Capítulo 30
Nessa
¿Cómo se atreven? Es lo único en lo que puedo pensar mientras subo las escaleras y recorro el pasillo que me llevará hasta mis aposentos, de los cuales no debería haber salido.
Pedirme perdón; como si fuera así de simple.
Como si pudiera borrar todo lo sucedido desde que Einar Thorsson decidió que era buena idea secuestrarme como venganza contra los míos.
Durante meses, intenté comprenderlo, después de todo, hicieron lo mismo con su hermana.
En ningún momento fue maltratada en Dunmara, al contrario, estábamos muy agradecidos de que hubiera salvado a Cedric.
Sin embargo, yo he tenido que soportar el desprecio de los isleños, de mi esposo, de su amante, de su familia.
Me han dejado sola, aislada, justo cuando más necesitaba a mi madre.
Nunca podré olvidar el momento del parto, y la certeza de que ella no iba a estar a mi lado para darme ánimos y el consuelo que tanto necesitaba.
—Malditos todos —mascullo, cerrando de un portazo—. Me habéis obligado a mentir.
Una voz interior se empeña en recordarme que no es la primera vez. Ya que llevo mucho tiempo mintiéndome incluso a mí misma.
Soy incapaz de permanecer quieta; recorro la estancia como un animal enjaulado que no tiene a donde ir.
Me encantaría poder desahogarme, decirles lo que en realidad pienso a esos insensibles patanes sin escrúpulo alguno.
¿Cómo se atreven a intentar excusarse? Parecen olvidar demasiado pronto las atrocidades cometidas.
Todavía recuerdo cuando llegaron a Dunmara, tanto Cedric como la pobre Moira, tiene mi edad, y su mirada ya está empañada por todo lo que ha tenido que soportar.
—Nessa, tenemos que hablar —me giro con brusquedad para ver cómo mi esposo ni siquiera se ha molestado en llamar a la puerta; el dueño y señor en todo su esplendor—. Lo que ha sucedido allí abajo…
—Ha sido una charada —interrumpo—. ¿Qué buscas exactamente con unas disculpas que no son sinceras?
—Sí lo son —rebate con fervor—. Al menos, para los que estaban sentados a mi mesa. Lo que no has visto hoy es por qué ya han dejado muy clara su postura para conmigo.
—Supongo que yo soy la causante —replico mordaz—. ¿No les has explicado que no permaneceré en esta isla por mucho tiempo más?
—No les debo explicación alguna —masculla—. Son los responsables de que mi propio primo se volviera contra mí.
Muerdo mi lengua para no replicar, ya que pienso que lo único que hizo que Haakon actuara de esa manera es su maldad, sus celos y su ansia de poder. No hay poder sobre la faz de la tierra que haga que alguien que te ame se rebele contra ti, al menos ese es mi pensar.
—Me alegra saber que tienes aliados —le digo dando varios pasos hacia atrás; necesito imponer distancia entre ambos—. ¿Algo más? —cuestiono, intentando sonar más tranquila de lo que estoy.
—Podría hacer y decir muchas cosas, esposa —resuelve, acercándose a la chimenea. Contempla las llamas mientras se apoya en la repisa—. No estás ni preparada para escucharlas ni para aceptarlo.
—Te repites demasiado —me burlo—. ¿Alguna vez me lo dirás?
—Puede —se encoge de hombros sin mirarme—. A veces pienso que no tiene sentido, otras me niego a rendirme sin luchar, ¿tú qué harías? —me mira sobre su hombro, me sorprende su pregunta.
—Depende —digo—. Si es por alguien a quien quiero, por supuesto que no me rendiría jamás. Por el contrario, si no es nadie importante, lo dejaría pasar; la vida es demasiado corta como para vivirla siempre batallando.
—Tienes razón —me mira de una manera que me estremece. Doy un nuevo paso atrás cuando comienza a acercarse con decisión. Sus ojos fijos en mí—. Si no me da miedo entrar en guerra, ¿por qué debería darme miedo expresar lo que siento? Aunque creo que es mejor que te lo muestre.
Sus manos rodean mi rostro y su boca se apodera de la mía, no como castigo, sino como si le fuera la vida en ello.
Como si me necesitara como el aire que respira, como…
No puede ser, grita mi mente, aunque mi estúpido corazón se empeñe en latir con fuerza en mi pecho como si quisiera salir y postrarse a sus pies.
Por el momento, lo míos han dejado de tocar el suelo porque me he colgado de su cuello, sé que no debería, qué demonios; pronto estaré lejos de aquí.
—Te amo, Nessa —dice contra mis labios hinchados por sus besos. Mis ojos, cerrados, se abren de la impresión. Los suyos, oscurecidos, llenos de una emoción que no sé descifrar—. No sé en qué momento exacto me enamoré de ti…
Me aparto como si su contacto quemara, me alejo temblorosa sin saber muy bien cómo sentirme. ¿Furiosa? ¿Incrédula? ¿Feliz?
—¿Qué esperas que haga con semejante confesión? —pregunto con la garganta cerrada—. Una muy conveniente, si me permites decirlo…
—¿Qué quieres decir? —frunce el ceño. Intenta acercarse de nuevo. Pongo más distancia, si me toca estoy perdida.
—No sentías por mí más que odio y desprecio por quién soy y ahora, de repente, me amas… —replico irónica—. ¿Ahora que te he dado dos hijos?
Su mandíbula se tensa; me mira contrariado, como si mis palabras o, mejor dicho, mis acusaciones le ofendieran.
Debo reconocer que se le da muy bien mentir.
Para otra estúpida puede que fuera incluso creíble, sin embargo, no puedo olvidar de un plumazo todo lo vivido: lo que he visto y escuchado entre estas paredes.
—Te amo desde antes de que nacieran los gemelos —rebate con fervor—. Incluso cuando los concebimos, yo…
Me carcajeo, sus puños tiemblan; no puedo creer hasta qué punto puede llegar un hombre que se sabe vencido.
—No me hagas reír —me burlo—. ¿Quieres decir que yaciste conmigo porque te habías enamorado de la escocesa a la que secuestraste por venganza?
—Puedes creerlo o no —estalla—. Incluso, desde la primera vez que te vi, algo en mi interior me gritó que eras mía. ¿Por qué demonios crees que te traje conmigo? Si realmente hubiera querido vengarme, tu clan no existiría en estos momentos.
—¡Jamás vuelvas a amenazar a mi gente! —le grito—. ¿Sabes qué me prometí cuando me encerraste en esta misma habitación? —no responde—. Que te mataría, que acabaría yo misma con esta absurda guerra.
—No has sido capaz —esas simples palabras me golpean como un mazo. Aparto la mirada, porque tiene razón—. ¿Nunca te has preguntado por qué? ¿O es que acaso eres tan cobarde que no quieres reconocerlo?
—Aquí el único cobarde eres tú —escupo, por tal insulto sé que me merezco cualquier castigo que quiera darme. Einar no hace nada—. Tú, que dejas que los demás te digan lo que debes hacer…
—¡Lo hice para mantenerte a salvo! —brama, haciéndome enmudecer—.
Escuchaste aquella reunión; me acusaste de no defenderte —masculla con rabia—.
¿Sabes lo que es sentir que traicionas a tus muertos, a tu gente, por el simple hecho de volver a sentir?
¿Lo que significa estar dividido entre el honor y el amor?
Muerdo mi labio inferior porque sé de lo que habla. Me he empeñado tanto en ocultarlo en lo más profundo de mi alma que incluso he llegado a convencerme a mí misma de que no siento más que odio por Einar Thorsson, el hombre que me ha dado sobrados motivos para ello…
—Me alejé para asegurarme de que no iban a atacarte mientras estabas embarazada —continua, ahora en voz baja, mirando a la nada—.
No podía estar a tu lado siempre y no confiaba en nadie para que te mantuviera a salvo.
Mi única baza era seguir fingiendo, seguir siendo el Einar que todos esperaban de mí.
¿Y para qué sirvió? —pregunta tras una carcajada—.
Para que me odiaras más, para casi acabar con tu vida y la de los gemelos, y para descubrir demasiado tarde que no importa lo que haga; siempre alguien acabará traicionándome.
No sé qué decir, no sé qué pensar ni qué debería sentir.
Si él fuera otro hombre y yo otra mujer, no sería tan difícil.
Ya me hubiera lanzado a sus brazos dispuesta a darle otra oportunidad, sin embargo, no importa lo que Einar quiera, o lo que quiera yo, sino lo que todos los que nos rodean nos permitan.
—¿No vas a decir nada…? —pregunta ante mi silencio—. Nessa, tienes que creerme —continúa diciendo desesperado—, no te estoy mintiendo.
—¿Sabes qué es lo peor? —Me mira sin comprender—. Que al final de todo esto no importas ni tú ni yo —sonrío con tristeza—. ¿Crees que nos permitirían ser felices?
—No estoy pensando en nadie más que en nosotros —masculla—. Pobre del que se atreva a…
—No quiero vivir con esa losa sobre mis hombros, mucho menos sobre los de mis hijos.
—Entonces nos marcharemos donde tú quieras —sentencia.