El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 36
86%

Capítulo 36

Nessa

Mi padre no habla, mi madre lo reta con la mirada…

No tengo miedo, si deciden que Einar no es bienvenido, nos iremos, no sé dónde, porque él no tiene familia en las Highlands. Solo me quedaría acudir a los Sinclair con la esperanza de que mis tíos nos acogieran.

—Puedo comprender que no sea fácil aceptarme; sigo siendo vuestro enemigo, pero, desde que he sido padre, me he dado cuenta de que por mis hijos haría lo impensable. Lo he hecho, he abandonado el único hogar que he conocido para darles algo mejor.

—¿Y lo mejor para mi hija eres tú? —cuestiona—. Déjame que lo dude.

—Es el hombre que he elegido, padre —repito, esta vez con más firmeza—. Nos marcharemos —decido, no voy a rogar—. Al menos permite que pasemos la noche aquí, ha sido un viaje largo, sobre todo para mis hijos.

—No —exclama mi madre poniéndose a mi lado—. Donnan…

—¡No intervengas, mujer! —brama. Sé que lo he enfurecido y que no es el momento de continuar retándolo—. Mañana os anunciaré mi decisión. Maeve, ordena que arreglen una habitación para nuestros nietos…

—Mis hijos duermen en mi alcoba —interrumpo—. Lo hacen desde que nacieron, bueno, desde el momento en el que pude encargarme de ellos y…

—¿Cómo? —maldigo mi lengua—. ¿Por qué no podías cuidarlos, hija mía?

—Bueno, madre, el parto fue difícil —intento restarle importancia, de nada sirve preocuparla ahora, cuando todo ha pasado.

—Estuvo a punto de morir. — observo a mi esposo con ganas de golpearlo—. Perdió mucha sangre. La partera tuvo que desgarrarla para que Leif naciera, porque venía en mala posición.

—Dios mío —mi madre se tambalea, mi padre la coge antes de que caiga al suelo—. Y yo no estaba tu lado —musita acongojada.

—¿Qué hacías tú mientras mi hija se debatía entre la vida y la muerte, muchacho? —sisea el MacGregor.

—Estar a mi lado —defiende una vez más—. Cuidó de mí y de nuestros hijos. No me dejó sola en ningún momento, y no puedes echarle la culpa por lo sucedido. Todas las mujeres nos enfrentamos al peligro de no salir con vida cuando damos a luz.

—Tienes razón —concede mi madre—. Nos enfrentamos a la misma muerte cada vez que damos vida.

—Le amo, me ama —mi voz tiembla—. No puedo vivir sin él, no pienso hacerlo ni siquiera por vosotros. Si me disculpáis, estoy muy cansada. Mañana escucharé tu decisión, padre.

Subo las escaleras que jamás pensé que volvería a ver, entro en mi alcoba, está tal cual la dejé el día que me fui de aquí. Dejo a los niños en la cama y miro a Einar, él observa todo a su alrededor, imagino que está pensando que todo es muy distinto a su isla.

—Sabías que sucedería —le digo. No es una pregunta, he llegado a conocerlo bien—. ¿Por qué venir entonces?

—Porque son tu familia, es tu hogar —responde con tranquilidad, aviva el fuego de la chimenea—. ¿Quién aceptaría a su enemigo bajo su techo de buen grado?

—Alguien que ama a su hija por encima de todo —susurro, sintiéndome derrotada, asustada y perdida. Pensaba que, al regresar, todo se solucionaría, estaría con mi familia y con la que yo he creado, sin embargo, me encuentro en una encrucijada, a pesar de saber qué camino tomaré.

—Te ama, pero no tiene por qué aceptarme a mí —se ríe, lo miro incrédula, soy incapaz de ver algo bueno en todo esto, y él tiene la desfachatez de reírse como si nada—. No los odies por ello.

—¿Dónde iremos? —pregunto—. No creo que los Sinclair nos reciban mejor… Aunque allí está tu hermana, imagino que deseas verla.

—Por supuesto que quiero verla —concede—. Deja de preocuparte, Nessa. Descansa, mañana será un nuevo día.

***

No duermo mucho. Cuando me levanto, me duele horrores la cabeza; no puedo seguir en la cama.

Einar observa a través de la ventana. Preparo a los niños por si tenemos que marcharnos.

Miro a mi alrededor una vez más, por si es la última.

Estas cuatro paredes me han acompañado desde que nací, han sido testigos de mi infancia y no sabía cuánto se podía echar de menos un hogar hasta que estuve lejos de aquí.

—Acabemos con esto de una vez —susurro para no despertarlos—. Si debemos irnos, mejor que lo hagamos temprano.

Escucho voces en el salón, por lo que imagino que todos deben de estar reunidos, tal vez, esperando para que escuchemos la decisión de mi padre.

Juro que me he pasado la noche preparándome para no odiarlos en el caso de que no acepten a Einar.

Incluso puedo comprenderlo, no por ello va a doler menos dejarlos atrás.

—Buenos días —todos nos miran, al menos los presentes. Solo están mis hermanos y mis padres.

—Sentaros a desayunar —dice mi madre sonriendo algo tensa—. Estás muy delgada, hija.

—No hace falta que alarguemos esto más, madre —rebato—. Además, no podría probar bocado…

—Nessa, come —interrumpe mi esposo. Le miro para dejarle claro lo que pienso de su tono—, por favor.

No me pasan desapercibidas las miradas de los hombres MacGregor. Me siento y doy un par de bocados a la comida que hay en mi plato. Einar, a mi lado, da buena cuenta; ¿cómo demonios lo hace?

—¿Habéis dormido bien? —pregunta mi madre—. No he escuchado a los niños llorar.

—Leif no suele hacerlo —replico—. Erik es el más llorón de los dos.

—Son preciosos —dice sonriendo con ternura—. No puedo creer que mi pequeña sea madre de dos niños.

—He crecido —digo intentando devolverle el gesto, lo cierto es que soy incapaz—. Ser madre no es fácil, no sé cómo lo hiciste tú.

—Lo harás bien —replica con confianza—. Deja que tu amor por ellos te guie.

Pasa lo que me parece una eternidad hasta que mi padre carraspea. Alzo la mirada. Intento que mis manos no tiemblen, las escondo en mi regazo. Einar coge una entre las suyas, infundiéndome el valor que siento que voy perdiendo con el trascurso de las horas.

—Sabéis lo que opina Cedric. —Me tenso, si mi padre se deja aconsejar por mi hermano mayor, estamos perdidos—. Ethan es el más racional de los tres —. Mi madre asiente.

—Se parece a mí —susurra—. Donnan, no te andes por las ramas, por favor.

—No puedo perderos. —Mi cuerpo falla, Einar me sostiene—. Si debo convivir con el hombre que fue mi enemigo, lo acepto.

—Gracias, padre —me levanto y corro hacia él. Me recibe entre sus brazos—. Dale una oportunidad —le pido. Por toda respuesta recibo un gruñido, al menos no es un no rotundo.

—Sabía que mi esposo haría lo correcto —aplaude mi madre emocionada.

—No tan rápido —Cedric carraspea—. Padre tiene condiciones. ¿Creías que te aceptaríamos como si tal cosa?

—¿Y son? —me pregunta mi esposo cruzándose de brazos—. No esperaba nada…

Lo miro sorprendida, ¿me ha acompañado hasta aquí sin estar seguro de que lo aceptarían en Dunmara? ¿Qué demonios me ha estado ocultando sin que yo sospechara lo más mínimo?

—Jurar lealtad a mi padre, por supuesto —responde—. Puede que en tu isla tu palabra fuera ley, pero aquí solo hay un laird y ese es Donnan MacGregor.

Me remuevo inquieta, Einar no se ha arrodillado ante nadie jamás. Tampoco he visto que haya obligado a nadie a hacerlo, sin embargo, ahora se le exige lealtad hacia una persona que hasta hace poco tiempo era su enemigo mortal. No comprendo a qué están jugando, puede salir muy mal.

—¿Creeréis en mi palabra? —pregunta con aparente tranquilidad.

—¿Por qué hacéis esto? —cuestiono a la vez, odio que lo humillen de esta manera.

—Deja que los hombres lo resuelvan. —No he visto entrar a Gillian—. Cedric no está haciendo nada malo, necesitan saber dónde está la lealtad de tu esposo ahora mismo, Nessa.

—Conmigo —siseo en voz baja, mientras veo como él se debate entre arrodillarse o no. Esto es lo que ha conseguido por amarme; me arrepiento de haber salido de la isla—. Einar me es leal a mí, ¿por qué debe inclinarse? No es escocés, no pertenece a estas tierras…

—Lo hará si os quedáis —rebate—. Buscáis asilo, pero no quieres que él siga las normas. ¿Por qué? No es humillante unirte al clan de tu esposa.

Abro los ojos sorprendida cuando Einar se arrodilla jurando lealtad a mi padre y, por ende, a Ethan cuando deba asumir el mando.

Parpadeo para alejar las lágrimas, nadie más que yo sabe cuánto le ha costado hacerlo.

Corro a su lado, cuando se pone de pie, y lo abrazo, entierro mi rostro en su cuello.

Me aprieta fuerte contra sí, como si temiera que fueran arrancarme de su lado.

—Bien —concede mi padre, que hasta el momento no había vuelto a hablar—. Debo reconocer que me has sorprendido; no creí que fueras a hacerlo. Ni mis hijos tampoco.

—Lo sé —asiente. Lo miro sorprendida, dejando de esconderme—. Era una prueba más. No buscáis mi lealtad, porque no creéis en ella. Solo queríais saber si amo lo suficiente a Nessa como para arrodillarme.

—Eres listo, tal vez demasiado —replica mi hermano—. Puede que mi padre y Ethan terminen confiando en ti. Yo no soy tan estúpido. Te estaré vigilando.

—Basta, Cedric —Gillian intercede, hasta el momento, al igual que mi madre, se había mantenido al margen—. Eres demasiado…

—Nada —interrumpe sin mirarla; no aparta los ojos de Einar—. Recuerda que este bastardo estuvo a punto de dejarte viuda. Aquí todos parecen olvidarlo.

Se marcha del salón, esta vez ella no lo sigue.

Agacho la cabeza, lamentando el dolor que le estoy causando a mi hermano. Cuando salí de las Orcadas, no pensé en él, solo en regresar al hogar donde había sido tan feliz, donde quería que mis hijos crecieran.

—No le hagas caso —intenta animarme su esposa—. Se le pasará cuando vea crecer a sus sobrinos. Te ha echado muchísimo de menos. Lo ha pasado muy mal en tu ausencia. Sabes que te ama mucho, ¿verdad?

—Y yo a él —susurro, a pesar de que ahora me siento dividida como nunca.