Capítulo 10
Nessa
Siento la mirada de todos los que me rodean: mi familia, mi gente, los habitantes de esta isla… La mayoría espera que me niegue, algo que no pongo en duda.
Debería negarme, sé que, si lo hago, será un baño de sangre. Una masacre que pesará sobre mi conciencia mientras viva, y a pesar de todo lo sucedido, de cómo es Einar, no sería capaz de mirar a los ojos a mi hijo sabiendo que soy la responsable de la muerte de su padre.
—Una decisión sensata —exclama eufórico el conde de Moray, sin esperar respuesta por mi parte; dando por hecho que, por ser mujer, no tengo voz ni voto en lo que respecta a mi destino—. Una unión que satisfará a nuestro rey, sin la menor duda.
—Todavía no he aceptado. —Los murmullos a mi alrededor cesan, soy consciente de cada mirada puesta en mí. Miro al conde—. No dé por hecho que voy a decir que sí. ¿Por qué debería? —alzo el mentón; cuando Einar intenta agarrar mi brazo, me aparto—. ¿Sabe usted por qué me encuentro aquí?
—Muchacha, en momentos como este, es cuando uno debe hacer sacrificios —amonesta con voz firme—. Tu matrimonio conseguirá sellar la paz, ¿no quieres eso para tu clan? ¿Para tu patria?
—Mi hija no es moneda de cambio, Drummond —brama mi padre—. Soy yo quien debe dar su consentimiento.
—¿Vas a desafiar las ordenes de tu rey, MacGregor?
—Me doy cuenta de que ahora el peligro no son los hombres de Einar, sino el propio conde—.
Él me ha enviado para acabar con esto; tengo potestad para hacer cualquier cosa.
¿Prefieres un derramamiento de sangre? Por mí, perfecto —se encoge de hombros—. No son mis hombres los que morirán hoy.
«Maldito cobarde», pienso con rabia. Mi cuerpo tiembla. Mi amado padre se encuentra entre la espada y la pared, justo donde no quería verlo.
—Por mi hija soy capaz de todo —masculla—, incluso de desobedecer a mi rey.
—¡Padre, no! —exclamo aterrada ante la posibilidad de que pierda su cabeza por ello—. Lo haré, me casaré.
—¡No! —grita Cedric—. No voy a dejarte aquí.
—Veo el tormento en sus ojos. Me gustaría refugiarme en sus brazos, como tantas veces hice de pequeña, y dejar que él resuelva todo.
Sin embargo, ya no puedo hacerlo. Aunque lo único que deseo es salir de aquí, mi momento de locura me ha encerrado en esta maldita isla para siempre, porque no pienso abandonar a mi hijo.
—Hermano, por favor —le suplico, acercándome a él—. Vuelve a Dunmara junto a tu mujer. Tienes que ver a tu hijo nacer…
—A ti también te vi nacer, Nessa —interrumpe—. Te he visto crecer, te amo, maldita sea. ¿Y esperas que dé media vuelta y me marche dejándote en una tierra donde todos te odian, especialmente el bastardo con el que quieren casarte?
—Lo soportaré —le prometo, no sé cómo, pero lo haré—. ¿Acaso no sabes que soy fuerte? —intento bromear, cuando lo único que quiero es llorar—. Voy a ser madre… —Cierra los ojos, como si ese hecho lo estuviera matando.
—Maldita sea —sisea—. Voy a matarlo.
Me abalanzo sobre él y lo abrazo con fuerza para impedirlo. No quiero que vuelvan a herirlo; debe regresar a casa con su mujer, con su bebé, y yo debo quedarme aquí.
—Debes dejarme marchar —susurro compungida. Lo siento temblar, ¿o soy yo? —. Permite que sea yo quien acabe con toda esta muerte.
—No es tu cometido —murmura derrotado.
Me alejo despacio, acaricio su mejilla y me acerco a mi padre. Ha llegado la hora de las despedidas. Muerdo mi labio inferior para no llorar.
—Dile a madre que lo siento mucho —le pido intentando que mi voz suene firme, decidida—. Me hubiera gustado despedirme de ella…
Me abraza. El hombre más fuerte, y uno de los más temidos de las Highlands, tiembla contra mí mientras llora como un niño pequeño.
Sabe que mi decisión está tomada, que elijo sacrificarme por todos ellos, y que puede que jamás volvamos a vernos.
Me rompo en mil pedazos ante ese pensamiento; no puedo evitarlo, no puedo seguir fingiendo que esto no va a partirme el corazón.
—No tienes por qué hacerlo —susurra contra mi oído—. Lucharé, moriré si es necesario…
—No serviría de nada, salvo para acabar conmigo en el proceso, padre. —Me alejo para mirarlo a los ojos, quiero que vea mi determinación a pesar del dolor—. Si algo os sucediera, no podría soportarlo. Esto sé que sí —cojo sus grandes manos entre las mías— lo conseguiré.
—Te sacaré de aquí —murmura para que solo yo pueda escucharlo—. No importa lo que tarde, resiste, ¿me oyes?
Asiento, no quiero quitarle esa esperanza. Abrazo a Ethan, que se ha mantenido al margen. Mi tío Malcom también ha venido, imita a todos los demás.
—Connor no ha venido, tuve que golpearlo para impedirlo —confiesa—. No creas que tu primo te ha abandonado, pero sabía que su vida corría peligro en cuanto estos salvajes le vieran.
—Lo entiendo —sonrío con tristeza—. Dile a la tía Rowenna que la echaré de menos. Cuida de padre durante el viaje, por favor.
—Sé que tiene un plan —niego—. Solo resiste.
Repite lo mismo que su cuñado. Puede que nunca hayan conseguido llevarse del todo bien, sin embargo, en las malas se convierten en uno solo.
—Ahora que todo ha terminado bien, debo anunciar que no pienso marcharme hasta ver que la boda es un hecho —dice el conde—. No es que no confíe en vuestra palabra, pero no puedo dar las buenas nuevas a mi rey sin asegurarme primero de que mi orden se cumple.
Todo trascurre como en un mal sueño. Dejo que me guíen hasta Einar, es el mismo conde de Moray quien nos une en un matrimonio que no siento como real. No me siento una mujer casada, solo una prisionera en un juego de poder entre dos reinos enemigos.
Al final, me he convertido en moneda de cambio, mas no me arrepiento de ello.
—Ahora podéis marchar tranquilo, conde —dice mi ya esposo—. Espero que con esto dejen en paz la isla…
—Ahora somos uno, muchacho —aplaude complacido—. Por supuesto que el rey dejará tranquilo a sus vasallos.
Escucho maldecir al primo de Einar; es quien más furioso parece ante los nuevos acontecimientos.
Intento no mirarlo, no hacer caso a lo que sucede a mi alrededor, y lucho por permanecer firme.
Sin embargo, cuando los barcos parten y comienzan a alejarse, temo que mis piernas no sean capaces de sostenerme.
Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza una y otra vez… «Resiste, volveré a por ti. No voy a abandonarte».
—¿Has visto lo que has conseguido? —Me giro iracunda—. No tenía que…
—Fuiste tú —le grito—. No tengo la culpa de que seas un cerdo incapaz de controlarse.
—No te violé —masculla igual de enfurecido.
—No —asiento—. Ojalá lo hubieras hecho. De ese modo, no me odiaría como lo hago.