El precio del silencio
El fuego había cedido por completo y lo que quedaba del establo era un esqueleto negro y humeante.
El suelo cubierto de ceniza mojada olía a quemado y a tierra húmeda al mismo tiempo.
Los hombres que habían formado la cadena de cubos desde el pozo se dispersaban ahora con pasos lentos, empapados, tosiendo el humo que todavía flotaba en el aire frío de la madrugada.
Nadie hablaba demasiado. El cansancio lo impedía sabiendo que mañana sería un día largo porque no pudieron descansar esa noche.
El doctor Walter permanecía al margen, con las manos entrelazadas a la espalda y los cristales de sus lentes devolviendo el brillo de las últimas antorchas que usaron para iluminar el trabajo.
Observaba los escombros con una expresión que cualquiera habría confundido con preocupación; y en cierto modo lo era, aunque por razones que nadie sospechaba.
Con ese pensamiento, desvió la mirada hacia el joven.
Lyall estaba quieto junto a las ruinas, mirando las cenizas con los brazos caídos.
La quemadura de su brazo todavía estaba allí, a la vista de todos, pero nadie se atrevía a señalarla, como si prefirieran fingir que no existía.
Su quietud no era indiferencia, sino algo más denso, una presencia difícil de definir.
A diferencia de los otros sirvientes, que se retiraban exhaustos como si regresaran de una batalla, él lucía bastante normal, ni cansado se veía.
El fuego estaba apagado. La misión había concluido. Eso era lo único que contaba.
Walter se acercó entonces a Lord Adriel. El noble, envuelto en una capa larga sobre su ropa de dormir que quizás algún sirviente le trajo, mantenía una postura rígida. Sus ojos recorrían los restos del establo con una mezcla de agotamiento y un sombrío presentimiento.
—Milord —murmuró Walter, ganando su atención.
Adriel lo miró.
—Siento que esto fue obra de él —murmuró Walter, señalando a Lyall con un gesto discreto, casi casual.
No le tembló el pulso al culpar al muchacho de su propio crimen; si lograba que la sospecha calara, aceleraría su expulsión de la mansión o, con suerte, aseguraría su ejecución.
Al oírlo, Lord Adriel frunció el ceño. Alternó la mirada entre el joven y el médico, tratando de encontrarle sentido a la acusación.
—¿Cómo podría haber sido él? —preguntó Adriel, lleno de incredulidad y mucho cansancio—. No tiene lógica. Él mismo sofocó las llamas. Salvó a los caballos... incluso parece que está herido.
Walter asintió despacio, como si esa objeción ya la hubiera considerado.
—Bueno, fui a verlo esta noche, milord. Antes de que comenzara el incendio. Quería ver cómo estaba, si necesitaba algo. Tenía una linterna y, como él estaba a oscuras, se la dejé al marcharme para que no estuviera ahí sin nada para iluminarse.
Hizo una pausa breve.
—Lo que vi no me tranquilizó. Tenía una actitud... perturbada —siguió mintiendo el doctor—. Esos soldados son impredecibles, ya lo sabe usted mejor que nadie. Lo más probable es que quisiera hacerse daño o hacer más daño del que ya ha hecho hoy. Y con la linterna que le dejé...
No terminó la frase. No hizo falta mientras miraba de reojos al lord.
—¿Qué hará con él? —añadió Walter—. ¿Lo ejecutarán? ¿Lo desterrarán? Lo que está claro es que no puede volver a acercarse a la señorita Rebecca.
Lord Adriel no respondió de inmediato. Tenía los ojos puestos en los escombros negros, en el vapor que todavía subía de las vigas más gruesas, en los charcos de agua que reflejaban el cielo sin estrellas.
Cuando habló, su voz tenía un tono exhausto.
—Aún no sé qué hacer con él. —Apretó los labios—. Pero lo que sí sé, es que quiero que usted haga algo —Adriel miró al doctor con seriedad—. Quiero que evite el embarazo de Rebecca.
Walter parpadeó apenas.
—Ella no puede tener un hijo con... eso —continuó Adriel, con una tensión controlada que le endurecía cada sílaba—.
Dentro de él vive una bestia. No sabemos qué puede salir de la unión de mi hija con uno de esos soldados modificados.
Los que los crearon nunca los pensaron como seres capaces de concebir o de reproducirse.
Walter asintió con parsimonia.
—Así es. Los crearon como herramientas desechables, milord.
Supusieron que morirían en el frente, que no alcanzarían la madurez y que jamás tendrían contacto con una mujer.
—El doctor suspiró—. Imagino que por eso nunca se molestaron en castrarlos.
Creían que jamás necesitarían sus… —buscó la palabra con una calma que bordeaba lo obsceno—, sus penes.
Lord Adriel se cubrió el rostro con una mano. Fue un gesto fugaz, un impulso instintivo por contener un pensamiento antes de que escapara de su control.
—Temo por la salud de mi hija —confesó al fin, con la voz quebrada por un cansancio que presentía no se le iba a quitar en un tiempo—. Si la separo de ese muchacho de golpe… temo que se hunda en una tristeza absoluta. Su madre…
Se detuvo en seco. Walter aguardó, estudiándolo.
—Mi esposa cayó en esa melancolía cuando murió Robin —continuó Adriel, sin levantar la vista del suelo—. Pero cuando el bebé que esperábamos también se fue… simplemente no pudo soportarlo. Dicen que esa debilidad del alma se hereda. Si Rebecca llega a caer en un pozo similar al de Melissa…
El silencio que siguió se sintió bastante pesado. En algún lugar del jardín, uno de los caballos aún resoplaba, inquieto por el rastro del humo.
—Sí. Yo estuve allí. Lo recuerdo —asintió Walter despacio.
—Temo que a Rebecca le suceda lo mismo —sentenció Adriel—. Que no sea capaz de resistir la ausencia de ese animal con el que tuvo sexo. —El lord hizo una mueca de asco involuntaria al pronunciar las palabras—. Ella es lo único que me queda. No quiero perder a mi hija, al menos no tan pronto…
Walter tardó un segundo en reaccionar. No esperaba esa confesión; o quizás no contaba con que Adriel la pronunciara con tal desnudez. Aquello complicaba sus planes de deshacerse del príncipe de inmediato.
—Milord —dijo, con un tono cauteloso, pero afilado—, ¿está sugiriendo entonces que el muchacho se quede en la mansión?
¿El mismo que violó a su hija? ¿El que se aprovechó de una joven enferma y frágil que confiaba en él?
¿Va a permitir que permanezca aquí? —Hizo una pausa calculada—.
¿Dónde quedará el honor de Lady Rebecca cuando se sepa que ya no es casta y que perdió su pureza con… un despojo del Proyecto Nimrod?
Lord Adriel se giró hacia él. Sus ojos, de un verde tan oscuro que la penumbra volvía negros, mantenían la autoridad de un comandante acostumbrado a cerrar discusiones con un solo vistazo. Sostuvo la mirada del doctor con una calma carente de paz; era, más bien, una resolución amarga.
—He decidido que, por el momento, se quedará en la mansión —respondió—. Mientras decido su destino final.
Walter entreabrió los labios, pero Adriel no le dio espacio para la réplica.
—Pero ya no dormirá bajo el mismo techo que mi hija.
Ahora que el establo es ceniza, dormirá en el almacén.
Ni en la habitación de servicio, ni dentro de la mansión.
Lo quiero fuera. De día seguirá cargándola por las escaleras y cumpliendo sus tareas; ella lo necesita para moverse.
Pero no volverán a estar solos de noche.
Ahí fue donde ocurrió este desastre libertino.
Me confié, pero a plena luz del día y con ojos vigilantes alrededor… no podrán hacer nada.
Se volvió de nuevo hacia las ruinas.
—Lo urgente ahora es lo otro. El embarazo.
Walter se reajustó los lentes con un gesto mecánico y suspiró.
—Si le soy sincero, milord, aún no tengo certezas absolutas sobre el embarazo.
Sin embargo, si llevan tiempo… intimando, y la señorita tiene un mes de retraso, necesito verificar el avance.
—Escogió cada término con cautela—. Los medicamentos para interrumpir estos…
errores, son invasivos. Y como bien sabe, el organismo de Lady Rebecca es de cristal.
Su enfermedad le afecta cada órgano, no solo los huesos.
Un tratamiento así podría causarle daños irreparables.
Adriel lo miró de pies a cabeza.
—¿Entonces qué propone? ¿Que mi hija siga adelante con ese embarazo? Escuchó lo que ese malnacido confesó: que lo hacían siempre. Él pasó prácticamente un mes dentro de su habitación; si llevan todo ese tiempo juntos, mi hija ya está encinta. Tenemos que impedir que esa criatura nazca.
Hablaba conteniéndose. No era solo frustración; era el agotamiento de un hombre acorralado, al que la vida seguía arrebatándole opciones.
Walter negó con la cabeza.
—Lo comprendo a la perfección, milord. Sin embargo, debe saber que nos movemos en un terreno donde todo es un riesgo.
La cura puede ser peor que la enfermedad, y la enfermedad, quizás, resulte incluso más letal que la cura.
Ambos caminos son peligrosos. Necesito examinarla antes de tomar cualquier decisión.
El lord dejó de mirar al doctor.
Adriel buscó con la mirada a Lyall. El joven seguía en el mismo lugar, de espaldas a ellos y con la vista fija en las ruinas del establo. Permanecía inmóvil, con el brazo quemado, la camisa hecha jirones y el cabello revuelto. Estaba descalzo sobre la tierra fría.
—No debí haberlo aceptado… —susurró Adriel para sí mismo—. El día que aquel sargento se presentó en mi mansión con ese animal, no debí haber cedido. Jamás imaginé que algo así sucedería.
Mientras hablaba, sus manos se cerraron en puños.
A pocos metros, Lyall captó cada sílaba.
Sus oídos atrapaban conversaciones a distancias que cualquier humano consideraría imposibles; era una capacidad que no podía silenciar, incluso si lo deseara.
Durante toda la noche, los fragmentos de voz habían ido tomando forma en su mente, como piezas de un rompecabezas que nadie le había enseñado a armar.
Al oír las últimas palabras del comandante, se giró apenas. Estudió al padre de Rebecca un segundo. Luego, con un movimiento breve y casi desinteresado, se encogió de hombros y regresó su atención a los escombros.