El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Nessa

Ha pasado una semana y Haakon resiste; la curandera piensa que puede lograrlo y no sé si alegrarme o no.

No debería importarme, cada vez estoy más fuerte y repuesta, por lo que, en pocos días, debería ser capaz de regresar a mi hogar.

Si no me doy prisa, es muy posible que las fuertes tormentas que sacuden esta parte del mar del Norte me impidan hacerlo durante meses.

Paseo alrededor del castillo, no me alejo demasiado por temor. Aunque los pocos lugareños que me encuentro parecen rehuirme como la peste. Me pregunto qué demonios deben pensar ahora para que se comporten de ese modo tan extraño.

—No deberías esforzarte tanto —me sobresalta la voz de mi esposo. Me giro para verlo acercarse a mí—. Sé que tienes prisa, pero la salud debería ser lo primero.

—¿Crees que estoy siendo irresponsable? —cuestiono de vuelta—. La curandera es la que me ha aconsejado las caminatas, debo recuperar las fuerzas o seré una inútil lo que me resta de vida. Según ella, mi parto fue muy peligroso.

—No lo he olvidado —espeta—. Solo quería que supieras que pensamos que mi primo no va a morir —asiento, intentando que eso no me afecte; el miedo sigue latente—. He vuelto a hablar con él y confío en su palabra, me ha jurado que no te hará ningún daño.

—Espero no estar aquí cuando él pueda levantarse de la cama —resuelvo—. ¿Algo más?

—Me gustaría que hoy cenaras en el salón con todos nosotros —le miro sorprendida, nunca me lo había pedido, siempre permitía que me escondiera en mis aposentos, sobre todo en los meses en los que se alejó de mí—. No me mires así, no es algo descabellado que mi esposa cene en mi mesa.

—Lo es —rebato—. No lo he hecho más que alguna vez al principio de mi estancia aquí —me encojo de hombros—. Lo cierto es que no me apetece, no sería capaz de probar bocado; puedes ofrecérselo a Solveig…

—Maldita sea —gruñe—. No te lo voy a poner fácil, ást mín. Te he dejado claras mis intenciones, no hagas que tenga que obligarte.

—Eso no sería nuevo en ti —lo miro enfadada—. ¿Por qué ahora? —pregunto, necesitando entenderlo. Durante meses esperé este acercamiento como la estúpida que soy, pero jamás llegó y ahora, que es demasiado tarde, no cesa en su empeño de intentar arreglar algo que no debió suceder nunca.

—Sea cual sea mi respuesta, no la vas a creer, por lo que te vuelvo a pedir que bajes a cenar —su respuesta no me satisface en absoluto; se marcha antes de que le diga lo que puede hacer con sus órdenes.

Me dirijo hacia la alcoba de mis hijos, son los únicos capaces de calmar mi mal humor. Al entrar, distingo que es Erik el que llora, como de costumbre. Lo alzo en brazos mientras Astrid acaba de darle el pecho a Leif.

—Son un par de comilones —dice riendo—. No doy abasto con estos dos señoritos —añade con cariño—. ¿Qué sucede? —. La miro sorprendida porque sea capaz de darse cuenta.

—Einar quiere que baje a cenar esta noche —confieso—. No me siento cómoda en absoluto.

—Lo que he escuchado aquí y allá es que muchas personas que antes no aceptaban tu presencia en la isla ahora la aprueban. Sobre todo, cuando se han enterado de la traición de Haakon y de que fue hostigado por varios de los ancianos. Incluso que se amenazó la vida de tus hijos.

—Ahora pretenden hacerme creer que no sabían nada —mascullo meciendo a mi hijo para intentar calmarlo—. ¿Debo agradecerles que ahora decidan que soy buena para su líder? No, ahora ya no me interesa, de hecho, nunca lo hizo.

—Mientes y lo haces fatal. —Le lanzo una mirada airada; se carcajea—. Ninguna mujer dejaría que un hombre la toque si no siente nada, ¿me equivoco? Puede que este matrimonio, esta unión, se diera por las razones equivocadas, ninguno de los dos contaba con que los sentimientos no se pueden controlar.

—Eres demasiado romántica —replico irónica—. ¿Crees que me enamoraría de mi captor? ¿Del hombre que amenazó a mi familia y estuvo a punto de matar a mi hermano mayor, el cual adoro con todas mis fuerzas? —son el miedo y el rencor quienes hablan por mí, ella no tiene por qué saberlo.

—Einar es mucho más que eso —rebate perdiendo la sonrisa—.

Es el hombre que se dejó herir por una de los tuyos sin hacer nada al respecto.

—Me tenso ante la mención de Gillian—. El que te trajo hasta aquí, pero que nunca te trató como a una prisionera; el padre de tus hijos, el hombre que estuvo dispuesto a matar a su sangre por ti.

—También es el mismo que me alejó durante meses mientras permitía que los suyos me humillaran —replico con rabia—. El mismo que el día que intenté decirle que pensaba que mi hijo iba a nacer, tenía a su amante sobre el regazo con los pechos fuera. ¿Quieres que siga?

Aparta la mirada, es entonces cuando sé que he ganado. Puede que lo defienda porque se siente agradecida por todo lo que ha hecho por la isla, porque lo respeta, pero hay cosas que no se pueden justificar.

—Tienes razón —dice. La miro desconfiada mientras deja a Leif en la cuna y me pide que le dé a Erik; ha llegado su turno de mamar—.

No se pueden perdonar todas esas cosas, por eso, lo mejor será que te marches.

Antes de eso, permite que la gente diga lo que tenga que decir. Después de todo, no volverás a verlos…

—No les debo nada —mascullo—. No pienso bajar.

—La posición de Einar sigue siendo inestable, Nessa. —Muerdo mi labio inferior—. Puede que a ti no te importe, que vayas a marcharte y que lo que dejas atrás te sea indiferente, pero él se quedará aquí y tendrá que vivir con sus acciones y las tuyas.

—¿De parte de quién estás? —increpo molesta, sabiendo que en el fondo tiene razón, no puedo comportarme como una niña malcriada, mi madre no me educó así.

—De la razón —replica sin inmutarse—. Si lo piensas fríamente, sabes que estoy en lo cierto. Estás tan dolida, y con sobrados motivos, que no eres capaz de ver más allá.

—Lo haré —termino claudicando—. Siento curiosidad por saber qué demonios tienen que decirme.

—Así se habla —sonríe de vuelta—. Demuéstrales de qué estás hecha. Déjales ver quién eres.

—Soy Nessa MacGregor —sentencio con orgullo— y es hora de que lo demuestre; llevo demasiado tiempo escondida.

Beso la frente de Erik y de Leif, que ya se ha dormido, y salgo de la estancia para dirigirme a mi alcoba. Quiero darme un baño y vestirme para la ocasión. A la guerra, siempre hay que ir bien preparada. Van a saber quién soy yo antes de que termine la noche.

Me trenzo el cabello, me pongo un vestido verde, que creo que acentúa el color de mis ojos, y pellizco mis pálidas mejillas.

No quiero que piensen que sigo enferma y mucho menos que les tengo miedo.

Espero que esta noche nos honren con su presencia algunos de esos vejestorios que osaron amenazar la vida de mis hijos.

Pienso decirles unas cuantas verdades que es necesario que escuchen antes de que el infierno venga a por ellos.

—Pensé que no ibas a bajar. —Desciendo despacio las escaleras; Einar me espera, sus ojos me recorren de la cabeza a los pies y algo brilla en su mirada—. Estás muy hermosa.

—Gracias —respondo con la cabeza en alto—. ¿Pasamos al salón? No quiero hacer esperar a tus invitados…

—¿Por qué tengo la sensación de que te has preparado para la guerra? —susurra en mi oído, haciendo que me estremezca.

—No sé de qué hablas —digo sonriendo al entrar en la sala llena de hombres y mujeres que no conozco, pero que me juzgaron solo por ser escocesa, que no me dieron la oportunidad de demostrar que ni yo ni mi gente somos monstruos sedientos de sangre.

—Podemos comenzar —dice Einar, ofreciéndome un asiento a su lado. Me doy cuenta de que Solveig también está en la mesa; aprieto mis manos intentando contenerme—. No hace falta que estés tan tensa.

—Acabemos con esto de una maldita vez —mascullo sin alzar la vista de mi plato.

El silencio es interrumpido cuando comienzan a hablar, por supuesto, no intervengo. No tengo nada que decir, ni ellos intentan que me una porque, a pesar de lo que piense Astrid o mi marido, jamás me verán como una igual.

—No has probado bocado —masculla a mi lado, creía que no me estaba prestando atención. Supongo que doy demasiadas cosas por sentadas—. Si la comida no es de tu agrado, puedes pedir a la cocinera que…

—No es necesario —interrumpo—, no deseo molestar.

—¿Eres consciente de quién eres? —pregunta. Lo miro sin responder—. Mi esposa, por lo que puedes pedir lo que quieras.

—Por poco tiempo —blasfema—. Durante meses no he importado, por lo que puedo seguir aguantando un poco más, esposo.

Deja sus cubiertos de golpe sobre la mesa; todos guardan silencio.