Capítulo 32
Nessa
Me siento la mujer más feliz del mundo, a pesar de sentir que estoy arrancando a Einar de su tierra.
Sé cómo duele cuando te alejas del lugar donde has nacido y crecido; esa llamada que sientes al estar lejos, al menos, a mí las Highlands me gritan para que regrese.
Y ahora, que voy a hacerlo, mi corazón late dichoso en mi pecho, sabiendo que volveré a ver a los míos muy pronto.
Han pasado cuatro semanas en las cuales he terminado de recuperarme. Ya soy capaz de hacer cualquier cosa sin cansarme y vuelvo a ser la mujer que era antes del embarazo.
Miro a mi alrededor, impregnándome de la belleza de esta isla que, aunque no sienta mía, es el legado de mi esposo y de mis hijos.
—¿En qué piensas? —Los brazos de mi esposo me rodean desde atrás, sonrío como una tonta.
—En que soy tan feliz que me siento culpable. —Deja un beso suave en mi cabello, me giro entre sus brazos, alzo mis ojos para encontrar los suyos—. Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión, Einar. No tienes por qué abandonar la isla, yo…
—Está decidido, ást mín —interrumpe—. No quiero que te sientas culpable. Ya he hablado con el consejo; Haakon ocupará mi lugar con una condición, y es que la rebelión tiene que acabar.
—¿Confías en él? —pregunto, sabiendo la respuesta de antemano, de otro modo, no le daría semejante poder.
—Sí —mira hacia el horizonte, hacia el mar del Norte que nos rodea—. Puede que creas que soy estúpido, pero he crecido con él; ha sangrado por mí en muchas ocasiones. Sé que me aprecia, solo que el odio que sentía lo cegó y le hizo olvidar lo que nos unía.
Sé que han hablado largo y tendido. Einar pasaba horas en su alcoba, cuidando de él, como si de algún modo quisiera redimirse del daño ocasionado.
Parece que llevo toda una vida aquí, sin embargo, ni siquiera ha pasado un año.
Meses en los que he madurado, he crecido como persona y me he convertido en madre y esposa.
No lo busqué, mas no lo cambiaría por nada del mundo.
Puede ser que el recorrido fuera doloroso; la recompensa ha sido mayor.
—Me alegra saber que seréis capaces de solucionar lo sucedido.
—Gracias por la paciencia. —Deja un suave beso en mis labios que me sabe a poco—. Imagino que debes estar impaciente por ver a tu familia y que conozcan a los gemelos. Necesito saber que Haakon estará bien.
—Lo comprendo —asiento para tranquilizarlo, a pesar de que tiene razón, los días parecen más largos ahora que sé que podré marcharme—. Puedo esperar lo que sea necesario, esposo.
—No puedo pedir más —me regala una sonrisa que hace que me tiemblen las piernas—. Te amo, esposa.
—Y yo te amo a ti —replico, alzándome de puntillas para besarlo. Lo que pretendía ser algo casto, pronto se convierte en puro fuego, uno que es muy difícil apagar—. Eres malo —mascullo cuando se aleja para intentar recuperar el aliento.
—Pronto —promete—. Volvamos dentro, Erik y Leif deben de estar despiertos.
Regresamos al castillo cogidos de la mano.
Las pocas personas con las que nos encontramos nos saludan comedidos.
Sigo sin sentirme cómoda, a pesar de que ya no suelo recibir miradas de desagrado.
También he aprendido a ignorar, a centrarme en lo que realmente importa.
Tengo el amor de mi marido y dos hijos maravillosos; los demás me son indiferentes.
Nunca he rogado por reconocimiento, lealtad o aprecio y no comenzaré ahora.
***
—Nunca pensé ver el día en que subirías a un barco para no regresar.
Los primos Thorsson se están despidiendo, ha llegado el día en el que por fin emprendemos el viaje hacia Dunmara; uno que no tiene retorno a las Orcadas, al menos, no para mí.
—Es mi destino —resuelve mi esposo—. Haz las cosas bien, Haakon. —No es una orden, tampoco una súplica—. Recuerda tu promesa, no hagas que me arrepienta de haber confiado en ti de nuevo.
—Ninguno de los nuestros atacará Dunmara —sentencia—. Voy a demostrarte que sigo siendo aquel hombre en el que podías confiar, incluso tu vida.
Haakon no aparta la mirada de la mía. Después, se gira hacia los hombres y mujeres que se han reunido en la orilla para despedirnos.
Algunos guardan un silencio incómodo, otros observan con desconfianza, como si tampoco supieran qué hacer con aquel hombre que había estado dispuesto a traicionar a su propia sangre y que ahora recibía el peso de la isla sobre sus hombros.
Entonces, con una lentitud que deja claro que la herida todavía le duele, Haakon se arrodilla sobre la arena húmeda.
Un murmullo recorre a los presentes; nadie se atreve a interrumpirlo.
Ni siquiera Einar se mueve. Solo aprieta mi mano con más fuerza, como si aquel gesto le costara tanto como al hombre que se humilla ante todos.
—Juro por mi sangre, por la memoria de nuestros muertos y por los dioses que nos escuchan —declara Haakon, alzando la voz para que todos puedan oírlo— que ningún hombre bajo mi mando volverá a levantar acero contra Dunmara, contra los MacGregor ni contra los hijos de Einar.
Juro que, mientras yo respire, no permitiré que el rencor gobierne esta isla ni que la paz conseguida con tanto dolor se rompa por mi mano.
Einar lo observa durante unos instantes, en silencio. La tensión es tan espesa que incluso el mar parece contener el aliento.
—No te dejo mi puesto porque haya olvidado lo que hiciste —dice mi esposo al fin, con una dureza que hace estremecer a varios de los presentes— ni porque confíe ciegamente en ti.
Te lo dejo convencido de que esta isla necesita a alguien que la guíe y de que tú debes reparar el daño que causaste.
No será un premio, Haakon. Será tu penitencia.
—Lo sé —responde Haakon sin levantarse— y la aceptaré cada día. Si alguna vez falto a este juramento, que todos los aquí presentes recuerden mis palabras y me juzguen como traidor.
Lo miro entonces de una forma distinta. No con confianza, todavía no, sí con la certeza de que al menos entiende la magnitud de lo que hizo.
Mi perdón no borra la herida ni devuelve la tranquilidad perdida, pero quizá le impida al odio seguir extendiéndose como una enfermedad entre todos nosotros.
Silencio, después un carraspeo y la mano de mi esposo sosteniendo la mía en un suave apretón, como si intentara llamar mi atención.
—Nessa… —Me tenso y miro al hombre que ha pronunciado mi nombre—. Antes de que os vayáis, necesito pedirte perdón. No solo por todo lo que hice y dije durante los meses que has pasado aquí, sino por intentar matarte.
Podría responderle que no necesito su perdón, que unas simples palabras no cambian el hecho de que intentara acabar con mi vida, sin embargo, no quiero llevarme ningún tipo de rencor a Dunmara. Necesito comenzar mi nueva vida dejando la anterior atrás.
—Te perdono, porque no quiero llevarme tu odio conmigo —replico al fin—.
No olvidaré lo que hiciste, Haakon. Que tus actos demuestren, desde este día, que esas palabras valen algo.
Espero que en el futuro seas capaz de cuidar de los tuyos y continuar con la paz que mi matrimonio y el de Freydis ha traído a las Orcadas.
—Gracias —masculla, no parece cómodo, sí sincero y con eso me vale—. Juro que no volveré a dejarme llevar por el rencor. Puede que algún día también tenga la suerte de encontrar el amor, ese que cura el alma y da paz al corazón más atormentado.
No me pasa desapercibida la mirada que dirige hacia donde se encuentra Solveig entre la gente, que ha venido a despedirnos. Ella no se acerca, ni Einar hace nada para hablarle, por lo que imagino que, a su antigua amante, no es capaz de perdonarla.
—Tenemos que marcharnos —asiento—. Cuídate, Haakon.
—Vosotros también —en su voz puedo escuchar la emoción apenas contenida—. Por favor, déjame saber que habéis llegado bien y, de vez en cuando, recuerda que tienes un primo aquí, esperando saber de ti.
—Cuida de su tumba —susurra mi esposo—. ¿Lo harás?
—Siempre —promete. Sé que se refieren a la tumba de Aileen y su bebé. Sostengo a Erik entre mis brazos, Einar a Leif y me doy cuenta de que él es mucho más fuerte que yo, no solo físicamente, ya que no sería capaz de resistir la perdida de uno de mis hijos.
La curandera no estaba de acuerdo con nuestra partida.
La noche anterior, mientras revisaba a los niños y después a mí, nos había mirado con esa severidad suya que no admitía discusiones.
«Aún son demasiado pequeños», había advertido, acariciando con un dedo la mejilla diminuta de Erik.
«Y tú acabas de volver de la muerte, muchacha. Si dependiera de mi juicio, esperaríais otra luna antes de poner un pie en un barco».
Pero también había sido ella quien, tras mirar el cielo encapotado y escuchar a los marineros hablar de los vientos que pronto cerrarían el paso, terminó por suspirar con resignación.
«Si esperáis demasiado, las tormentas os atraparán aquí durante meses. Y no sé si esta isla será más segura para ellos cuando el invierno caiga sobre nosotros. Si vais a marcharos, hacedlo ahora, antes de que el mar cambie de humor».
Nos obligó a escuchar cada una de sus indicaciones, como si de un juramento se tratara.
Los gemelos debían viajar siempre envueltos en pieles secas, lejos del viento directo y abrazados a nuestro cuerpo para darles calor.
Había preparado paños limpios, ungüentos, agua hervida y una mezcla de leche solo para emergencias, nos advirtió que, siempre que pudiéramos, debíamos buscar una mujer que pudiera amamantarlos en las paradas del camino.
«La leche de vaca puede mantenerlos unas horas si no hay otra cosa —dijo con dureza—, no confiéis en ella más de lo necesario. Son fuertes, sí, pero todavía son pequeños».
También nos enseñó a observarlos con una atención casi obsesiva.
Si los labios se les ponían azulados, si la piel se enfriaba pese a las mantas, si dejaban de llorar demasiado tiempo o no tenían fuerzas para prenderse al pecho de una nodriza debíamos detenernos de inmediato y buscar refugio caliente.
«No esperéis a que parezcan enfermos —nos advirtió—. En niños tan pequeños el peligro llega en silencio. Revisad su respiración cada poco, tocadles las manos y los pies, mantenedlos secos y no dejéis que pasen muchas horas sin alimento, aunque tengáis que despertarlos».
No partimos por capricho ni por impaciencia, aunque mi corazón ardiera por regresar a Dunmara.
Lo hacemos porque quedarnos también supone un riesgo.
Esa verdad no me consuela, pero al menos me permite respirar cuando el miedo amenaza con cerrarme la garganta cada vez que miro a mis hijos dormir en brazos de su padre.
Por eso, durante la travesía, apenas duermo.
Cada poco acerco los dedos a sus mejillas, compruebo que siguen tibias, que respiran sin dificultad y que sus pequeños pechos suben y bajan bajo las pieles.
Einar se turna conmigo sin que tenga que pedírselo; cuando uno de los niños se agita, lo pega contra su pecho y lo cubre con su propio manto para darle calor.
Hemos dispuesto un rincón protegido del viento, lejos de las salpicaduras, y nadie se acerca a ellos sin antes lavarse las manos en el agua que la curandera nos ordenó hervir.
Subimos al barco. Las Orcadas cada vez se ven más pequeñas, hasta que al final las perdemos de vista. Einar no deja de observar a pesar de que solo nos rodee mar; uno que está en calma y que rezo para que siga así hasta nuestra llegada a Dunmara.
Mi mayor preocupación es que nos retrasemos por cualquier inconveniente y mis hijos sufran las consecuencias.
Astrid no ha podido acompañarnos; su propio hijo todavía la necesita y, aunque nos abrazó llorando antes de partir, no podía abandonar a su familia ni su hogar por seguirnos hasta Dunmara.
Por eso, llevo provisiones de leche de vaca.
No como sustento principal, sino como último recurso si en alguna parada no encontramos a una mujer que pueda amamantarlos.
La curandera fue muy clara: no debía confiar en ella más de unas horas.
¿Qué clase de madre pondría a sus hijos en peligro?
Son tan pequeños… Einar me ha asegurado que haremos el viaje lo más rápido posible y que buscaremos ayuda en cada lugar donde pongamos pie en tierra, aun así, tiene más confianza que yo.
Ahora, viendo como contempla la lejanía, siento que mi corazón duele.
En su semblante, en sus ojos, veo lo difícil que le resulta.
Puede que jamás lo reconozca, pero deja gran parte de él en la isla.
Me acerco y lo abrazo, apoyando mi rostro en su gran espalda.
Mis brazos rodean su cintura, sus manos de inmediato buscan las mías.
—Lo lamento —susurro. No responde. Se mueve para cambiar posiciones, me protege entre sus fuertes brazos, siento su barbilla sobre mi cabeza—. No tienes por qué ocultar lo que sientes en este momento…
—Solo siento esperanza, amor mío —replica—, y libertad.