El precio del silencio #2
Sabía que hablaban de él. "Animal", "malnacido"...
eran etiquetas familiares. El sargento Wallace lo llamaba igual, aunque el comandante se ahorraba el término "perro" que tanto gustaba a la esposa del sargento para referirse a él.
L-2235 comprendía que Lord Adriel estaba furioso y que lo culpaba de algo, aunque no alcanzaba a entender qué crimen había cometido más allá de lo que ya le habían recriminado.
No sentía vergüenza ni arrepentimiento por amar a Rebecca, ni tampoco por haber intimado con ella; su único temor era haberle acelerado la muerte.
Solo esperaba que aquel embarazo que deseaban impedir no fuera tan terrible.
Lyall aún no comprendía la magnitud del asunto, pero en ese instante, una nueva molestia reclamó su atención.
El brazo había empezado a arder.
Era la fase de la curación que más detestaba. Tras el entumecimiento inicial llegaba el calor, y luego ese fuego persistente. Durante las horas que tardaba en regenerarse la piel, el dolor se volvía una presencia sorda e inevitable.
Respiró hondo por la nariz. Ignoró el tormento físico con la misma eficacia con la que había soportado cosas peores. Pero al silenciar el brazo, solo quedó esa presión en el pecho; un peso que se desvanecía cuando estaba con Rebecca y que ahora, lejos de ella, regresaba con más fuerza que nunca.
Lord Adriel se acercó al jardinero, que recogía los cubos vacíos junto al pozo. Era un hombre menudo, de cabello cano y manos que eran, en esencia, un mapa trazado por décadas de trabajo al sol. Se llamaba Berto y llevaba en la mansión más tiempo que algunos de los muros.
—Berto —dijo Adriel—. Ese sirviente —añadió señalando a Lyall—, el que asiste a mi hija. A partir de esta noche, dormirá en el almacén de jardinería.
El jardinero levantó la vista. Miró a Lyall y luego al lord.
—¿En el almacén, milord?
—Sí. Allí mismo.
Berto abrió los ojos con una expresión que luchaba por no transformarse en protesta abierta; le costaba dar crédito a lo que oía.
—Pero... milord, ese sitio no es apto para que una persona pase la noche.
En verano el calor es asfixiante y, al caer el sol, el frío de la piedra traspasa cualquier manta.
Si por alguna razón no puede estar en la mansión, yo no tengo inconveniente: deje que el muchacho se quede en mi casita.
—Señaló con la cabeza la pequeña construcción al fondo del jardín—.
Puedo hacerle un espacio. Aún está la habitación de mi hijo; es pequeña, pero se la puedo ceder.
Adriel lo miró con la rigidez de un comandante que no admite réplicas. Aunque la solución era bastante lógica, no tenía intención de mostrar clemencia por el miserable que embarazó a su hija.
—No —respondió tajante, observándolo desde una altura llena de desprecio—. Los animales como él no necesitan atenciones. Dormirá en el almacén. Es una orden.
Berto sostuvo la mirada del lord durante el breve segundo que le permitía su posición. Luego, bajó la vista y asintió.
—Como ordene, milord.
Adriel se dio la vuelta y echó a caminar hacia la mansión. Walter lo siguió de inmediato, ajustándose los lentes con su gesto habitual mientras caminaba a su lado.
—Vayamos a ver si el capitán Ritwall está despierto, doctor —dijo Adriel sin mirar atrás.
—Me parece bien, milord —respondió Walter, lanzando una última mirada de soslayo al príncipe Joel.
Ambos desaparecieron por el jardín. Los demás sirvientes los siguieron en grupos pequeños, hablando entre susurros y lanzando miradas furtivas hacia Lyall.
Nadie le dirigió la palabra. En pocos minutos, el jardín quedó sumido en el silencio.
El humo ya no brotaba de los escombros, pero el olor persistía, ácido y denso, mezclándose con el frío de la madrugada.
Lyall seguía inmóvil.
Observó el establo, los charcos de agua negra y el cielo, que empezaba a teñirse con ese tono pálido que anuncia la hora antes del amanecer.
No tenía a dónde ir. Había oído que lo enviaban al almacén, pero ignoraba su ubicación.
Estaba calculando mentalmente qué rincón del jardín ofrecería más resguardo contra el viento cuando la voz del jardinero llegó desde su izquierda.
—Ven, muchacho. Sígueme. Te mostraré dónde vas a dormir.
Berto se había quedado atrás. Era el único.
Cuando ya estaba frente al lobo, lo estudió de pies a cabeza; ya lo conocía, pues Lyall había podado los jardines de la mansión varias veces con una energía que él no poseyó ni en sus mejores años.
Aun así, no alcanzaba a comprender qué falta había cometido para provocar semejante castigo.
—Pero antes, pasa por mi casa un momento.
La casita del jardinero aguardaba al fondo del jardín, casi pegada al muro sur y protegida por la sombra de dos árboles que tenían más años que cualquiera.
Era una construcción pequeña, de piedra gris, con una puerta de madera y una sola ventana.
Berto la abrió sin ceremonias y Lyall lo siguió al interior.
El refugio reflejaba la vida de un hombre que llevaba años en soledad.
Berto había tenido esposa e hijo, pero ambos se habían perdido, una por la enfermedad y el otro en la guerra, como tantos en el reino.
La estancia estaba ordenada con esa lógica personal que no admite justificaciones: un catre contra la pared, una mesa con dos sillas y una chimenea apagada por el rigor del verano.
Sobre la repisa descansaban un par de figurillas de cerámica que habían pertenecido a su mujer, aunque L-2235, por supuesto, no podía saberlo.
Sin embargo, el olfato del lobo captó la esencia del lugar al instante.
Tierra. Flores. Y un rastro de pan dulce que no sabía nombrar. Era un aroma limpio y honesto que llenaba el espacio sin abrumarlo. Lyall comprendió que Berto olía distinto; emanaba una calidez que quizá se debía a su cercanía constante con la naturaleza.
Así pues, el anciano encendió los candelabros y una luz amarillenta bañó la sala.
—Espera aquí, muchacho —ordenó.
Lyall obedeció. Se mantuvo inmóvil en el centro de la estancia, con los brazos rígidos y cuidando de no rozar nada, aunque sus ojos registraban cada rincón sin perderse de nada.
Para él, aquel lugar desbordaba lujo; poseía todo lo necesario para una existencia cómoda y mucho más de lo que jamás había conocido.
A los pocos minutos, Berto regresó del cuarto contiguo cargando una almohada abultada y dos mantas gruesas.
—Las necesitarás —dijo al extendérselas—. Dormirás en el almacén por orden de Lord Adriel. No sé qué falta cometiste para acabar allí, pero...
El jardinero enmudeció al descubrir el brazo quemado del muchacho. Sus ojos se abrieron de par en par ante la piel de un blanco apagado y la textura deforme que cubría casi la mitad del antebrazo. Era una herida que, en cualquier persona, habría exigido atención inmediata.
—¡Por todos los santos! —exclamó Berto con una verdadera preocupación—. ¡Es una quemadura grave! Hay que curarte ahora mismo. Espera, iré a buscar al doctor Walter.
Dio un paso hacia la puerta, pero Lyall lo sujetó del brazo. No empleó fuerza, solo una firmeza decidida, y negó con la cabeza. Berto lo observó con una clara expresión de duda en su rostro, alternando la vista entre la herida y el rostro del joven.
—Pero... ¿no quieres que busque ayuda?
Lyall volvió a negar. Jamás lo habían curado en el pasado y no era el momento de empezar; menos aún con ese doctor.
—¡Muchacho, se te va a infectar! Quizá no lo entiendes, sé que eres mudo y tal vez algo lento, ¡pero vas a sufrir mucho si no atendemos esto!
Lyall apretó los labios. El anciano estaba asustado; su aroma y sus gestos lo delataban. Pero L no lograba descifrar aquella reacción.
«Tiene miedo, pero... no es miedo hacia mí», pensó sin apartar la vista. «¿Entonces por qué le aterra mi herida?».
Lyall no comprendía por qué Berto estaba tan agitado.
Lo observaba con una curiosidad limpia, casi infantil, tratando de descifrar la urgencia en los gestos del anciano.
Nunca nadie se había preocupado por su bienestar; en su mundo, una herida no era un motivo de angustia, sino un simple inconveniente logístico que determinaba cuánto tardaría en volver a las misiones o al campo.
La mirada de Berto, llena de una piedad muy real, era para él un idioma que jamás había escuchado y que, por lo tanto, no sabía cómo entender.
Lo único que su mente procesaba con claridad era el peligro: Walter.
Para los de su clase, cualquiera que portara jeringas y maletines médicos no traía alivio, sino dolor y nada bueno.
—¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Suéltame, hay que buscar ayuda!
Ante el nerviosismo del anciano, Lyall supo que no le quedaba más remedio que usar su voz, aunque detestara ese sonido áspero que parecía romperse al salir de su garganta.
—Mi... herida —dijo, señalando el brazo con una calma que contrastaba con el susto de Berto—. Sana. Mañana.
El jardinero parpadeó, deteniéndose en seco.
—Ah... con que puedes hablar.
Lyall asintió con un movimiento corto.
—¿Dices que sanará para mañana?
El joven volvió a señalar la carne viva y blanquecina. Luego, hizo un gesto vago, casi restándole importancia a lo que para cualquier otro sería un tormento insoportable.
—Mañana... nada. Aquí. Doctor, no —insistió, negando con la cabeza.
En su mente, era inútil intentar explicar que su cuerpo no le pertenecía del todo, que era una herramienta diseñada para reconstruirse a marchas forzadas y volver al frente sin dejar rastro de la debilidad.
Para él, lo extraño no era tener el brazo quemado; lo verdaderamente extraño era que aquel hombre estuviera a punto de llorar por verlo así.
Berto lo estudió durante un largo rato, con esa paciencia de quien ha vivido lo suficiente para saber que el mundo oculta cosas que la razón no puede explicar.
—Dices que te curas rápido… —murmuró, entre la duda y la aceptación—. Tú sabrás. Sé que eres uno de esos soldados que el reino fabricó para la guerra. Si tú sobreviviste y mi hijo no, por algo será.