Capítulo 9
Einar
Salgo de la alcoba raudo, pero mi mente se queda entre esas cuatro paredes.
Todavía intento asimilar que la mujer a la que secuestré y arranqué de su hogar quizá porte a mi hijo en su vientre.
Me he mantenido alejado estas semanas por miedo a no ser capaz de resistir la tentación de nuevo, y ahora aquella única vez amenaza con cambiarlo todo.
Justo cuando su familia al fin llega hasta aquí, ya no puedo tomar venganza, ¿o sí? ¿Cómo voy a acabar con la vida del abuelo y de los tíos de mi bebé? Gruño, porque no me reconozco. ¿Desde cuándo me detienen los sentimentalismos?
—¿Qué demonios hacías? —cuestiona mi primo en cuanto me ve llegar—. ¿Por qué ha venido la curandera? ¿No me digas que la MacGregor vuelve a estar enferma…?
—No tenemos tiempo para eso ahora… —digo mientras veo cómo los barcos se acercan a la orilla—, concéntrate en lo importante.
—¿Qué es? —cuestiona—. Lo pregunto porque, desde su llegada, te has vuelto algo blando y estúpido.
—Si no tuviera enemigos a los que atender, te daría un par de puñetazos que te harían tragarte tus estúpidas palabras.
Se ríe mientras vemos a los MacGregor acompañados de los Sinclair llegar a la orilla y no lo hacen solos. El estandarte del rey los acompaña, así que a eso se debía la demora. Si creen que con eso van a conseguir algo, es que no me conocen.
—¿Dónde está mi hija? —es lo primero que dice Donnan MacGregor. La furia es casi palpable. A cada lado, uno de sus hijos.
—Bienvenidos a Kirkwall —me burlo. Cedric da un paso al frente, su hermano lo detiene—. Os esperábamos desde hace semanas, llegué a pensar que os importaba un comino Nessa…
—No pronuncies el nombre de mi hermana, malnacido. —Tiene agallas, sobre todo, porque estuve a punto de matarlo una vez, y las ganas no me faltan de terminar lo que empecé y mi hermana detuvo.
—No volveré a repetirlo, Thorsson —gruñe el laird—. ¿Dónde está mi hija? Si le has hecho algún daño…
—Calma, amigo mío. —Miro al hombre que trae consigo soldados con el estandarte del rey, no del mío, por supuesto—. No creo que el joven haya sido tan estúpido como para hacer daño a lady MacGregor.
Detengo a mi primo, quien ya está dispuesto a desenvainar la espada ante tal insulto. El hombre sonríe complacido, veo que no es un guerrero, por lo que será algún político de Edimburgo o Stirling, mas lo suficiente influyente como para que su rey lo haya enviado.
—Me presento —continúa diciendo—, soy lord Alasdair Drummond, conde de Moray. Vengo en nombre de nuestro rey para firmar la paz.
—No es mi rey —espeto—. No he jurado lealtad alguna ni lo haré.
Veo que no le agrada mi respuesta ni los vítores que siguen a mis palabras por parte de mis hombres.
Escucho murmullos. Antes de que me dé tiempo a girarme para averiguar qué sucede, un borrón pasa por mi lado y se lanza en brazos del MacGregor.
Gruño al darme cuenta de que, con las prisas, no la he encerrado en la alcoba que ha sido su celda desde su llegada.
—Mi querida niña —murmura su padre, abrazándola emocionado; sus hermanos esperan impacientes su turno—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algún daño?
—No, padre —niega, separándose—. Cedric, Ethan —los abraza llorando—. Os he echado tanto de menos, temía no volver a veros nunca más.
—Me congratula ver que lady Nessa está bien —dice el emisario—. Ahora deberíamos hablar del acuerdo por el que he venido hasta aquí.
—No habrá ningún acuerdo —espeta mi primo—. ¿No ha quedado claro todas las veces que vuestro rey ha enviado sus perros hasta aquí? —se burla—. Podéis preguntarle a ese —señala a Cedric.
Como era de esperar, el MacGregor aparta a Nessa y ataca a mi primo. Este repele cada golpe, pero, aun así, me doy cuenta de que la furia apenas contenida de su oponente es mucho más peligrosa que su espada.
—Basta —le pido a Haakon, como suponía, no se detiene. De hacerlo, puede costarle la vida.
—Deteneos de inmediato —ordena el conde—. No hemos venido hasta aquí para esto —amonesta furioso—. Thorsson, haz que paren o habrá un baño de sangre…
—Sé cómo parar esto. —Miro a Nessa sin estar seguro de que haya hablado. ¿Me lo he imaginado? —. ¿No me estáis escuchando? —alza la voz, furiosa—. Cedric, detente. ¡Creo que estoy embarazada!
Todo se convierte en un maldito infierno. El laird MacGregor gruñe como un animal salvaje antes de abalanzarse sobre mí. El primer puñetazo me tumba; aunque es mayor que yo, sigue teniendo una fuerza que pocos hombres poseen, incluso con menos años a sus espaldas.
—¿Te has atrevido a tocarla? —sisea mientras aprieta mi cuello. Mis manos intentan apartarlo, pero no logro comprender por qué no quiero golpearlo—. Si la has forzado…
—Padre, por favor —suplica Nessa a nuestro lado—. Nadie me ha hecho daño, tienes que creerme.
—Aléjate —grazno—. Puede golpearte.
El firme agarre de mi cuello desaparece, aprovecho para quitármelo de encima, ponerme de pie y en guardia. Donnan MacGregor me observa desde el suelo.
—Jamás le pondría una mano encima a mi hija —musita levantándose como si estuviera agotado, como si toda la rabia, que hace unos instantes lo hacía invencible, hubiera desaparecido de un plumazo—. ¿Qué has hecho, niña? —la mira derrotado—. ¿Es cierto?
—Creo que sí, padre —agacha la cabeza; imagino lo que debe estar pensando, que les ha fallado, que los ha traicionado, porque así me he sentido yo durante semanas.
—Creo que esto cambia las cosas —intercede el conde de nuevo—. Ahora más que nunca, se impone una tregua. Firmemos la paz, después de todo, ahora los MacGregor y los Thorsson serán una sola familia.
—Dime que no es verdad, Einar —implora mi primo, limpiándose la sangre de la boca—. Me dijiste que no la habías tocado —acusa. En sus ojos veo que se siente traicionado, mi gente murmulla, puedo escucharlos.
—¿Creéis que cambiará algo? —alzo la voz para que todos me escuchen, para que guarden silencio de una maldita vez—. Puede que ella porte a mi hijo en su vientre, puede que no, sin embargo, el odio entre nuestra gente no va a desaparecer por ello.
Me niego a mirarla, soy débil y lo hago; lo que encuentro me golpea más fuerte que los puños de su padre. En sus ojos, veo lo que mis palabras han conseguido hacerle sentir: rechazo no solo hacia su persona, sino hacia nuestro hijo. ¿Qué demonios he hecho?
Doy un paso hacia ella; Nessa retrocede dos. Es su hermano Ethan quien la abraza como si quisiera protegerla de mí. Drummond carraspea llamando mi atención. Parece enfadado, imagino que mis palabras no han sido las acertadas, ahora mismo, me encuentro entre la espada y la pared.
—Importa poco lo que los demás sientan, incluso lo que sintáis vosotros —dice con solemnidad—. Debes comportarte como un hombre de honor y cumplir con lo que se espera de ti. ¿Vas dar la espalda a tu hijo y a su madre?
Miro a mi alrededor; todos me observan enfurecidos por diferentes motivos: mi gente, porque los he traicionado; los escoceses, porque consideran que he tocado algo que les pertenece.
Haga lo que haga, esto no va a terminar bien.
Nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer, mucho menos un noble escocés que no sabe lo que es empuñar una espada.
—Vuestro matrimonio unirá las Highlands y las Orcadas, como ha hecho el de tu hermana con Connor Sinclair. —Aprieto los puños—. Vuestra sangre y la nuestra mezcladas de nuevo, ¿no lo veis? No tenemos por qué seguir siendo enemigos.
—No le escuches, Einar —masculla mi primo a mis espaldas—. Podemos matarlos a todos…
—Y después vendrán más —interrumpo en voz baja—. Esto nunca cesará.
—¿Vas a darte por vencido? —cuestiona alzando la voz—. ¿Por esa puta? —me giro y lo tumbo de un puñetazo.
—Cuida tus palabras —siseo—. Nos casaremos…
—¿Hija…? —Miro de reojo a Nessa, que mira a mi primo, luego a mí; todos esperamos su respuesta. Contengo el aliento.