Capítulo 33
Einar
Aunque algunos intentaron hacerme cambiar de opinión, no han podido. Por ello, me encuentro en este barco surcando el mar del Norte, rumbo a las Highlands. Un lugar al que me juré no volver y que ahora puede que se convierta en mi hogar si los MacGregor me aceptan.
Mientras Haakon se recuperaba milagrosamente, hablamos mucho. Me pidió perdón mil veces y, aunque al principio me negaba, porque cada vez que lo miraba lo recordaba corriendo hacia Nessa espada en alto con la intención de matarla, terminé perdonándolo; al menos, su traición para conmigo.
Mientras abrazo a Nessa, que no deja de disculparse creyendo que tiene la culpa de la decisión que he tomado, me doy cuenta de que, aunque duele dejar toda mi vida atrás, lo cierto es que no he mentido cuando le he dicho que me siento libre al fin.
Sin presiones, sin recriminaciones por parte de las personas que me vieron crecer.
Tengo la esperanza de comenzar de nuevo en otro lugar, de crear mi propio hogar de la nada, junto a mi esposa e hijos. Que ellos crezcan sin estar rodeados de personas sedientas de sangre porque crean poseer la verdad absoluta.
—¿En qué piensas? —pregunta—. Todavía puedes ordenar dar la vuelta y…
—Ni hablar —interrumpo—. ¿Qué tengo que hacer o decir para que creas que esto es lo que quiero?
—Solo quiero que seas feliz —replica preocupada, lo veo en sus ojos.
—Lo soy ahora y lo seguiré siendo siempre y cuando estéis a mi lado —murmuro mirándola fijamente para que vea la sinceridad en mis ojos—.
Quiero un nuevo futuro para mis hijos y lo quiero contigo, sea donde sea.
Por lo que te prohíbo que vuelvas a dudar de que he tomado la decisión correcta sin sentirme coaccionado por ti.
—Qué gruñón —masculla, tras observarme durante lo que me ha parecido una eternidad. La hago reír cuando mis dedos encuentran el punto exacto donde sé que tiene cosquillas—. Basta, Einar —ordena.
—Así, mucho mejor —asiento, deteniendo mi ataque—. No quiero que tu mirada vuelva a estar empañada por el temor o la preocupación. Te dije que mi propósito de ahora en adelante es hacerte feliz, y no me estás ayudando nada, esposa —amonesto con ternura.
—Tienes razón —sonríe como disculpa—. No ayudan nada los nervios que atenazan mi estomago —reconoce—. Solo quiero llegar y poner a salvo a los niños.
—No va a pasar nada, Nessa —intento tranquilizarla—. No lo permitiré. Ve con ellos y deja que me encargue de todo lo demás.
Me besa y se marcha tal y como le he pedido.
Ordeno a los pocos hombres que han querido acompañarme el rumbo que deben tomar y rezo en silencio para que no surja ningún contratiempo.
En el mar del Norte, nunca se sabe, las tormentas son impredecibles, aunque en esta época del año no debería sorprendernos ninguna.
Mi intención es hacer el viaje lo más corto posible, a pesar de que mis hijos apenas tienen algo más de un mes de vida.
Cuanto antes lleguemos a Dunmara, mucho mejor.
Ahora mismo, no estamos ni bajo la protección de mi gente ni de la de Nessa y aunque tengo muy claro que, si es necesario, entregaré mi vida por mantenerlos a salvo, siento el mismo temor que mi esposa.
***
Despido a mis hombres y veo cómo se alejan. Oficialmente, estamos en tierras escocesas. Hemos tenido suerte y, como suponía, no nos ha sorprendido ninguna tormenta; aunque ha sido agotador para Nessa y los bebés, esa parte de la travesía ha terminado.
—Pasaremos la noche en la primera posada que veamos —replico—. Tenemos que conseguir caballos.
—No queda lejos una, allí seguro pueden procurarnos dos monturas. —Nessa parece ahora más tranquila—. El aire huele distinto…
Cierra los ojos e inspira profundo, puedo ver la felicidad reflejada en su rostro, sonrío sin poder evitarlo. No puede disimular lo que siente, es tan trasparente que me pregunto muchas veces cómo demonios pude estar tan ciego.
Erik reclama nuestra atención, es el más llorón de los dos y suele calmarse con la presencia de Leif; desde su nacimiento, ha sido así.
De inmediato, mi esposa se olvida de todo para centrarse en ellos.
Es una madre abnegada, amorosa, y no permite que nadie más que ella cuide de los gemelos, supongo que quiere recuperar todo el tiempo en el que no pudo ocuparse, como es debido, de sus hijos.
Una vez saciada su hambre, emprendemos camino hacia la posada.
Tanto Nessa como los niños deben descansar en condiciones al menos una noche, no pienso llegar a Dunmara a pie como si fuéramos pordioseros.
Puede que ya no tenga el poder que tenía hace un año en mi isla, mas puedo procurarle una buena vida a mi familia.
—¡Llegamos! —exclama mi esposa. No quiere reconocerlo, pero está agotada. Sus ojeras y palidez son buena prueba de ello—. Me encantaría darme un baño caliente…
—Lo tendrás —sentencio.
Al entrar, es mi esposa quien habla con la posadera. La mujer me observa con desconfianza, me mantengo impasible con mis dos bebés dormidos entre mis brazos. Supongo que ahora entiendo a Nessa, imagino que estas son las miradas que ella recibía en Kirkwall y a las que no di importancia.
—Que preparen un baño caliente, por favor —continúa diciendo—. Hemos hecho un viaje largo…
—Por supuesto, señora. —Nessa me hace una señal para que la siga. Subimos unas precarias escaleras de madera, que crujen bajo mi peso, y llegamos a una habitación, que ha visto tiempos mejores.
—¿Esto es lo mejor que tienen? —pregunto, mirando a mi alrededor.
—No seas gruñón —amonesta—. Después de dormir dos días en un barco, esto me parece un palacio. Deja a los niños en la cama, estarán más cómodos.
Obedezco sin pensarlo, lo hago con cuidado y me aseguro de que no puedan caer.
Me acerco al fuego de la chimenea para avivarlo y que no pasemos frío.
Mientras lo hago, llegan dos muchachas con la tina, y la posadera las sigue con cubos de agua humeante.
Me ofrezco a ayudarlas, rechazan la oferta; me encojo de hombros con indiferencia.
—No se lo tengas en cuenta —dice mi esposa cuando cierran la puerta—. Por estos lares, las mujeres somos independientes —bromea—. Puede que incluso, al ofrecerte a ayudarla, la hayas ofendido, pero no dirá nada porque necesita las monedas que vamos a darle.
—Mientras te das el baño, voy a ir en busca de un par de caballos —le digo cuando comienza a desnudarse—. ¿Estarás bien sola? No creo que los niños despierten…
Me mira durante lo que parece una eternidad, hay algo en sus ojos que no sé descifrar, ¿desilusión? No logro comprenderlo, me urge marcharme antes de que mi cuerpo, hambriento por ella, reaccione como no quiero que lo haga; resulta demasiado doloroso para mí.
—Ve —dice al fin. Respiro aliviado—. Puedo ocuparme de mis hijos yo misma —alza el mentón, genial, ahora está molesta, y ni siquiera sé por qué, sin embargo, no tengo tiempo para averiguarlo ahora mismo o estaré en problemas.
Salgo como alma que lleva el diablo y me entretengo más de la cuenta bebiendo un par de jarras de whisky, para templar mis nervios, antes de volver a subir.
A mi regreso, Nessa duerme al lado de los bebés, su cabello suelto me hace desear perderme entre sus hebras.
Me tumbo a su lado; se remueve un poco, pero no despierta; mi brazo rodea su cadera y cierro los ojos, sabiendo que he vuelto a mi hogar, a mi lugar seguro; donde laten tres corazones que son todo mi mundo.