El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

Einar

Creo que nunca he visto una imagen más hermosa en mi vida.

Nessa cabalga sobre mis caderas como la mejor y más salvaje amazona.

Mis manos aferradas a su cintura para acelerar el ritmo, necesito más, más rápido, más fuerte, más profundo.

Quiero llegar hasta el fondo de su alma y dejar mi marca para que entienda, de una maldita vez, a quién pertenece.

El grito que brota de su garganta resuena entre las paredes que han sido testigo de nuestra unión una vez más.

Su cuerpo cae desmadejado sobre mi pecho, mientras todavía tiemblo por mi liberación.

La abrazo mientras continúa estremeciéndose, mientras gimotea mi nombre.

Ha sido demasiado intenso como para pensar que no hay algo más que esto, que el deseo más visceral que he sentido jamás por ninguna otra mujer.

—El bebé —murmura cuando regresa a la realidad, se alza apoyando sus menudas manos sobre mi pecho sudoroso—. ¿Y si le hemos hecho daño…?

Me río ante su inocencia; mi risa le hace fruncir el ceño. Alzo mi mano para acariciar su mejilla cuando aún estoy en su interior. La acaricio con suavidad, no se aparta, no dejamos de observarnos.

—Todavía es demasiado pequeño —susurro—. No debes temer. Nunca haría nada que lo pudiera dañar. —Maldigo en silencio cuando veo que sus ojos cambian de color, ahora se tornan fríos, se aparta dejándome con una sensación de desamparo que no me gusta admitir.

—Por supuesto —masculla; se apresura a vestirse—. ¿Cómo he podido ser tan estúpida? —murmura lo suficientemente alto como para que sea capaz de escucharla, aunque no creo que ella lo desee.

—Nessa… —se gira, me mira de nuevo con odio, ese que solo desaparece cuando le hago perder la cordura, demostrándole el placer que soy capaz de proporcionarle.

—No digas ni una sola palabra más, Einar —replica—. No necesito tus excusas, soy consciente de cuál es mi lugar, no es necesario que ni tú ni los tuyos me lo recuerden.

—Maldita sea, déjame explicarme —exclamo ofuscado al verme juzgado y sentenciado sin siquiera darme la oportunidad de hablar—.

No he querido decir que no me preocupe tu bienestar.

—Su carcajada me interrumpe; aprieto los dientes—.

Es cierto —siseo—. Lo que quería decir es que estoy seguro de que tu cuerpo fue creado para mí, por lo que siempre serás capaz de aceptarme.

—Qué presuntuoso —escupe—. Dudo que haya nacido para un patán sin escrúpulos.

—Cualquier hombre que ose insultarme de tal manera, ya estaría muerto, pero a ella no la puedo tocar—.

Te gustaría golpearme, ¿verdad? Hazlo —me reta.

No me muevo de la cama, si lo hago, puede ser que acabe con ella en un arranque de ira—. No te tengo miedo.

—Deberías —mascullo. Soy incapaz de permanecer quieto y expuesto mientras ella me observa de pie y vestida. Da un paso atrás cuando me levanto—. Aprende a respetarme, esposa, porque si no este matrimonio va a ser un infierno. Si esto que acabas de decir lo hubieras dicho delante de mis hombres…

Alza el mentón, a pesar de que en sus ojos veo esa lucha interna que ambos estamos librando por motivos completamente distintos. Es mi enemiga, nunca ha dejado de serlo, sin embargo…

—El respeto se gana —replica, trayéndome de vuelta a la realidad, en la cual ella siempre me desafía—. Si al menos fueras la mitad de hombre que mi padre o mis hermanos…

—Basta —grito; golpeo la mesa que tengo a mi lado, es eso o cometer una locura de la que me arrepentiría después.

Se sobresalta, veo el temor en sus ojos, aunque intente ocultarlo.

Al darse cuenta de que lo sé, se cierra.

Vuelve a levantar un muro protector; odia mostrarse vulnerable ante mí, y la comprendo porque me sucede lo mismo.

—Eres un maldito salvaje —sisea—. Sal de mi habitación.

—Te recuerdo que estamos casados —espeto—. Dormiremos juntos, tal y como te había dicho.

—No pienso dormir en tus aposentos —rebate—. Son el mausoleo a tu esposa muerta. Quédate con tus muertos, Einar, y déjame en paz.

Mi mano se mueve por voluntad propia. Cuando me quiero dar cuenta, cuando mi mente reacciona, parpadeo sorprendido al ver que la tengo cogida por el cuello.

A pesar de que no ejerzo mucha presión, sé que soy fuerte y que mi ataque va a dejar marca, sin embargo, no he podido evitarlo; no quiero que hable así de Aileen.

—No hables de ella… —gruño entre dientes—. Deja a mis muertos descansar en paz.

—Me das asco —me escupe; cierro los ojos. La suelto y limpio mi rostro.

Salgo de la alcoba dando un portazo, porque si no pongo distancia entre los dos, acabaré matándola.

Mi corazón golpea con fuerza en mi pecho, no solo me he visto obligado a contraer matrimonio cuando juré que no volvería hacerlo, sino que lo he hecho con una mujer que mi gente no acepta ni lo hará jamás.

Por sus venas corre la misma sangre que los que iniciaron esta guerra.

Es escocesa y se siente tan orgullosa de ello como yo de ser de esta isla que he defendido con toda mi furia.

He derramado mi sangre por esta tierra y he sacrificado demasiado.

Lo he dado todo, y nunca es suficiente para ellos, para nadie.

¿Qué se supone que debo hacer ahora? Esa pregunta me atormenta, porque sé lo que esperan muchos de los míos.

Que me deshaga de Nessa en cuanto dé a luz, si es que no muere en el proceso, como muchos han deseado.

He tenido que morderme la lengua para no mandarlos al infierno.

Es la madre de mi bebé me guste o no. Es algo que no buscaba ni mucho menos entraba en mis planes, pero no voy a darle la espalda a ese ser indefenso que no ha pedido venir al mundo en medio de una guerra que no es suya.

—¿Has pensado en lo que hablamos…? —Mi primo aparece entre las sombras, no me sobresalto, aunque me sorprende—. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? Puedo encargarme…

—No continues esa frase —interrumpo, advirtiéndole con la frialdad de mi voz y la forma en la que le miro que no quiero escucharlo—. No vuelvas a amenazarla.

—¿Por qué continúas protegiéndola? —cuestiona furioso—. Es nuestra enemiga y está claro que algo ha dicho o hecho, porque pareces un maldito fantasma. Le has dado demasiado poder a esa perra…

Gruño, me abalanzo sobre él y lo estampo contra la pared; nos enfrentamos como adversarios. Cuando me doy cuenta, me aparto, pasando una mano por mi cabello. ¿Qué demonios estoy haciendo?

—¿No te das cuenta de que no eres tú mismo, Einar? —pregunta—. ¿Cuándo fue la última vez que peleamos por culpa de una mujer?

No lo recuerdo…, tal vez nunca; no quiero pararme a pensarlo. El cúmulo de sentimientos que bulle en mi interior amenaza con volverme loco, no voy a ser capaz de mantenerme cuerdo mucho tiempo más.

—Necesito mantenerme alejado de ella… —musito para mí mismo.

—Devuélvela a su familia, maldita sea —espeta—. Es la única manera de que todo esto termine. Llega a un acuerdo con ellos para que el rey no vuelva a inmiscuirse y continua con tu vida.

—No voy a darle la espalda a mi hijo —exclamo. Le veo apretar la mandíbula—. Es mío.

—Nunca fuiste irresponsable, maldición —devuelve frustrado, sabiendo que tengo razón; no se da la espalda a la familia—. Tenías que preñarla…

Tal vez era el destino… Esa voz en mi cabeza, que no deja de torturarme haciéndome pensar tonterías, vuelve a la carga.

Necesito olvidar lo que siento cada vez que la hago mía. El placer que me nubla el juicio y me hace creer en estupideces como el amor, un sentimiento que solo me hace ser vulnerable y lo comprendí cuando perdí a Aileen. No quiero volver a sentirme así jamás, mucho menos por mi enemiga.

Es mi esposa, la madre de mi futuro hijo.

Es algo que ya no puedo cambiar, mas sí puedo decidir cómo será el futuro para ambos.

En este momento, tomo la decisión de separar nuestros caminos para siempre, si no lo hago, siento que estoy fallando a las personas que más he amado y que, por desgracia, ya no están conmigo.

—Mi esposa dormirá en los aposentos que se prepararon para ella a su llegada.

—Mi primo me sonríe complacido—. Ocúpate de ella, si tiene algún problema, tú lo solucionarás.

Que no le falte de nada, ¿me oyes? —asiente—.

Asegúrate de que no pueda acercarse a mí.

El día del nacimiento de mi hijo, decidiré el rumbo de nuestros caminos.

—Has tomado la decisión más sensata —aplaude—. Informaré al consejo.

—Haakon —lo llamo cuando se aleja—, Nessa no es una prisionera, que no se te olvide.

—No lo haré.