Capítulo 37
Einar
Seis meses después. Verano en las Highlands.
No puedo creer que ahora al mirar a mi alrededor pueda sentirme como en casa. No voy a mentir, nuestra llegada y las primeras semanas fueron difíciles; nadie confiaba en mí. La familia de mi esposa me veía como un intruso al que debían tolerar si no querían perderla.
Sin embargo, ahora siento que muchos al mirarme ya no ven un vikingo, ven a Einar, esposo de Nessa y padre de los gemelos que han robado el corazón de todos a varias millas de distancia.
No puedo evitar sonreír mientras veo a Nessa con Leif y a Erik con su abuela.
Ellos han sido los únicos que han podido adaptarse a la perfección, como si pertenecieran a esta tierra, aunque nacieran en la mía.
Muchas veces, sobre todo al principio, me preguntaba cómo se sentirían cuando crecieran y se vieran divididos.
Ahora estoy seguro de que su corazón pertenece a las Highlands y seguramente nunca salgan de aquí, protegerán estas tierras con la misma fiereza que lo hicieron sus antepasados antes que ellos.
—Me han informado de que hay forasteros rondando mis tierras. —Me giro para ver a mi suegro, a mi laird, mientras mi corazón da un vuelco, temiendo que sea Haakon—. No son vikingos —suspiro aliviado—. Eso es peor, porque entonces no sé qué intenciones tienen.
—¿Dónde están? —pregunto tenso, mirando de reojo a mi esposa e hijos.
—A unas millas —responde observando a su mujer con preocupación—. Elige —frunzo el ceño—. ¿Te quedas aquí como último recurso de defensa o sales con mis hijos para enfrentarlos?
—Voy con ellos. —No me hace falta pensar—. ¿Quién se queda cuidando de las mujeres?
—Yo y mis hombres —asiento más tranquilo—. Mis hijos llevan a los suyos. Corre, si Nessa pregunta, diré que has ido a cazar…
—No estarías mintiendo —mascullo alejándome, juraría que lo escucho reír. Puede que algún día Donnan MacGregor y yo seamos amigos.
***
—¿Qué haces aquí? —pregunta Ethan al verme preparar mi caballo y armado hasta los dientes—. ¿Mi padre te ha avisado?
—Sí —respondo—. ¿No pretenderás que me quede de brazos cruzados?
—Puede que padre lo haya mandado con nosotros con la esperanza de que los forasteros se ocupen de él —bromea Cedric, mirándome con inquina. Con los meses no se ha calmado, aunque se ha mantenido alejado de mí.
—No creo que a tu hermana le gustara mucho —replico sin enfadarme, entiendo que no pueda perdonarme; estuve a punto de matarlo.
—Dejad de enfrentaros —interviene el futuro laird —. Utilizad ese rencor para los imbéciles que han creído que podían poner un pie en tierras MacGregor.
Espoleamos nuestros caballos. Me doy cuenta de que somos pocos hombres, imagino que Donnan sabe cuántos son los forasteros, aun así, no dudo en que podamos ganar contra el enemigo. No pienso dejar que se acerquen a Dunmara; no pondré a mi esposa e hijos en peligro.
—¿Creéis que lo mejor ha sido engañar a nuestras mujeres? —. Escucho el bufido de Cedric. Ethan me mira sorprendido—. ¿Qué? —cuestiono a la defensiva.
—¿Qué has hecho con el bastardo que conocimos hace más de un año? —pregunta el menor de los MacGregor—. No puedo creer que amar a mi hermana te haya cambiado tanto.
—¿Por qué no? —devuelvo—. Él lo ha hecho —señalo a Cedric, quien me mira con odio. Me encojo de hombros—. Creo que la mujer correcta es capaz de hacernos cambiar, incluso de hacer que caminemos sobre el fuego del infierno si es necesario.
—Qué poético —masculla mi enemigo—. Tú le habrás mentido a tu esposa, la mía sabe dónde estoy, le he dicho que protegiera a Finlay y pusiera a las demás a salvo.
—Tu padre no dejará que nada les pase —espeto.
—Por supuesto que no —me da la razón—. Es mejor que sepa a lo que puede enfrentarse. Por si no lo recuerdas, tu esposa y la mía manejan muy bien el arco.
—Muy gracioso —escupo—. Lo recuerdo cada vez que veo la cicatriz.
—Silencio —ordena Ethan; sus hombres se ponen en guardia—. Nos siguen.
—No reconozco los colores —susurro, odio estar en desventaja en ese aspecto.
—Graham —dice uno de los hombres—. Son sus colores.
—¿Qué demonios quieren? —pregunto. Intento recordar algo sobre ellos, no soy capaz.
—Es raro —dice Cedric frunciendo el ceño—. No son tan valientes, más bien estúpidos por adentrarse en nuestras tierras.
Como si los conjurara, aparece poco a poco frente a nosotros una veintena, al menos, de hombres de todas las edades. Más que guerreros, parecen desterrados. ¿Es posible que al no tener hogar les importe todo un comino y decidan atacarnos?
—¡Estas tierras pertenecen a los MacGregor! —dice Ethan alzando la voz—. ¿Qué demonios hacéis aquí?
—Te equivocas, muchacho —uno de los más mayores habla—. Siempre fueron nuestras —añade ente dientes—. Y ya que nuestro laird no parece dispuesto a luchar por ellas, lo haremos nosotros.
—¿Vosotros? —me burlo, no lo puedo evitar—. Regresad a vuestro hogar.
—¡No tenemos! —brama uno—. Por lo que venimos a recuperar lo que fue nuestro.
Van a atacar, lo sé. Me preparo, por lo que a la señal de Ethan lanzo mi primera flecha. Desciendo del caballo y empuño mi espada; odio luchar contra hombres que sé que no saben siquiera luchar como Dios manda.
Aun así, uno de ellos está a punto de atacar por la espalda a Cedric. Me interpongo. Gruño cuando la daga se clava en mi muslo; lo mato sin contemplaciones.
Mi cuñado me mira con los ojos muy abiertos, impresionado, incrédulo. La batalla no dura mucho más, cuando todo termina, los Graham yacen en el suelo. Su sangre mancha la tierra que tanto codiciaban. Ni siquiera han tenido una sola oportunidad.
—Malditos estúpidos —masculla Cedric—. Nos han hecho salir de Dunmara…
—Supongo que ya no tenían nada que perder… —dice Ethan, observando a su alrededor—. Regresemos a casa, estás herido.
—No pasa nada —espeto. Cubro la herida con una tela y aprieto hasta que siento un dolor insoportable—. Lo importante es que deje de sangrar, con esto lo hará.
—No tenías por qué ponerte en medio, vikingo —escupe Cedric, parece molesto porque le haya salvado la vida.
—De nada, highlander —devuelvo—. Con esto deberíamos estar a mano, ¿no crees?
—No compares una herida en la pierna con que me atravesaras de parte a parte —exclama—. ¿Quieres probar?
—¿Eso te haría vivir en paz? —Me mira como si estuviera loco.
—Basta —intercede Ethan—. Pongámonos en marcha.
Lo hacemos veloces. Antes de llegar, paramos en un río para limpiarnos la sangre, y yo aprovecho para curar bien mi herida. Al ver Dunmara a lo lejos, una vez más, siento que regreso al hogar.
—Einar —grita Nessa al verme llegar. Desciendo del caballo y se lanza a mis brazos—. No vuelvas a marcharte sin decirme dónde vas…
—Estoy aquí. —La siento temblar—. ¿No confías en mí?
—Por supuesto que sí —susurra tras darme un beso que me sabe a poco—. ¡Estás sangrando! —acusa, me río porque solo ella reacciona de este modo, como si la culpa fuera mía—. Entra inmediatamente para que pueda curarte.
Lo hago. Paso al lado de mi suegro y mis cuñados que hablan con demasiada seriedad. Nos dirigimos a nuestra alcoba mientras mi esposa da órdenes. No tardan en traer paños, agua caliente y todo lo necesario para curarme.
—¿Qué ha sucedido? —pregunta mientras aparta la tela con la que he cubierto la herida—. Es profunda, Einar y si hubiera cortado un poco más arriba…
—Ni siquiera hubiera llegado a Dunmara, lo sé —termino por ella—. Tú encárgate de curarme, mujer.
Lo hace en silencio. Sé que tiene mucho que decir, pero no lo hace. Al terminar me mira; le devuelvo el gesto. Me sorprende cuando se acerca para besarme, lo hace con ansia y, muy pronto, descubro que mi herida no ha afectado a ninguna parte importante de mi cuerpo.
Gruño cuando nos interrumpe una llamada en la puerta, Nessa se aleja ruborizada para abrir, al hacerlo, comprobamos que se trata de su padre.
—Cedric me ha contado lo sucedido —dice entrando—. ¿Estás bien? ¿Necesitas que llame a la curandera? —niego. Asiente—. Gracias, gracias por salvar la vida de mi hijo, es algo que no voy a olvidar.
—No lo he hecho esperando algo a cambio —confieso—. Solo he actuado sin pensar.
—Es posible que él no hubiera hecho lo mismo —dice con seriedad.
—Lo sé —asiento—. No importa, no me arrepiento. Lo importante es que todos hemos vuelto a casa.
—Tienes razón, muchacho —concede—. Esta noche habrá cena de celebración. —Al pasar al lado de su hija, deja un suave beso en su frente. Nessa vuelve junto a mí y continuamos donde lo habíamos dejado; un grato recibimiento, si se me permite decirlo.