El lobo de los Kincaid (Los indomables Kincaid 8) Capítulo 1 #2
3%

Capítulo 1 #2

Con los puños apretados en las caderas, el highlander contemplaba el agua.

Su cuerpo estaba tenso, como si percibiera algo allí y necesitara estar listo para lanzarse a la batalla.

Una mujer bajo la protección de este hombre nunca tendría que preocuparse por su seguridad.

Y si Maisyl fuera cualquier otra mujer con cualquier otro padre, habría llamado su atención ante la posibilidad de que estuviera soltero y buscara esposa.

Pero ya se había visto obligada a ver morir a un hombre por ella. Se negaba a ver morir a otro.

Jonathan había sido todo dulzura y bondad, y Maisyl había creído que era su único y verdadero amor.

Pero, a diferencia del highlander al otro lado del lago, cuya fuerza brutal se podía apreciar incluso a distancia, Jonathan parecía lo que era: un joven ingenuo y esperanzado.

Se había enamorado de su sonrisa despreocupada, y su espíritu confiado le había robado el corazón la primera vez que se habían visto.

Pero lo que más le había sorprendido era que ella le había robado el suyo a él.

Maisyl nunca soñó que su padre no aprobaría que se casaran.

Había creído sinceramente que a él no le importaría ni se daría cuenta de su ausencia.

Desde luego, no tenía ni idea de lo que su padre era capaz de hacer para asegurarse no solo de que ella y Jonathan nunca estuvieran juntos, sino de que ella nunca se atreviera a enamorarse de nuevo.

El caballo relinchó. Tras echar una última y larga mirada a su lado del lago, el hombre se giró y se dirigió hacia su montura, pero en lugar de volver a montarse, se quitó la cantimplora.

Volviendo a la orilla, se arrodilló para rellenar la bolsa de cuero.

Después, sin duda desaparecería tal y como había llegado.

Maisyl se mordió el labio inferior.

No te vayas, imploró en silencio. Quédate unos minutos más antes de desaparecer, para no volver a ser visto jamás. Esperaba estar equivocada, pero era poco probable.

Salvo en los fríos meses de invierno, llevaba casi un año acudiendo a este lago casi todas las semanas y ni una sola vez había visto a nadie, ni siquiera nada en la zona que indicara que alguien hubiera estado allí durante su ausencia.

La soledad garantizada del lago era la principal razón por la que Maisyl venía.

Constantemente rodeada por el ruido y el hedor de los mugrientos estibadores, los trabajadores del puerto y los marineros entrometidos y aspirantes a soldados demasiado seguros de sí mismos, necesitaba un respiro semanal, y este lugar apartado le daba fuerzas para aguantar otros seis días más.

Y aunque ansiaba la paz y la intimidad que el lago solía ofrecer, este highlander era un festín para los ojos de cualquier mujer, y Maisyl iba a disfrutar de cada segundo mirándolo antes de que desapareciera.

Tras llenar la bolsa, el soldado se volvió a colocar la cantimplora y luego, en lugar de volver a montar, cerró los ojos, respiró hondo y contuvo el aliento.

Su pecho se expandió y Maisyl sintió el impulso de recorrer con los dedos cada protuberancia, desde los brazos hasta el pecho, pasando por lo que sin duda eran unos abdominales perfectos, y luego hasta lo que había bajo su tartán.

Frunciendo el ceño, Maisyl estudió el oscuro estampado de verdes y azules que estaba realzado con colores vivos de oro, rojo y burdeos.

—Mo chreach —murmuró entre dientes.

El soldado era un Kincaid. No debería sorprenderla; al fin y al cabo, se encontraba en tierras de los Kincaid... aunque por los pelos. Sin embargo, varias familias nómadas habían hecho de estas colinas su hogar y solo un puñado se hacía llamar Kincaid.

Hacía unos años, la mayoría de los lugareños que se habían quedado sin clan tras años de lucha contra los ingleses se habían unido bajo el dominio de los Kincaid.

La mayoría había abandonado esta zona para vivir más cerca de la protección del castillo Kincaid más cercano, Fàire Creachann, enclavado a la orilla del lago Torridon.

Sin embargo, unos pocos habían jurado lealtad a los Kincaid que habían optado por seguir ganándose la vida entre estas colinas.

Luego estaba el pequeño puñado que se había negado rotundamente a trasladarse o a vivir bajo el dominio de nadie, incluidos los Kincaid.

La zona era técnicamente territorio de los Kincaid, pero mientras no causaran ningún daño, el poderoso clan los había dejado en paz.

Esa generosidad no se extendería a ella.

Era una MacNair, vecina del norte y enemiga de los Kincaid.

Su padre había dejado claro su disgusto cuando Logan Kincaid fue nombrado terrateniente de la zona.

Habiendo vivido toda su vida en la región y siendo ya terrateniente, pensaba que debería haber sido él quien estuviera al mando.

Se rumoreaba que ni siquiera lo habían tenido en cuenta ni invitado a las conversaciones.

Como resultado, su padre se había asegurado de que solo reinara la animadversión entre sus dos clanes.

Lo último que necesitaba era que la pillaran nadando desnuda en las tierras de los Kincaid.

Maisyl no temía al soldado Kincaid; temía a su padre.

Solo pensar en lo que él podría hacer le hacía estremecerse, especialmente si este montañés la veía y se le ocurría llevársela él mismo.

Desprovisto de cualquier emoción que pudiera percibirse como bondadosa, su padre lo controlaba todo con un puño despiadado y maníaco, y su hermano menor, Eògan, ansiaba demostrar que era igual que él.

Maisyl había descubierto el camino rocoso que llevaba al lago hacía poco más de un año, durante uno de sus paseos semanales.

El respiro que le proporcionaba era solo temporal, pero había llegado a necesitar esas pocas horas lejos de su padre y del placer que este sentía al atormentar a quienes le rodeaban.

Caelan, su tío y principal guardaespaldas, se había mostrado bastante agitado el día que cruzaron a las tierras de los Kincaid, pero Maisyl se había sentido impulsada a cabalgar tan rápido como pudo y no le habían importado las fronteras ni la posible acritud que su presencia pudiera causar.

Solo necesitaba sentirse libre de las ataduras de su vida por un rato, y las tierras pertenecientes a su clan eran demasiado pequeñas para proporcionarle esa sensación de libertad.

Además, prácticamente nadie vivía por esos lares.

El lado norte de las colinas de Torridon era frío, rocoso, imposible de cultivar y ofrecía poca hierba para que pastara el ganado.

Había que buscar los valles para encontrar a alguien.

Estaba a punto de dar media vuelta y hacer caso a las exigencias de Caelan de que regresaran a las tierras de los MacNair cuando un rayo de sol que se coló entre las nubes siempre presentes iluminó la entrada a un estrecho paso rocoso.

Maisyl había decidido que Dios la estaba llamando para que viera qué misterios había creado.

Caelan no estaba de acuerdo, y Maisyl casi se había dejado convencer por él para marcharse, pues hacía tiempo que había aprendido a reprimir cualquier pensamiento o sentimiento de curiosidad por miedo a lo que su padre pudiera hacer si ella descubría o veía algo que no debía.

Pero algo la empujaba a despojarse de sus inhibiciones y ceder a su espíritu curioso y enterrado.

El camino era demasiado estrecho y empinado para un caballo, así que había subido a pie.

Aunque no fue una subida difícil, había sido más larga de lo que había previsto, lo que había hecho que Caelan se quejara sin cesar.

Pero cuando vio el lago cristalino reflejando las nubes en el cielo azul, se alegró mucho de haber persistido en la subida.

Maisyl sintió como si hubiera encontrado un pedacito de cielo que Dios había esculpido solo para ella.

Cada fibra de su ser había querido quitarse la ropa, zambullirse en las aguas y disfrutar de la tranquilidad, aunque solo fuera por un rato.

Por supuesto, Caelan se había asegurado de que eso no sucediera con sus exigencias de que regresaran inmediatamente o se enfrentaran a las consecuencias.

Sabiendo que él no exageraba lo que podría pasar, Maisyl había accedido a marcharse, pero solo después de que Caelan accediera a dejarla volver la semana siguiente.

Y así, había regresado, esa semana y todas las que siguieron durante el último año, siempre que el tiempo lo permitiera.

Para desconcierto de Caelan, la lluvia casi siempre amainaba la mañana de su paseo.

Tras semanas de subir hasta el pequeño lago solo para confirmar que no había nadie ni ningún animal por allí, ni siquiera se había acercado a aquel pequeño refugio de agua, Caelan había decidido quedarse atrás con la excusa de cuidar de los caballos.

Maisyl apoyaba plenamente la idea. Quería a su tío y disfrutaba de su compañía, pero su ausencia le ofrecía la oportunidad de hacer lo que había deseado desde que había divisado el lago por primera vez.

Desnuda, se había zambullido en las aguas alimentadas por la nieve. Fría y soportable solo a la luz del sol, el agua helada se había convertido en el remedio perfecto para alejar la tristeza que a veces amenazaba con apoderarse de ella.

Maisyl sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ahora necesitaba que el highlander se marchara por otra razón. Para mantenerse caliente, tenía que moverse o salir del agua. Empezaba a temblar mientras se mantenía quieta con solo los hombros por encima de la superficie.

Cerrando los ojos con fuerza, Maisyl deseó con todas sus fuerzas que Dios obligara al apuesto Kincaid a volver a montarse en su caballo y marcharse para poder salir de las frías aguas.

Lentamente abrió un solo párpado y suspiró.

El hombre seguía allí de pie, con las manos en las caderas, mirando a su alrededor.

No había forma de saber cuánto tiempo se quedaría.

Maisyl sopesó sus opciones: morir de frío, seguir rezando o llamarlo.