El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Espada de hueso y sangre real #2
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Espada de hueso y sangre real #2

Y ahora, se encontraban justo a la entrada de la ciudad antigua.

El lugar que se extendía ante sus ojos era un vasto conjunto de ruinas, abandonado desde antes de que estallara la guerra contra Horeb.

Aunque las estructuras sumaban varios siglos de antigüedad, la solidez de sus edificaciones las mantenía en pie en su gran mayoría.

Rebecca recordaba las leyendas sobre el sitio: algunos decían que allí habían habitado los hombres bestia antes de ser exterminados, y que tras la matanza el reino prefirió reconstruir la capital alrededor del palacio y alejarse de ese lugar; otros culpaban a guerras pasadas, y los más supersticiosos aseguraban que una peste devastadora erradicó a la población, sembrando un temor reverencial que impidió que nadie regresara jamás.

Sin embargo, debido a la resistencia de sus muros, las ruinas se habían convertido en el refugio predilecto de los desterrados.

Las torres puntiagudas, a medio derrumbar, se recortaban contra el cielo nocturno cubiertas de hiedra y musgo.

El silencio que reinaba en el ambiente era absoluto, denso, muy distinto al del campo o al de los jardines de la mansión.

Lyall bajó de un salto y se dirigió a la parte trasera de la carreta. Retiró la lona con suavidad.

—¿Estás… bien? —preguntó. La inquietud, que jamás se reflejaba en sus facciones, se percibía nítida en su tono de voz ronco.

—Estoy algo adolorida; es la primera vez que viajo oculta en un cargamento —respondió Rebecca, soltando una ligera tos—, pero estoy bien.

La joven contempló los vestigios de lo que alguna vez fue una espléndida urbe y un escalofrío la recorrió, ajeno al frío de la noche que ya gobernaba el entorno. Lyall la tomó en brazos con su delicadeza habitual y se internó con ella hacia el corazón de las ruinas.

—Buscaré… un lugar para… pasar… la noche. Estaremos… bien —aseguró, dedicándole una pequeña sonrisa.

Rebecca suspiró y le devolvió el gesto, reconfortada.

—No me sorprende que digas eso, mi lobo.

—¿Que… estaremos bien?

Ella asintió, entornando los ojos con dulzura.

Sin embargo, apenas hubieron avanzado unos metros entre los muros en ruinas, Lyall se detuvo en seco y su sonrisa se borró por completo. Olfateó el aire. Su expresión se tornó de piedra.

—No estamos… solos —advirtió en un susurro, barriendo el entorno con la mirada sin llegar a mover la cabeza.

Asustada, Rebecca se aferró con más fuerza al cuello de él.

En ese instante, un silbido agudo cortó el viento. El instinto de Lyall se anticipó a cualquier pensamiento: estiró la mano libre y atrapó una flecha al vuelo a escasos centímetros de su rostro. Examinó la punta y la acercó a su nariz; el hedor que desprendía era inconfundible.

—Veneno…

Rebecca miró a su alrededor con ojos desorbitados.

De entre las sombras de los edificios destruidos comenzaron a emerger siluetas portando antorchas.

Al frente marchaba un hombre mayor, de cabello cano recogido en una coleta y barba larga, dotado del porte imperturbable de alguien que está habituado a liderar.

Detrás de él lo secundaban decenas de hombres y mujeres armados con lanzas y espadas, todos con el semblante endurecido de personas que no tenían nada que perder.

Lyall emitió un gruñido sordo, preparándose para lo peor. Al tensar sus sentidos, percibió una mezcla de aromas familiares: entre la multitud detectó el rastro de otros lobos, leones y tigres.

Había exsoldados bestia allí dentro. Eso lo puso más alerta que nunca.

El anciano líder se aproximó con cautela.

A primera vista supuso que se trataba de dos amantes fugitivos en busca de refugio; de hecho, en cuanto le informaron que los intrusos habían llegado en una carreta, su plan inicial fue despojarlos de todo lo que tuvieran para luego expulsarlos de sus dominios.

Siempre hacían lo mismo con la gente inútil que aparecía por allí creyendo de forma ingenua que la ciudad antigua era el escondite perfecto.

No obstante, al observar la destreza con la que el desconocido interceptó la flecha lo hizo dudar, y sus sospechas se confirmaron cuando uno de sus rastreadores se le acercó al oído.

—Huele a lobo... —susurró el subordinado.

Lyall captó el comentario con su oído agudo y frunció el ceño mientras la turba terminaba de cercarlos. Calculó el número de oponentes con la rapidez que le otorgaba su instrucción militar: eran al menos ochenta personas rodeándolos por completo.

El comandante sonrió de medio lado.

—Tienes buenos reflejos para ser un simple humano —sentenció a un par de metros de distancia. Tomó una de las antorchas para iluminar al sospechoso y dio un paso al frente.

En cuanto el hombre intentó acercarse más, Lyall enseñó los colmillos con un bufido salvaje, advirtiendo que no dudaría en destrozar a quien lo tocara.

Sin embargo, al revelar las facciones de aquel lobo bajo el fuego de la antorcha, el anciano abrió los ojos de par en par y retrocedió un paso, estupefacto.

—No… no puede ser —murmuró.

—Si intentan… algo… los… aniquilaré.

El líder lo estudió en silencio. Poco a poco, la sorpresa en sus ojos se transformó en un asombro reverencial.

—Eres un lobo —articuló, aunque la implicación de sus palabras iba mucho más allá del informe de su rastreador.

—Ya… lo sabes. Él… —Lyall señaló con la mirada al otro lobo que permanecía entre la multitud— te… lo dijo.

El anciano de barba blanca examinó cada facción del joven. Era el príncipe Joel; no cabía la menor duda por la herencia de sus rasgos.

—Entonces sobreviviste —declaró casi sin aliento—. Estás vivo… ¡Jade, Jade! —bramó hacia la multitud.

A los pocos minutos, una mujer de unos cuarenta años se abrió paso entre la turba.

Al fijar la vista en Lyall, la recién llegada —llamada Jade— se cubrió la boca con ambas manos y rompió a llorar, buscando confirmación en el rostro del líder.

La confusión de Rebecca y su lobo aumentaba a cada segundo.

La mujer avanzó dispuesta a tocarlo; Lyall se tensó y retrocedió un palmo, manteniendo su instinto asesino más activo que nunca.

Si aquella desconocida realizaba un solo movimiento hostil, acabaría con ella.

Sin embargo, las manos de Jade se posaron en sus mejillas con una devoción infinita antes de desviar la mirada hacia Rebecca.

—Sobreviviste… Sí, eres el príncipe Joel. Pero… ¿cómo llegaste hasta aquí?

—Parece que tantos años de plegarias surtieron efecto, Jade —comentó el anciano con una sonrisa teñida de melancolía y de ironía también.

—¿Ustedes… cómo es que…? —Rebecca no sabía por dónde empezar a interrogar.

—¿Cómo llegaron a este lugar? —inquirió el líder a su vez.

—¡La reina intentó asesinar a Lyall! —exclamó Rebecca, asimilando que aquellos desconocidos poseían las piezas que les faltaban—. ¡Ella lo descubrió! ¡Él pertenece a la familia real!

El anciano reparó en ella por primera vez. Hasta ese instante, tanto él como la conmovida mujer habían ignorado su presencia por completo, volcados en el exsoldado.

—¿Cuál es tu nombre, muchacha? —preguntó con tono severo pero educado.

—Mi nombre es Rebecca B…

La rubia se interrumpió y tragó saliva. El apellido Bethel estuvo a punto de traicionarla, pero su astucia se impuso a tiempo.

—Rebecca Billard.

El hombre asintió con lentitud, pensando su respuesta con la misma fijeza con la que analizaba a Lyall.

—Permítanme presentarme —declaró, irguiéndose con solemnidad—.

Soy Oskar Dindart, antiguo comandante de la guardia real de Sabaoth.

Ignoro qué incidentes los han conducido hasta nuestro refugio, pero los dioses han escuchado a esta mujer —dijo señalando a Jade—.

A partir de hoy, la resistencia adquiere un verdadero propósito: el príncipe Joel ha regresado a nosotros.

Esa corona le será arrebatada a la usurpadora y a su hijo maldito bastardo.

Rebecca entreabrió los labios, abrumada por el peso de sus palabras.

—¿Resistencia?

—Quién… —intervino Lyall, clavando los ojos en la mujer que aún lloraba a su lado. Por lo visto, aquello era lo que más le intrigaba; le importaba mucho más la identidad de esa desconocida que los planes de la supuesta resistencia—. ¿Quién es ella…?

Jade lo contempló con cierto dolor y ternura en su mirada.

—Yo era tu nana, Joel. La encargada de velar por ti cuando los reyes debían atender los asuntos del Estado. Yo estuve presente la noche de la masacre… Todo ocurrió en la oscuridad.

La mujer apartó el cuello de su vestido a la altura de la clavícula, dejando al descubierto una enorme y grotesca cicatriz de arma blanca.

—Intenté salvarte en cuanto se desató el caos.

Cuando la muerte inundó el palacio, te tomé en brazos y corrí con todas mis fuerzas para sacarte de allí.

Pero me alcanzaron. Te arrancaron de mi pecho y me apuñalaron; me dieron por muerta y me abandonaron en el suelo…

Por fortuna, sobreviví. Oskar me rescató y logró salvarme la vida —concluyó, dirigiendo una mirada de profunda gratitud hacia el antiguo comandante.

Oskar le sonrió con nostalgia y luego se volvió hacia los recién llegados.

—Tenemos mucho de qué hablar —anunció, haciéndoles un ademán para que lo siguieran—. Por favor, acompáñenme.

Rebecca y Lyall cruzaron una mirada colmada de recelo.

No confiaban en ellos, pero la necesidad de obtener respuestas los empujaba a aceptar la invitación.

Lyall mantuvo los músculos tensos y los sentidos alerta; mientras no se demostrara lo contrario, consideraba aquellas ruinas como territorio enemigo.

Su prioridad absoluta no era descifrar su pasado, sino garantizar la seguridad de su amada y de la nueva vida que crecía en su vientre y eso haría así fuera lo último que hiciera.

Continuará…