El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El sueño de lo que se perdió #2
2%

El sueño de lo que se perdió #2

—¡No, padre, no lo voy a permitir! —repitió ella, con una firmeza que le nació de las entrañas—. No sé qué te ha llevado a tomar una decisión así —añadió, asumiendo que el castigo se debía al altercado con el capitán Ritwall—, pero Lyall seguirá durmiendo aquí. Conmigo. Como ha sido siempre.

Anna se mordió el labio con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerse daño. Miró el suelo. Apretó el delantal. No dijo nada, pero su silencio era un esfuerzo físico visible.

Lord Adriel no le quitó la vista de encima a su hija; la miraba muy fijo mientras tomaba aire de forma lenta y pesada por la nariz.

Sus dedos se hundieron con fuerza en la madera del marco de la ventana.

En algún rincón de su mente, una voz que llevaba años en silencio —simplemente porque nunca antes había hecho falta que hablara— le gritaba que le volteara la cara a Rebecca de una bofetada.

Le enfurecía la desvergüenza de aquellas palabras, dichas con una calma que lo asqueaba, como si lo que estaba pidiendo fuera normal.

Porque él «sabía». Sabía muy bien por qué Rebecca insistía con tanta vehemencia en que ese exsoldado…

esa aberración, pasara las noches con ella.

Pero a pesar del impulso eléctrico que le recorría el brazo por castigar la insolencia de su única hija, Adriel se contuvo.

«Si ella no fuera lo único que me queda en este mundo», pensó con amargura. «Si no estuviera enferma...».

Esa debilidad, esa sombra que siempre acechaba la salud de Rebecca, era la que terminaba por desarmarlo.

La rabia se le quedó atascada en la garganta, transformada en una mezcla agria de impotencia y también…

lástima. No podía romper lo último que lo mantenía unido a la cordura, aunque lo que tuviera delante le resultara cada vez más irreconocible.

—¿Quieres seguir durmiendo con él, hija mía?

—preguntó, con una voz que descendió hasta un tono muy bajo—.

¿Para seguir… revolcándote con ese animal todas las malditas noches?

¡Porque eso es lo que hacías! —estalló esta vez, incapaz de contenerse un segundo más—.

¡Ya lo sé todo! ¡Te entregabas como una cualquiera a un simple y miserable sirviente que tenía la obligación de cuidarte!

El silencio que siguió fue absoluto.

—Lord Adriel... —murmuró Anna, casi sin voz, como si solo pronunciar su nombre pudiera apagar un poco la llama— por favor —pidió en un tono bajito, porque no le gustaba que le gritara así a la niña.

Sin embargo, él no la escuchó.

Rebecca por su parte, tenía los ojos muy abiertos. Su boca se había entreabierto apenas. Algo en su pecho se había paralizado, como cuando uno da un paso en falso y siente el vacío bajo el pie antes de caer.

—No… —soltó al instante. Su voz sonó más quebradiza de lo que hubiera querido; fue una reacción instintiva, un reflejo de defensa—. ¡No es cierto! Lyall y yo no hacemos nada de eso, padre. ¡No es cierto!

La mentira le quemó la lengua al pronunciarla, pero la sostuvo como un escudo desesperado para protegerse del golpe de la culpa.

Lord Adriel cerró los ojos durante un segundo, como si intentara bloquear la realidad.

Cuando volvió a abrirlos, la rabia se había evaporado, dejando paso a algo mucho peor: una fatiga inmensa, el cansancio de un hombre que ya no tiene fuerzas ni para decepcionarse.

—Deja de mentirme en la cara, hija… —dijo—. Ya sabemos que no eres casta, Anna te examinó mientras dormías.

Cuando Adriel dijo eso, Rebecca se puso más pálida de lo que ya era.

—Y el mismo L-2235, a quien le pusiste nombre como si fuera un maldito perro, lo confirmó. Con su propia boca, el bastardo habló —agregó lord Adriel con una sonrisa que no tenía nada de gracia.

Rebecca no se movió.

—No sé qué vamos a hacer ahora —continuó su padre, y en el fondo de sus palabras se sentía algo que se parecía mucho al miedo, aunque él jamás lo llamaría por su nombre—. Porque, además… tienes síntomas. Puede que estés embarazada, Rebecca. Puede que estés…

Lord Adriel se pasó una mano por el rostro con un gesto pesado, desencajado.

—... que estés esperando un hijo de esa cosa.

El aire salió de los pulmones de Rebecca de golpe.

Todo lo demás desapareció. El capitán Dante, el jardín, la pelea de los dos, el escándalo de la tarde, todo se desvaneció como niebla al sol y solo quedó esa palabra flotando en el centro de su mente:

Embarazada. Un bebé, su madre… perdiendo a un bebé…

Y entonces la tos llegó. No fue una tos suave. Fue un ataque brusco, involuntario, que le sacudió el pecho con fuerza. Se dobló hacia adelante, incapaz de controlarla, y Anna ya estaba de pie antes de que terminara el segundo espasmo, acercándole un vaso de agua con manos rápidas.

—¡Beba, mi lady, beba despacio! —dijo Anna en voz baja, con una mano en la espalda de Rebecca.

Lord Adriel se había acercado también. Por mucho que estuviera furioso, por mucho que cada fibra de su disciplina militar estuviera tensa como una cuerda a punto de romperse, el pánico que le producía verla toser así era más fuerte que todo lo demás.

Se quedó de pie a un metro de la cama, con las manos a los costados, incapaz de hacer nada más que esperar a que su hija se le calmara el ataque.

Pero luego de un rato, la tos cedió despacio. Rebecca tomó un sorbo de agua. Luego otro mientras tenía el rostro rojo y los ojos llorosos.

Mientras la observaba, Adriel hizo un inventario amargo de todo lo que la vida le había arrebatado sin pedir permiso: la guerra que devoró a su hijo Robin, la tristeza que consumió a su esposa, la desgracia que le robó al bebé que nunca nació y, ahora, esa enfermedad que se filtraba en Rebecca, llevándosela poco a poco.

Luego, sus pensamientos se fueron hacia ese muchacho miserable que dormía bajo su techo.

Según los carniceros del Proyecto Nimrod, aquel joven era el resultado de inyecciones de la flor de Nashar, esa planta que, según ellos, despertaba algo ancestral en la sangre de ciertos hombres de Sabaoth.

Decían que, con la ayuda de la composición de esa flor, despertaban de las venas de ciertos individuos, lobos, tigres o águilas; leyendas de hombres-bestia que habrían caminado por la tierra en tiempos remotos hasta extinguirse, pero que seguían vigentes en la sangre de algunos pocos.

Adriel nunca había creído en semejantes fábulas. Para él, aquello no era más que misticismo barato, una mentira diseñada para maquillar los experimentos atroces de unos estudiosos sin escrúpulos que usaban a niños desprotegidos como sus animales de pruebas.

Pero ahora había un resultado concreto de esos experimentos durmiendo en el establo de su mansión. Y tal vez creciendo dentro del vientre de su única hija.

¿Qué podría nacer de eso?

No quería ni imaginarlo.

Entonces, cuando la tos cedió por fin, Adriel dio un paso hacia la cama.

Se sentó en el borde, cosa que rara vez hacía, y rodeó a Rebecca con un brazo.

Ella no correspondió el abrazo. Estaba quieta, con los ojos fijos en algún punto del colchón, como si la noticia la hubiera dejado suspendida en algún lugar fuera de su propio cuerpo.

—Buscaremos la forma de salvarte, hija mía —dijo él, y en su voz había una urgencia que rozaba la súplica—. No puedes tener a ese bebé. No puedes. Tu cuerpo no lo resistiría, ya el doctor Walter me lo explicó, y además...

No terminó la frase. No hacía falta.

Rebecca no se movió. Solo sus labios se abrieron en un susurro tan bajo que casi no se escuchó:

—¿Estoy... embarazada de Lyall?

Su padre no respondió.