Capítulo 11
Einar
Podría haberme golpeado con un mazo y no causarme tanto daño.
Soy el primero que se arrepiente de lo que hicimos porque, como supuse en su momento, ha tenido consecuencias no solo para mí, sino también para mi gente. Las personas que confiaban en mi liderazgo ahora me observan como si las hubiera traicionado. Sé que nada volverá a ser igual.
—Einar, tenemos que hablar. —Haakon parece demasiado furioso como para pensar con claridad—. ¿Desde cuándo? —cuestiona—. ¿Has preñado a una sucia escocesa?
El puñetazo que le lanzo lo tira al suelo. Escucho que Nessa jadea sorprendida y veo a muchos de los míos mirarme como si no me reconocieran. Lo hacen con decepción y, aun así, no me arrepiento.
—Te dije que cuidaras tu lengua —mascullo—. Ahora Nessa es mi esposa, respétala como tal.
—No pienso hacerlo —brama mientras se levanta—. ¿Vas a matarme? ¿A mí? —cuestiona enfurecido—. ¿A tu propia sangre?
—No esperaba esto —replico mirándolos a todos—, pero ha pasado. Nessa espera un hijo mío, uno al que no pienso dar la espalda por nadie. ¿Queda claro?
Cojo del brazo a mi esposa, una que no he elegido ni pedido, para entrar en el castillo. El ambiente está demasiado caldeado como para continuar rodeados de personas para las que ahora mismo somos enemigos, ambos, no solo ella.
—No saldrás de aquí si no es conmigo —le ordeno intentando calmarme—. No puedo garantizar tu seguridad ahí fuera.
—No es que te tengan en mucha estima tampoco —se burla—. No creas que, porque me haya visto obligada a casarme contigo, voy a obedecerte.
—¿Te parece una broma? —cuestiono con ganas de rodear su hermoso y grácil cuello con una de mis manos—. ¿Te das cuenta de lo que hemos hecho?
—Tú, no lo sé —se encoge de hombros—. Yo he salvado a los míos.
—¿Solo has aceptado por eso? —pregunto sin saber por qué demonios me molesta esa idea.
—¿Por qué otro motivo hubiera aceptado casarme con el hombre que me secuestró y que me ha tenido cautiva desde entonces? —devuelve.
—Tu desprecio hacia mí es muy voluble, escocesa —espeto—. No parecías odiarme mientras gemías entre mis brazos. —Jadea horrorizada, se abalanza sobre mí y su pequeña mano cubre mi boca, debe alzarse de puntillas para llegar y, aun así, le cuesta.
—Cállate —sisea mirando alrededor para asegurarse de que nadie me ha escuchado—. ¿Cómo puedes hablar así?
La miro. Al darse cuenta de lo que ha hecho, intenta alejarse, por supuesto, no se lo permito. Sus ojos se abren sorprendidos; lucha por desprenderse de mi agarre y no lo consigue. ¿Por qué no quiero que deje de tocarme? ¿Por qué deseo ver sus mejillas sonrojadas? Su inocencia es sorprendente.
—No he mentido —susurro, perdiéndome en su mirada azul—. Puede que nos odiemos, sin embargo, el deseo existe.
—Puedo vivir sin ello. —Permito que se aleje—. Puede que haya aceptado este matrimonio para salvar a mi familia, pero no creas que voy a volver a meterme en tu cama…
—¿Eso crees? —pregunto irónico—. ¿Acaso no sabes que los matrimonios comparten lecho? ¿Cómo crees que procreamos?
—No he dicho que no lo sepa —espeta airada—. Solo que no pienso volver a cometer el mismo error dos veces —alza el mentón—. He traicionado a mi familia una vez, no pienso hacerlo dos.
—¿Crees que eres la única que ha traicionado aquí? —inquiero molesto—. He traicionado a los míos, mis creencias, incluso a mi esposa…
—Te recuerdo que ahora tu mujer soy yo —rebate con algo parecido al ¿dolor?
—Maldita sea —siseo; aprieto los puños—. ¡No quería esto! —le grito—. No pienso vivir con un bloque de hielo a mi lado.
—Pues eso es lo que vas a tener —sonríe—. Ni tú me amas, ni yo te amo a ti, así que…
—¿Eso es lo que quieres para nuestro hijo? —decirlo en voz alta lo hace mucho más real, todavía no he tenido tiempo de acostumbrarme a la idea de que voy a ser padre y de que ese bebé no será de Aileen.
—No lo metas en esto —advierte—. Es el único inocente en todo esto.
—Basta —ordeno—. Ve a tu habitación, tengo mucho que arreglar.
—¿Sigo siendo una cautiva? —pregunta sorprendida—. ¿Te has vuelto loco?
—No me fio de ti —espeto—. Cuando me demuestres que puedo hacerlo, que me eres leal…
—Jamás —interrumpe con fervor—. Mi lealtad es para con mi familia.
—Ahora yo soy tu familia. Me debes lealtad a mí y a esta isla.
—No —niega apesadumbrada—, no lo eres, porque no te he escogido por propia voluntad, Einar. Afrontémoslo, si no me hubieras secuestrado, nunca nos hubiéramos conocido; tú y yo no nacimos para estar juntos.
¿Puedo contradecirla? No, la cruda realidad es que no. Sobre todo, porque si mi rey no hubiera cedido al suyo tierras que no le pertenecían yo no hubiera iniciado ninguna guerra. Aileen y mi hijo seguirían conmigo, por lo que Nessa MacGregor jamás hubiera puesto un pie en las Orcadas.
—Si fueras un hombre, ya estarías muerto —sentencio, volviendo a la realidad—. Y, como mi esposa, aprenderás a obedecer.
—¿O si no…? —pregunta cruzándose de brazos—. ¿Me encerrarás en las mazmorras? Eso ya lo he vivido, esposo.
—No importa las veces que lo diga —espeto malhumorado—. No di la orden. Pero puedo darla si me causas problemas. He sido demasiado indulgente contigo.
—Haz lo que creas conveniente —se encoge de hombros—. Nada cambiará lo que siento al respecto de esta unión.
—No creas que por estar embarazada… —Me interrumpen sus carcajadas; aprieto la mandíbula con rabia—. Basta —mascullo entre dientes.
No se detiene, parece haber perdido la cordura. Comienzo a preocuparme. ¿Acaso todo lo sucedido ha sido demasiado para ella? No debería importarme, maldita sea. Todavía no logro comprender por qué la muchacha me afecta tanto; desde el primer momento, supe que me causaría problemas.
Dos zancadas y la atrapo entre mis brazos, eso la hace callar de inmediato, porque lucha por soltarse. No me muevo, no digo nada, solo quiero que deje de comportarse como una lunática.
—¿Qué haces? —masculla contra mi pecho—. Suéltame —ordena—. ¿Has entendido ni una palabra de lo que te he dicho, Einar? No quiero que me toques…
—Te tocaré siempre que quiera —interrumpo, harto de sus órdenes, las cuales no tengo intención de cumplir—. Haré mucho más que eso, así que cierra la boca, Nessa.
—Ni hablar —gruñe golpeando mi pecho—. Patán miserable, tienes a Solveig para calentar tu cama, a mí no me necesitas y…
Dejo de escucharla, incluso de sentir sus golpes, porque me acabo de dar cuenta de una cosa.
«No puede ser…», pienso aterrado y enfurecido a partes iguales.
Soy yo quien se aleja de ella. Me mira furiosa, algo debe ver en mí, porque frunce el ceño. ¿En qué momento ha pasado? Me niego a flaquear, a sentir, a volver a…
Mientras la observo, tomo la decisión de alejarme, de no permitirle atravesar el escudo que me protege y que me permite seguir en pie.
Todos ven de mí lo que yo deseo mostrar, nada más.
El Einar de hoy no es el mismo de hace unos meses, pero, muy muy en el fondo, todavía queda algo contra lo que lucho intensamente.
—No quiero seguir discutiendo, esposa —digo con frialdad; la máscara, de nuevo, cubre mi rostro—. Harás lo que yo diga, solo así nos llevaremos bien y habrá paz entre nosotros.
—Entonces viviremos en guerra, esposo —alza el mentón; sigue retándome—, porque jamás claudicaré ante ti.
Podría demostrarle cuán fácil sería vencerla. Solo un par de pasos y mi boca rozaría la suya, reclamaría lo que es mío por derecho, y de nuevo el placer nublaría nuestro juicio. ¿Quién de los dos ganará?