El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Nessa

Los días pasan, pero yo sigo aquí encerrada. Mi miedo crece a medida que me doy cuenta de que mi familia no llega. Temo que les haya sucedido algo que los impida llegar hasta aquí, porque el que no les importe no es una opción, a pesar de que mi carcelero me lo ha hecho notar en ciertas ocasiones.

***

—Comienzo a plantearme si ha sido un gran error arrastrarte hasta aquí —dice al entrar, sin siquiera pedir permiso. Me encuentro, como siempre, sentada frente a la ventana; la única forma de sentir un poco de libertad de la que se me ha privado—. Tu familia no viene a por ti…

—Como les hicierais algo… —siseo enfurecida ante su comentario. Alza las manos riéndose de mí.

—Estabas con nosotros; el único que resultó herido fui yo —me recuerda—. Esa perra…

—Cuida tu lengua. —Me levanto de mi asiento como un resorte—. Gillian no es ninguna perra; que tú estés acostumbrado a rodearte de ellas, no significa que todas lo seamos.

—Siempre tan valiente —se burla, acercándose a mí—. Otra en tu lugar, después de días de encierro, habría aprendido a controlar su lengua.

—Tranquilo —sonrío—. Estar en esta alcoba es un lujo comparado con la hospitalidad que me ofreció tu ramera.

Veo como tensa su mandíbula. No hemos vuelto a hablar sobre aquel día; lo que sucedió después de que me sacara de esa celda es algo que los dos intentamos olvidar con todas nuestras fuerzas.

Lo que sí he apreciado es que ya no he vuelto a escuchar sus asquerosos gemidos a través de la pared que nos separa.

¿Dónde estará su amante? Ya que dudo que recibiera algún castigo por lo que hizo conmigo.

Casi ha salido de la alcoba, cuando mi pregunta lo detiene…

—¿Qué harás conmigo si mi familia no viene a por mí? —intento que mi voz no vacile, que no escuche el temblor, sería demostrarle que esa posibilidad me aterra sobremanera.

—No lo sé —sale; se marcha dejándome de nuevo sola.

***

Y así ha sido cada vez que le he preguntado. Muchas veces, es él quien se encarga de traerme la comida. No creo que sea por piedad, sino porque los suyos no quieren tener nada que ver conmigo.

No me importa, puedo soportar el desprecio de aquellos que no significan nada para mí.

No los conozco ni me conocen, por lo que lo que opinen sobre mí no va a empeorar más mi situación.

Una que está durando demasiado. Intento pensar en las razones por las cuales mi padre y hermanos todavía no han venido a por mí y todas ellas me asustan.

Sé que solo la muerte les impediría hacerlo.

¿Y si el barco ha naufragado? ¿O han sido atacados, y Einar me está mintiendo?

Los días continúan pasando, convirtiéndose primero en semanas y después en casi dos lunas desde aquella única vez en la que Einar y yo perdimos la razón.

Los nervios comienzan a hacer mella en mí; pierdo el poco apetito que conservaba y el estómago lo siento revuelto al amanecer, cuando el olor de la comida sube desde la cocina, o cuando alguien aviva demasiado el fuego.

Al principio lo achaco al encierro, al miedo, a la rabia que me consume.

Después, cuando cuento los días desde mi último sangrado, el temor se vuelve algo mucho más preciso.

—No puede ser… —musito, llevando una mano temblorosa a mi vientre, todavía plano—. No puede haber bastado una sola vez.

Lanzo el plato que me han traído contra la pared con fuerza; maldigo su estirpe entre dientes, no puedo creer que sea capaz de algo tan deshonroso. La puerta se abre para dar paso a mi peor enemigo y también a mi ¿asesino?

—¿Se puede saber qué demonios haces? —pregunta mirando el destrozo en el suelo—. Si la comida no es del agrado de la señorita, no es necesario que haga esto —señala el plato roto y la comida.

—¿Es así cómo vas a solucionar el problema, Einar Thorsson? —pregunto entre dientes, aunque ni siquiera sé si hablo del veneno, de la enfermedad o de esa sospecha imposible que no me atrevo a nombrar—. ¿Es la manera que has escogido para librarte de mí?

—¿Te has vuelto loca? —cuestiona—. ¿De qué hablas?

—¿Has ordenado que me envenenen? —Abre los ojos, realmente parece sorprendido.

—¿De qué estás hablando? —Se acerca a mí, me coge de los brazos y me zarandea no con mucha fuerza—. ¿Me estás acusando de algo, escocesa?

—Hace días que me encuentro mal —alzo los ojos para encontrar los suyos—. Siento el estómago revuelto y ganas de… —no termino de hablar cuando vacío lo poco que he comido a sus pies.

—¡Maldita sea! —grita alejándose, no demasiado, porque me sostiene antes de que caiga al suelo por las arcadas—. Te juro que no tengo nada que ver en esto, kona.

No soy capaz de hablar hasta que las arcadas no cesan. Me siento débil, y es él quien me lleva a la cama, me tumba con cuidado y aparta el cabello de mi rostro sudoroso.

—¿Desde cuándo pasa esto? —pregunta muy serio, incluso preocupado, diría yo.

—Desde hace varios amaneceres —musito sin voz—. Al principio, pensé que era el encierro. O el miedo. Pero cada día es peor, y llevo demasiado tiempo sin sangrar.

Ordena que traigan a la curandera. Se encuentra furioso, y no comprendo por qué. No debería importarle mi salud, a no ser que le sirva más viva que muerta. Pasea por la estancia mientras esperamos, por mi parte, intento calmarme con la esperanza de que el malestar desaparezca.

—No te estoy envenenando —lo escucho decir—. Si te quisiera muerta, lo haría de frente y por mi mano. Pero te juro por mi honor que descubriré si alguien ha sido tan estúpido como para intentarlo y lo pagará con su propia vida.

—No quiero que nadie muera por mi culpa, ni siquiera uno de los tuyos —mascullo—. No soy como vosotros.

Siento sus ojos sobre mí; no abro los míos. Los he cerrado con la esperanza de que todo deje de dar vueltas. No sé qué aspecto debo de tener, seguro que no muy sano; siento frío, pero estoy sudando.

La llegada de la curandera interrumpe nuestra conversación, lo cual agradezco.

No sé por qué, pero le creo, por lo que mi acusación sin fundamento puede traerme consecuencias para las que no estoy preparada.

Cualquier otro me hubiera golpeado o incluso matado por semejante ofensa, sin embargo, me ha sostenido mientras seguía vomitando a sus pies.

—¿Qué le sucede? —pregunta la mujer—. Veo que está pálida y que ha vomitado —continúa hablando—. ¿Algo más?

—Cree que la estamos envenenando —dice Einar; abro los ojos y le fulmino con la mirada—. ¿Algún veneno tiene este efecto?

—Dudo que sea esa la causa o ya estaría muerta. —Se acerca y comienza a observarme. Me pone nerviosa; sus ojos oscuros parecen capaces de leer el alma—. ¿Desde cuándo vomitas?

—Solo hoy —respondo, moviéndome inquieta en la cama—. Pero he sentido el estómago revuelto, poco apetito, me siento muy cansada…

—¿Cuándo has sangrado por última vez? —Me deja con la boca abierta, y miro de reojo a un Einar, que se queda inmóvil, como si la pregunta lo hubiera golpeado—. Muchacha… —insiste la curandera con seriedad.

—No lo hago desde que salí de mi hogar.

Escucho una maldición por parte de mi carcelero.

—¿Qué? —cuestiono incorporándome, aunque el mareo me obliga a tumbarme de nuevo—. No…, no puede saberse aún. Tal vez solo sea debilidad.

—¿No se habrá encamado con alguien? —No puedo evitar mirar al maldito que me puso las manos encima—. Lo suponía. A ver cómo explicas esto, muchacho. Nadie va a estar contento, mucho menos su familia.

No puedo creerlo, aunque una parte de mí ya lo temía. Intento asimilar que quizá en mi interior crece un pequeño ser inocente, ajeno a todo el odio que su padre siente por mí, por mi familia y por los escoceses. ¿Qué demonios he hecho?

—Los signos apuntan a ello —dice la mujer con cautela—. No sangráis, se os revuelve el estómago al alba, os cansáis sin razón y vuestro cuerpo lleva tiempo dando señales. No puedo jurarlo aún, pero si tuviera que apostar lo poco que tengo, diría que lleváis una criatura en el vientre.

Que no responda, que no se mueva, me duele como si hubiera clavado una daga en mi corazón. No solo me está dando la espalda a mí, sino que lo hace con nuestro hijo.

—¡Se acercan barcos! —escucho que gritan—. ¡Einar, baja ahora mismo!

Me mira para después salir corriendo; me incorporo sabiendo que se trata de mi familia. Al fin vienen a por mí, y ahora que podría ser libre al fin algo mucho más poderoso que el odio me une a Einar Thorsson.

Siento que jamás me dejará salir de aquí…