El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Einar

Si alguna vez fue mía en el pasado, está claro que ahora la he perdido. La frialdad en su mirada, las palabras carentes de emoción, la coraza que ha forjado durante meses, en los que la aleje de mí, dejan claro que no va a ser sencillo recuperarla y que tal vez nunca lo consiga.

¿Por qué continúo intentando convencerla, cuando lo único que consigo es golpearme contra un muro? No soy un hombre que se rinda fácilmente, sobre todo, cuando sé que he cometido un error y deseo con todas mis fuerzas enmendarlo.

—Estás cansada. Seguiremos hablando mañana —claudico; me dirijo a la puerta. Antes de salir, sus palabras me detienen.

—No cambiará nada —sentencia—. Te odiaba ayer, te odio hoy y lo haré mañana. Lo único que quiero de ti es mi libertad.

No soy capaz de pensar en una respuesta, por lo que salgo cerrando la puerta con cuidado. Al bajar al salón y ver que varios hombres del consejo están reunidos, gruño molesto, no estoy de humor ni tengo paciencia para sus exigencias. ¿Qué más quieren de mí?

—Einar, tenemos que hablar —dice uno de ellos—. Sabemos que tu esposa ha despertado. —Me tenso—. Es un problema…

—El problema lo tendrás tú como tus próximas palabras no me gusten, viejo —interrumpo—. Así que escógelas con cuidado.

—Sabes que nuestra gente no la aceptará jamás —continua tras una breve vacilación—. No importa si te ha dado hijos, ya que, si lo pensamos bien, eso lo complica todavía más.

—Pensé que todo hombre querría tener más de un hijo para preservar su linaje —me burlo sin comprender qué es lo que quiere decir—. Sin rodeos —exijo, cruzándome de brazos.

—Nacieron el mismo día —asiento frunciendo el ceño—. No es lo mismo cuando tienes varios, pero se llevan años de diferencia, muchacho —continúa explicando como si yo fuera tonto—. Einar, puede que tengamos problemas para que ellos acepten quién será tu sucesor…

—Nacieron el mismo día, Leif es el mayor por muy poco —me encojo de hombros—. ¿Cuál es el maldito problema?

—Cuando crezcan, puede que Erik no lo acepte, que haya discusiones, incluso algo peor entre ellos. —Los miro como si hubieran perdido el juicio—. Si al menos uno de ellos hubiera muerto.

Me abalanzo sobre el viejo que acaba de desear la muerte a mis hijos, Hakoon me detiene, le cuesta contenerme.

—Si vuelves a decir algo así… —siseo—, acabaré con tu maldita vida; ya duras demasiado.

—¡Enfurécete todo lo que quieras! —exclama—. Antiguamente, esto se solucionaba matando al más débil.

—¡Basta! —bramo desenvainando mi espada—.

¿Alguien más piensa que lo que dice este demente es lo correcto?

—miro a mi alrededor, todos callan; unos agachan la mirada, otros me enfrentan—.

Malnacidos —mascullo iracundo—. He sangrado por vosotros, he dado todo lo que tengo por defenderos mientras dormíais calientes en vuestros lechos…

—Einar. —Miro a mi primo con furia asesina—. No dicen que vayan a hacerles nada —intenta calmarme—. Tu esposa quiere marcharse, permite que lo haga y se lleve a uno de ellos. El otro se queda contigo; es la solución perfecta.

—Fuera de mi vista —gruño temblando—. ¡Todos! —alzo la voz de nuevo.

Se marchan mascullando, escucho bien lo que dicen. Estoy perdiendo su apoyo, ya no confían en mí y temen que no les sirva para nada. Me doy cuenta de que intentarán deshacerse de mí en cuanto puedan, ya no sé quién es amigo o enemigo.

—¿Qué demonios te pasa? —cuestiona Haakon en cuanto nos quedamos solos, me mira como si no me reconociera—. Pensé que habías entrado en razón, maldita sea.

—Te equivocas —replico—. Mi error fue permitir que vuestros consejos envenenaran mi mente. Mi peor error fue dejar que el miedo dominara mis decisiones; es mal compañero, al igual que el orgullo.

—¿Te estás escuchando? —Me mira incrédulo, como si hubiera perdido la razón—.

Te ha nublado el juicio; es una bruja que ha conseguido lo que los escoceses se proponían desde un principio: vencernos, y lo han conseguido porque quien se supone que debe guiarnos permite que una maldita mujer lo domine con su dedo meñique.

—No culpes a Nessa —replico—. Ella ni siquiera soporta mirarme. ¿Cómo crees que me siento al saber que casi muere por mi culpa? La partera me lo dejó muy claro, el parto se adelantó por una fuerte conmoción. Ella me vio con Solveig, tú permitiste que abriera esa maldita puerta —acuso entre dientes.

—No fui yo quien estaba a punto de acostarse con otra —espeta—. No te atrevas a culparme, Einar. Mejor pregúntate por qué hubieras sido capaz de hacerlo —se burla—. No la amas, ahora solo te sientes culpable, sabe Dios por qué.

—No lo hubiera hecho —intento defenderme, sabiendo muy en el fondo que no estoy tan seguro como quiero aparentar—. Solo pretendía quitármela de encima.

Se carcajea, obviamente, para el hombre que me ha visto acostarme con mujeres sin pensarlo dos veces, es lógico que dude, sobre todo porque mi antigua amante es una mujer que sabe cómo conseguir lo que se propone y no para hasta lograrlo.

—Claro —dice cuando consigue parar de reírse de mí—. De verdad, Einar, debes pensar con la cabeza fría. Lo estabas haciendo bien, no desvíes tu camino; tenemos un propósito, ¿acaso lo has olvidado? ¿Ahora que tienes dos hijos te olvidas de Aileen y de su bebé?

—No sigas por ese camino —le advierto, estoy harto de que la utilicen para conseguir de mí algo que ya no estoy dispuesto a dar—. No los nombres, jamás los olvidaré. Una parte de mi corazón murió con ellos ese día, pero debo seguir adelante porque sigo vivo, Haakon.

—Por eso debes vengarlos —insiste entre dientes—. Merecen al menos eso por tu parte. Tú has podido seguir con tu vida, te has vuelto a casar y tienes dos hijos, ella no volverá jamás.

—Y me pesa cada día, mejor que nadie, debes saberlo —rebato—. Se ha derramado bastante sangre, ¿no crees, primo?

—Nunca —sisea—. He visto morir amigos, familiares y tú… —niega y me mira como si lo hubiera traicionado, estoy tan cansado de que todos a mi alrededor lo hagan. Elija el bando que elija, seré el malo, el cobarde, el traidor.

—¿Qué pretendes? —pregunto sentándome frente al fuego, agotado—. ¿Estar en guerra toda la vida? ¿Seguimos perdiendo gente que nos importa?

—Vencerles, y la paz se impondrá —responde con firmeza.

Ahora soy yo el que ríe sin ganas. Todo lo ve tan sencillo; él no se juega nada, yo sí, me doy cuenta de que Nessa llegó a mi vida para terminar con el derramamiento de sangre, pero no de la forma que pensaba.

—¿Quieres ser tú quien ocupe mi puesto? —pregunto; me mira sorprendido—. Es tuyo, veamos como consigues cumplir con todas las exigencias de esos viejos decrépitos, los cuales quieren que seamos nosotros quienes sangremos por ellos.

—Fuiste el primero en estar de acuerdo —me recuerda; asiento, de nada sirve negarlo—. No eches la culpa a los demás porque hayas dejado que esa bruja te convenza de lo contrario.

—Deja a Nessa fuera de esto —mascullo—. La secuestré, la arranqué de su hogar, no fue ella la que eligió venir hasta aquí.