El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Einar

Le he abierto mi maltrecho corazón y ni siquiera le importa. ¿Es alguna especie de venganza o castigo por todos mis pecados? Lo merezco, desde luego, mas no lo acepto.

Por supuesto que no me arrepiento de haber tomado la decisión de matar a mi primo por ello.

Puede ser que me duela su traición y lo que me ha llevado a hacer.

Si tuviera que elegir de nuevo, tomaría la misma decisión, pese al dolor que me causa.

Sin embargo, Nessa no parece comprenderme, o no quiere, y eso es lo peor.

—¿Cómo está? —pregunto a la curandera, que no se ha separado de la cama de Haakon.

—Resiste como todo un vikingo —responde—. No tengo muchas esperanzas, es tan cabezota como tú, por lo que puede que, por llevarte la contraria, no decida reunirse con Odin.

Asiento mientras contemplo su palidez, su frente perlada de sudor y el ceño fruncido, como si estuviera sufriendo. Saber que soy el causante no es algo fácil de aceptar, tendré que vivir con ello.

—Cuida de él —le pido, no es una orden; me siento tan agotado.

—¿Y quién te cuida a ti, muchacho? —Me detengo cuando estoy a punto de salir de la alcoba que huele a muerte—. ¿Cuándo vas a ser sincero con la escocesa?

La miro sin comprender, ella solo sonríe como si conociera todos los secretos que atormentan mi alma.

—No sé de qué hablas, vieja —mascullo—. Céntrate en mantenerlo con vida.

Me marcho rápidamente para que no vuelva a detenerme con sus sandeces; me sorprende encontrarme con Solveig en el pasillo. Parece triste, sola y más vieja que hace unos días. Nuestras miradas se encuentran; en la suya veo temor, en la mía desconfianza.

—¿Sigue vivo? —pregunta en voz baja—. La última vez que he preguntado, esa vieja insolente me ha mandado al infierno.

—Respira, que es más de lo que debería —mascullo; agacha la mirada, sus manos se aprietan en señal de nerviosismo—. ¿Qué haces todavía aquí, Solveig? —me mira sorprendida—. ¿No temes mi furia?

—Me he quedado para aceptar mi castigo —dice alzando el mentón, a pesar de que su barbilla tiembla—. Imagino que tienes uno pensado para mí…

—Deberías seguir el mismo destino que Haakon —replico; veo como se tensa—. Pero no fuiste tú la que empuñó su espada contra mi esposa.

—Eso no significa que no quisiera su muerte —replica airada.

—¿Por qué fuiste en su busca? —pregunto—. ¿Por qué pedir ayuda a tu enemiga?

Me niego a mirarla, mas soy débil y lo hago. Lo que encuentro me golpea más fuerte que los puños de su padre. En sus ojos, veo lo que mis palabras le han hecho sentir. ¿Qué demonios he hecho?

—¿El qué? —pregunto muerto de miedo ante su respuesta, ya que la intuyo.

—Tu corazón —dice con tristeza—. Al menos una parte, esa que no le pertenece a Aileen.

Me quedo sin palabras, ya que escucharlo de boca de otra persona lo hace mucho más real que esconderlo en lo más profundo de mi mente.

Intento negarlo; de mi boca no sale ni una sola palabra.

Sonríe, aunque veo la desolación en su mirada; para ninguno de los dos es un secreto que Solveig deseaba de mí mucho más de lo que podía darle.

—No dices nada —es la primera en romper el silencio—. Pensé que jamás volverías a amar, pero esa escocesa, con su rebeldía, te ha conquistado, y reconocerlo duele como si me hubieras atravesado el vientre al igual que a Haakon, por ello me importa poco lo que me depare el destino.

—En mi opinión, ninguno de los tres merecemos una segunda oportunidad —replico. Me mira sorprendida—. Haakon y yo nos convertimos en monstruos, y tú…

—En una zorra egoísta —termina por mí—. No te estoy pidiendo nada, Einar, ya no.

Me sorprende su cambio, cuando hace unas horas planeaba junto a mi primo arrebatarme a mi esposa.

Ella mejor que nadie sabe lo que siento, porque me lo acaba de confesar y, aun así, estaba dispuesta a hacer lo necesario para arrebatármela.

No creo en su aparente arrepentimiento, mucho menos en su cambio repentino; Solveig nunca será una buena mujer.

—Veremos qué sucede, después de eso, decidiré qué hacer contigo. —Asiente—. Sin embargo, espero que te haya quedado muy claro lo que pasará si te atreves a dañar a mi familia.

—No pensaba hacer tal cosa —se defiende—. Puede que sea una mala persona, mas no les hubiera hecho daño a tus hijos, sobre todo porque son tuyos, no podría dañar nada que venga de ti.

Me doy cuenta de que realmente está enamorada de mí.

No se trata de estatus, poder o riqueza y aunque debería sentir lástima por ella, no lo hago.

No soy mejor que Solveig. Debo ser sincero conmigo mismo; todo hubiera sido más sincero si me hubiera enamorado de la mujer que tengo enfrente, sin embargo, tenía que aparecer en mi vida una escocesa de lengua afilada para hacerme frente y tragarme mis palabras.

Aquellas que tantas veces me he repetido para mantenerla alejada de mí.

—Solveig… —La puerta de la alcoba de Haakon se abre—. ¿Ha muerto? —pregunto a la curandera, que se asoma en mi busca. Niega. Algo muy dentro de mí se alegra, la otra parte, la que se siente traicionada, no.

—Te llama —dice—. No comprendo cómo consigue hablar. Debería estar muerto…

Entro en la alcoba; la puerta se cierra tras de mí. Me acerco con cautela, no por miedo, porque sé que no puede hacerme nada, sino porque siento que ya no conozco al hombre que yace moribundo en su lecho.

—Einar —pronuncia casi como un murmullo. Intento no reaccionar, no sentir nada, pero me es muy difícil porque es sangre de mi sangre, alguien que pensé que siempre estaría a mi lado—, lo lamento…

—¿Por qué? —cuestiono. Necesito saberlo, necesito saber por qué me ha traicionado. ¿Qué es eso tan malo que le he podido hacer para que se rebele contra mí? —. ¿Por poder? —Cierra los ojos; niega muy despacio.

—Por amor —musita tan bajo que por un momento me cuesta entender lo que ha dicho—. He cometido el peor error por amor.

—No entiendo nada… —mascullo—. Haakon, lo que dices no tiene sentido para mí.

—Tú nunca la ibas a amar mientras que yo… —abro los ojos sorprendido, no puedo creer lo que estoy escuchando—. Cada vez que la despreciabas, crecía mi odio hacia ti. Porque yo moría por estar en tu lugar.

—¿Solveig? —pregunto incrédulo—. ¿Por qué no me dijiste lo que sentías? —reclamo—. No hubiera tenido nada con ella. Jamás diste muestras de interés; al contrario.

—De nada hubiera servido. Esa estúpida solo ha tenido ojos para ti desde que éramos críos —masculla—. Incluso cuando te casaste con su prima, albergué alguna esperanza; me equivoqué.

—¿Y amándola la arrojaste una vez más a mis brazos? —pregunto, sin confiar del todo—. Has conspirado contra mí, me has dado la espalda y has amenazado a las personas que más amo por…

—Lo siento —repite una vez más—. El odio, el resentimiento. Me he convertido en alguien que no me gusta, pero no puedo cambiar lo sucedido.

—¿Pensabas que matando a Nessa ibas a conseguir que Solveig te viera como hombre? —niega; me mira impotente—. Ayúdame a entenderte, Haakon —suplico—. ¿Crees que para mí ha sido fácil…?

—No podía creer que te hubieras enamorado de ella —responde con dificultad—. No podía pensar, solo veía como Solveig sufría, como dabas la espalda a nuestra gente. Solo quería a mi primo, al de antes de conocer a la escocesa.

—¿Al amargado? —cuestiono—. ¿Al hombre lleno de odio? ¿Al que poco a poco le carcomía el alma?

—Pensé que cuando obtuvieras tu venganza, podrías hallar algo de paz —susurra. Parece cansado, cada vez le cuesta más hablar—. Necesito que sepas que, aunque estaba dispuesto a matar a tu esposa, nunca les hubiera hecho daño a tus hijos.

—No te importaba hacérmelo a mí, matándola. —Aparta la mirada al ver desolación en la mía—. ¿No sufrí suficiente cuando perdí a Aileen? ¿Por qué querrías hacerme pasar ese infierno, Haakon? ¿Cuándo dejaste de quererme?

Solloza, el gran Haakon Thorsson llora como un niño y no sé cómo sentirme al respecto.