Capítulo 12
Nessa
¿Debería sentirme distinta ahora que soy una mujer casada? Porque, si es así, yo no lo noto. Tampoco creo estar preparada para ser madre, mucho menos tan lejos de la mía. ¿Quién va a darme consejos?
Tengo miedo, muchísimo miedo, aunque jamás lo reconoceré en voz alta y mucho menos ante el hombre que se ha convertido en mi marido. No solo me encuentro rodeada de gente que me odia sin motivo solo porque soy escocesa, sino que me he unido a un hombre que ni puedo ni quiero amar.
No me pasan desapercibidas las voces que se escuchan desde el gran salón.
Varios hombres se han reunido; no parecen nada contentos con los nuevos acontecimientos.
Me reiría por el problema que tiene entre manos Einar, si no fuera yo la causante de tal reunión.
Ellos no van a aceptarme, y no es que me preocupe, lo que temo es que el odio que sienten por mí repercuta en mi hijo.
Después de todo, será el primogénito de mi esposo, les guste o no.
Sé que no está bien escuchar tras las puertas, en este caso, escondida tras la pared, pero necesito saber a qué atenerme.
—Creo que has perdido la cabeza, Einar —dice una voz que no reconozco—. ¿No hay suficientes mujeres para encamarse contigo? ¿Tenías que preñar a la escocesa? ¿Ha sido algún tipo de venganza que desconocemos?
Me tenso, porque no he pensado en esa posibilidad.
¿Lo hizo solo por vengarse de mi familia?
¿Porque Connor se ha casado con Freydis?
Mi corazón comienza a golpear con fuerza en mi pecho; siento náuseas ante esa posibilidad.
El haber sido utilizada de esa manera amenaza con hacerme vaciar el estómago.
—No sabía que debía rendir cuentas de con quién me acuesto —no responde, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué no lo desmiente? —. Soy un hombre libre.
—Recuerda por qué lo eres, muchacho —una voz más ronca interviene—. Parece que has olvidado a mi hija y a mi nieto con demasiada facilidad.
—¡Eso es mentira! —grita, furioso. Un golpe seco sobre la mesa me sobresalta—. Jamás la olvidaré. Enterré mi corazón junto a ellos aquel día. No vuelvas a acusarme —ordena; el alma me cae a los pies. Sus palabras suenan como una sentencia de muerte para mí, aunque no logre comprender por qué.
—Sin embargo, no pareces tener problema para encamarte con otras —devuelve—. Y eso es lo que nos ha metido en este problema. Ahora los escoceses creen que han ganado, que nos hemos rendido y que rendimos pleitesía a un rey que no es nuestro.
—Lo que buscan es paz —rebate—. Y no digo que esté dispuesto a dársela. Lo que debéis tener claro es que no le voy a dar la espalda a mi hijo.
—Es un mestizo —brama otro; aprieto los puños con rabia, muerdo mi labio inferior para no gritarles lo que pienso—. Una aberración que no debería existir.
—¿Estás amenazando a mi hijo? —la voz de Einar es baja, mas sigue siendo igual de mortífera—. Porque, si es así, debes saber que tu vida terminará aquí mismo, por mi mano.
—¿Te vuelves contra nosotros? —pregunta su primo—. No puedo creerlo.
—No os estoy dando la espalda —espeta colérico—, pero defenderé a mi hijo con mi propia vida.
—¿Y a la perra que lo gesta? —Silencio…, cierro los ojos, una lágrima traicionera desciende por mi mejilla.
No quiero seguir escuchando. Me ha quedado demasiado claro que se ha casado conmigo por obligación, al igual que yo, que lo único que le importa es el bebé que crece en mi interior.
No debería importarme, por desgracia y sin saber por qué, lo hace.
¿Ahora es cuando debería comenzar a temer por mi vida?
No es algo nuevo el saber que no soy del agrado de la gente de mi esposo, saber que me quieren ver muerta es algo que debo aceptar por mucho que me cueste.
Más que nunca, debo tener los ojos bien abiertos, no confiar en nadie, porque eso puede costarme muy caro.
Vuelvo a encerrarme en mi alcoba, el único lugar donde puedo estar segura.
A mi llegada, jamás pensé que estas cuatro paredes se convertirían en mi guarida.
Me siento en la cama, conmocionada, no tengo a nadie a quien pedir ayuda y lo peor es que la vida que llevo en mis entrañas depende completamente de mí.
No soy capaz de permanecer quieta. Quiero gritar, golpear, romper todo a mi paso.
¿Cómo puede guardar silencio ante tal pregunta?
Sé que me odia como yo a él, pero, a pesar de todo lo sucedido, no sería capaz de planear a sus espaldas nada que amenazara su vida.
Por ello, cuando la puerta se abre dando paso a Einar, actúo sin pensar.
Le lanzo lo primero que encuentro a mano, lo esquiva con evidente sorpresa; la segunda vez no tiene tanta suerte, le he lanzado un cuenco de madera que lo golpea en la frente.
Cierra los ojos como si estuviera intentando mantener la calma, por mi parte veo todo de color rojo, por lo que me abalanzo sobre él.
Podría haberme hecho daño si no fuera por él, ya que, lejos de parar mis golpes, lo único en lo que parece pensar es que no me caiga ni me golpee el vientre, aunque sea con su propio cuerpo.
—¿Qué demonios te sucede? —pregunta entre dientes—. Estate quieta, villikona.
—Maldito bastardo —siseo enfurecida—, cobarde, traidor…
Grito cuando me lanza sobre la cama. Pronto lo siento sobre mí, aunque no con todo su peso. Jadeo intentando recuperar el aliento, él me observa como si intentara buscar la respuesta que todavía no le he dado.
—Será mejor que solo hables para explicarme este absurdo comportamiento, esposa —su voz me advierte de que no va a dejarme pasar ningún insulto más—. ¡Habla! —brama, las venas de su cuello se marcan imponentes.
—Cualquier excusa es buena, ¿verdad, vikingo? —cuestiono revolviéndome, su cercanía me confunde y necesito tener la mente despejada—. Al menos, si vas a matarme, hazlo de frente.
Abre los ojos, sorprendido. Sé que acabo de revelar mis cartas antes de tiempo, sin embargo, soy incapaz de controlar mi lengua, la furia me domina.
—¿Ahora espías tras las puertas? —cuestiona—. Eso no está bien, esposa.
—Vete al infierno —escupo—. Qué bien que lo he hecho, al menos sé a qué atenerme. Si crees que te librarás de mí y te quedarás con mi hijo, estás muy equivocado. Puedes decírselo a tus perros.
—Si te hubieras quedado lo suficiente, sabrías que he dejado muy claro que si alguien puede matarte, soy yo y solamente yo —replica mirándome de una forma que enciende algo muy distinto a la furia en mi interior—. Nadie toca lo que es mío, Nessa.
—Yo no soy tuya —mascullo rabiosa—. Ni nunca lo seré…
—Nunca es demasiado tiempo, pequeña —murmura; sus ojos ahora fijos en mis labios—. Puede que me sienta tentado a demostrarte cuán equivocada estás.
—¡No te atreverás…! —exclamo, es lo último que me permite decir.
Su boca se apodera de la mía de una forma voraz.
Muerdo su labio inferior; su gemido despierta algo primitivo en mí, por lo que vuelvo una vez más a abandonarme a lo que sea que nos una.
Nos besamos lo que me parece una eternidad, solo nos detenemos para recuperar el aliento y vuelta a empezar, no sé cómo he acabado con él de espaldas y yo sobre su pecho, pero me hace sentir poderosa que, por una vez, tengo el control.
Por eso, dejo que mi osadía comience a desnudarlo; acaricio su pecho y recorro cada una de las marcas de guerra que lo adornan.
Einar se mantienen inmóvil, a pesar de que lo siento temblar bajo la yema de mis dedos.
Lo tengo a mi merced, por lo que me siento a horcajadas sobre sus poderosas caderas, dejando que su miembro erecto descanse entre mis piernas.
Ahora ya no parece tan calmado, aprieta los dientes; la frente perlada en sudor, y sus ojos grises oscurecidos como una tormenta en mar abierto.
Me balanceo, gimo y echo el cuello hacia atrás, cuando un latigazo de placer recorre mi bajo vientre.
Con cada roce, estoy más próxima a alcanzar el éxtasis, aunque sé que para el hombre que tengo debajo no es suficiente.
—Basta —masculla, deteniendo mis caderas con sus ásperas manos—. Termina con la tortura, o lo haré yo.
Sonrío. Podría vengarme, pero puede que si consigo poder a través de esto logre mantenerme con vida el tiempo necesario como para salir de aquí.
Dejo que él tome el mando. De una sola estocada, me penetra hasta el fondo. Grito y me importa poco que me escuchen. Se queda quieto, espera a que sea yo quien se mueva, y obedezco esa orden silenciosa de buen grado. Cabalgo sobre él con un abandono salvaje que muy pronto nos lleva a la locura.