El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Einar

Mi intención no era matarlo…

Al menos, hasta que he visto como corría hacia Nessa.

Ha sido entonces cuando me ha quedado claro que era él o ella.

He tenido la certeza de que no podría vivir en un mundo donde ella no estuviera, aunque sea lejos de mí, pero viva.

Por eso he atacado a mi único familiar vivo, al hombre con el que he crecido, que me enseñó a pelear cuando apenas era un niño.

Le he matado y tendré que aprender a vivir con ello…

Nessa, como siempre, no me obedece; no se marcha para que pueda rumiar mi dolor y mi sentimiento de culpabilidad en soledad. ¿Por qué siempre me reta?

—Einar, no tienes por qué pasar por esto solo… —dice con cautela.

—No intentes convencerme de que te importo, mucho menos te importa Haakon —espeto con inquina—. Y si lo hace, es que eres más estúpida de lo que pensaba. —Retrocede ante mis palabras—. Recuerda lo bastardo que ha sido contigo durante meses; no olvides que te odiaba y que estaba dispuesto a matarte.

—No lo olvido —replica—. Imagino cómo debes sentirte y… —se calla cuando comienzo a reír sin ganas—. Einar, basta.

Obviamente, no obedezco, no puedo hacerlo.

No comprendo qué demonios me sucede, a pesar de sentir unas ganas irrefrenables de llorar, estoy riendo como si hubiera perdido el juicio.

Nessa se mueve rápido, su mano lo hace más.

Golpea mi mejilla. La bofetada resuena entre las paredes del salón, ahora vacío.

—Estabas poniéndote histérico —musita cuando la miro con ganas de retorcerle ese hermoso cuello que tiene—. Llora, grita, acúsame de lo que quieras, pero no te guardes el dolor. Eso lo único que hace es envenenar tu alma.

—Según tú, carezco de ella —escupo—. Ve a tu alcoba, no deberías estar de pie.

Está pálida, temblorosa y aun así se mantiene frente a mí como el más valiente de mis soldados.

No sé si odiarla, si maldecir su presencia, o besarla.

¿Por qué siento que, si la obligo a estar a mi lado, estoy traicionando todo en lo que creía?

Hacerlo hasta ahora me ha costado mucho: vidas perdidas, mi primo, mis hombres, su confianza en mí.

—No sé lo que estás pensando, sea lo que sea, deja de hacerlo —me recomienda despacio—. Puede que se salve…

Niego, eso es imposible. He visto demasiada muerte, he causado demasiadas heridas y sé dónde y cómo es más mortífera mi espada.

Haakon no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir a mi ataque.

Por mucho que me duela, en el fondo, no me arrepiento, porque si no lo hubiera hecho, Nessa estaría muerta ahora mismo y mis hijos, con apenas una semana de vida, serían huérfanos.

—Nessa, vuelve a tu alcoba, por favor —me siento derrotado y demasiado cansado como para continuar discutiendo—. Si no puedes subir las escaleras, te ayudaré…

—No voy a dejarte solo —repite con cabezonería.

—¿Por qué? —cuestiono ofuscado—. Maldita sea, deja de luchar contra mí, aunque sea solo una vez. No puedo más —reconocerlo me avergüenza.

—Estás sufriendo —susurra compungida.

Su mano se posa sobre mi antebrazo, me tenso, porque lo que deseo de ella no está dispuesta a dármelo, por lo que su toque es solo un recordatorio que aumenta mi agonía.

—Y no debería importarte —aparto su mano con cuidado, me niego a pensar en el significado de la mirada que me regala, como si estuviera herida—. ¿Dónde está esa Nessa guerrera de hace unas horas? La que me miraba con odio…

—Soy capaz de apartar mi odio para consolar a mi enemigo si este sufre, sobre todo si es mi esposo y el padre de mis hijos.

—No lo necesito —mascullo, no quiero ni su lástima ni su compasión—. Si no obedeces por las buenas…

La alzo entre mis brazos, jadea sorprendida y se aferra a mi cuello. Su aroma me tranquiliza. Subo las escaleras deprisa, pero con cuidado de no caerme. Al llegar a su alcoba, la dejo sobre el lecho a pesar de sus protestas.

—No salgas de aquí pase lo que pase —le ordeno.

—¿A qué te refieres? —pregunta preocupada—. Einar, ¿qué vas a hacer?

—Nada —me encojo de hombros—. Puede que el consejo decida que debo pagar el precio por matar a Haakon.

—¿Estáis locos? —cuestiona incrédula—. No pueden culparte por salvarme.

—A sus ojos, los he traicionado, Nessa —suspiro, porque no espero que lo comprenda—. He antepuesto tu vida a la de Haakon.

—¿Van a sentenciarte por salvar a tu esposa? —pregunta de nuevo, ahora parece asustada—. Entonces debo pedir ayuda. Si aviso a mi padre…

—¡No! —exclamo horrorizado—. ¿Qué te hace pensar que pediría ayuda a mi enemigo y este me la concedería? —cuestiono irónico.

—No pienso dejar que te maten —masculla—, tienes dos hijos a los que ver crecer…

—De todos modos, te ibas a marchar a Dunmara —me encojo de hombros—. Ellos no iban a conocerme igualmente.

—¿Es una broma o una especie de venganza? —alzo una de mis cejas sin comprender—. ¿Dime que no me dices todo esto para mortificarme?

—No sé lo que sucederá —reconozco—. Sea lo que sea, no salgas de esta alcoba. Intentaré protegerte hasta que pueda sacarte de la isla, ¿de acuerdo? Todavía conservo algo de poder y tengo algunos hombres leales a mí, no a la causa.

—Esto es una completa locura —musita—. ¿Nuestros hijos están en peligro?

—Voy a traerlos aquí —le digo sin responder su pregunta, porque no quiero asustarla más—. También un arco y flechas, sé que se te da bien.

—¡Dios mío! —exclama—, esto es una locura…

—Si Haakon muere, es muy posible que quieran también mi cabeza; debes estar preparada para todo. Necesito que te repongas lo antes posible para poder mandarte a Dunmara, donde estarás a salvo.

—¡Me niego! —exclama de vuelta—. Diré la verdad de lo sucedido, él te traicionó, te mintió e intentó matarnos.

—A ti, para ser exactos —rebato—. Si hubiera querido matarme, lo habría hecho antes de que Solveig fuera a por ti.

—Me importa un bledo —replica airada—. Asegúrate de que la vieja curandera lo salva, maldita sea.

Me reiría si la situación no fuera tan peligrosa y estuviera tan preocupado por el futuro de Nessa y mis hijos. En el pasado, no hubiera temido una rebelión, pero, a lo largo de los meses, me he ganado enemigos entre mi propia gente.

—El destino no se puede cambiar —le digo—. No tengo miedo a lo que me pase a mí, lo que detesto es no saber si seré capaz de protegeros. Fallé una vez y los perdí…

Cierro los ojos al pensar en Aileen y ese bebé que no llegó a vivir. Ahora los gemelos y su madre también están en peligro y me aterra no ser capaz de cumplir mi palabra, juré que los protegería y lo haré hasta mi último aliento.

—Puede que tú te rindas, mas yo no pienso hacerlo —sentencia mi guerrera.