Capítulo 35
Einar
No me gusta verla llorar, aunque sé que lo hace de felicidad, odio saber que he sido el responsable nuevamente. Fui yo quien la arrancó del único hogar que había conocido.
—Supongo que sabes que eso lo has provocado tú —masculla Cedric tras de mí.
—¿Dónde está mi hermana? —pregunto con la esperanza de que me conteste—. No la veo aquí.
—En Girnigoe —replica—, con su esposo, ¿dónde demonios esperabas que estuviera? Lo que no logro comprender es por qué demonios estoy hablando contigo…
Por nuestro lado pasa como una exhalación una mujer que reconozco muy bien, porque tengo dos cicatrices que llevan su nombre.
Gruño sin poderlo evitar, y Cedric sonríe complacido, detrás y más comedida, sobre todo cuando pasa a mi lado, Moira, la escocesa que tuve encerrada en Kirkwall durante meses antes de que llegaran los MacGregor y los Sinclair.
—Nessa, pensé que no volvería a verte. —Gillian, la esposa de Cedric, abraza a la mía con cariño—.
Dime que no vas a marcharte, porque si no me veré obligada a sacar mi arco de nuevo —me mira sobre su hombro, su marido, tras de mí, se ríe.
Me encantaría darle un puñetazo, pero le prometí a la madre de mis hijos que me iba a comportar.
—Sí —ambas sonríen felices—, he vuelto para quedarme.
—Tenemos que hablar entonces. —Donnan MacGregor me mira—. ¿Qué ha cambiado? —alzo una ceja, no sé a quién demonios está preguntando.
—Nosotros —responde su hija—. Todo. Los meses pasados no han sido fáciles. —Su padre asiente apretando los labios, señal clara de que está furioso—. Lo sucedido me ha servido para madurar, para comprender muchas cosas que antes no era capaz, para conocerme y…
No comprendo por qué da tantos rodeos para decirles que me ama, que en algún punto de todo el infierno que vivimos se enamoró de mí, aunque no lo merezca, por lo que, aunque se lo he prometido, no puedo quedarme callado.
—Amo a Nessa. —Ella me mira horrorizada, los demás lo hacen entre incrédulos o desconfiados—. Estuve a punto de matar a mi primo por salvarla. Pasé meses alejado de ella para protegerla y…
—¿Pretendes que crea que quieres a mi hermana? —Miro sobre mi hombro a Cedric, que me observa con ganas de matarme—. ¿El mismo hombre que puso un cuchillo en su cuello y la secuestró?
—Basta, Cedric —interviene ella, acercándose presurosa—. No sabes todo lo que ha sucedido entre nosotros —me defiende—. Einar hizo muchas cosas mal, pero también me protegió a su manera.
—¡Te preñó cuando no debería haberte puesto las manos encima! —le grita—. ¿No hay bastantes putas en Kirkwall? —cuestiona entre dientes.
—No le grites —siseo—. No le hables así.
Gillian se acerca a su esposo para intentar calmarlo.
Me doy cuenta de que Cedric es el más explosivo de los hermanos; más parecido en carácter a su padre.
Ethan permanece al lado de su madre contemplando a mis hijos, Moira también lo hace, veo por la forma en que lo mira que me hace saber que hay algo que otros no ven, o peor, no quieren verlo.
—Cálmate —Gillian lo aleja de nosotros—. Deja que Nessa hable. ¿Acaso no estás feliz por su regreso?
—Por supuesto que sí —masculla—. No de que él esté aquí. Pareces olvidar que casi me mata…
—Ni se me ocurriría —interrumpe—. Y sabes que te vengué, esposo mío —se alza de puntillas y deja un suave beso en su mejilla.
—Amo a Einar. —Todas las miradas se dirigen hacia Nessa, incluso la mía—. Eso debería ser suficiente para vosotros. ¿Me queréis y deseáis mi felicidad?
—¿Qué clase de pregunta es esa, hija? —cuestiona Maeve—. Claro que queremos que seas feliz. No sabes las veces que he llorado por tu ausencia, por no saber si estabas viva o muerta…
—¡Y solo por el dolor causado a mi mujer debería rebanarte el pescuezo, muchacho! —brama Donnan. Erik comienza a llorar, Nessa corre hacia él y lo coge en brazos—. Maldita sea.
—Es el hombre que amo, el padre de mis hijos y mi esposo —sentencia con firmeza.
Está molesta con su padre por asustar a nuestro hijo, en cuanto a ellos se refiere, puede actuar como una fiera por defenderlos—.
Lo ha dejado todo por mí, padre. Su gente ya no lo apoyaba porque no todos me querían en la isla.
Estuvo a punto de matar a Haakon, ante mis ojos, por salvarme. ¿Qué más pruebas necesitáis?
—Que dé media vuelta y se marche de aquí —sentencia Cedric.
—¿Te has vuelto loco? —cuestiona enfurecida—. Einar no va a ir a ningún lado, ¿quién te crees que eres para echar a nadie de aquí? No tienes potestad para ello, hermano.
—Nessa… —intento que se tranquilice, ya le advertí que sucedería, por ello quería ser yo quien hablara con ellos, de hombre a hombre.
—No —exclama—. No voy a callarme. No vas a irte, y si no te aceptan, nos iremos los cuatro. —La miro incrédulo—. Dunmara siempre fue mi hogar, deseaba regresar y que mis hijos crecieran aquí, pero si mi esposo no es bien recibido, entonces saldré por esa puerta, porque ahora él es mi hogar.
—No puedes hablar en serio —replica su hermano mayor—.
Mira lo que me hizo. —La cicatriz de su estómago podría horrorizar a otro que no hubiera visto lo que yo.
Ella palidece. Gillian masculla una maldición e intenta llevárselo del salón—.
¿Lo has olvidado? ¿Has olvidado lo aterrada que estabas cuando te subió a ese maldito barco?
—No olvido nada —sisea—. Decido perdonar y ser feliz. Pensé que Gillian conseguiría ablandar ese negro corazón, Cedric, ni siquiera el amor que dices sentir por ella hace que veas más allá de tus narices.
Su hermano sale de la sala enfurecido, su esposa lo sigue mientras lo llama a los gritos. Nessa tiembla y su mirada se empaña, ella no es mala, no hiere a la gente por placer, pero ahora reacciona como un animal herido si de defenderme se trata.
—Eso ha sido un golpe bajo, Nessa —Ethan habla por primera vez—. Sabes que Cedric ya no es el mismo de hace unos años. —Mi esposa agacha la cabeza y abraza a Erik contra su pecho—. Parece que es cierto que has cambiado, no para bien. Mi hermana jamás hubiera atacado con esa bajeza.
También se marcha, solo quedan los señores de Dunmara y Moira, que observa cómo el próximo laird de los MacGregor se marcha con la cabeza en alto. El sollozo de la mujer que amo me parte el alma, me apresuro a abrazarla, sintiendo que de nuevo tengo la culpa de su dolor.
—Parece que la única manera de no perder a mi hija y a mis nietos es permitir que el hombre que estuvo a punto de matar a mi hijo mayor, que lo encerró como un perro y que secuestró a mi hija, por no recordar la sangre MacGregor que tú y los tuyos derramaron en aquella maldita isla, viva en Dunmara.
¿Es correcto?
—Viviré allá donde estén mi esposa y mis hijos, no me importa donde sea —respondo—. Sé que Nessa solo será completamente feliz aquí.
—¿Y la amas tanto como para dejar la isla por la cual has derramado sangre o es porque tu gente ya no te necesitaba? —cuestiona irónico.
—Podría haberme quedado en Kirkwall, nadie me ha echado de allí —rebato.
Alza una ceja, incrédulo—. Ya no sentía que perteneciera a ese lugar.
Puede que no lo comprendáis nunca, yo también he perdido mucho.
Será mi primo quien guie a nuestra gente, tenéis su palabra de que no atacará Dunmara, habrá paz siempre y cuando nadie los ataque.
—¿Y debo confiar en su palabra? —inquiere, cruzándose de brazos—. Chico, nosotros no iniciamos esta guerra. Y la hiciste personal en el momento que te metiste con mis hijos.
—Padre, por favor —Nessa se aleja de mí, limpia las lágrimas y lo mira de frente—. Quiero paz, deseo vivir con el hombre que ha elegido mi corazón. —Sus ojos imploran algo que su progenitor no parece querer dar.
—Donnan, escucha a tu hija —Maeve MacGregor intercede por nosotros, imagino que lo hace para no perder a su pequeña y a sus nietos. No ha soltado a Leif desde que hemos llegado, dejando claro que los ama con todo su corazón.
—¿Crees que podremos vivir en paz, esposa? —pregunta—. ¿Crees que no deseo con todo mi corazón tener a mi hija a mi lado? ¿A mis nietos?
—Pues entonces, da tu brazo a torcer —exclama—. Por el amor de Dios, los hombres lo complicáis todo. Ni se te ocurra hacer o decir algo que haga que mi hija y mis nietos salgan por esa puerta, porque no volveré a hablarte jamás y haré de tu vida un maldito infierno.