El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Nessa

Escucho mucho escándalo en la planta baja. Frunzo el ceño, no puedo evitar preocuparme.

—¿Qué estará pasando? —musito; la puerta se abre, me tenso cuando Solveig aparece con el rostro desencajado—. Fuera de aquí —ordeno entre dientes, si pudiera levantarme sin temor a caerme al suelo, la sacaría yo misma.

—Tienes que hacer algo —masculla sin aliento—, se van a matar.

—¿De qué hablas? —me incorporo como puedo en la cama.

—De Einar y Haakon. —La miro confundida—. Se están peleando y no van a parar hasta que uno de ellos muera, tienes que hacer algo, detenlos.

—No puedo ni andar —exclamo indecisa, no me fio de ella—. ¿Por qué das por hecho que Einar va a escucharme si no te escucha a ti?

—¡Porque yo no le importo! —me grita, como si fuera estúpida—. Por favor…

—Ayúdame a levantarme —le ordeno de mala gana—. Como sea una treta, pienso matarte yo misma.

No pierde el tiempo. Me ayuda a bajar de la cama y a caminar lo más rápido posible por el pasillo. Al llegar a las escaleras, dudo de si confiar en que no me tire y me rompa el cuello, pero si quiero llegar para detener a ese par de bestias, no me queda otra opción.

Al llegar a la planta baja, me siento exhausta, sudorosa y con las piernas temblorosas, tanto que temo desplomarme en cualquier momento.

—No te rindas ahora, maldita sea —gruñe, alzándome cuando fallan en sostener mi peso.

—No has parido dos bebés hace menos de una semana —gruño, juraría que la veo contener una sonrisa—. Me gustaría verte intentándolo.

—¿Quién te ha dicho que no tengo hijos? —pregunta, mirándome ahora de una forma muy distinta a como lo ha hecho desde mi llegada. Me deja sin aliento; ¿y si el padre es…? —. Concéntrate en detener esta locura.

—¡Einar! —grito en cuanto los veo ensangrentados, gruñendo como animales salvajes, golpeándose a muerte sin que ninguno tenga intención de detenerse—. ¡Basta! —vuelvo a gritar, porque no parece escucharme—. ¡Vas a matarlo! —bramo con lágrimas en los ojos.

Parece por fin reaccionar a mi voz. Me mira, primero como si no me viera, luego parpadea un par de veces y, al darse cuenta de que no es una alucinación, de que soy real, se aparta de Haakon.

—¿Qué demonios haces aquí? —pregunta; no reconozco ni su voz—. ¿Cómo has bajado…?

—La he traído yo. —Solveig da un paso al frente, mi esposo la mira como si quisiera acabar con su vida, de hecho, da un par de pasos hacia ella. Me muevo para quedar en medio, se detiene, mirándome sorprendido.

—¿Qué haces? —pregunta incrédulo—. ¿Sabes que estos dos malditos estaban conspirando contra mí? ¿Que deseaban tu muerte y la de nuestros hijos? —Me tenso; tras de mí, la mujer que ha sido mi peor pesadilla desde que llegué, se mueve nerviosa—. ¿Cómo has podido fiarte de ella, Nessa?

—¿Preferías dejar que te matara? —cuestiono de vuelta, alzando el mentón con orgullo—. No me arrepiento de la decisión que he tomado, a veces hay que confiar incluso en tu peor enemigo, es algo que me enseñó mi padre.

Silencio. Me mira como si estuviera intentando decidir si me he vuelto loca o estúpida.

—Einar, cuidado —advierte Solveig. Grito, porque Haakon se abalanza sobre él. Mi esposo me empuja contra su amante—. Dioses —me insta a ponerme tras ella, ¿me está protegiendo? —. Haakon, detén esta maldita locura.

—¡Llévate a mi esposa de aquí! —brama Einar, ahora luchando con la espada—, tengo que ocuparme de este traidor.

—Sois familia —replica ella a punto de llorar—. Por favor.

—¿Ha intentado matarlo? —pregunto sin poder creerlo, si Einar tiene a alguien leal en esta maldita isla, es su primo—. No puede ser…

Luchan con rabia; solo se escuchan siseos, gruñidos y el chocar del acero. Temo que Einar salga herido o algo peor. Maldigo mi mala suerte, porque no tengo mi arco a mano. Cedric me enseñó a manejarlo cuando apenas era una niña, podría herir a Haakon en la pierna para que deje de atacar.

Grito aterrada. Me quedo paralizada cuando me mira con algo parecido a la locura brillando en sus ojos. Corre hacia mí con la espada levantada. Solveig intenta detenerlo; la aparta lanzándola al suelo, cierro los ojos preparada para sentir cómo su espada atraviesa mi cuerpo; el dolor nunca llega.

Escucho un gorgojeo; algo salpica mi rostro. Abro los ojos y lo que veo me deja atónita, sin ser capaz de pronunciar palabra. Einar ha atravesado el vientre de Haakon, que me observa incrédulo.

—Te dije que te mataría si intentabas hacerle daño —sisea en su oído; la luz de sus ojos va apagándose poco a poco, cae al suelo de rodillas mientras mi esposo saca la espada de su cuerpo sin que parezca tener remordimientos por matar a su propia sangre—.

¿Por qué demonios lo has hecho? —masculla, ahora sí, veo como se empaña su mirada mientras que el otro hombre se desangra a nuestros pies.

—¿Qué has hecho? —Solveig intenta tapar la herida, sus manos pronto se manchan de sangre, hay demasiada como para poder salvarlo—. Haakon…

Este le sonríe y alza una de sus manos para acariciar su rostro, manchándolo de rojo. A la mujer no parece importarle, solo tiene ojos para el hombre que se muere entre sus brazos.

Los gritos deben haber alertado a los demás; pronto estamos rodeados de gente que no deja de preguntar qué ha pasado.

Einar solo puede mirar a su primo tendido en el suelo.

Ordeno que llamen a la curandera, aunque sé que no hay nada que hacer, que no debería hacerlo, porque ha tratado de matarme, aun así, no soy capaz de mirar a otro lado sabiendo que puedo intentarlo.

Cuando la mujer llega, apenas le queda un hálito de vida. La curandera toma el mando; se lo llevan dejando un reguero de sangre a su paso. Solveig se marcha con él. Solo quedamos Einar y yo.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunto con la voz queda, no puedo olvidar todo el horror que he visto.

—Iba a matarte, ¿acaso no lo has visto? —espeta sin mirarme—. ¿Hubieras preferido que me quedara de brazos cruzados?

—Te hubiera quitado el problema de encima —musito; gira con tanta brusquedad el cuello para mirarme que temo que se haya hecho daño—. Einar…

—Que tú me odies no significa que yo también lo haga —masculla—.

No me creas si no quieres, pero que haya matado a mi primo, a mi mejor amigo, a…

—se rompe, cierra los ojos y los puños con fuerza.

Me duele verlo así; me siento responsable.

Tal vez, si no hubiera salido de mi alcoba, esto no hubiera pasado.

Solo quería ayudar y lo he empeorado todo, porque ha tenido que matar para protegerme.

—Estoy cansado de enterrar a los míos —espeta, ahora enfurecido—. ¿Cuándo cesará? —me pregunta; no tengo respuesta—. ¿Cuándo te saque de esta isla?

—¡No me mires como si fuera la responsable! —exclamo—. Einar, yo…

—Déjame solo —ordena entre dientes, sé que no quiere que lo vea así, vulnerable, humano—. ¡Ahora! —brama cuando no le obedezco.