El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Einar

¿Qué he hecho? Pienso horrorizado, cuando de nuevo la escucho gritar. No creo que exista una mujer que soporte tanto dolor. Es como volver a revivir la misma pesadilla, pero ahora estoy despierto y no se trata de Aileen.

¿Cómo he podido ser tan miserable? Durante meses, la he mantenido alejada por miedo a los sentimientos que despierta en mí, a la amenaza real hacia su vida, ya que dejé de confiar en muchos de mis hombres.

Sin embargo, no ha servido de nada, porque voy a ser el responsable de su muerte, igual que con mi difunta esposa.

¿Es alguna clase de maldición? ¿Alguna clase de castigo que me obliga a enterrar a mis mujeres antes de tiempo, mientras yo sigo cumpliendo años?

—Maldición —sisea Haakon—, sus gritos me están poniendo de los nervios.

—Lárgate —ladro enfurecido, ahora no lo veo como mi aliado y el hombre con el que he crecido, sino como el que me ha arrebatado los últimos meses al lado de Nessa.

Obviamente, no lo hace y ahora no tengo tiempo para molerlo a golpes. No puedo hacerle completamente responsable de mi estupidez, he cometido demasiados errores, los cuales elegí cometer, y puede que le cueste la vida a una joven inocente que lo único que hizo fue estar en el lugar equivocado.

—Todo es culpa mía. —Paso una mano por mi cabello desordenado—. Me ha visto con Solveig, soy un cerdo.

Durante los meses que la he mantenido alejada, no he tocado a otra mujer, aunque nadie vaya a creerme.

Antes, en mi despacho, he cometido la locura de permitir que mi antigua amante comenzara a desnudarse ante mí.

He reaccionado como todo hombre. No sé si hubiera llegado a hacerlo, de hecho, cuando mi esposa ha entrado, estaba alejándola, aunque Solveig se reía, creyendo que era algún tipo de juego previo.

Si algo le sucede, se irá de este mundo creyendo que le he sido infiel.

Mis ojos se cierran con fuerza, intentando alejar de mi mente la forma en la que me ha mirado allí abajo, en cuando nos ha pillado de semejante guisa.

Traición, dolor, decepción. Solo ha sido un instante, pero he sido consciente del daño que le he hecho antes de que diera media vuelta para marcharse.

—Deja de mortificarte —espeta—. No es ni la primera ni la última que trae hijos al mundo. Si ni siquiera sirve para eso…

El puñetazo lo manda al suelo, por supuesto, no me lo devuelve, aunque lo estoy esperando con ganas. Tal vez, de ese modo, pueda olvidar durante unos minutos la agonía que estoy sintiendo.

Un alarido por parte de Nessa, uno por completo diferente a lo que he escuchado hasta ahora, me deja petrificado. Después un llanto, débil, pero lo escucho. No me importa que no me quiera a su lado, necesito ver con mis propios ojos que está bien, que todo ha terminado, esta vez con final feliz.

Al entrar, miro horrorizado la escena que me recibe. La cama parece un campo de batalla, cubierta de sangre. Mi esposa, débil y pálida, yace sobre ella, incluso le cuesta mantener los ojos abiertos, unos que ya no desprenden luz.

—No —mascullo, esto ya lo he vivido y me niego a que termine de igual modo, no podría soportarlo—. ¿Qué demonios le habéis hecho? —reclamo encolerizado.

La partera sigue entre sus piernas; la curandera atiende al bebé, sin embargo, solo tengo ojos para ella, para mi esposa. Me acerco corriendo, necesito llegar a su lado. Sé que Nessa está grave, porque no se aparta cuando cojo una de sus frías manos entre las mías.

—¿Qué te han hecho? —me lamento, mientras que, con la otra, aparto su cabello de su rostro sudoroso—. Dios mío. —Apenas tiene fuerza siquiera para respirar. La culpabilidad me ahoga; no soy capaz de pensar en nada, porque el miedo se ha apoderado de mí.

—No había otra forma —dice la partera—. Era esto o que murieran los dos…

Nessa gime, la miro sintiéndome atado de pies y manos. La mujer entre sus piernas frunce el ceño, toca su vientre, que todavía me parece demasiado grande para haber dado a luz. Se asoma entre las piernas y abre los ojos impresionada.

—¿Qué pasa? —pregunto angustiado, cuando mi esposa, a pesar de ya no tener fuerzas, aprieta los dientes y parece pujar—. ¿Nessa…?

—¡Son dos! —exclama la partera mirándome. Abro la boca, sin embargo, no soy capaz de articular palabra—. Por todos los dioses, no creo que sea capaz…

Nessa aprieta con fuerza los dientes, gime desde lo más profundo de su alma y empuja, nunca me he sentido más orgulloso de ella como en este momento. Sigue luchando por dar vida a mi hijo, a mi bebé, a pesar de que me odia y con sobrados motivos.

—Lo estás haciendo muy bien —aliento con la esperanza de que mis palabras le den las fuerzas necesarias para soportarlo—. Eres una mujer muy fuerte y valiente…

—Cállate —masculla, dejando caer su cabeza contra los almohadones—. No sé qué demonios haces aquí…

—Mi lugar es a tu lado —susurro; me lanza una mirada de odio puro. El dolor regresa y vuelve a concentrarse en traer al mundo a nuestro bebé.

Un llanto vuelve a romper el silencio de la alcoba, ya que, está vez, Nessa ni siquiera tiene fuerzas para gritar. Miro como la partera recibe al bebé, lo mira para asegurarse de que todo está bien, asiente para tranquilizarme.

—Enhorabuena, muchacho —dice sonriendo, aunque hay una sombra en su mirada que no quiero descifrar—, son dos niños sanos.

Miro a mi mujer sorprendido, agradecido, si pudiera, la abrazaría contra mi pecho y le diría tantas cosas. Sin embargo, ella no parece ser consciente de lo que sucede a su alrededor, sus ojos parecen pesarle y su respiración…

—Dýrgrip… —pronuncio esa palabra porque la siento—. Nessa, mírame —le pido, no se lo exijo. Casi es una súplica—. Tenemos dos hijos, ellos están sanos —sonríe con tristeza y asiente casi imperceptiblemente—. No me hagas esto.

La abrazo, ya no me importa nada, solo quiero salvarla. Tal vez, si me aferro a ella, la muerte no venga en su busca y no me la arrebate. La siento inerte entre mis brazos; la mezo mientras susurro miles de palabras sin sentido, mientras rezo a todos los dioses antiguos que no me la quiten.

—Einar, déjanos ayudarla —niego, me niego a alejarme—. Muchacho, se está desangrando.

La dejo de nuevo en la cama, reticente, no me marcho. Quiero ver lo que hacen. Tengo la esperanza de que, si no la dejo sola como a Aileen, no morirá; aunque solo sea porque me odia más que a nadie y quiere venganza, se la daré, si es lo que quiere.

No estoy seguro del tiempo que trascurre, cuando me dicen que ya no pueden hacer nada más; se me cae el mundo a los pies. Las miro sin comprender, no logro entender que se den por vencidas.

—¿Es porque es escocesa? —pregunto con la voz enronquecida—. Salvadla, por favor.

Hacía mucho que no suplicaba, no recuerdo haberlo hecho jamás. Me dejo caer de rodillas ante las dos únicas personas que tienen la vida de mi esposa en sus manos, de la mujer que, sin pretenderlo, se ha adueñado de mi existencia y sin la cual no creo que pueda continuar.

—Muchacho —dice la curandera—. No nos rendimos porque ella sea escocesa —replica ofendida—. He hecho todo lo que he podido. Mis conocimientos llegan hasta aquí, no puedo hacer milagros —se lamenta—. Y, por desgracia, tu esposa necesita uno para sobrevivir.

—Busca alguna mujer que pueda alimentar a los gemelos —ordena la partera—. Necesitan comer. Aunque parecen sanos, son más pequeños de lo normal.

Se marcha corriendo. Solo puedo mirar a Nessa, tendida en la cama, cubierta de sangre como si… Mascullo miles de maldiciones, porque me parece demasiado injusto.

—Es joven y más fuerte y valiente que muchos hombres que conozco —dice la partera, intentando darme unas esperanzas que, por su tono de voz, sé que ni ella se cree—. Puede que lo logre…

—Todo esto es culpa mía —me lamento con unas terribles ganas de llorar—. Si yo no…

—Basta —interrumpe—. Los partos de dos bebés suelen adelantarse; aunque no he atendido a muchos a lo largo de mi vida.

Este es el tercero. —La miro sorprendido; asiente—.

No suele ser muy normal, por eso digo que tal vez tu escocesa tenga alguna posibilidad.

Después de todo, ha conseguido gestar y traer al mundo a dos futuros vikingos —sonríe; no le devuelvo el gesto—.

Puede que los dioses tengan para ella reservado algo mucho más grande y sea la que realmente acabe con esta guerra y una las Orcadas y las Highlands.

—Solo quiero que viva —musito, mirándola con la esperanza de que abra los ojos, aunque sea para gritarme su desprecio hacia mí—. Donde sea, pero que sobreviva…