó el montículo de cobijas con el hocico. Las acomodó a empujones hasta darles una forma que tuviera sentido para una bestia y se tumbó encima con un movimiento circular que hizo crujir la almohada.
El brazo dolía menos así. Cuando sufría heridas graves, las sobrellevaba mejor transformado; ahora, su pata derecha, marcada por una franja ancha donde el pelo aún no crecía, pulsaba con un ardor constante.
Comenzó a lamerla con movimientos largos y metódicos, tal como había hecho tantas veces con las heridas de entrenamiento o los "accidentes" en la granja.
Recordó cuando el sargento Wallace le advirtió que no debía esquivar los objetos que le lanzaba "por error"; aquella botella que le partió la cabeza y el dolor sordo de las horas que tardó en sanar.
Lyall quería creerle al sargento; no le gustaba analizarlo demasiado porque, de hacerlo, las piezas dejaban de encajar.
Como aquella vez durante la guerra que lo envió por provisiones a una zona que los altos mandos marcaban como suicida.
Él regresó con la carga, pero también con varios balazos que su cuerpo tuvo que digerir en silencio.
Esos recuerdos siempre volvían cuando el cuerpo dolía lo suficiente.
Sin embargo, en ese instante, apartó el pasado y pensó en Rebecca.
No fue una elección; ella solo apareció, como siempre, sin pedir permiso. Visualizó su rostro contra la almohada, el cabello rubio desparramado durante el sueño y el peso reconfortante de su mano hundida en su pelaje.
Esa noche, ella dormía sola.
Era la primera vez, desde que ella lo decidió, que su "sargento" no tendría a su lobo negro acurrucado a su lado. La primera noche en que Rebecca no sentiría ese calor cerca, esa presencia constante que él le había entregado sin entender del todo la magnitud de tal gesto.
Y Lyall, con esa misma intuición que le advertía que algunos accidentes no lo eran, supo que esta sería la primera de muchas noches de ausencia.
Lo sospechaba con esa parte de su ser que no razonaba, sino que ya sabía de antemano todo; de la misma forma que un animal presiente el cambio de clima o entiende, de pronto, que un territorio ya no le pertenece.
El almacén olía a tierra y a queroseno y a madera vieja.
No olía a menta. No olía a lavanda. No olía a ella.
Lyall cerró los ojos.
Y se quedó quieto en la oscuridad, lamiéndose la pata herida, esperando que la noche terminara de una vez.