Capítulo 26
Nessa
Los nervios van a volverme loca…
Nadie me dice nada, el castillo está completamente en silencio y no estoy segura de si es bueno o malo. ¿Haakon ha sobrevivido o no? No es que me importe mucho el hombre que ha estado a punto de matarme, ahora, sin lugar a duda, sé que su muerte le dolerá a Einar.
—Voy a perder la cordura como alguien no me informe —musito.
Me levanto de la cama con esfuerzo, mis piernas tiemblan; no me doy por vencida.
Necesito ver a mis hijos, saberlos a salvo, y si puedo enterarme de algo, mucho mejor. Ir a ciegas nunca me ha gustado, prefiero saber a qué atenerme y estar preparada.
Recorrer el pasillo en penumbra no es fácil, me doy cuenta de que es la primera vez que siento miedo real entre estos muros, y la culpa no la tiene Einar Thorsson. Miro tras de mí para asegurarme de que nadie me sigue; nadie acecha tras las sombras de la noche.
—¿Sucede algo? —La mujer que los cuida me mira sorprendida—. No creo que sea bueno que esté de pie…
Maldigo el momento en que me dejé convencer para que mis niños no estuvieran conmigo en la alcoba, tal y como lo pidió Einar. A veces me siento tan estúpida que tenerlos cerca es un recordatorio constante de mi incompetencia.
—Solo quería verlos —respondo en voz baja—. ¿Duermen bien…? —Odio no conocerlos como una madre debe conocer a sus hijos.
—Erik llora más que Leif —explica—. No son malos niños. Comen bien y no veo nada extraño en ellos.
Asiento más tranquila mientras los contemplo dormir plácidamente, ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor.
—Si va a estar más tranquila con ellos cerca, podemos volver a mover la cuna —niego—. Espero que no quieran hacerles daño…
—Nunca lo harían —exclama impresionada—. Además, no lo permitiría. —La miro, es algo mayor que yo, y no entiendo por qué desea ayudar a mis hijos siendo yo su madre—. No crea que todos la odiamos —añade como si pudiera leer mis pensamientos.
—Gracias —replico sin saber muy bien qué más puedo decir ante semejante afirmación—. Me alegra ser de ayuda. Cuando mi hijo dejó de querer pecho, casi me vuelvo loca por el dolor que causa, así que sus hijos han sido mi salvación.
—¿Le pasa algo grave? —pregunto preocupada, me mira sorprendida antes de responder.
—No —dice aliviada—. Según la curandera, algunos niños rechazan la leche materna… —se encoge de hombros.
—Entiendo —suspiro—. A mí me hubiera gustado poder alimentarlos. Si ni siquiera puedo hacer eso por ellos, ¿de qué sirvo?
—Es su madre —replica con convicción—. No deje que esos pensamientos tan negativos consigan hacerle creer que está fallando.
—No sé tu nombre —reconozco avergonzada.
—Astrid —sonríe.
—Muy bonito —replico—. Puedes llamarme Nessa, no necesito tanta formalidad.
—Eres la esposa de Einar y la hija del laird MacGregor —rebate, horrorizada ante la idea de verme como una igual.
—Soy una mujer como tú, ni mejor ni peor —replico—.
Por favor, me siento mal si no me llamas por mi nombre.
No eres mucho mayor que yo; no soy nadie especial para recibir un tratamiento distinto a los demás.
Sé de quién soy hija y con quién me he casado y eso no me hace distinta a ti ni a ninguna otra.
Me observa durante unos instantes, pensativa, me pongo nerviosa, ya que no sé qué le está pasando por su cabeza después de mis palabras.
¿La habré ofendido? No era mi intención y si debo disculparme, lo haré, es la única persona que me ha hablado con respeto desde mi llegada, es lo menos que puedo hacer.
—No eres como todos dicen —musita finalmente—.
No suelo hacer juicios de alguien que no conozco y no me gusta que intenten imponerme su pensar, aunque muchos lo hayan intentado —asiento, comprendiendo a qué se refiere—.
Puede que seas escocesa, mas no eres mala, muchos de los más viejos dicen que sois demonios, salvajes, a mí no me lo parece.
—Gracias —respondo. Intento obviar lo molesta que me siento al saber que piensan que todos los escoceses somos personas horribles—.
Debo decir que no esperaba que nadie en esta isla me hablara, mucho menos con respeto —sonríe algo avergonzada—.
No todos somos salvajes y, desde luego, mi familia no lo es.
Mi padre, al igual que mi tío, es un laird justo que solo cumple ordenes de su rey.
Astrid va a contestar. La puerta de la alcoba se abre. De inmediato, y por instinto, corro a interponerme entre la cuna y el intruso. Ella hace lo mismo. Suspiro aliviada al ver que se trata de Einar, que nos mira extrañado.
—Me has dado un susto de muerte, mujer —espeta en voz baja—. Al no encontrarte en la alcoba… No deberías estar de pie —amonesta como si acabara de darse cuenta de ese hecho—. ¿Has venido hasta aquí tú sola?
—Tampoco hay tanta distancia —replico—. No alces la voz, no quiero que los niños se despierten —frunce el ceño.
—Te has interpuesto entre la puerta y la cuna sin dudar —lo dice de una manera que suena incluso orgulloso—. Ambas lo habéis hecho.
—Son mis hijos —replico—. ¿Quién los va a defender si no?
—Volvamos a tu alcoba, debes de estar agotada —no responde mi pregunta—. Hoy has caminado demasiado. Espero que no te haga recaer, esposa.
Me despido de Astrid, que me asegura que puedo quedarme tranquila. Aunque no me cabe la menor duda, siento que dejo parte de mi corazón en esa habitación. La mano de Einar sostiene la mía, diminuta en comparación con la suya, la misma con la que hace unas horas empuñaba una espada.
—¿Cómo está tu primo? —pregunto, temiendo la respuesta.
—Sigue vivo —responde mientras entramos a mi alcoba y me insta a acostarme de nuevo en el lecho que comienzo a odiar—. He hablado con él. —Lo miro sorprendida—. Lo sé, es una locura, ni siquiera la curandera comprende cómo sigue vivo, mucho menos que tenga fuerza para hablar.
—Es muy fuerte —replico acomodándome entre las mantas—. Es bueno, significa que hay posibilidades de que no muera. Por lo que el consejo no tendrá que tomar ninguna decisión respecto a ti.
—Lo hará de todos modos. —Le miro ceñuda, sin comprender a qué se refiere—. Ya no confían en mí, no seguiré liderando la rebelión…
—¿Por qué? —cuestiono incrédula—. ¡No pueden hacerte a un lado! —exclamo casi ofendida—. ¿Cómo se atreven? —Lejos de parecer enfadado o triste por el cambio de rumbo, parece aliviado. Sonríe ante mi exabrupto.
—Pareces enfadada porque no vaya a seguir atacando a los tuyos —bromea. Gruño mientras me cruzo de brazos—. Nessa, no importa. Estoy cansado de tanta muerte, del odio que ciega, del dolor que mata cada día un poco de mi alma en el proceso…
No debería sentir lástima por él, pero soy capaz de ver al hombre que debió ser en el pasado, antes de que la guerra y la muerte de su esposa lo cambiaran.
Lamento muchísimo que esa pobre mujer muriera por culpa de uno de los míos, sin embargo, no se nos puede sentenciar a muchos por las acciones de unos pocos.
—Me gustaría que toda esta guerra absurda terminara —mascullo—. ¿De qué sirve tanta muerte? Vuestro rey y el mío ya han decidido, y, os guste o no, las Orcadas son escocesas ahora, eso no significa que debáis dar la espalda a vuestras raíces, a vuestro pasado.
—No es tan fácil —musita—. Nos han arrebatado nuestro hogar…
—No lo han hecho —interrumpo, harta de esta conversación de besugos—. Sigue siendo vuestra isla. Podréis seguir siendo vosotros mismos, solo que ahora vuestro rey es Jacobo III y no Christian. Nadie os ha exigido nada más que lealtad a la nueva corona, Einar.
—Os recuerdo que lleváis siglos luchando contra los ingleses —masculla de vuelta. Asiento, porque no le puedo quitar la razón—. ¿Y pretendes que nosotros nos rindamos?
—Nosotros no queremos imponer —rebato—. Si no hubierais empezado la rebelión, no hubiera muerto más gente; comprendo que quisieras vengar la muerte de tu esposa.
—Basta —interrumpe—. Dejemos de hablar de cosas que no entiendes, eres una mujer y…
—¿Perdona? —me siento demasiado ofendida como para bajar la voz, a pesar de que me insta a hacerlo—. No soy estúpida por el hecho de ser mujer, esposo —añado iracunda—. Jamás vuelvas a sugerir nada semejante, o te atravesaré con una flecha.