Capítulo 18
Nessa
Sentirlo sobre mí de nuevo me hace sentir muchas cosas que no debería, por ello, lo odio un poco más que hace unos instantes.
Intento no perderme en la tormenta de su mirada, que no me afecte su calor y su aroma, el cual me recuerda las veces que estuve entre sus brazos y alcancé el cielo, porque es el mismo hombre que me ha hecho vivir en el infierno.
—No voy a desperdiciarla a tu lado —niego entre dientes—. Me darás mi libertad, me llevaré a mis hijos y tú podrás engendrar otros con la zorra de Solveig.
Se aparta de mí, se pone de pie y me da la espalda. Todo su cuerpo está en tensión, puedo sentirlo incluso desde aquí. Por mi parte, intento calmar el golpeteo de mi corazón y recuperar el aliento que había contenido. Pasa una mano por su cabello; masculla algo que no logro comprender.
—Tuve que alejarme de ti porque me daba demasiado miedo… —guarda silencio. Golpea la mesa que tiene al lado, lejos de asustarme, me crea mucha curiosidad qué es lo que puede llegar a asustar al gran Einar Thorsson.
—¿Miedo a qué? —pregunto cuando no habla.
He perdido la poca paciencia de la que disponía hasta el momento. Lo único que quiero es que suelte todas sus mentiras de una vez y me deje en paz.
—A sentir. —Abro los ojos como platos—. A volver a sufrir.
—Siempre he sabido que, en el fondo, eres un cobarde —insulto con rabia. No me contengo, que haga lo que tenga que hacer para callarme, de ese modo, tendré otro motivo para despreciarlo aún más.
—En lo que respecta a ti, sí —responde—. Si no me alejaba, podrías conseguir que mi coraza desapareciera por completo, dejándome expuesto.
—Y eso hubiera sido un crimen —me burlo intentando que sus palabras no hagan mella en mí—. Continua, por favor. Cuanto antes acabes, antes podré dormir.
Suspira, me mira como si me estuviera suplicando algo…
—Escuchaste al consejo —asiento sin saber muy bien qué demonios tienen ahora que ver ellos en todo esto—. Comencé a temer que alguien me diera la espalda y te matara.
Silencio, le miro intentando no reírme ante semejante estupidez.
—¿Eso es lo que te dices para que tu conciencia te deje dormir por las noches?
Eso suponiendo que te quede algo, claro —añado mientras me acomodo sobre los almohadones, ya he escuchado suficientes sandeces—.
Basta, Einar. No vas a convencerme de que, por un solo momento, creíste que alguien en esta isla iba a desobedecerte.
—¡Podrían hacerlo si se daban cuenta de que eras mi maldita debilidad! —grita encolerizado, dejándome sin palabras—. No son estúpidos, y comencé a anteponerte a ti a ellos.
—¡No mientas! —es mi turno de gritar—. Amenazaron mi vida y no dijiste nada. —Es algo que he guardado en mi interior durante estos meses, que me ha ido carcomiendo el alma hasta dejarme un vacío difícil de soportar.
—Lo hice, solo que tú no te quedaste a escucharlo y fue precisamente por eso por lo que supe que te había sentenciado —rebate, me niego a creerlo—. Tenía miedo incluso de mi propio primo…
—Tanto miedo que dejaste que durante meses me atormentara —reprocho; frunce el ceño—. Insultos, amenazas veladas, desprecios…
—No le dije que hiciera semejante cosa —se defiende—. Solo que te mantuviera alejada de mí.
—Créeme, ha cumplido su cometido —escupo—. Terminemos con esto —ya no es una orden, es casi es una súplica, yo que había jurado no suplicarle jamás.
—No me crees —no es una pregunta, por lo que ni siquiera me molesto en responderle; es obvio que no—. ¿No te das cuenta de lo que intento decirte? — cuestiona angustiado—. Me aterraba la idea de amarte…
Me quedo muda; mi corazón deja de latir. Einar aparta la mirada, vuelve a darme la espalda y se dirige hacia la ventana para mirar por ella.
—Sabía que, si continuaba a tu lado, te entregaría mi maltrecho corazón —su confesión amenaza con partirme por la mitad—.
Me juré que jamás volvería a amar a otra mujer y estaba fallando.
Eras mi enemiga, Nessa, se suponía que debía odiarte y, sin embargo, estaba dispuesto a entregar mi vida por salvar la tuya.
—No te creo —mascullo con la mirada perdida en el fuego que crepita en la chimenea—. Alguien que ama no pasa meses ignorando a su esposa, mucho menos con su amante. Mi padre jamás volvió a tocar a una mujer desde…
Se gira y me mira con una ceja alzada, sé lo que está pensando, porque imagino que sabe sobre el nacimiento de Cedric. Aprieto mis manos con fuerza, maldiciendo a todos los hombres del mundo, incluso mi padre, en algún momento, falló a mi madre.
—¿Qué decías…? —Detesto que pueda burlarse, porque me tiene en su poder en este momento. Maldigo mi lengua suelta; debería haber permanecido calladita.
—¿Te crees que has vencido solo porque mi padre cometió un error? —pregunto—. Él lo pagó con creces, casi pierde a mi madre. Y ha vivido todos estos años enmendando el dolor que provocaron sus acciones, por desgracia, el que más ha sufrido es mi hermano.
—¿Y no crees que merezco al menos una oportunidad? —pregunta—. También puedo pasar el resto de mis días demostrándote que puedo ser mejor esposo.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? —niega cuando se da cuenta de que estoy esperando una respuesta—. El amor. Ellos se amaban, lo único que nos ha unido a ti y a mí es el odio.
—No se engendran hijos con el odio —me recuerda, acercándose a mí de nuevo; me niego a moverme—. ¿Lo has olvidado, esposa?
Aparto la mirada, airada; se ríe bajito. Siento como mis mejillas enrojecen y me detesto por ello. ¿Cómo puedo sonrojarme como una virgen cuando acabo de ser madre de dos niños?
—Sigues siendo tan inocente… —la ternura en su voz amenaza con desarmarme, debo obligarme a recordar por qué no me merece, vuelvo a ver a esa zorra medio desnuda sobre él.
—Supongo que, comparada con Solveig, lo soy —sonrío victoriosa al verlo apretar su mandíbula, a este paso, no dudo que se quede sin dientes antes de los cuarenta.
—Deja de atacarme, Nessa —masculla—. ¿No estás cansada de odiar?, ¿de que seamos enemigos?
—Por eso mismo quiero marcharme a mi hogar —respondo sin acritud por primera vez desde que desperté—. Regresar a Dunmara y olvidarme de todo lo vivido aquí.
—Tienes dos hijos míos, va a ser imposible —bufo ante su respuesta, está tan pagado de sí mismo que dan ganas de vomitar—. ¿Podrías al menos pensarlo mientras te recuperas?
—He tenido meses para hacerlo —replico con seriedad—. Muchos meses de soledad, desprecio, incomprensión…
—Lo he entendido —interrumpe—. Crees que para mí han sido fáciles… —no digo una sola palabra, es como hablar con un muro—. Muchas veces estuve frente a tu puerta, mi mano a punto de abrirla…
—No lo hiciste —termino por él—. Y esa es la diferencia. Nunca sabremos qué hubiera sido de nosotros si hubieras tomado otra decisión, en vez de la más cobarde.
—Te salvé la vida —espeta—. Te mantuve a salvo. Solo por eso ha merecido la pena.
—Si pensar eso te ayuda a dormir por las noches… —me encojo de hombros—, no seré yo quien te haga cambiar de parecer.