Capítulo 16
Nessa
Ya no existe el dolor…
Ya nada me perturba, sin embargo, hay algo que me impide marchar: mis hijos, mis bebés, y la sed de venganza…
Lo escucho suplicar y solo por eso me niego a regresar.
Si no fuera por mis hijos, no lo haría, dejaría que mi muerte pesara en su conciencia hasta el día en que mi familia cobrara venganza y acabara con su miserable existencia.
Tomo la decisión de no dejar a mis hijos atrás, no pienso permitir que se críen entre salvajes.
Me los llevaré de vuelta a Dunmara y los criaré junto a mi familia.
Mi padre y hermanos les enseñarán a ser hombres de honor.
***
Me muevo, primero despacio, porque me siento flotar.
—¿Nessa, puedes escucharme? —esa maldita voz otra vez.
—Por desgracia —musito, abro los ojos. No demuestro emoción alguna al ver lo demacrado que está. Ojeroso, con barba de varios días y bastante más delgado, por no decir que parece haber envejecido diez años desde la última vez que le vi—. ¿Qué haces aquí? —la pregunta suena estúpida hasta para mí.
—Pensé que… —sonrío irónica, al verlo me doy cuenta de que va a ser demasiado fácil dejarlo atrás.
—¿Moriría? —cuestiono—. Lamento haberte dado falsas esperanzas. No podía dejar a mis hijos en tus manos —recalco la palabra míos para que entienda.
—¿Cómo puedes pensar que deseaba tu muerte? —pregunta incrédulo—. Esposa, he cometido muchos errores…
—No vuelvas a llamarme así —siseo—. En cuanto pueda levantarme de esta cama, pienso marcharme a Dunmara con mis hijos. Allí ellos crecerán rodeados de amor, no de odio, desprecio y deslealtad.
Sus ojos se oscurecen, su mandíbula se tensa. Ahora mismo, tengo frente a mí a Einar Thorsson, el auténtico. Se incorpora, suelta mi mano, ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía, si no lo hubiera apartado sin vacilar.
—No hablas en serio —dice—. Sé que estás dolida y lo entiendo. —Alzo una de mis cejas—. Nessa, he sido un estúpido, si dejas que te explique…
—No necesito escuchar tus mentiras —interrumpo, estoy demasiado cansada para gritar, pero no para dejarle las cosas claras—. Sé lo que vi. Lo que me hiciste sentir durante los meses en los que decidiste darme la espalda como a un perro.
—Lo sé —exclama, se levanta, camina nervioso por la estancia—. Sé lo que hice, mas no entiendes mis motivos. Deja que me explique, maldita sea, Nessa.
—Tus motivos están claros para mí —espeto—.
No soy estúpida. Me odias, siempre lo has hecho y morirás haciéndolo.
Perfecto, pero, por desgracia para ti, como no eres capaz de controlarte, me dejaste embarazada.
Quieras o no, lo quiera tu gente o no, soy la madre de tus hijos —digo con orgullo—.
A pesar de vuestro desprecio, os he demostrado que valgo más que todos vosotros.
He sido capaz de traer al mundo no uno, sino dos.
—Y no sabes lo feliz que eso me ha hecho —replica azorado—. Son preciosos, tienes que verlos, Ást mín —añade como un padre orgulloso—. Están sanos, y no dudo de que serán grandes hombres. Me has dado un regalo maravilloso, mucho más de lo que merecía.
—En eso es en lo único que estamos de acuerdo —asiento—.
No me arrepiento de ser madre; ellos son lo único por lo que he vuelto de la muerte.
Pero lamento que seas tú su padre. Un hombre incapaz de amar, de ser leal.
Alguien tan consumido por el rencor que ya ni siquiera parece un ser humano, sino una bestia.
Me mira con pena y odio que lo haga. No sé qué demonios está pasando por su cabeza, me importa poco lo que diga o haga, nada me hará cambiar de opinión.
—¿Quieres avisar a tu familia de la buena nueva? —pregunta, cambiando el rumbo de la conversación, entrecierro los ojos porque no confío en él.
—No hará falta —replico—. Cuando me vean llegar, conocerán a los niños.
Aprieta los puños, sin embargo, no dice nada. No comienza a amenazarme o a negarse a que me marche. ¿Por qué iba a hacerlo si nunca le he importado? Tiene a Solveig, por supuesto.
—¿No tengo nada que decir? —pregunta, cuando ya pensaba que no hablaría. Lo miro como si fuera estúpido—. Sé que odias el hecho de que sea su padre, mas lo soy. ¿De verdad los arrancarías de mi lado?
—No voy a dejar que la perra que tienes por amante los críe —siseo con rabia, me niego a pensar el motivo por el cual me importa tanto—. Son míos, los he llevado en mi vientre, los he parido…
—Yo los puse ahí —señala mi cuerpo—. Pareces olvidarlo, esposa.
—Quiero verlos —exijo, cansada de esta discusión—. Ordena que los traigan.
—¿Y si me niego? —pregunta.
Ya no hay cautela, parece realmente furioso.
Por primera vez, desde que he despertado, tengo miedo, me niego a mostrarlo.
Él tiene el poder ahora mismo, porque ni siquiera tengo fuerzas para moverme.
No tendría que haber mostrado mis cartas tan rápido, sin embargo, he sido una estúpida por permitir que mi rabia y sed de venganza me hayan hecho amenazarle antes de tiempo.
—No utilices a mis hijos como arma para dominarme —mascullo.
—Tú los estás utilizando para destruirme, villikona —devuelve—. ¿Cómo crees que me siento cuando estás tan decidida a marcharte y alejarlos de mí?
No me pasa desapercibido que no ha dicho nada de mi marcha. Bien podría salir de aquí si no fuera por ellos, no debería doler, pero lo hace.
—Soy su madre —alzo el mentón, me incorporo lo mejor que puedo. Da un paso para ayudarme, se detiene cuando le dejo muy claro con una simple mirada que no lo quiero cerca—. Ni siquiera pude verlos cuando di a luz… —la voz se me rompe, odio que me vea tan vulnerable.
El silencio nos envuelve. Él me mira, yo agacho la mirada rezando para que me deje verlos; lo necesito.
Quiero estar segura de que están bien, de que una vez más no me ha mentido.
Sale de la alcoba y contengo el aliento a la espera de que regrese con mis hijos.
De que no intente castigarme por todo lo que le he dicho, podría hacerlo, y nadie movería un dedo por mí, desde luego que en esta maldita isla no lo harían; me odian demasiado.
—Aquí están —murmura entrando. Un bebé en cada brazo, parecen dormidos—. Este es Leif, nació primero —anuncia, permitiendo que lo coja en brazos—. Y este es Erik, el pequeño.
—Has elegido sus nombres… —No es un reproche, ya que ambos me gustan—, son hermosos.
Me quedo embelesada, admirando lo que he sido capaz de crear. No me pasa desapercibido que ambos son una copia de su padre. Debería molestarme; no lo hace, después de todo, puedo culparlo de muchas cosas, lo que no se puede negar es lo apuesto que es el condenado.
—Espero que te gusten los nombres que escogí —dice, algo nervioso—. No sabía cuándo despertarías, y mi gente necesitaba saber los nombres…
Claro, cómo no. Su gente, siempre serán más importantes que yo. Antepondrá sus sentimientos y necesidades antes que los míos, si no doliera tanto, podría comprenderlo, al fin y al cabo, si hubiera muerto, mis hijos continuarían necesitando nombres.
—Está bien —interrumpo—. ¿Puedes dejarme sola con ellos? —Me mira, duda; me tenso—. Nunca les haría daño —mascullo ofendida.
—No es por eso, estás débil —rebate—. No sé si es conveniente, debería venir la curandera para asegurarse de que todo va bien.
—Después —replico—. Tú los has tenido desde que nacieron, yo he pasado… —frunzo el ceño porque no sé qué día es—. ¿Cuánto he dormido?
—Tres días. —Abro los ojos impresionada, no me había parecido tanto tiempo.
Miro a mis bebés con unas terribles ganas de llorar, ¿qué clase de madre soy?
Los primeros días de vida de mis hijos me los he perdido, no he estado con ellos—.
Sea lo que sea que estés pensando, déjalo —ordena, le miro sin comprender a qué se refiere—.
No es tu culpa, Nessa. Has estado a punto de morir, otra lo hubiera hecho.
Aileen, sé que está pensando en ella…
—Por favor, solo unos minutos —le pido, a punto de romper a llorar sin que me importe que él sea testigo.
Al fin se apiada de mí. Cuando la puerta se cierra, suspiro aliviada. Miro a mis dos regalos intentando ver en ellos algo mío, sin embargo, no consigo hallarlo.
—Hola, pequeños míos —murmuro, besando sus cabecitas, uno ni siquiera se inmuta, el otro abre sus ojitos para dejarme sin aliento—. Daría todo lo que soy porque siempre me mirarais así. Os amo con todo mi corazón y lucharé con uñas y dientes para protegeros.
Los miro durante una eternidad; no quiero que este momento termine jamás, por ello, cuando Einar nos interrumpe, lanzo un gruñido que no soy capaz de contener.
No se inmuta, al muy bastardo le importa poco lo que yo quiero o necesito, una persona que carece de corazón no tiene empatía por los sentimientos ajenos.
—Lamento interrumpirte, la curandera quiere verte, y la mujer que los alimenta dice que es la hora en la que suelen comer —explica—. Al ser más pequeños de lo normal, necesitan comer más seguido para ganar fuerza.
—¿Les pasa algo? —pregunto preocupada.
—No —se apresura a responder—. La partera dijo que es normal. Piensa que han compartido espacio dentro de ti. Leif es un poco más grande que Erik, pero ambos serán grandes y fuertes, no debes preocuparte.
Dejo que se los lleven, cuando lo único que quiero es estar con ellos para siempre. Reprimo las ganas de llorar, miro al frente y dejo que la curandera haga lo que tenga que hacer conmigo, porque ya nada me importa. Solo ellos.