El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El establo
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El establo

Se mantenía con la cabeza apoyada en las manos y los codos hundidos en las rodillas. Se había despojado de sus molestas botas, lanzándolas a cualquier parte; el contacto de la paja fresca contra sus pies descalzos era el único lujo que podía permitirse en ese momento.

O intentaba pensar, porque sus pensamientos no seguían ningún orden útil. Se enredaban, se interrumpían, regresaban al mismo punto una y otra vez como perros dando vueltas antes de acostarse.

Rebecca estaba embarazada.

Eso era lo que había dicho el doctor. Eso era lo que había repetido el comandante con esa voz que cortaba como metal frío.

Lyall no sabía bien qué significaba la palabra “embarazada” más allá de los fragmentos vagos que había leído en el libro porque hasta ahora no se lo habían enseñado.

Él sabía que tenía que ver con un bebé. Con algo que crecía dentro de una mujer.

Con el resultado de lo que él y Rebecca hacían todas las noches…

Pero lo que no comprendía, lo que su mente no podía procesar, era la parte donde el doctor había dicho que Rebecca “moriría” si no se sabía la verdad.

Y luego, después de saber la verdad, el doctor y el comandante habían hablado de que el embarazo era “peligroso” para ella. Que su cuerpo no lo resistiría.

Eso era lo único que le importaba. Lo único que le preocupaba a él. Saber que Rebecca podía morir.

¿Le había hecho daño a Rebecca? ¿Por estar con ella de esa forma todas las noches, la había puesto en peligro? ¿Si él nunca hubiera llegado a esta mansión, si se hubiera muerto en la guerra como tantos otros, o si hubiera regresado con el sargento Wallace, ella estaría mejor ahora?

Apretó los dientes. Esa idea se clavaba como una astilla en la carne.

Llevaba un rato así, sumido en un bucle de posibilidades, cuando de repente el olor lo alcanzó.

Lyall alzó la cabeza antes de que apareciera la luz.

Sus sentidos captaron la presencia del doctor Walter segundos antes de que la linterna quitara la oscuridad de la entrada.

El hombre entró con pasos tranquilos, fingiendo una inspección médica que a esas horas resultaba absurda.

Se acercó a Lyall, se acuclilló frente a él y le plantó la luz directo en el rostro.

Lyall no se apartó; se limitó a sostenerle la mirada con esa neutralidad inexpresiva que era tan típica de él.

Fue ahí que Walter comenzó a estudiarlo con una fascinación casi quirúrgica.

Observó la sangre seca que aún manchaba la piel del príncipe, pero, sobre todo, buscó los golpes que Dante y el lord Adriel le habían dado.

Donde deberían haber brotado hematomas e hinchazón, solo quedaban rastros amarillentos, sombras de una violencia que parecía haber ocurrido hace semanas y no hace apenas unas horas.

—Increíble… —murmuró el doctor, pensando en voz alta—. Tu capacidad de recuperación es asombrosa. Siempre quise verla de cerca. Me pregunto si de niño te golpeaban solo para observar esto, o si bastaba con hacerte pelear como un animal contra los otros que eran como tú.

Lyall no ofreció respuesta; solo esperaba. Walter se incorporó, manteniendo la linterna como una frontera de luz entre ambos.

—No sé si deberías saber esto, pero el capitán Dante ha reaccionado.

Está muy malherido; por poco lo matas. Estás en graves problemas, muchacho —sonrió, como si la gravedad del asunto le resultara estimulante—.

Lo más seguro es que Ritwall presente cargos contra el comandante por tu culpa.

Y eso sin mencionar lo que le hiciste a Rebecca.

La violaste… eso es, con diferencia, lo peor de todo.

Lyall frunció el ceño.

La palabra «violación» no existía en su vocabulario con esa carga. La había escuchado antes, con ese peso grave, pero en su memoria solo estaba asociada a las misiones: irrumpir en un lugar sin permiso, forzar una entrada. ¿Qué tenía que ver eso con Rebecca?

Walter captó de inmediato el rastro de confusión en el rostro del lobo.

—¿No sabes lo que significa la palabra violación?

Lyall negó con la cabeza, en silencio.

El doctor soltó un sonido corto, entre la incredulidad y algo más oscuro, y le dio un manotazo en la cabeza a L. No fue un golpe fuerte. Fue el tipo de golpe que se le da a alguien para señalar su estupidez.

—En definitiva, no sabes nada de la vida —dijo Walter, suspirando con algo de cansancio—.

Pero sí sabías cómo meterte en la cama con Rebecca cada noche y follártela, ¿no es así?

Me intriga saber cómo pudiste tener sexo con ella.

¿Quién te enseñó eso? No voy a negarlo: me gustaría verlos.

Debe ser fascinante observar cómo un lobo como tú se cogía a una chica que apenas tiene fuerzas para moverse.

Lyall frunció el ceño. Por alguna razón que no terminaba de comprender, aquellas palabras le provocaron una punzada de rabia. El doctor guardó silencio un instante, con una sonrisa que se desvaneció para dar paso a una seriedad fingida.

—Ahora entiendo por qué ella amanecía más estropeada de lo normal —añadió, entornando los ojos—. Jamás lo hubiera pensado. Juro que la posibilidad nunca cruzó mi mente. Que tonto fui.

Mientras hablaba, otra sonrisa pequeña y casi imperceptible le cruzó el rostro al doctor; era la satisfacción de ver, por fin, cada pieza encajando en su sitio.

El príncipe Joel mismo había cavado su tumba: Lord Adriel exigiría su ejecución en el mejor de los casos o, quizás, un destierro definitivo.

Rebecca quedaría libre de su sombra. Y en cuanto al embarazo...

bueno, siempre habría formas de cortarlo de raíz antes de que llegara a ser un problema mayor.

Todo estaba resuelto.

Walter acercó más la linterna y observó al joven frente a él. Los pies descalzos sobre la paja. La camisa rota y manchada. El cabello negro revuelto. El rostro que, sucio y golpeado como estaba, seguía teniendo esos malditos rasgos que no podían pertenecer a nadie más que al hijo del Rey Josías.

El hombre suspiró.

—Deberías estar muerto ¿sabías eso? —Lo dijo con una calma que era más cruel que cualquier grito—.

¿Por qué no moriste en la guerra? Debiste morir.

Y en cambio llegaste hasta aquí, trayendo problemas.

Le hiciste daño a Rebecca. Acelerarás su muerte.

Casi mataste a un capitán. Y tú sigues aquí, respirando, curándote rápido, cuando no deberías.

Lyall, que estaba serio mirando al doctor Walter, había escuchado esas palabras antes.

El sargento Wallace se las decía con frecuencia, más que todo después de las batallas donde otros soldados morían y él no.

“¿Por qué sigues vivo y no ellos?”

A Lyall nunca le había afectado demasiado. Su respuesta interna siempre fue simple: si estoy vivo es porque cumplo las misiones. Si el otro murió, es porque algo falló. Así funcionaban las cosas. A él nunca le importó que alguien le deseara la muerte, sin embargo, esta vez se sintió diferente.

Esta vez el doctor había mencionado a Rebecca.

“Acelerarás su muerte”.

Esas tres palabras hicieron algo que ningún golpe, ningún insulto, ningún abandono había logrado antes. Le apretaron el pecho desde adentro. Como una mano cerrándose alrededor de su corazón.

¿Significaba eso que, si él no estuviera, ella viviría más tiempo?

¿Que el embarazo, lo que él mismo había provocado, iba a matarla antes de lo previsto?

El solo pensamiento invocó una imagen que lo golpeó sin previo aviso: Rebecca quieta.

Sin respirar, sin toser, sin reír. Una Rebecca que no pedía libros ni pronunciaba su nombre con ese tono que él sabía reconocer, aunque fuera incapaz de explicar qué lo hacía tan distinto.

Rebecca muerta.

Y la culpa era suya.

No sería una muerte por causas naturales ni un estrago de la guerra que ya no existía; ella se volvería ceniza y palidez solo por su culpa.

Al comprender eso miró al doctor y no encontró palabras. No las tenía. La pizarrita estaba dentro del chaleco que no llevaba puesto, ya ni sabía dónde la había dejado, y aunque la hubiera tenido, no sabía cómo escribir todo lo que se le apretaba en el pecho en ese momento.

Y entonces, sin poder controlarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Walter acercó la linterna. Las vio con claridad: dos líneas brillantes que recorrían la piel sucia de las mejillas de L-2235, o, mejor dicho, del príncipe Joel.

—¿Estás llorando? —preguntó, bastante sorprendido—. ¿Estás llorando porque te dije que deberías estar muerto?

Lyall se limpió los ojos con el dorso de la mano y luego se aclaró la garganta.

—¿Amas a lady Rebecca? —preguntó Walter, directo.

Lyall tragó saliva. Asintió con la cabeza.

—Amor. Mi... mía —dijo con esa voz que apenas salía, entrecortada—. Ella es… mía.

Walter lo observó durante un momento más. Luego se levantó despacio, sacudiéndose el polvo de los pantalones con movimientos tranquilos.

—Tú no sabes lo que es el amor… —dijo—. Y ella no es tuya. Tú solo eres un animal que debió morir hace muchos, muchos años.

El doctor se mantuvo de pie, en silencio por unos segundos.

—Hasta nunca... príncipe.

Y entonces lanzó la linterna sobre la paja que estalló en llamas en un instante.

La paja seca sirvió de combustible perfecto y el fuego se alzó con una voracidad que Lyall tardó apenas un segundo en procesar. En mitad del crujido, escuchó el portazo. El sonido metálico del cerrojo deslizándose al otro lado.

Ignoró el hecho de que acababan de encerrarlo y se puso en pie de un salto.

El fuego ya bloqueaba la salida principal, propagándose con la rapidez de una peste; en aquel lugar, prácticamente todo era alimento para el incendio.

El calor le golpeó el rostro y los brazos con la misma intensidad que recordaba del campo de batalla, de las ciudades arrasadas y la artillería.

Miró a su alrededor. Los dos caballos, atrapados en sus compartimentos, golpeaban las tablas con los cascos y relinchaban con ese pánico animal que no necesita traducción.

Lyall no se detuvo a procesar las palabras de Walter.

Ignoró el obvio intento de asesinato, no por incapacidad para reconocerlo, sino porque su mente ya estaba en otra parte.

Estaba con Rebecca. Se aferraba a la imagen de ella, vulnerable y dormida en su cama, mientras el pánico le dictaba una única posibilidad: si el fuego saltaba al jardín, la mansión ardería y ella moriría atrapada.

En ese instante, su propia vida no tenía el más mínimo valor; solo existía ella, y por eso actuó.

Al instante, convirtió una mano en garras.

Golpeó la pared lateral con fuerza, una vez, dos veces, tres, hasta que la madera cedió con un crujido largo y satisfactorio.

Ensanchó el hueco a golpes rápidos y patadas.

Luego fue al primer compartimento, abrió el cerrojo con la mano humana y empujó al caballo hacia el hueco.

El animal dudó un segundo antes de que el calor tomara la decisión por él. Salió disparado.

El segundo caballo no necesitó que lo empujaran demasiado. En cuanto vio la salida, la tomó y salió corriendo.

Lyall salió el último.

El golpe del aire nocturno contra su rostro fue un alivio efímero que no tuvo tiempo de saborear.

Se miró el brazo derecho. No había notado en qué momento la manga de la camisa blanca se había esfumado, dejando al descubierto una piel de un blanco extraño, síntoma de una quemadura profunda.

El dolor aún no había llegado; sabía que aparecería en unas horas, cuando los tejidos empezaran a reconstruirse con esa rapidez antinatural que él poseía para sanarse, pero ahora mismo eso no importaba.

Sin perder ni un segundo, L localizó el pozo a unos treinta metros y lanzó su cuerpo en una carrera frenética. Al llegar, comenzó a sacar agua con movimientos desesperados, volcándola sobre las llamas en un intento por frenar el avance del fuego hacia la mansión de los Bethel.

La alarma llegó desde las cocinas primero.

Uno de los sirvientes que dormía en el ala de servicio vio el resplandor por la ventana y salió gritando que el establo ardía.

En menos de diez minutos, la mitad de los sirvientes de la mansión estaba en el jardín trasero con cubos y mantas, formando una cadena desde el pozo hasta el establo en llamas.

Lord Adriel llegó con la ropa a medio poner y una expresión que combinaba el agotamiento de la noche más larga de su vida hasta ahora, con algo que reconoció como un mal presagio en el fondo del estómago.

Los caballos que L salvó estaban fuera. Uno trotaba nervioso cerca del seto del jardín. El otro había llegado hasta el camino de entrada y alguien ya había ido a buscarlo. Ambos estaban bien.

Y Lyall estaba ahí, junto al pozo, sacando cubo tras cubo de agua con el brazo quemado expuesto y sin quejarse.

Trabajaba en silencio con esa eficiencia mecánica que lo caracterizaba, pasando los cubos, retrocediendo, volviendo, como si apagar incendios fuera parte de su rutina habitual, porque en el fondo ya tenía experiencia, lo había hecho al menos tres veces en su vida, algo que todos los que estaban ahí, era apenas su primera vez.

Lord Adriel lo observó durante un momento desde la distancia.

El doctor Walter apareció a su lado con una calma insultante, como si acabara de despertar de un sueño ligero.

Observaba el establo con indiferencia, aunque de reojo vigilaba al príncipe Joel.

Verlo allí, más vivo que nunca tras haber escapado de una trampa mortal, le provocó una punzada de irritación que, por supuesto, no dejó traslucir.

«Debí imaginar que quemarlo vivo sería demasiado sencillo para alguien como él, pero, en fin, el intento no ha estado de más», pensó el doctor antes de romper el silencio con una voz aterciopelada:

—Qué noche más terrible —comentó, tratando de fingir preocupación.

Adriel no respondió de inmediato. Permaneció en silencio, observando cómo las llamas cedían ante el agua; el establo era ahora una estructura esquelética y carbonizada que se negaba a terminar de caer mientras los hombres se movían en un caos frenético.

Su mirada, sin embargo, se desvió hacia el muchacho mudo.

Observó su brazo quemado y la forma incansable en la que seguía trabajando, como si el dolor no fuera con él.

—Siento que esto es un presagio, doctor Walter —murmuró al fin.

Su voz carecía de cualquier autoridad militar; era el tono seco y roto de un hombre al que la vida llevaba años despojándolo de todo.

—Siento que, a partir de ahora, mi vida se consumirá. Y la de mi hija también.

Adriel no añadió nada más.