Capítulo 17
Einar
El alivio que he sentido cuando ha despertado ha sido inmenso. Lo único que quería hacer era besarla y apretarla entre mis brazos, pero en el reflejo de su mirada solo podía ver el desprecio y odio que siente por mí.
Nadie tenía esperanza de que sobreviviera, mas yo sabía que no dejaría a nuestros hijos.
Es lo único a lo que podía aferrarme durante los infernales tres días que he estado a su lado rezando para que no me dejara, suplicando por un perdón que es difícil que me conceda.
Al menos está viva, se repondrá, tal y como me ha asegurado la partera, lo único que me ha dicho en tono preocupado es que no está segura de sí podrá volver a concebir, como si eso me importara ahora.
—No creo que me deje tocarla nunca más —musito, la vieja solo me mira en silencio—. No me importa si ya no puede darme más hijos.
Se marcha. Vuelvo a entrar en la alcoba, a pesar de saber que mi presencia no es bien recibida. Sin embargo, soy del pensamiento de que, si le dejo salirse ahora con la suya, jamás conseguiré volver a acercarme a ella.
—¿Y bien? —pregunta cruzada de brazos. No ha probado bocado, algo que me enfurece—. ¿Cuál es el veredicto?
—Todo va como debe —respondo—. Come, Nessa, es algo que no está en discusión; necesitas reponer fuerzas.
Puede que no lo recuerdes, querida, yacías en esa misma cama rodeada de un charco de sangre.
Debes agradecer a todos los dioses por estar viva, aunque sea para mirarme como si fuera un insecto al cual quisieras aplastar.
—Es mi Dios quien me ha salvado, no los tuyos —escupe—. No rindo culto a ningún otro, pagano de pacotilla —masculla apartando la mirada—. No soy capaz de comer si te tengo enfrente; vomitaría.
—Reza a quien te dé la gana —espeto—. No me iré hasta que comas, así que elige. —Si debo volver a ser un cabrón para que se recupere, lo haré con sumo gusto.
Masculla una maldición; obedece de mala gana, pero me vale. Me siento mientras la observo, sé que la pongo nerviosa y podría disfrutar de ello si no tuviéramos problemas mucho mayores entre manos.
—Sé que no has querido informar a tu familia, sin embargo, yo he tenido que dar la buena nueva a mi rey, no dudo que se lo dirá al tuyo.
—Para cuando eso pase, ya estaré en Dunmara —replica, como si lo diera por hecho. Aprieto los puños sobre mis rodillas—. Mi familia lo entenderá cuando les explique mis motivos, no debes temer que te ataquen.
—¿Crees que eso es lo que me preocupa? —cuestiono airado—. Podría haberlos matado la última vez que pisaron mi isla —me jacto. Ella deja de comer y me mira con una intensidad que oscurece sus hermosos ojos hasta tornarlos casi negros—. Y el único motivo por el que todavía respiran es por ti.
—Qué magnánimo —se burla—. Pensé que no lo hiciste porque el rey ya había previsto problemas y envió casi un ejército.
—No hay ejercito sobre la faz de la tierra que me detenga, Nessa. Soy el Lobo de las Orcadas, ¿lo recuerdas? —replico sin inmutarme, sé lo que pretende y no lo va a conseguir—. ¿Ahora estás más dispuesta a escucharme?
—Por supuesto que no —exclama—. No me interesa, Einar.
¿Lo peor de todo? Saber que no está mintiendo. Es completamente sincera cuando dice que no quiere saber nada de lo que yo tenga que decir, sin embargo, tengo mucho que explicar y va a escucharme.
—He preguntado por cortesía, querida mía. —Me mira sorprendida—. Vas a escucharme igual, después de todo, no puedes levantarte de esa cama todavía, por lo que es mi momento —asiento convencido—, ya que, cuando lo hagas, correrás lejos de aquí…
—No lo digas como si fuera una cobarde, miserable bastardo —lanza la bandeja al suelo de un manotazo.
Comida por el suelo, vajilla rota; nada de eso me importa—.
Lo hago porque este no es mi sitio, nunca lo fue ni lo será en un futuro.
Quiero algo mejor para mis hijos y eso no está en esta maldita isla.
Quédate con tus tierras, con tus rameras, con tu odio y con tu gente.
—¿Has terminado? —pregunto aparentando una calma que no siento, la veo temblar por la rabia que apenas puede contener en su menudo cuerpo.
—Tendría que haber dejado que mi padre te rebanara el pescuezo, o Gillian atravesara tu negro corazón —sisea, sus palabras son como puñales afilados, porque las siente.
—Tienes razón —asiento—. Deberías haberles dejado. ¿Te has preguntado por qué lo impediste? —Aparta la mirada—. ¿O por qué yo no te maté cuando con nadie más había vacilado en el pasado?
—Deja de intentar jugar con mi mente —musita—. Me gustaría descansar; todavía me siento muy débil.
—Perfecto, puedes cerrar los ojos mientras me escuchas. —No va a conseguir que salga de esta alcoba sin que escuche la verdad, aunque sea una sola vez—. Me has sentenciado, Nessa.
—Creo que, con lo que vi, tuve suficiente —exclama, mirándome de nuevo—. No te atrevas a decirme que no era lo que parecía o que estoy loca.
—No voy a hacerlo. —Aprieta los labios cuando comienzan a temblar, odio volver a dañarla—. Necesito que sepas, que me creas cuando te digo que no la toqué en todos esos meses en los que te aleje de mí.
Debería haber previsto que estar tan cerca de ella era peligroso.
No sé de dónde ha sacado la fuerza necesaria para moverse, mucho menos para hacerlo con tanta rapidez, mi rostro arde por la bofetada que he recibido por su parte.
La escucho jadear. Cuando vuelvo a mirarla, sus ojos están empañados por las lágrimas apenas contenidas.
—Mentiroso —sisea—. Cerdo, bastardo…
—Es la verdad —grito para que se calle de una maldita vez; a nadie le he permitido faltarme el respeto jamás—. Lo que viste fue el intento de una mujer de llamar mi atención de nuevo, maldita sea. Puede que no la alejara de inmediato, pero eso no me convierte en infiel.
—¿No? —cuestiona, riendo histérica—. Tenías a una zorra en tu regazo, medio desnuda, mientras reía, yo imploraba a tu perro guardián que me dejara verte.
¿Sabes por qué, Einar? —pregunta con ferocidad—.
¿Quieres saberlo? —asiento con brusquedad—.
Llevaba varios días con el presentimiento de que el bebé iba a nacer y no quería estar sola cuando llegara el momento, así de estúpida era.
Cierro los ojos. El resentimiento en los suyos, la forma en la que se refiere a sí misma con tanto desprecio, me está matando. Tiene razones de peso para odiarme, me lo he ganado a pulso desde el momento en que la secuestré, pero no quiero que lo haga.
—No puedo cambiar las decisiones que tomé —frunce el ceño—. Lo único que puedo hacer es pedirte perdón todos los días de mi vida y…
—No estaré aquí para escucharte —interrumpe—. ¿Todavía no has comprendido que no voy a quedarme? ¿Que no hay poder sobre la faz de la tierra que me haga permanecer a tu lado?
Se acabó, esto tiene que terminar.
—La que parece que no lo entiende eres tú, esposa —Me muevo, hasta quedar casi sobre ella. Con mis brazos aguanto todo el peso de mi cuerpo para que no recaiga en el suyo—. Eres mía, no voy a dejarte marchar.
—Lo harás —sisea—. Si no acabaré con tu miserable vida y con todo aquel que te importe. —La miro incrédulo, porque parece sincera—. Quiero mi libertad, me la he ganado.
—Puedes pasar tu vida odiándome, pero hazlo a mi lado.