El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

Nessa

Que mi esposo ni siquiera me quiera mirar cuando comienzo a desnudarme me enfurece y entristece a partes iguales. Ha pasado algo más de un mes desde que di a luz; no ha vuelto a tocarme, ni siquiera parece desearme, y temo que…

Cierro los ojos para tragarme el llanto. Me doy un baño y, cuando termino, ni siquiera me molesto en trenzarme el cabello como suelo hacer. Me tumbo al lado de mis hijos y, a pesar del dolor del rechazo, me duermo por agotamiento.

Cuando despierto, me doy cuenta de que casi está amaneciendo.

Me asusto porque no he escuchado a los niños en toda la noche, es cuando me doy cuenta de que Einar ha vuelto en algún momento y los ha alimentado.

Ahora su brazo rodea mi cintura con firmeza, a pesar de estar dormido como un tronco, lo sé por su respiración profunda y acompasada.

—No te muevas —masculla—. Hace poco que esos tragones han vuelto a dormirse —me aprieta contra él, me remuevo inquieta, ya que sentir su cuerpo contra el mío me hace desear cosas que no puedo tener—. No te muevas así —ordena entre dientes—. ¿Quieres torturarme, esposa?

—Para torturarte deberías desearme, Einar —confieso mi mayor temor con voz temblorosa. Me giro entre sus brazos para quedar frente a él. Me mira como si hubiera perdido el juicio, por lo que guardo silencio a la espera de que hable, para bien o para mal, necesito comprender lo que sucede.

—Esposa, si pudiera tocarte como quiero y necesito, no tendrías dudas sobre mi deseo —su voz ronca me eriza la piel—. La curandera me dijo que deberíamos esperar un poco más…

El miedo que me había atenazado la noche anterior desaparece. Maldigo a esa vieja metomentodo. Lo entiendo, sin embargo, actúo por impulso y beso a mi hombre. Tarda en reaccionar, cuando lo hace, toma el mando al instante; sus labios se apoderan de los míos con ansia.

No quiero que se detenga, necesito volver a sentirme mujer entre sus brazos. Es casi doloroso, por ello, gimo sabiendo que no podemos. Aprieto con fuerza mis ojos, de los cuales fluyen lágrimas. Los sentimientos me sobrecogen; muchas emociones encontradas que no logro comprender del todo.

—¿Te he hecho daño, Nessa? —pregunta preocupado—. ¿Por qué lloras, esposa?

—No lo sé —reconozco ocultando mi rostro en su pecho—. No puedo evitarlo, lo siento mucho —mascullo mientras los sollozos sacuden mi cuerpo. Él me abraza con fuerza, tanto que puedo sentir su deseo contra mi vientre. Aprieto los dientes; mi cuerpo toma el control.

—Nessa… —advierte con un gemido—, no hagas eso.

—Por favor —odio rogar, pero necesito algo o me volveré loca.

—Al infierno —masculla, alzando mi rostro para volver a besarme.

Una de sus manos amasa uno de mis pechos.

Mi grito queda ahogado por sus labios, la otra se pierde entre mis piernas.

Me niego a que esta vez sea solo yo quien disfrute, por ello, a pesar de la vergüenza que siento, lo imito.

Jadea en mi boca cuando encuentro su miembro, no se niega, por lo que comienzo a acariciarlo con la esperanza de estar haciéndolo bien—. Si no te detienes, vas a hacer que…

Sus dedos encuentran mi centro. Muerdo mi labio inferior para no gritar y despertar a los niños.

Si algo sucede en este momento que nos haga detenernos, siento que podría morir.

No tardo en alcanzar el cielo entre sus brazos.

Me estremezco; lo escucho gemir mi nombre mientras algo caliente moja mi mano. Einar tiembla en mis brazos.

Intento recuperarme. Siento a mi esposo levantarse y rebuscar algo en la habitación. No tarda en llegar a mi lado y limpiarme, no comprendo por qué actúa de esta manera, como si fuera algo sucio lo que hemos hecho, cuando yo no me arrepiento de lo sucedido.

—Lo lamento —musita, sentándose en la cama como si sus piernas no pudieran sostenerlo—. Ha pasado demasiado tiempo y… —Me apoyo en su espalda y beso su cuello, suspira, lo desarmo con un simple gesto. Eso me deja saber el poder que tengo sobre él sin pretenderlo.

—Te amo —suspiro contra su cuello, inspirando su aroma—. ¿Nos ponemos en marcha? Erik y Leif no tardaran en…

Como si al nombrarlos los hubiera despertado, comienzan a quejarse.

Reacciono de inmediato; me cubro y los atiendo mientras Einar se viste y prepara todo para nuestra partida.

Menos mal que, con la práctica, ya he perfeccionado la forma de alimentarlos a la vez y así evitar que Erik llore desconsoladamente.

Partimos poco después, porque al menos nos quedan dos días de trayecto, ya que debemos pensar en los niños. Einar ha dejado claro que no piensa arriesgarse a dormir al raso; buscaremos posadas hasta llegar a Dunmara.

***

Estoy muy nerviosa…

Cuando Einar me arrancó de mi hogar, pensé que jamás regresaría, al menos no con vida. Sin embargo, lo hago y no sola, me acompañan mi esposo y mis hijos. Mi familia no sabe que ya he sido madre, aunque deben de imaginarlo por las fechas.

—Tranquilízate. —Lo miro sorprendida mientras sostiene las riendas sin soltar a Leif, yo sujeto a Erik—. Todo saldrá bien.

—Recuerda que la primera y última vez que estuviste en Dunmara, mi cuñada casi te mata —mascullo—. Si al menos les hubiera escrito una carta…

—Hubiéramos llegado nosotros antes, Nessa —me recuerda, los nervios me están jugando una mala pasada—. Deja que yo me encargue de mí mismo, ¿de acuerdo? No te metas, y, sobre todo, encárgate de mantener a los niños a salvo.

—No hables como si fueras a dejarte matar —exclamo molesta—. Al menos, deja que entre primero, hable con ellos y después…

—No voy a dejar que mi esposa hable por mí ni me proteja —interrumpe—. Nessa, deja que me enfrente como un hombre. Hice cosas por las que debo pagar, tanto tu padre como tus hermanos tienen derecho a hacer lo que quieran.

—¡No me he casado con un mártir! —alzo la voz; sobresalto a mi pobre pequeño—. Lo siento, cariño —susurro besando su cabeza. Miro a Einar furiosa—. Deja que yo me ocupe de ellos —ordeno, sabiendo que no va a obedecerme.

Nos detenemos frente al portón. Cuando comienza a caer la noche, es costumbre cerrarlo por mayor seguridad, sobre todo, cuando comenzaron las hostilidades con los vikingos, y justo se me ocurre regresar con uno.

—¿Quién anda ahí? —la voz de uno de los vigías nos recibe.

—Soy lady Nessa —anuncio—. Abrid las puertas —ordeno con firmeza.

Para asegurarme de que me reconocen en la penumbra, aparto la capa de mi rostro. Murmullos y pasos apresurados son la respuesta que recibimos. Miro a Einar, está tenso y preparado para cualquier cosa.

—¡Abrid las malditas puertas, imbéciles! —brama la voz de mi padre, a duras penas contengo un gemido—. ¿Cómo osáis dejar a mi hija fuera…?

—Dame al niño —apremio mientras muevo mi caballo hacia delante, mi esposo niega sin mirarme—. Einar… —imploro, es demasiado tarde, las puertas se abren y Donnan MacGregor, junto a mi familia, nos recibe.

—¡No hagáis nada contra él! —grito, es lo primero que les digo en muchos meses—. Dejad que os explique.

El llanto de Erik rompe la noche. Mi madre cubre su boca con una mano temblorosa. Desciendo del caballo, y ella corre hacia mí. Sus brazos me rodean al fin, es entonces cuando me rompo; me permito llorar.

—Hija mía, pensé que jamás volvería a verte —solloza—. Déjame ver a mi nieto. —Nos alejamos lo justo para que pueda ver la carita de mi hijo.

—Este es Erik —presento—. Y el que duerme en brazos de mi esposo es Leif.

—¿Cómo es posible…? —Mi madre me mira sorprendida—. ¿Acaso ese maldito vikingo te ha obligado a aceptar a su bastardo?

—No he hecho tal cosa, señora —interviene Einar, que también ha bajado de su caballo—. Son gemelos.

—Entremos —dice mi madre emocionada—, soy tan feliz que…

—Un momento, esposa. —Mi padre se acerca a mí, me mira como si quisiera asegurarse de que estoy bien; nuestros ojos se encuentran.

Intento hacerle comprender que estoy bien sin necesidad de palabras.

Necesito que nos dé la oportunidad de explicarnos—.

¿Vuelves a casa? —pregunta. Asiento, veo como su barbilla tiembla—. ¿Por qué con él…?

—Padre… —me lanzo a sus brazos, ya que mi madre me ha arrebatado a mi hijo para arrullarlo amorosa—. Por favor, no le hagas nada, deja que te lo explique —susurro contra su cuello.

Me aprieta entre sus brazos. Mis pies dejan de tocar el suelo. Siempre ha sido así. Einar es alto y fuerte, pero mi padre es enorme, junto a él, cualquiera empequeñece.

—Entremos —dice carraspeando. No me mira y sé que no lo hace para que no vea que está emocionado. El gran Donnan MacGregor no llora en público ni en privado, si es que puede evitarlo.

—No haréis nada —advierto sin dar un solo paso al frente. Escucho a Einar maldecir, pues de nuevo, inconscientemente, me he puesto delante de él—. Júralo, padre —exijo. Me mira contrariado.

—Puedes dar gracias de que esté feliz de verte y de poder conocer a mis nietos, de otro modo, tu esposo estaría muerto ahora mismo a mis pies.

Puedo sentir cómo palidezco; el suelo bajo mis botas parece moverse. No dudo de las palabras de mi padre. Busco apoyo en Ethan, quien se ha mantenido al margen, aunque, por cómo me mira, tengo claro que quiere acercarse a mí. Cedric no deja de observar a Einar con odio.

—Por favor, solo danos una hora —le pido de nuevo—. Hablaremos.

—Por supuesto que lo haremos —concede—. Entrad. Que nadie le ponga un dedo encima al vikingo, él es mío.

Cierro los ojos, porque no he conseguido que le perdonen la vida, sino una pequeña tregua.

Einar me insta a que me mueva, lo hago con temor.

El momento efímero de felicidad, al reencontrarme con mi familia, queda empañado por el terror a no poder salvarlo y no poder perdonarlos después por arrebatarme al hombre que amo.

—¿No vas a abrazarme, hermano? —pregunto, parándome frente a ambos. Es Ethan el que reacciona primero. Me envuelve en sus brazos, reconfortante como siempre—. ¿Cedric…? —insisto, a la espera del suyo, sin embargo, continúa mirando a Einar.

—Al infierno —masculla antes de abrazarme con una fuerza que me deja sin aliento—. Tengo muchísimas ganas de matarlo, Nessa —musita en mi oído, incluso puedo sentir su cuerpo en tensión contra el mío—. Le daré la oportunidad que has pedido porque te ha traído hasta nosotros de nuevo…

—Solo necesito que me escuches —interrumpo—. ¿Podrás hacerlo?

Asiente cuando finalmente nos separamos. Cuando pongo el primer pie en Dunmara y veo que mis hijos están en brazos de mis padres, las lágrimas fluyen, no de tristeza, sino de alegría.

—Estoy en casa —susurro para mí misma.