El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 38
91%

Capítulo 38

Nessa

Han pasado dos días desde que los hombres MacGregor tuvieron que salir para defendernos, y el susto de ver a Einar herido todavía no se me ha quitado.

Ni siquiera puedo dormir bien. Me encuentro aquí, dando vueltas en la cama, porque si cierro los ojos imagino a mi esposo desangrándose sin que nadie mueva un dedo para ayudarlo.

—¿Qué sucede? —la voz de Einar, medio dormido, me sobresalta.

—No pasa nada —replico—. Lamento haberte despertado…

—¿Crees que puedo dormir sabiendo que algo te perturba? —cuestiona abrazándome, me dejo envolver por su calor—. Nessa…

—Es por tu culpa —me revuelvo enfadada—. Dejaste que te hirieran —acuso.

—¿Preferirías que hubiera dejado que mataran a tu hermano? —replica. Niego a punto de llorar—. ¿Entonces?

—Os amo a los dos —digo emocionada—. Pero me aterra la idea de vivir sin ti.

—No tendrás que hacerlo —besa mi frente—. Deja de pensar en eso —regaña con firmeza, pero dulzura a la vez—. Conseguiré alejar esos malos pensamientos…

Se apodera de mis labios; gimo ante la sorpresa. De inmediato, me pierdo en las sensaciones que despierta en mi cuerpo. Sus manos lo recorren a ciegas, ya que conoce a la perfección cada rincón. Me abandono por completo al placer que me proporciona.

Volverlo a sentir en mi interior es algo sublime.

Somos uno solo; nuestros corazones laten al compás, mientras nuestros gemidos rompen el silencio de la noche.

Me estremezco entre sus brazos al alcanzar el éxtasis.

Cuando todo vuelve a la calma, no me suelta.

Cierro los ojos y al fin puedo dormir sin pesadillas ni malos pensamientos.

***

Amanece. Sonrío al recordar lo sucedido hace unas horas. Me desperezo sintiendo que me duelen ciertas partes del cuerpo que hacía mucho no dolían. Mi esposo es un amante apasionado, y eso me gusta. Nadie oirá de mi boca queja alguna en ese aspecto.

Me doy un baño y elijo uno de mis vestidos favoritos. Siento que el color verde me favorece, acentúa el color de mis ojos y no me hace ver pálida. Desciendo las escaleras, no sin antes cerciorarme de que mis hijos están bien, todavía duermen en compañía de su primo Finlay.

Al descender la escalera, frunzo el ceño al no encontrar a nadie en el salón. Comienzo a preocuparme; escucho voces en el patio. Corro hacia allí para ver cómo Connor ayuda a bajar de su montura a Freydis, no puedo evitar sonreír al darme cuenta de que está embarazada.

—¡Connor! —Mi primo se gira en el momento en el que me lanzo a sus brazos; me atrapa por instinto. Se aferra con fuerza a mí, incluso lo siento temblar—. Te echado de menos…

—Pensé que no volvería a verte —murmura contra mi cabello—. Por eso, cuando tu padre nos avisó de tu vuelta, no me lo podía creer. Iba a esperar hasta que Freydis diera a luz, pero ella tampoco quería esperar para ver a su hermano.

—Me alegro de que estéis aquí —digo con sinceridad, separándome de él para buscar a Einar.

Lo encuentro contemplando el vientre abultado de su hermana pequeña, parece nerviosa; se muerde el labio inferior a la espera de alguna reacción por su parte. Me tenso, ya que no comprendo su inacción. Suspiro aliviada cuando la atrae hacia sí, para abrazarla emocionado.

—Ya iba a golpearlo —masculla mi primo. Río por los nervios—. No sabes lo que ella ha llorado por él…

—No creas que Einar lo ha pasado mejor —intento defenderlo, aunque la verdad es que no hemos hablado de su hermana, quiero pensar que, por dentro, su ausencia dolía.

—Lo dudo —rebate sin dejar de observarlos—. Te has casado con un bastardo sin corazón. Es un necio egoísta incapaz de mirar a su alrededor y darse cuenta de que sus acciones y palabras duelen más que los golpes.

—¿La amas? —pregunto. Me mira impresionado—. La defiendes como lo hago con Einar. No sé cuándo ni cómo te has enamorado de tu esposa, Connor.

No dice nada. Su silencio es una respuesta más que clara para mí.

Está luchando contra lo que siente realmente.

No sé cómo ha sido su convivencia, los obstáculos que hayan tenido que superar, aun así, van a ser padres, y parece que a Connor le preocupan los sentimientos de una esposa que se vio obligado a tomar.

Ambos nos casamos para proteger a nuestra gente; lo hicimos por deber.

Creo que también hemos encontrado el amor, al menos yo lo he hecho, y no me arrepiento de nada de lo sucedido.

Si me preguntaran si volvería a pasar por todo lo sufrido, mi respuesta sería un sí rotundo, siempre y cuando la recompensa fuera saberme amada por mi esposo.

Camino hacia ellos, que hablan en voz baja como si nadie más existiera a su alrededor. Al darse cuenta de mi presencia, callan, y mi cuñada me mira; la sonrisa que me regala me hace saber lo feliz que se siente al ver de nuevo a su hermano.

—Nessa —saluda abrazándome. Su vientre se interpone entre nosotras, tanto que siento una patada; me río—. Dioses, este bebé va a matarme —bromea.

—¿Cómo se te ha ocurrido viajar casi a punto de dar a luz? —pregunto con curiosidad y preocupación—. Me alegro de volver a verte.

—Necesitaba ver con mis propios ojos que Einar estaba bien —dice mirando a su hermano con adoración—. No podía creer que hubiera abandonado las Orcadas, temía que…

—¿Estuviera secuestrado en Dunmara? —termino por ella; reímos. Veo la verdad en sus ojos—. Creo que tenéis mucho de lo que hablar. —Asiente—. Pasemos al salón; tendremos tiempo de ponernos al día.

Ver a casi toda la familia reunida me da paz.

Pensé que jamás regresaría a mi hogar, que nunca más tendría la oportunidad de ver a las personas con las que había crecido y que tanto amo.

Cada día doy gracias por el sacrificio de Einar.

Puede que a él no le guste llamarlo así; yo lo veo de ese modo.

Pocos hombres abandonan todo para seguir a su esposa a una tierra que no es la suya.

Todos comprendemos que los hermanos tienen mucho de lo que hablar y los dejamos solos. Nos alejamos, les damos la privacidad que merecen. Tiempo después, es Freydis quien se acerca hacia donde estamos sentados en la otra parte del gran salón.

—Me gustaría conocer a mis sobrinos —dice emocionada.

—Por supuesto —me levanto—. Sígueme.

Subimos las escaleras en silencio. Lo hago despacio, porque se nota que le cuesta andar. No creo que le quede mucho antes del parto; eso me preocupa. Un viaje de vuelta a Girnigoe no es poca cosa, mucho menos en su estado.

—Sé lo que estás pensando —dice cuando llegamos al pasillo—. No debería haber viajado en mi estado. Créeme, tu primo ha intentado detenerme, pero sabe que cuando algo se me mete en la cabeza, antes me la cortarían que hacerme cambiar de opinión.

—Como tu hermano —replico; abro la puerta—. Tienes suerte, ni están durmiendo ni comiendo —bromeo.

Las muchachas que se encargan de ellos se marchan en cuanto nos ven entrar. Cojo a Erik, es el que de inmediato reclama mi atención. La forma en la que Freydis lo mira me parte el corazón; sus ojos se humedecen. Tiende sus brazos para cogerlo.

—Este es Erik, el pequeño y más llorón de los dos —presento—. El que está en su cuna tan tranquilo es Leif.

—Se parecen mucho a Einar —dice mirándolos embelesada—. Son preciosos. ¿Es verdad que tuviste problemas en el parto? —pregunta preocupada; veo el miedo en sus ojos.

—No tienes de qué preocuparte, querida —intento tranquilizarla. Le miento, porque cada parto es impredecible—. ¿Has venido hasta aquí porque crees que vas a…? —no puedo terminar la frase, el solo pensamiento me horroriza.

—Tengo tanto miedo que necesitaba a mi hermano —reconoce acongojada—. Rowenna ha sido muy buena conmigo —asiento, sabiendo que mi tía la habrá tratado como a una hija—. Necesito la fuerza de Einar.

—No podrá estar a tu lado, ¿lo sabes? —asiente. Suspiro aliviada.

—Tú sí —la miro sorprendida—. Tú y Gillian.

—No va a pasarte nada —la abrazo con cuidado de no molestar a Erik, que, en brazos de su tía, ha dejado de llorar y la observa expectante—. Cuidaremos de ti.