El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Nessa

Aunque lo que más deseo es ocuparme de mis hijos, todavía me siento demasiado débil y eso me está frustrando. Si dejo que la rabia y la melancolía se apoderen de mí, temo perder la cordura para siempre.

Einar no ha vuelto a aparecer. Debería alegrarme, ya que es lo que le exigí, sin embargo, que haya claudicado tan pronto me deja claro que todas sus palabras, tal y como me temía, son falsas.

La mujer encargada del cuidado de mis hijos los trae varias veces al día para que pueda estar con ellos.

He intentado alimentarlos; hasta en eso he fallado.

La partera me ha explicado que, como estuve a punto de morir, mi cuerpo no ha podido con tanto y por eso no tengo leche en mis senos.

Eso no alivia el sentimiento de haberles fallado como madre, unido a la impotencia de no poder salir de esta cama, mi mal humor aumenta rápidamente.

Sé que me estoy comportando como una perra con las personas que intentan ayudarme, no es algo que sea capaz de controlar.

No es mi hogar, no es mi patria, no es mi familia y los echo tanto de menos que el dolor se torna insoportable.

—Me han dicho que no estás comiendo bien —suspiro. Cuando lo veo entrar, intento aparentar indiferencia—. ¿Pretendes castigarme de ese modo?

—No lo conseguiría —replico—. Para tener ese poder, deberías ser capaz de sentir, al menos sentirlo por mí —corrijo—. ¿Qué haces aquí? Si es tu forma de atormentarme…

—Me preocupo por ti, aunque no lo creas, aunque jamás lo aceptes —dice quedando a los pies de mi cama—. Si quieres reponerte, necesitas comer, Nessa. Deja de comportarte como una niña pequeña.

—¿Cómo te atreves? —mascullo ofendida—. El único que me hace mal aquí eres tú, tu sola presencia me asquea.

—Si me marcho, no comerás —entrecierro mis ojos—. Elije, comes y me voy, o me quedo contigo hasta que lo hagas. —Se encoge de hombros dedicándome una sonrisa que no debería afectarme en absoluto—. ¿Qué escoges?

—Eso es tortura —exclamo—. Maldito seas —siseo, sabiendo que no va a salir por esa puerta a menos que obedezca. Odio que sea capaz de doblegarme.

—Puedes maldecirme todo lo que quieras, siempre y cuando comas para que no enfermes —comienzo a dar buena cuenta de lo que hay en mi plato para que se marche de una maldita vez—. Más despacio o vomitarás.

—Como si te importara —espeto con la boca llena, me importa poco si me estoy comportando como un cerdo en vez de como una dama—. Quiero darme un baño. —Me mira sorprendido, después, ceñudo—. No es una pregunta, Einar. Da la orden, yo ni siquiera me puedo levantar para hacerlo.

—No sé si es conveniente —dice pensativo—. ¿Se lo has preguntado a la curandera?

—¿Debo pedir permiso para lavarme? —cuestiono de vuelta—. Me siento sucia y odio hacerlo. Solo es agua, no va a matarme.

—Ni siquiera puedes sostenerte en pie —me recuerda con cautela.

—En el agua, no necesito andar —replico con sorna—. Soy mayorcita, Einar y llevo lavándome sola muchos años —añado—. ¿Lo haces tú o vas a obligarme a que me arrastre hasta la puerta para ordenar a gritos, como una histérica, que me preparen un baño?

—Eres insoportable —gruñe, claudicando, sabe que soy capaz de cumplir mi amenaza.

—Gracias —sonrío complacida—. Es todo un halago viniendo de ti.

—No sonrías tanto, querida —dice cerrando la puerta después de hacer lo que le pido. Su forma de mirarme no me gusta, no presagia nada bueno—. Si he accedido, no ha sido por tu amenaza, sino porque he recordado el último baño que…

—No lo digas —exclamo azorada—. Ni se te ocurra…

—Si quieres ese baño, vas a dejar que te ayude —pierde la sonrisa socarrona, que hasta este momento adornaba su apuesto rostro—. No voy a hacer nada más que ayudarte, Nessa. No soy un cerdo, acabas de dar a luz, maldita sea.

—Claro —replico mordaz—. Se me olvidaba que mi cuerpo ya no debe resultarte tan atractivo como el de tu amante —aprieta los labios, molesto—. No es que me importe, he dado vida a dos seres que son todo mi mundo, me importa poco lo que los demás piensen de los cambios en mi cuerpo.

—Si no acabaras de parir, te demostraría cuán equivocada estás, ást mín —susurra, mirándome de una forma tan intensa que me remuevo en el lecho.

—¿Qué demonios me has llamado? —pregunto—. Estoy harta de que hables en tu idioma, sabes de sobra que no lo entiendo.

—No estás preparada para saber cómo acabo de llamarte —murmura, alejándose hacia la ventana—. Espero que algún día lo estés…

—Pues hazlo sentado, porque de pie vas a cansarte —replico sin poder quedarme callada. Siento la imperiosa necesidad de ser yo quien tenga la última palabra—. En cuanto me recupere, me iré.

—Lo sé —lo dice sin acritud, sin furia, como si… —. No me cabe la menor duda de que regresarás a tu hogar.

—Me alegro de que al fin lo hayas comprendido. —La puerta se abre, y las mujeres depositan la tina frente la chimenea, otras llevan el agua caliente en cubos.

—Dejadnos solos —ordena cuando varias de ellas vacilan sin saber si deben ayudarme o no. Me gustaría que se quedaran. Por supuesto, obedecen a mi esposo.

Me pongo muy nerviosa no solo porque va a tocarme, sino porque de verdad va a ver mi cuerpo, el cual ha cambiado mucho desde que llegué aquí. A pesar de que no engordé mucho en el embarazo, mi vientre esta horrible. Intento contener las ganas de llorar, ¿qué demonios me pasa?

Recuerdo todas las veces que Haakon o esa perra de Solveig se burlaron de mí durante mi embarazo. El bastardo disfrutaba mortificándome, diciendo que era muy normal, y que debía ser comprensiva si mi esposo buscaba consuelo en brazos de una mujer que no pareciera una vaca.

Y esa zorra parecía demasiado complacida cada vez que mi esposo le prodigaba atenciones, me miraba de una forma muy clara, victoriosa.

—Nessa… —parpadeo. Lo veo a mi lado, parece que espera algo—. Te he preguntado si estás preparada.

Me tenso, no quiero que me toque. No quiero que sienta mi vientre todavía abultado, mi piel ya no tan tersa, cierro los ojos para intentar controlar los nervios.

—Sí —asiento, porque el deseo de sentirme limpia es más grande que mi vergüenza—. No hace falta que me desnudes, lo haré yo una vez esté dentro del agua, y tampoco que me ayudes a lavarme.

—No voy a salir de esta habitación hasta que no vuelvas a estar en la cama y me asegure de que todo va bien —sentencia levantándome—. No tienes nada que no haya visto, tocado y disfrutado ya.

—Bastardo —siseo tan tensa que me duele cada parte de mi cuerpo—. Haz lo que te he dicho —ordeno entre dientes.

Me sumerge en el agua poco a poco; gimo de gusto. Lo escucho mascullar algo que no logro comprender, pero estoy demasiado extasiada como para hacerle caso.

—Ni se te ocurra dormirte —me sobresalta—. ¿Vas a quitarte el camisón en algún momento, mujer? No tengo todo el día…

—¡Pues márchate! —le grito, enfureciéndome por su impaciencia—. No he sido yo la que te he pedido que te quedes ahí parado.

Me desnudo lo mejor que puedo teniendo en cuenta que estoy dentro del agua. Al quedarme desnuda, siento mucha vergüenza; rezo para que no pueda verme bien. Comienzo a lavar mi cuerpo, brazos, piernas, con cuidado entre ellas porque me siento muy dolorida.

—¿Te ayudo? —pregunta. Solo siseo en respuesta—. No vas a poder lavarte el cabello sola, lo tienes demasiado largo.

—Me lo cortaré —mascullo—. Deja de mirarme. —Odio rogar, cada vez me siento peor. Recuerdo cada palabra dicha por el miserable de su primo, cada cosa que mi propio esposo dijo, no a mí, sino a su amante; ambos se reían juntos—. Sé que te repugno.

—¿Cómo has dicho? —pregunta de una manera que me hace alzar la vista para mirarlo—. ¿Me estás acusando de algo, esposa?

—No te hagas el ofendido —replico airada—. Sé muy bien lo que opinas de mí y de mis cambios. —Froto con fuerza, por la rabia, hasta dejar mi piel pálida enrojecida—. Haakon y tu adorada Solveig disfrutaban mucho haciéndomelo saber.

—¿De qué demonios hablas? —pregunta frunciendo el ceño—. No he hablado con ninguno de ellos sobre ti.

—Claro —espeto, sin creerle una sola palabra—. Deja de mentir, Einar. Nada de lo que digas va a hacer que cambie de opinión sobre mi futuro y el de mis hijos.

Silencio…

—Dime qué es lo que se supone que he dicho sobre ti, esposa. —Doy un respingo; le miro, parece furioso, sus puños apretados y su cuerpo en tensión—. Nessa… —advierte entre dientes.

—Poca cosa —lo digo como si no me hubiera importado, como si no hubieran sido dagas clavadas directas a mi corazón—.

Que preferías a Solveig, antes que volver a tocarme, porque parecía una vaca; que te daba asco mi cuerpo, mis pechos tan grandes —enumero intentando que mi voz no tiemble—.

¿Quieres que continúe? —pregunto irónica.

—Voy a matarlo —sisea. Sus ojos refulgen coléricos—. Pero primero voy a dejarte claro qué es lo que pienso al respecto.

Solo puedo abrir la boca para replicar, no emito palabra alguna porque sus labios se apoderan de los míos. Hace meses que no lo sentía, tantos que había olvidado su sabor y lo que es capaz de hacerme sentir.