Capítulo 29
Einar
Si pretende enfurecerme, lo está consiguiendo.
Lo estoy intentando, maldita sea, y lo único que consigo es darme cabezazos contra una pared.
No me permite acercarme lo suficiente como para hacerla dudar, y me siento con las manos atadas porque no puedo tocarla, es el único momento en el que baja la guardia.
—Silencio —exijo levantándome para llamar la atención de cada persona sentada a mi mesa—. Creo que alguno de vosotros deseaba decirle unas palabras a mi esposa…
—No es necesario —interviene ella, mirando a los ojos de los que nos rodean—. Podemos ahorrarnos este incomodo momento. No soy persona de dobleces; me considero directa y sincera, y prefiero no escuchar excusas o mentiras para disfrazar la verdad.
—¿Y esa cuál sería, muchacha? —pregunta uno de los pocos ancianos que han venido—. Si no nos escuchas, ¿cómo sabes que lo que decimos es mentira?
Se remueve en su asiento; agacha la mirada avergonzada. Por mi parte, contengo una sonrisa porque han conseguido callarla.
—Hemos sido injustos y no nos pesa reconocerlo. —Mi esposa se tensa—. No quisimos darte una oportunidad a tu llegada, mucho menos después del matrimonio forzado con Einar, pero como él mismo nos ha recordado, tú fuiste una víctima.
Me mira de reojo, no dice nada. Aprieta sus manos bajo la mesa.
Me gustaría cogérselas e impedir que se haga daño, además de infundirle valor.
Sé que rechazaría el gesto, por lo que me contengo con la esperanza de que las palabras sinceras de mi gente —al menos la que sigue apoyándome— ablanden su corazón.
Ese que sé que existe, porque me lo ha demostrado en infinitas ocasiones; esas en las que ni siquiera yo he estado a la altura de las circunstancias.
—Nunca me he considerado como tal —murmullos se escuchan a nuestro alrededor, no la callo—.
No soy una víctima, porque en ningún momento he agachado la cabeza ni lo haré jamás.
Soy una MacGregor y me comportaré como tal —alza la barbilla con orgullo, demostrando que no dará la espalda ni a su familia ni a su patria.
—No cabe la menor duda de que tienes tanto orgullo como cualquiera de esta isla. —Me preparo para ver cómo se lo toma, ¿como un insulto o un halago?
—Si eso es todo… —intenta levantarse, se lo impido. Me mira molesta—. Me gustaría retirarme a mis aposentos. ¿Se te olvida que estoy convaleciente? —me tenso, porque no me gusta que utilice eso a su favor.
—Eso es cuestionable, querida —replico sonriendo—. Parece que tu convalecencia se rige bajo tu criterio. —Rueda los ojos—. Ya tienes fuerzas para dar paseos cortos, bien puedes estar aquí sentada un poco más escuchando lo que mi gente quiere decirte.
—¿Y si no quiero escucharlo? —Sé lo que se propone, me está desafiando en público, si lo hubiera hecho a su llegada, no me hubiera temblado el pulso al castigarla; ahora sabe que no voy a hacerlo—. Ni ellos quieren decirlo, ni yo pretendo escuchar embustes. Ahórranos este mal rato, Einar.
—No me han llamado mentiroso en la vida, jovencita —amonesta —. Es la segunda vez que nos acusas de lo mismo, y no pienso consentirlo. Nos escucharás, o haré que Einar te castigue como corresponde por tu desobediencia y tu falta de respeto hacia los mayores.
—De dónde vengo, no se nos castiga por hablar libremente —espeta—.
Mi padre jamás le ha puesto la mano encima a mi madre, mis hermanos serian incapaces de tal bajeza…
¿Eso qué dice de vosotros? Nos acusáis de ser salvajes; me temo que sois los habitantes de esta maldita isla los que os asemejáis a los animales.
—¡¿Cómo te atreves?! —brama, muchos otros muestran su descontento. Suspiro y aprieto el puente de mi nariz, intentando calmarme, si actúo por impulso, o movido por las absurdas ordenes de este par de locos, cometeré una estupidez que no me puedo permitir—. Einar, exigimos una disculpa.
—Nessa… —No es una advertencia; se niega a abrir la boca—. ¿Qué os ha molestado exactamente?
—Todo —exclaman varios—. Nos ha faltado al respeto, nos ha llamado mentirosos y animales, ¿te parece poco?
—Lo cierto es que está en su derecho de pensar que somos animales, al fin y al cabo, estuve a punto de matar a su hermano y lo encerré, desangrándose, en una celda. Y sabéis que eso no es lo peor que hemos hecho.
—Nos atacaron —intentan defenderse—. Solo defendíamos las Orcadas.
—¡Eso no es cierto! —exclama Nessa sin poder callarse. Dejo caer mi rostro entre mis manos; que los dioses nos amparen—. Solo cumplían órdenes del rey. Pretendían conseguir una tregua, pero les atacasteis, obviamente, no iban a quedarse de brazos cruzados para que los masacrarais.
—Niña, tú no puedes comprender cómo funciona la guerra…
—¿Porque soy mujer? —interrumpe entre dientes—.
Puede que no pueda empuñar una espada, sin embargo, sé que hacer prisioneras a mujeres inocentes os convierte en unos cobardes —alza la voz.
Mascullo una maldición—, atacar por la espalda también, encerrar, emboscar; defender lo indefendible os convierte en estúpidos.
—Se acabó —alguien da un golpe en la mesa. Alzo la cabeza, con una simple mirada debería servir—. No tengo por qué escuchar a esta mujer insultarnos, puede que tú no tengas lo que hace falta para hacerla callar…
—¡Que nadie se mueva de sus asientos! —bramo, levantándome.
Una vez de pie, miro a cada uno, me tomo mi tiempo.
Quiero que comprendan que esto no es ningún juego—.
Mi esposa tiene derecho a estar resentida con todos nosotros, hemos cometido muchos errores, así que lo menos que podéis hacer es escucharla.
—¿Te has vuelto loco, muchacho? —miro al portavoz de este grupo de viejos decrépitos, necesito su apoyo, sin ellos estaré en apuros, sin embargo, no pienso permitir que le vuelvan a faltar el respeto a Nessa—. Es solo una mujer, no nos comprenderá, y mucho menos, porque no pertenece a esta isla.
—Mi esposa pertenece donde yo diga —replico. La siento moverse en su asiento; no puedo mirarla—. ¿Habéis venido a disculparos o a seguir insultándola?
—Creo que los únicos que hemos sido insultados somos nosotros.
—Y ahora estamos a la par —Nessa se ha puesto de pie, sin embargo, no me llega siquiera al hombro—.
Me siento orgullosa de quien soy, señores.
De donde nací, de mi familia y de mi manera de pensar, por lo que no creo que nunca nos llevemos bien.
—La miro de reojo, si lo que pretende es arreglarlo, no va por buen camino—.
No hay de qué preocuparse; en cuanto pueda, me marcharé de aquí y no tendrán que volver a verme —sonríe.
Aprieto los dientes, porque la idea parece hacerla demasiado feliz para mi gusto—.
Einar se casará con alguna mujer que aprueben y todos contentos.
—Muchacha, pareces olvidar un par de cosas. —Ella lo mira interrogante—. Vuestros hijos. Esos niños pertenecen a esta isla.
—Mis hijos volverán conmigo a Dunmara —sentencia entre dientes—. Y pobre del que intente impedirlo. Tendréis que matarme para…
—Cálmate —intervengo, porque la siento temblar a mi lado—.
No hemos venido a hablar aquí de mis hijos.
Sabéis que es lo que siento y habíais prometido ayudarme.
—Puedo sentir la mirada de Nessa puesta sobre mí.
Imagino que debe de estar preguntándose de qué demonios hablo; no está preparada para escucharlo.
—Tu esposa no lo pone fácil. —No puedo evitar sonreír, muchos me observan como si hubiera perdido la cabeza.
—Por supuesto —asiento—, contaba con ello —la miro.
Frunce el ceño mientras se cruza de brazos.
Aunque molesta, la veo igual de hermosa que la primera vez que la tuve frente a mí y algo dentro de mi ser gritó que era mía.
Aunque no lo quise reconocer, utilicé la venganza como arma y escudo para protegerme.
—Sigo aquí —masculla—. Os escucho alto y claro. ¿Queda algo más que decir?
—Sí —detiene sus pasos; mira sobre el hombro—. Debes decir si nos perdonas o no.
Alza una de sus cejas. Dirige su mirada hacia mí. Por respuesta, me encojo de hombros. Da media vuelta, quedando de frente a las personas que todavía están sentadas a nuestra mesa.
—Estoy intentando decidir si os estáis burlando de mí… —dice pensativa. Veo muchas cabezas negando con solemnidad—. No sé qué es peor entonces —masculla, debo aguantar la carcajada—. ¿De verdad esperáis que os perdone? —asienten—. Definitivamente, están locos —me dice.
—Solo quieren disculparse porque no empezamos con buen pie —murmuro, mirándola con seriedad. Quiero que entienda que no es ninguna broma ni hay nada detrás de esta cena—. ¿No podrías al menos pensarlo? Ellos no te secuestraron ni te obligaron a casarte conmigo ni…
—Basta —alza una de sus manos—. Os perdono. ¿Contento? —nadie dice nada, algunos la miran frunciendo el ceño, lo cierto es que no ha sonado muy convincente—. ¡¿Qué más queréis?! — alza la voz.
—Sinceridad, niña —responde una de las mujeres, que hasta ahora se había mantenido al margen.
—No soy una embustera… —sisea—. He dicho que os perdono. Es vuestro problema si me creéis o no. Buenas noches.
Nadie vuelve a detenerla, ni siquiera yo. Me siento, mejor dicho, me dejo caer porque sé con total certeza que todo esto no ha servido para nada, y lo que es peor, ya no me quedan opciones.
—Gracias por vuestra ayuda —les digo sin mirarlos.
—Chico, no te rindas tan fácilmente —intentan animarme—. Es tozuda como buena hija de las Highlands, pero tiene buen corazón; nos ha perdonado.
—Lo sé. —Bebo de mi vaso, necesito algo fuerte para adormecer mis pensamientos—. Ella es mucho mejor que yo en muchos aspectos. Puede que ahora actúe de ese modo porque está dolida, sin embargo, en el fondo sigue siendo aquella joven que llegó aquí hace poco menos de un año con la mirada desafiante.
—Te queda poco tiempo —añade la curandera—. No puedo seguir mintiéndole. Su cuerpo se está recuperando rápido.