El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

Einar

La he ofendido y no era mi intención. Solo quería que se callara, que no nombrara a Aileen, porque ese nombre en sus labios…

Sin embargo, ahora con su mirada encendida por la rabia, las mejillas sonrojadas y el pecho subiendo y bajando con rapidez no puedo pensar en nada más que en lo hermosa que es para mí.

—No pretendía insultarte, ást mín —intento calmarla—. Sé que eres inteligente, valiente y muy fuerte —reconozco—. Sé con quién me he casado.

—No hace falta que me regales los oídos, Einar —espeta—. Puede que nunca haya tenido que combatir, que no sea tan fuerte como tú, pero no dudes de que soy capaz de todo por defender en lo que creo y a la gente que amo.

—No me cabe la menor duda, sé que eres una guerrera —intento aplacar su mal humor—. Digna descendiente de tu linaje —se sonroja, me mira suspicaz—. Al fin y al cabo, puede que las Highlands y las Orcadas no sean tan distintas.

—¿Y has llegado a esa conclusión después de tanta muerte? —acusa—. Estuviste a punto de arrebatarme a una de las personas que más amo… —su voz se rompe, veo el dolor que he causado con mis acciones, unas que ya no puedo deshacer ni reparar por mucho que quiera.

—No lo hice —bufa y rueda los ojos—. Mi hermana lo salvó.

—Y ahora está casada con mi primo —me recuerda triunfal—. ¿Qué se siente, esposo?

—Solo espero que la haga feliz, porque si no lo mataré —sentencio, sé que no es lo que quería escuchar—. Es mi hermana pequeña, mi única familia además de Haakon…

Pensar en él duele; la incertidumbre me vuelve loco.

Cuando lo atravesé con mi espada, solo quería impedir que matara a mi esposa, en el fondo, nunca deseé su muerte.

La furia y el miedo me cegaron. La rabia de saberme traicionado por el único hombre por el cual hubiera puesto la mano en el fuego fue demasiada como para controlarme.

—Puedo entenderlo —asiente—. Connor la tratará con respeto. Es un buen hombre, mi tía lo ha criado bien. No es ningún bruto, no debes temer.

No puedo evitar pensar en que yo sí lo soy. La secuestré y no me siento orgulloso de mi trato hacia ella las primeras semanas en Kirkwall. Todavía recuerdo el día que la saqué de la mazmorra donde Solveig la había encerrado, la furia vuelve a recorrerme de pies a cabeza.

—¿Por qué me miras así? —pregunta, sacándome de mis ensoñaciones.

—Solo pensaba en todo lo que he hecho mal desde que nos conocemos. —Abre los ojos como platos ante mi confesión.

—¿El gran Einar Thorsson reconociendo errores? —pregunta incrédula y con un deje de burla en su voz—. Jamás pensé que llegaría el día en que se obraría semejante milagro.

—Muy graciosa —escupo—. ¿Tanto te cuesta aceptarlo?

—¿A mí? —pregunta—. No he cometido errores en mi vida —se jacta alzando la barbilla.

—¿Segura? —cuestiono acercándome. Me mira recelosa—. No solo los actos hacen daño, a veces las palabras duelen más que un golpe.

—¿Qué mosca te ha picado? —replica cuando mi mano sostiene su barbilla para que me mire. No quiero que me rehúya, necesito que se enfrente a lo que sucede entre nosotros.

—Solo quiero que reconozcas que tú también puedes herirme —susurro mirando sus labios, deseando saborearlos.

—¿Tengo ese poder? —cuestiona con voz temblorosa—. Nadie lo diría…, pareces tan frío, esposo.

—Frío es lo último que siento en estos momentos —mascullo contra sus labios —Si pudiera hacerte todo lo que deseo, gritarías mi nombre toda la noche.

—Promesas, promesas —gruño ante sus palabras. Me apodero de sus labios en un beso lleno de ansia y deseo apenas contenido. Me está retando cuando sabe que no puedo tocarla. Todavía no se ha recuperado del parto, y jamás haría algo que pudiera dañarla—. Einar…

Hay tanto anhelo en su voz. Ni siquiera sé si ella es consciente o solo ha dejado que su cuerpo tome el mando. El mío duele, la necesita, pero no puedo, por ello me aparto de golpe. Nessa me observa sorprendida, sin comprender mi arrebato.

—¿He hecho algo mal…? —pregunta avergonzada.

—No —mi voz demasiado ronca, mis ojos oscurecidos y mi cuerpo dolorido—. No quiero hacerte daño.

—Un beso no va a matarme —masculla. Me reta con la mirada, sé que habla su deseo insatisfecho—. Si tanto te repugno…

—No sigas por ese camino —interrumpo—. ¡Por todos los dioses! —exclamo ofuscado—, contigo avanzo un paso y retrocedo diez. ¿Por qué no podemos vivir en paz, Nessa?

—¿Juntos? —grazna. Asiento—. Einar, eso es imposible y lo sabes…

—¿Por qué? —es mi turno de preguntar—. ¿No te das cuenta de lo que nos une?

—¿Deseo? —cuestiona irónica—. Seamos sinceros, eso lo encuentras en cualquier parte, ¿verdad, esposo? —Aprieto la mandíbula—. Mi intención de marcharme no ha cambiado, no quiero que mis hijos crezcan en esta maldita isla llena de odio. No los aceptarán jamás.

—Eso no lo sabes —rebato—. Nessa, al menos danos una oportunidad, maldita sea. Ya te dije que Solveig dejó de ser mi amante en cuanto me casé contigo. —Alza una ceja incrédula—. ¿Qué tengo que hacer para que me creas?

—Nada —responde agachando la mirada; juega con sus manos sobre su regazo—. No hay nada que puedas hacer para que te crea, porque no soy capaz de olvidar la imagen suya encima de ti medio desnuda mientras que yo…

—No voy a dejarte marchar —sentencio. Ahora me mira impasible—. Te demostraré que tú y yo podemos tener un buen matrimonio.

—No pienso conformarme con un buen matrimonio —replica con firmeza, no hay duda ni vacilación en su voz—. Quiero lo que tienen mis padres, lo que han tenido mis tíos. Y no pienso conformarme con menos, tú no vas a poder darme lo que merezco.

—¿Por qué estás tan segura? —pregunto furioso por su desconfianza.

—Porque tú enterraste el corazón con tu primera esposa —dice bajando la voz—. No serás capaz de amar nunca más, y yo quiero un hombre que me ame por encima de todo.

La observo sintiéndome como un estúpido. ¿Acaso no ve lo que siento? ¿Lo que ha conseguido de mí? ¿Qué más tengo que hacer para que se dé cuenta de que hace mucho que dejó de ser un matrimonio obligado, movido por la venganza?

—Nessa… —no sé qué decir, no hallo las palabras adecuadas para explicarme, a pesar de que amé con todas mis fuerzas a Aileen, nunca fui un hombre dado a palabras de amor o demostraciones efusivas; no sé cómo hacerlo.

—Estoy cansada —interrumpe—. Espero que tu primo sobreviva. Buenas noches, Einar.

Me da la espalda mientras se acomoda en el lecho demasiado grande para ella sola. Hace meses que no lo compartimos, que no la abrazo en las frías noches de invierno y que no me duermo disfrutando de su aroma a flores silvestres.