El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Nessa

Meses después…

Decir que no he vuelto a estar asolas con mi esposo suena raro, pero es verdad.

Su primo y sus hombres se han encargado de dejarme claro que no quiere respirar el mismo aire que yo.

Me odia tanto y es tan poco hombre que no ha sido capaz de dar la cara y decírmelo él mismo.

Claro, está demasiado ocupado protegiendo su maldita isla y disfrutando de la compañía de su amante.

Muy pocas noches ceno en su compañía, y si lo hago, me ignora.

Presta atención a la mujer que se sienta a su izquierda mientras a mí me hace sentir como un perro.

En esos momentos, mi odio y desprecio crecen; eso me mantiene en pie.

Es una lástima que tales sentimientos, tan oscuros y podridos, sean los que me estén salvando la vida.

Ya que nunca me había sentido así antes.

—Necesito hablar con él —exijo a su perro guardián. En sus ojos veo el odio que siente por mí, no lo disimula—. Él bebé no tardará en nacer y…

—Cuándo estés de parto, lo avisaré y mi primo decidirá lo que quiere hacer —interrumpe—. Ahora, lárgate. Sabes que le repugna tu presencia.

Aprieto mis manos en dos puños; clavo mis uñas en las palmas, intentando contener el deseo de golpearlo donde más le duela.

Estoy dispuesta a marcharme, porque sé que no va a dejarme pasar al despacho.

Es una mole que no podré mover, mucho menos en mi estado tan avanzado de embarazo.

Mi vientre es enorme, duele incluso al caminar, y a nadie parece importarle.

Me detengo cuando escucho una risa que reconocería con los ojos cerrados: Solveig. Está con Einar ahí dentro mientras a mí, su esposa, se me prohíbe siquiera mirarlo. Tomo desprevenido al gigante que protege la puerta, lo empujo y abro para encontrar una escena que ninguna mujer querría ver jamás.

—¿Qué demonios? —exclama Einar, aparta a su zorra de su regazo —que sonríe complacida—, al verse sorprendido de semejante guisa.

Ni siquiera se molesta en cubrir sus pechos.

Siento náuseas, el odio más visceral que he sentido en toda mi vida me hace desear destriparla, bañar mis manos con su sangre, es entonces, solo entonces, cuando me doy cuenta de algo que no me he querido reconocer a mí misma:

Cómo puedo sentir algo por un hombre que es un completo miserable sin corazón ni escrúpulo alguno. Soy a la única que puedo culpar, porque, evidentemente, nunca me ha dado motivos para pensar que algún día podría sentir algo distinto al odio. ¿Qué está mal conmigo?

—¿Cómo has entrado? —cuestiona, lo miro sin ser capaz de articular palabra, ¿es lo único que va a decirme después de meses de silencio?, ¿de desprecios? —Nessa…

No me siento bien; necesito salir de aquí.

Lo que acabo de presenciar me enferma, no soy capaz de mirarlo a la cara, me siento tan avergonzada.

Doy varios pasos hacia atrás y salgo del despacho; camino lentamente, porque no puedo correr a pesar de no haber engordado, algo que preocupa a la partera.

Sé que mi bebé crece fuerte, por lo enorme que tengo el vientre.

Ahora mismo, odio que la simiente de ese bastardo infiel haya dado frutos, que el ser que gesto sea sangre de su sangre, me arrepiento de haberle permitido tocarme.

Llego a las escaleras como en un trance. Subo solo un par de ellas, cuando un dolor atraviesa mi estómago. Gimo y me encojo; los ojos se me llenan de lágrimas. Algo corre por mis piernas, alzo mi falda y jadeo horrorizada, sangre, tengo que llegar a mi alcoba, necesito pedir ayuda.

Escucho voces, pero las siento muy lejos. Doy un paso más; mis pies no me responden lo suficiente rápido.

—Nessa, ¿qué sucede? —Alguien me coge del brazo, me aparto al darme cuenta de quién se trata.

—No me toques —siseo sin mirarlo—. Has pasado meses haciendo como que no existía, que siga siendo así para siempre.

No soy capaz de avanzar. Caigo de rodillas cuando el dolor regresa, está vez con más fuerza.

Einar grita mi nombre y me coge en brazos a pesar de que opongo resistencia, no se detiene hasta dejarme sobre mi cama.

Mientras avanzábamos por el pasillo, casi corriendo, ha ordenado llamar a la curandera y a la partera.

—Aguanta —apremia, mientras me observa apretar los dientes cuando otro ramalazo de dolor me atraviesa las entrañas—. Dios mío, estás sangrando…

—Es tu culpa —acuso mirándolo con odio—. Si le pasa algo a mi hijo, te matare. —No es una amenaza, es una promesa—. Te odio, cuando todo esto acabe, me marcharé de aquí, no tendré que verte nunca más.

No habla; agacha la mirada. Ese gesto no me conmueve, por mí puede irse al infierno y pudrirse en él. Intenta tocarme, me encojo y siseo como un animal herido; retrocede.

—Aún no debería nacer —dice la partera en cuanto entra por la puerta—. Sal fuera, muchacho.

—No voy a marcharme —replica de inmediato—. Es mi esposa…

—No te quiero aquí —gruño apretando la manta entre mis manos para soportar el dolor—.

Solo verte me produce náuseas —añado—. ¡Vete!

—grito mientras arqueo mi cuerpo, porque el sufrimiento es insoportable, no sé si voy a aguantar o morir en el proceso.

«¿Cómo pudo mi madre lograrlo más de una vez?»

. Siempre me he sentido orgullosa de ser hija de quien soy, hoy más que nunca, ya que no estoy segura de ser tan fuerte como la mujer que me trajo al mundo.

Las dos mujeres más mayores toman el mando; lo sacan de la alcoba a pesar de su reticencia. Al cerrarse la puerta de nuevo, suspiro aliviada, sabía que, si tenía a Einar a mi lado, no podría lograrlo; puede que hace meses sí… Niego con la cabeza, no merece semejantes pensamientos por mi parte.

—Muchacha, estás sangrando demasiado —se lamenta la curandera—. Debo detenerlo, no estoy segura si es porque estás en labor de parto o…

—Aparta —dice la otra. Mira entre mis piernas; aprieto los dientes cuando siento una de sus manos en mis partes. Palpa el vientre—. Es la hora. No está en la posición correcta, por eso sangras.

Abro los ojos horrorizada al pensar que le pueda suceder algo a mi hijo. Cuchichean entre ellas mientras me retuerzo de dolor. Intento no volver a gritar, porque no quiero que estos salvajes me escuchen y disfruten de mi sufrimiento.

—Si haces eso, puedes desgarrarla —escucho a la partera—. Ya está perdiendo mucha sangre.

—Si no lo hago, morirán los dos —sentencia la otra—. Pasará como con Aileen…

No me gusta escuchar ese nombre, sin embargo, parece que las dos correremos el mismo destino. Puede que ese bastardo este maldito, juro que si muero, pienso volver para atormentarlo hasta el fin de mis días.

—Haced lo que debáis —interrumpo, solo quiero que cese este dolor y salvar a mi bebé—. Lo soportaré…

—Muchacha… —la curandera me mira con lástima, sabe que es difícil que vaya a salir con vida de este trance—. Es doloroso —advierte. Se lava bien las manos.

—Lo soportaré —repito con firmeza—. Salvad a mi hijo.

Abro las piernas lo máximo posible, me tiemblan, aun así, no vacilo.

La partera no me explica lo que va a hacer, por lo tanto, cuando siento como su mano se adentra en mi interior, muerdo mi labio inferior hasta hacerlo sangrar, cierro los ojos con fuerza e intento que mi mente me lleve lejos de aquí.