Capítulo 39
Einar
Ver a mi hermana después de tantos meses, después de pensar que nunca volvería a verla, fue como un mazazo.
Sé que, por un momento, pensó que volvería a repudiarla como hice la última vez que estuvimos frente a frente.
Nada más lejos de la realidad, lo único que deseaba era abrazar su menudo cuerpo, ahora hinchado por el hijo que crece en su interior, y protegerla de todo mal.
¿En qué momento creció tanto y dejó de ser aquella chiquilla que me seguía a todos lados? Ahora es una mujer casada y muy pronto será madre, ahora, mientras la observo hablar con Nessa y Gillian, no puedo creerme que de nuevo estemos juntos.
—Espero que no vuelvas a hacerle daño. —Connor aparece a mi lado—. O esta vez no te librarás de mí.
—La sombra que veo en sus ojos dudo que sea por mi culpa, chico. —Aprieta la mandíbula—. Te voy a hacer la misma advertencia que me acabas de hacer a mí. —Me mira sin temor—. Si me entero de que la haces infeliz, pienso dejarla viuda y al infierno todo lo demás.
—No creo que a tu esposa le guste que mates a su único primo —replica con sorna—.
No eres el más indicado para dar lecciones, vikingo.
Tú has hecho sufrir no solo a mi prima, sino a toda mi familia.
No soy como Ethan o como mis tíos, Cedric y yo nos parecemos más, aunque no compartamos la misma sangre —bromea—.
Ninguno de los dos te quiere en Dunmara.
—Basta, Connor. —El susodicho aparece tras nosotros—. ¿Por qué no te concentras en el bienestar de tu esposa? —Lo mira incrédulo.
No dice nada; se aleja de nosotros, no para ir al encuentro de Freydis, que de reojo ve preocupada cómo su esposo sale del salón como alma que lleva el diablo.
—¿Desde cuándo me defiendes? —pregunto sorprendido.
—Me salvaste la vida, no tenías por qué hacerlo —masculla incomodo.
—No quiero tu agradecimiento y mucho menos que me mires con lástima porque me hayan herido; no es la primera vez ni la última, de eso estoy seguro. Lo hice sin pensar —me encojo de hombros—. Sé cuánto te ama Nessa…
—O puede que no seas tan malo como quieres que todos pensemos —dice pensativo; gruño ante tal insulto, él tiene la desfachatez de reír—. Nessa te ha cambiado para bien, y puede que estuviera equivocado.
Se aleja dejándome con la boca abierta, jamás pensé que Cedric MacGregor diera su brazo a torcer en lo que a mí se refiere. Escucho un quejido ahogado, miro a mi hermana que se encoge por el dolor, llego hasta ella en dos pasos.
—¿Qué sucede? —pregunto asustado. Miro a Nessa en busca de ayuda—. Que llamen a la partera —ordeno, preso del pánico más absoluto.
—Ayúdame a subirla a su alcoba —dice mi esposa—. La prepararemos.
Las mujeres nos siguen en silencio, como si supieran que es lo que deben hacer. Entre mis brazos, Freydis tiembla y se aferra con fuerza cada vez que el dolor recorre su cuerpo.
—Aguanta —le pido—. Debes ser fuerte, sé que lo eres.
—Tengo miedo —susurra contra mi cuello—. ¿Y si muero igual que madre?
Nuestra madre murió en el parto junto a nuestro hermano. Me niego a que eso le pase a mi hermana. La dejo sobre el lecho, de inmediato, Maeve toma el mando por ser la mayor, mira entre sus piernas, aprieta los labios y asiente.
—Está de parto —anuncia—. ¿Por qué te has callado, muchacha? Seguramente el viaje a caballo ha adelantado el trance.
—No importa —sisea tras un nuevo dolor—. ¿Qué tengo que hacer?
—Pujar cuando llegue la hora, mientras tanto… —me mira—, tienes que salir —niego—. Einar, ve en busca de Connor, dile que va a ser padre pronto, y esperad en el salón.
Salgo a regañadientes, mi hermana me implora con los ojos que no lo haga, lo cierto es que no sé si seré capaz de presenciar su sufrimiento.
—¿Dónde demonios está Connor? —pregunto a Ethan, que pasea nervioso por el salón—. Su mujer está de parto, su hijo nacerá en unas horas y…
—Cedric ya ha ido a buscarlo. —Un grito nos hace mirar hacia arriba—. Maldita sea —masculla—, ¿por qué las mujeres quieren pasar por esto?
Alzo una ceja sin comprender a qué viene esa maldita pregunta, cuando es mi hermana la que está sufriendo allí arriba.
Paseo nervioso, no soy capaz de permanecer quieto sabiendo lo que le espera a Freydis.
No puedo evitar recordar la escena que presencié cuando nacieron los gemelos, la sangre, la palidez de la muerte en el rostro sudoroso de mi esposa.
—¡¿Dónde estabas?! —le grito en cuanto entra acompañado de Cedric, este último parece furioso—. Freydis… —De nuevo ese grito que hiela la sangre; Connor palidece—. Si le pasa algo, te mataré.
Siento que vuelvo a ser ese Einar sediento de sangre, el que solo busca vengar el dolor y sufrimiento de los míos. Ethan intenta controlarme, dejo que lo haga, porque perder el control no es una opción sabiendo que causaría daño a Nessa.
Lo veo subir corriendo las escaleras. Quisiera ir con él, pero sé que no me corresponde.
Aunque soy su hermano, es su esposo quien debe estar a su lado en este amargo trance.
A mí solo me queda implorar a todo aquel que quiera escucharme que no me arrebate a mi hermana.
He visto morir a demasiadas mujeres en labor de parto, primero mi madre, después Aileen; casi pierdo a Nessa…
—Lo conseguirá —dice Cedric—. Tu hermana es una de las mujeres más fuertes y valientes que he conocido.
—¿Dónde estaba? —me mira comprendiendo de inmediato. Niega—. ¿Dónde?
—Haciendo el imbécil —replica —. Ahora no es momento para esto. Ya habrá tiempo para hacerle entrar en razón.
—¿Qué es lo que no me estás contando? —inquiero entre dientes—. Si le hace daño…
—Deja que ellos solucionen sus problemas —interrumpe—. Todos hemos pasado por dificultades, Einar. ¿No recuerdas tu propio matrimonio? El inicio del mío no fue mucho mejor, te lo aseguro.
No puedo ser tan hipócrita. Yo soy el menos indicado para dar lecciones, sin embargo, se trata de mi hermana, si no la protejo yo, ¿quién lo va a hacer?
Las horas pasan; me parecen eternas. Nadie baja a informarnos de nada. Ya no escucho a Freydis gritar y no sé qué es peor. Cedric, Ethan y mi suegro han tenido que disuadirme, incluso amenazarme con dejarme sin sentido de un puñetazo si subo esas escaleras antes de tiempo.
—Voy a volverme loco —espeto levantándome de nuevo de mi asiento—. ¿Por qué tardan tanto?
—¿Acaso mi hija dio a luz rápido? —pregunta Donnan. Lo pienso, finalmente niego—. Siéntate, muchacho. Esto puede durar horas…
Se escucha un llanto débil, pero soy capaz de oírlo. Corro escaleras arriba; me da igual lo que digan los demás. Abro la puerta sin pedir permiso, todos me observan sorprendidos, todos menos Freydis, que me recibe con una sonrisa cansada.
—Hola, hermano. —Camino hacia ella y caigo de rodillas al lado de su cama—, todo ha ido bien —susurra al verme tan preocupado, su mano acaricia mi mejilla—. Deja que te presente a tu sobrina.
Nessa se acerca con un pequeño bulto en brazos. Me lo tiende con una sonrisa radiante, a pesar de que ella también parece cansada. Su trenza deshecha y su ropa manchada; irradia felicidad.
—Te presento a Kenna Sinclair —dice emocionada—. Es preciosa, aunque esta señorita se ha hecho de rogar —bromea.
Connor mira a la nada; no comprendo su reacción.
Sin embargo, cuando miro por primera vez la carita de Kenna, me deja sin aliento, es como volver a sostener a Freydis entre mis brazos.
Muerdo mi labio inferior para no llorar como un niño delante de todos.
Mi hermana me observa sonriente; imagino que sabe lo que estoy pensando.
—Kenna —susurro. La bebé abre sus ojos, incluso parece que me reconoce, aunque suene a locura—, mi dulce pequeña —aspiro su aroma—, juro que siempre cuidaré de ti…
—Eso no te corresponde a ti, vikingo —Connor parece reaccionar—. Dudo que puedas hacerlo cuando regresemos a Girnigoe.
—Connor —amonesta mi hermana—, basta.
—No me des órdenes —masculla. Me tenso por la forma en que le habla—. Estoy cansado de todo esto, ¿eres consciente de que el parto se ha adelantado por tu empeño en viajar? Has puesto en peligro la vida de mi hija y la tuya solo por un capricho.
—No es el momento, Connor —intercede Gillian—. ¿Qué demonios te pasa, hermano? Acabas de ser padre, ¿por qué no estás feliz?
—Porque soy la madre. —Todos miramos a Freydis, ha perdido el poco color que conservaba su rostro, sus ojos ya no brillan, solo por eso, siento ganas de matarlo—. ¿No es cierto, esposo? —pregunta con ironía.
—No digas tonterías —escupe—. Tenéis razón, no es el momento. Descansa, las mujeres se ocuparán de Kenna mientras lo haces.
—De mi hija me ocupo yo —sentencia con firmeza—. Einar, dámela, por favor.
Se la doy, aunque no estoy muy seguro de que sea capaz de atenderla, se ve agotada, y aunque Connor no sea alguien al que tenga aprecio, tiene razón.
Una a una las mujeres se marchan una vez lavan y cambian las sábanas para que Freydis esté cómoda.
No quiero dejarla sola. Gillian insiste en ser ella quien la cuide esta noche, no me opongo porque sé que se sentirá mejor con una mujer que conmigo.
Pretendo ir a por Connor, que tras una última mirada a su esposa e hija se marcha. Nessa me lo impide; quiero matarlo, quiero hacerle sangrar, me siento atado de pies y manos.
—Deja que ellos lo solucionen —me pide con dulzura.