El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2)
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El sueño de lo que se perdió
Había un olor a rosas en el aire. Rebecca lo supo incluso antes de abrir los ojos en medio de su sueño.
Ella sentía ese perfume tan denso que tenía un toque dulce que su madre siempre llevaba consigo, impregnado en sus vestidos, en su cabello, en las almohadas de su cama.
Era un aroma que Rebecca había olvidado con los años, o que quizás había enterrado a propósito, porque recordarlo todavía le dolía mucho...
En aquel entonces, su madre olía a dulzura y a rosas. Hoy, Rebecca no podía ni ver las rosas.
En ese momento, Rebecca seguía dormida, estaba soñando, y en aquel sueño, tenía trece años… la edad en que su madre partió de ese mundo…
Tenía cinco años menos y el cuerpo lo sentía más liviano; podía sentarse al borde de la cama de su madre sin apoyarse en nada, con un libro abierto sobre esas rodillas flacas que tanto detestaba.
La habitación era amplia y la luz entraba de lleno, apenas tamizada por unas cortinas crema que bailaban con el aire húmedo.
Afuera, la primavera se deshacía en una lluvia mansa, con un golpeteo rítmico contra el cristal que siempre lograba calmarla.
Su madre descansaba hundida entre las almohadas; se había consumido tanto en el último año que parecía otra persona.
Desde que Robin murió —o, mejor dicho, desde que lo que quedó de él regresó en un cajón que nadie se atrevía a abrir—, ella se había ido apagando como una vela a la que le roban el aire, muy despacio.
Comía por inercia, hablaba apenas y su sonrisa se había extinguido.
Nadie lograba rescatarla de ese abismo, ni Adriel, su esposo, ni mucho menos su hija.
La mujer insistía en que la culpa era de Adriel, por meter a su Robin en el mundo militar —siempre es más fácil vivir con un culpable a mano—, pero él prefería el silencio y la distancia antes que defenderse de las acusaciones.
Rebecca, en cambio, no se rendía. Se sentaba al lado de su mamá y le leía en voz alta, convencida de que las palabras serían su medicina.
Y funcionaba. En esos momentos, algo se “movía” en el vacío de su madre: sus ojos recuperaban cierto brillo y sus labios se curvaban apenas, como si la historia fuera el único hilo del que aún podía sostenerse para no caer del todo.
—Sigue, Becca —susurraba su madre—. No pares.
Y Rebecca seguía. Aunque le doliera la garganta. Aunque ya hubiera leído ese capítulo tres veces esa semana. Lo hacía porque era lo único que funcionaba. Lo único que devolvía a su madre al mundo de los vivos, aunque fuera por unos minutos.
Pasaron meses así. Luego un año entero.
Durante ese año, el muro que separaba a sus padres terminó por derrumbarse.
La madre de Rebecca al fin dejó de buscar en Adriel un responsable para su dolor y, poco a poco, volvió a buscarlo a él.
Empezaron a compartir más tiempo, como en los viejos tiempos, recuperando los espacios que el luto les había arrebatado.
Y fue justo en ese refugio de paz recién recobrada, cuando las culpas se disolvieron en el perdón, que llegaron las buenas noticias.
Rebecca recordaba el día con una claridad que todavía le cortaba el pecho.
Su madre la llamó a su habitación con una voz diferente.
Más viva. Más presente. Cuando entró, encontró a su madre sentada en la cama, no recostada, sino sentada, con la espalda derecha y una sonrisa que Rebecca no había visto en mucho tiempo.
Eso la puso tan feliz, que su propia enfermedad, que tenía desde que nació se le olvidó por un pequeño momento.
—Dios me ha bendecido, Becca —dijo, tomando las manos de su hijita entre las suyas—. Voy a ser mamá otra vez.
Rebecca recordaba haber llorado. De alegría, de alivio, del peso inmenso que se levantó de sus hombros al ver que su madre volvía y que tendría otro hermano. Que había una razón para quedarse. Un nuevo hilo al que aferrarse.
Pero el sueño, como siempre, se oscureció…
Porque así habían sido siempre las cosas en la familia Bethel. Bonitas primero. Después, terribles.
Un aborto llegó sin previo aviso cuando el embarazo alcanzaba los cinco meses.
Fue una noche cualquiera, despojada de drama o señales de advertencia; un golpe seco y silencioso.
Con ese aborto se esfumó lo último que mantenía a la madre de Rebecca anclada a la vida.
Ese bebé, que ni siquiera llegó a tener un nombre, se llevó consigo los restos de la mujer que había logrado sobrevivir a un año de oscuridad.
Tras el vacío, no hubo llanto ni lucha. Su madre terminó de apagarse, así de sencillo.
No hubo enfermedad. No hubo fiebre. No hubo nada que el doctor pudiera señalar con el dedo y decir: “aquí está el problema, aquí lo atacamos”. Solo fue un lento alejarse. Un desvanecerse suave y silencioso que nadie pudo detener.
En el sueño que Rebecca estaba teniendo, recordando aquellos tiempos, ella volvía a esa noche.
La puerta de su habitación se abrió. Era tarde, debían ser las dos o las tres de la madrugada.
Su padre entró con una lámpara de aceite en la mano.
Vestía su ropa de día, lo que significaba que no había dormido.
Tenía los ojos secos, pero algo en su cara, en la rigidez de su mandíbula y en la forma en que sostenía la lámpara demasiado fuerte, decía todo.
—Rebecca… —susurró él, con esa voz plana que solo usaba cuando intentaba no derrumbarse.
—Tu madre ha muerto —sentenció.
Lo dijo con un tono tan seco, tan desprovisto de esperanza, que la jovencita supo en ese instante que jamás podría olvidar la frialdad en la voz de su padre. Pero a pesar de todo, ella no lo creyó. No de inmediato.
Sin embargo, ella tomó su bastón porque en aquel tiempo podía caminar más, y fue con su padre al cuarto de ellos dos.
Ahí estaba el Doctor Walter, recogiendo sus instrumentos con movimientos cuidadosos.
Y ahí estaba ella. Su madre. Con los ojos cerrados y una expresión tan tranquila que parecía dormida.
Parecía estar descansando por fin. Aunque se veía muy pálida… más de lo normal.
Rebecca se acercó. Al ver que su pecho no se movía, que el aire ya no entraba en sus pulmones, la comprensión la golpeó. Al principio no hubo lágrimas; solo la abrazó. Fue entonces, al sentir el cuerpo inerte de su madre, cuando el llanto estalló contra aquel cuello que ya empezaba a enfriarse.
Lloró por ella y por Robin; por el bebé que nunca tuvo nombre y por su padre, que permanecía en un silencio seco cuando debería estar rompiéndose. Lloró por todo lo que se había ido para no volver jamás.
Tenía catorce años. A partir de esa noche, Rebecca odió el número catorce. Y, por encima de todo, odió el olor de las rosas…
Y entonces, cuando el sueño llegó a ese abismo donde la memoria se vuelve insoportable, Rebecca abrió los ojos de golpe.
Su habitación estaba casi oscura. Sobre la mesita de noche, la lámpara daba un anaranjado resplandor tenue que apenas lograba lamer las paredes. Afuera, tras la rendija de las cortinas, el cielo era de un negro absoluto; esa clase de oscuridad que solo pertenece a quizás la medianoche.
Rebecca parpadeó varias veces, tratando de anclarse al presente.
Reconoció el tacto de las sábanas azules, la estructura del dosel, los límites familiares de su cuarto.
Estaba en casa. En realidad, nunca se había ido, pero recordar el pasado siempre la dejaba así: sintiéndose como una extraña en su propio espacio, como si su mente acabara de regresar de un viaje a un lugar que ya no existía.
Con un suspiro cansado, giró la cabeza despacio, con ese aturdimiento pesado que deja el sueño profundo.
A su derecha, Anna estaba sentada en la silla que siempre acercaba a la cama cuando Rebecca no se encontraba bien.
Tenía el delantal arrugado entre los dedos, apretándolo sin darse cuenta. Sus ojos estaban rojos.
A su izquierda, de pie junto a una de las ventanas que tenía la cortina abierta, estaba su padre. Lord Adriel tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba hacia afuera, aunque no había nada que ver en la oscuridad de esas horas.
Rebecca se aclaró la garganta. Tenía la voz rasposa, pastosa por las horas de sueño.
—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó mientras se restregaba sus ojos.
—Casi seis horas —respondió Anna con voz cuidadosa.
Seis horas. Afuera, la noche seguía siendo dueña de todo. Rebecca recordó el caos previo al sueño: la humillación del capitán Ritwall, la furia de Lyall estallando contra él, la sangre y esa violencia que, en lo más profundo de su ser... le había encantado más de lo que admitiría en voz alta.
La rubia intentó incorporarse, sintiendo el cansancio todavía adherido a sus huesos como un lastre, pero lo ignoró. Recorrió la estancia con la mirada: el sofá de terciopelo azul, la puerta, el rincón oscuro junto al armario. Nada. Su hermoso lobo no estaba ahí, aunque debería.
—¿Dónde está Lyall? —preguntó.
Al oírla, Anna apretó el delantal entre sus manos al igual que apretó sus labios. Lord Adriel, junto a la ventana, se tensó de forma evidente, aunque evitó girarse.
—Papá —insistió Rebecca, elevando apenas la voz—. Necesito explicarte lo que ha pasado hoy. Ese capitán Ritwall me insultó, me humilló de la peor manera, y Lyall solo...
—Ese maldito animal. —La voz de su padre interrumpió lo que ella intentó decir.
El lord se giró por fin, y Rebecca vio en la cara de su padre algo que pocas veces había visto: una rabia fría, de la que sabía bien cómo guardarse
—Estoy decidiendo qué hacer con él... —murmuró Lord Adriel, sin apartar la vista del oscuro exterior—. Pero de momento, a partir de esta noche dormirá en los establos. Ese malnacido animal no volverá a poner un pie en esta habitación mientras viva.
Rebecca lo miró con los ojos desorbitados, incapaz de procesar el golpe.
—¡No! —exclamó, sin dudarlo un solo segundo.
Lord Adriel frunció sus labios mostrando su molestia, pero Rebecca no retrocedió.