Capítulo 21
Einar
No puedo creer lo que estoy escuchando, sobre todo me mata que ella intente ocultar el dolor que esas mentiras le han causado. Y lo ha tenido que soportar durante meses, mientras yo, como un estúpido, creía que al alejarme no sufriría ningún daño.
No importa lo que diga, Nessa no me creerá, por lo que decido demostrarle con hechos lo que pienso de su hermoso y apetitoso cuerpecito. Es demasiado ingenua, y yo no sabía que estaba rodeado de serpientes venenosas, sibilinas, capaces de hacer cualquier cosa para salirse con la suya.
Me apodero de sus labios. Tengo que controlarme para no estallar solo por eso.
La saboreo mientras mi mano comienza a acariciar sus pechos plenos, torturo sus pezones duros como piedras mientras la escucho gemir.
Ojalá pudiera poseerla con toda la intensidad que me gustaría; no puedo hacerlo, sin embargo, sí puedo conseguir que alcance el cielo una vez más, tal vez la última entre mis brazos.
No permitiré que se aleje de mí creyendo que no la deseo más que a cualquier mujer que conozca.
Me aseguro de no hacerle daño y me sorprendo cuando cumplo mi propósito con demasiada facilidad.
Mi polla duele, necesitada de alivio, puede que en el pasado lo hubiera buscado en otro lugar, ahora lejos de lo que piensa la mujer que gime extasiada entre mis brazos, me es imposible siquiera imaginarlo.
Lavo bien su cabello y la saco de la tina sin que pronuncie una sola palabra. La dejo sobre la cama con sumo cuidado, es incapaz de mirarme, necesito que lo haga para que crea en mis palabras.
—Nessa, mírame —le pido, no exijo—. ¿Dudas de mi deseo? —no me responde. En sus ojos veo la respuesta; gruño maldiciendo mi propia sangre.
Cojo su mano y me la llevo a mi entrepierna, jadea sorprendida, mas no se aparta, aprieto los dientes con fuerza y contengo el aliento para no moverme.
—¿Y ahora? —mascullo—. Todo esto es por ti. ¿Lo entiendes? Ninguna mujer produce este efecto en mí. ¿Crees que hay algo en tu cuerpo que me asquea? —Aparta los ojos, aleja su mano y me siento abandonado—. Voy a demostrarte que no hay ni un solo rincón de tu cuerpo que no venere.
Se remueve, intenta alejarse; no se lo permito. No pienso salir de esta alcoba hasta que le quede claro que jamás he dicho nada sobre su aspecto, porque no hay una sola cosa que no me guste de Nessa MacGregor.
Acaricio su piel; dejo besos por todo su cuerpo. Pechos, vientre… Me recreo en él porque es donde ha dado vida a mis hijos. Se tensa, pero poco después se relaja, comienza a murmurar mi nombre y a gemir pidiendo más, y estoy dispuesto a dárselo.
—¡Einar, no! —exclama cuando me entierro entre sus piernas para torturar el pequeño botón que puede hacerla tocar el cielo.
No tarda en gritar mi nombre mientras sus manos tiran de mi cabello. Alzo la mirada para ver cómo se estremece con los ojos cerrados con fuerza, mordiendo su labio inferior. Me alzo sobre ella y la beso para que deje de hacerlo, sé que es capaz de saborearse en mis labios.
—Y ahora espero que no te quede ninguna duda, esposa —murmuro con la voz ronca y un dolor insoportable entre las piernas.
Me levanto dispuesto a cumplir lo que he prometido. Salgo de la alcoba, a pesar de que me llama gritando para impedirlo; no pienso detenerme, voy a vengarme por cada lágrima que hayan hecho derramar de sus preciosos ojos azules.
—¡Haakon! —grito, al no hallarlo en la planta baja—. ¿Dónde demonios se ha metido?
Escucho voces, como si alguien estuviera murmurando. Me acerco despacio, porque tengo un mal presentimiento. Pronto descubro que la persona en la que siempre he confiado puede traicionarme de la peor manera posible.
—No lo vas a conseguir —dice Solveig—; no renunciará ni a ella ni a esos mocosos —habla con tanta rabia—. ¿Qué piensas hacer?
—Lo que debo —responde, me tenso—. Esos engendros no debieron nacer, maldita sea. Si el consejo me hubiera permitido…
—Sabes que si fallas, va a matarte —advierte la mujer, aunque no parece sufrir remordimiento alguno—. No entiendo cómo no ha funcionado nada de lo que hemos hecho.
—Tendrías que haberte esforzado más —acusa Haakon—. ¿Qué hombre se resiste al ofrecimiento de una mujer…?
—¡No tengo la culpa de que se haya convertido en un eunuco! —exclama ofendida.
—Sabes bien que eso no es verdad, o no hubiera preñado a la escocesa —se burla mi primo, le encanta enfurecer a Solveig—. De todos modos, no creo que esa perra lo perdone. Con suerte, se marchará de aquí y todo volverá a la normalidad.
Al infierno…
—No cuentes con ello, primo —doy a conocer mi presencia, Solveig palidece, Haakon se tensa.
Puedo ver el destello de miedo en su mirada.
Puede que sea el mayor y algo más alto que yo, aun así, sabe que no tiene nada que hacer—.
¿Desde cuándo te has vuelto contra mí? —pregunto, intentando que no perciba el dolor que ese hecho me produce.
—No sé qué has escuchado… —comienza a decir; alzo la mano para interrumpirlo.
—Lo suficiente —miro a uno y a otro— para saber que estabais confabulando contra mí y amenazando a mi familia —siseo enfurecido—. ¿Sabéis qué debería hacer? —cuestiono—. Acabar con vuestras miserables vidas —sentencio, Solveig solloza aterrada. Hace bien en temerme, sabe de lo que soy capaz.
—No hablas en serio —estalla—. Soy tu primo, somos familia.
—Y la familia no se traiciona —bramo enfurecido—. ¿Cómo has podido conspirar contra mí?
—No contra ti, sino contra esa zorra que trajiste de las Highlands —rebate entre dientes—. ¿Vas a matarme por decirte las verdades que muchos callan por temor a tu reacción?
—No. —Parece relajarse ante mi respuesta—. Voy a matarte por traicionarme, por amenazar a las personas que más me importan.
—Einar, por favor —intercede Solveig en voz baja y los ojos anegados en lágrimas—. No puedes culparnos por intentar salvarte…
—¿Salvarme? —me carcajeo—. ¿Crees que mi esposa es un peligro para mí?
¡Todos los aquí presentes sabemos que podría retorcerle el pescuezo con una sola mano!
—grito enfurecido, porque cree que soy estúpido, que va a poder aplacar mi ira con palabras—.
Los únicos que suponéis una amenaza sois vosotros, y por ello debo encargarme de inmediato, ¿no crees?
—¿Vas a matarme? —pregunta con voz temblorosa, dando varios pasos hacia atrás, asustada—. Por favor, Einar…, solo quería que todo volviera a ser como antes.
—¿A costa de la vida de mis hijos? —cuestiono entre dientes—. Dos seres inocentes que no han hecho daño a nadie. Los odiáis por el simple hecho de existir, ¿en qué os convierte eso?
—Los odiamos porque llevan la sangre de la escocesa —rebate mi primo, parece que no comprende que cuanto más habla lo empeora todo, ya que lejos de pedir perdón, como hace mi antigua amante, aviva más mi furia.
—Cállate de una maldita vez —lo empujo—. Acabemos con esto.
—No voy a luchar contra ti —alza el mentón con orgullo—. Tendrás que matarme, porque no alzaré mi espada.
—No, tú prefieres atacar por la espalda como un cobarde —mi insulto lo enfurece todavía más—. ¿Pretendes que lo lleve ante el consejo? —me burlo, sé sus intenciones, espera un juicio justo por mi parte—. ¿Crees que esas alimañas van a salvarte?
—¡Recuerda quién lleva tu sangre, maldita sea! —me grita con la mano en la empuñadura de su espada—. Hemos crecido juntos, he sangrado por ti, he estado a tu lado en los peores momentos.
—¡Por eso mismo no entiendo cómo has dejado que el odio te ciegue hasta darme la espalda a mí! —le grito de vuelta.
—El que se ha dejado engañar por esa perra eres tú —rebate, es él quien me empuja ahora, no retrocedo ni un paso, no me pasa desapercibido que Solveig intenta salir de la sala sin ser vista, pobre ilusa—. Te lo dije, te lo advertí; no me hiciste caso.
—Lo hice durante meses, y lo único que he conseguido es que no quiera respirar el mismo aire que yo —lo acuso—. Le has llenado la cabeza de mentiras, la has hecho dudar de mí.
Sonríe complacido al saber que ha conseguido su cometido.
Eso termina por romperme. No me molesto en desenvainar mi espada, lucharé con los puños.
En el fondo, no sé si podría matarlo, aunque se lo merezca.
Caemos al suelo, nos enzarzamos en una pelea violenta donde ninguno de los dos piensa dejar ganar al otro.
No es la primera vez que llegamos a los puños, sí la primera en la que no lo hacemos por orgullo, sino por ira apenas contenida.
Esta vez, uno de los dos puede perder la vida…