Capítulo 7
Einar
Me encierro en mi habitación. El portazo debe de escucharse en toda la fortaleza, pero me importa poco lo que piensen los demás.
No soy capaz de detener mis pasos; recorro la estancia como un animal enjaulado.
Todavía conservo su olor en mi piel y sus gemidos en mi memoria.
Soy capaz de sentirme en su interior, cómo de apretado estaba sobre ella.
La espalda me arde y no dudo que debe de haber algún que otro arañazo que deje claro lo que ha sucedido entre nosotros.
No debería haberla tocado. Pero verla tan valiente, desafiante, aunque estaba frente a mí completamente desnuda, me ha hecho perder la razón.
Su cuerpo es un templo; ha sido creada para el placer y yo me he perdido en ella y, mientras lo hacía, era incapaz de pensar en otra cosa.
Ahora la realidad se impone, lo que he hecho pesa demasiado y las posibles consecuencias pueden cambiar el curso de esta guerra para siempre.
—Maldito idiota —mi puño golpea la pared que nos separa. Me enfurezco a pesar de saber que no debería haber sucedido, muy en el fondo, no me arrepiento, pero reconocerlo en voz alta no es una opción para mí.
¿Cómo he podido poseerla, cuando horas antes estaba con Solveig? ¿En qué clase de cerdo me convierte eso? Puede que no le deba lealtad a ninguna de ellas, pero nunca he sido un hombre que se encama con varias mujeres a la vez, ni siquiera cuando era más joven, sobre todo, porque siempre fue Aileen.
Desde que era un niño, supe que ella sería mi esposa.
Ahora ya no está a mi lado, y yo me siento más perdido que nunca.
¿Cuándo demonios he dejado de pensar en ella?
No me gusta reconocerlo, pero desde que traje a Nessa, es la que ocupa mi mente para bien o para mal, no debería ser así, mas no puedo evitarlo.
Mi momento de locura puede darme muchos problemas para los que no tengo ni tiempo ni ganas.
Lo mejor será mantenerme lejos de mi prisionera hasta que su familia llegue, si hay algo que no pongo en duda es que vendrán tras ella, igual que hice yo por Freydis.
Cuando lo hagan, puede que sea la última batalla, la que ponga fin de un modo u otro a esta guerra, y no tengo ninguna intención de ser yo el perdedor.
No solo por mi honor, por mi gente, sino por la familia que me arrebataron. Aileen, mi hijo, Freydis…
Todavía puedo recordar la mirada de mi hermana implorándome para que no le hiciera daño a su esposo. ¿Cómo ha podido olvidarlo todo y casarse con un escocés? ¿Cómo ha podido darme la espalda a mí?
Demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta y en las que no me gusta pensar, porque me enfurece sobremanera. Una voz interior me recuerda lo hipócrita que estoy siendo, ya que acabo de hacer mía a una escocesa, la que debería considerar una enemiga.
Salgo de mi alcoba. Siento que voy a perder la poca cordura que todavía conservo. Desciendo las escaleras hasta la planta baja. Escucho voces; reconozco la más airada como la de Solveig. Mi primo intenta calmarla.
—¡¿Tú has visto cómo se comporta con esa perra?! —grita enfurecida—. Ahora mismo está con ella haciendo a saber qué…
—Debes calmarte —aconseja sin inmutarse—. Sabes que a Einar no le gustan las discusiones. Tienes que ser más lista, Solveig.
—No tengo por qué ser nada —espeta—. He tenido mucha paciencia, Haakon, pero estoy harta de que me trate como un trozo de carne. Solo me ve cuando quiere saciar su calentura, el resto del tiempo, parece no soportarme siquiera.
—Sabes cómo es —intenta excusarme—. Él sufre mucho por la pérdida de…
—¡Mi prima lleva meses muerta! —grita, y yo gruño—. No va a volver, y odio que siga en su mente y en su corazón.
—No vuelvas a mencionar a Aileen. —Entro, me dejo ver. Palidece; mi primo masculla una maldición—. Tú y yo —me señalo, la señalo—. No existe nada ni nunca lo hará.
—Einar —comienza a decir—, no sé lo que has escuchado, pero no quería… —Intenta tocarme, la aparto—. No hagas esto —recrimina.
—Nunca debí dejarme embaucar por ti —continuo furioso—. No te he obligado a nada, por lo que puedes dejar de parecer la damisela virgen a la que se le ha arrebatado la inocencia a base de engaños. Ambos sabemos que hace mucho que dejaste de serlo —añado con ironía.
—Einar… —intenta mediar Haakon—, cálmate.
—No me digas lo que tengo que hacer —aparto su mano de mi hombro—. Le he permitido demasiado. Ha encerrado a Nessa en las mazmorras; casi la mata.
—¿Nessa? —grita incrédula—. La llamas por su nombre —acusa señalándome con su dedo tembloroso—. Todo esto no es por Aileen, es por esa zorra.
—Basta —mi rugido bien puede haberse escuchado en toda la isla; Solveig retrocede—.
Te he dicho que no pronuncies el nombre de mi esposa y te ordeno que dejes de meterte en asuntos que no te incumben.
La escocesa es mi prisionera, y yo decido que se hace con ella.
A partir de ahora, ya no dormirás en la casa principal.
Haakon, lleva sus cosas a su antigua casa.
—Ahora que ya tienes nueva carnaza para que caliente tu cama… —sisea— ¿Crees que no sé cuándo acabas de follarte a otra? —Lágrimas fluyen de sus ojos, dudo que sean de dolor, solo es rabia al verse vencida.
—Llévatela —ordeno; mi primo, reacio, obedece. No dejo de escuchar sus gritos hasta que no la saca del castillo. Cierro los ojos mientras blasfemo, paso una mano por mi cabello e intento serenarme.
Maldigo la hora en la que me encamé con ella; sé que soy el único culpable, que no puedo echarle la culpa a nadie más.
Pero, las primeras semanas después de la muerte de Aileen, el dolor era demasiado intenso como para poder pensar.
Me emborrachaba con la esperanza de adormilar un poco esa agonía que nunca cesaba.
Y, en una de esas noches, cometí el error de dejarme llevar.
A la mañana siguiente, Solveig dormía desnuda a mi lado, y aunque yo no recordaba prácticamente nada, supe que había cometido un error.
Uno que me hizo vomitar la primera vez, llorar la segunda y dejar de sentir la tercera.
Poco a poco, mi corazón se endureció, deje de ser el Einar que todos habían conocido para convertirme en lo que soy hoy, un hombre que Aileen hubiera detestado con todo su corazón.
Ella era bondad, luz y calidez, todo lo contrario de lo que soy hoy en día.
Miro el cuadro que cuelga sobre la chimenea. Mi hermosa Aileen, sonriente y con el brillo en sus ojos que siempre le acompañaba, ese que vi apagarse poco a poco mientras se desangraba.
—No ha sido prudente declararle la guerra a una mujer despechada —suspiro; me doy media vuelta para ver que mi primo ha regresado—. Dime la verdad —exige—. ¿Tiene razón?
—¿Sobre qué? —cuestiono haciéndome el tonto, sé a la perfección qué es lo que pregunta, pero no quiero responder.
—Sobre la escocesa —espeta—. ¿Te has acostado con ella?
—No tengo que darle explicaciones ni a Solveig ni a ti —replico—. Lo que haga con mi vida, nada tiene que ver con vosotros.
—Sí lo hace —rebate—, sobre todo, si te estás encamando con el enemigo. Te recuerdo que la secuestraste por venganza, por lo que hicieron con Freydis.
—Mi hermana eligió su propio destino —mascullo—. No la metas en esto. Nessa es la hija de nuestros enemigos; no lo olvido.
—¡No! —exclama—, ella también lo es, maldita sea. Te recuerdo que estaba al lado de la zorra que te hirió.
Mis heridas molestan. En ningún momento estuve en peligro de muerte. Puedo comprender que se defendieran, incluso lo respeto, pero eso no tiene por qué saberlo Haakon, no está preparado para entender ciertas cosas.
—¿Crees que voy a olvidarme de mi venganza? —cuestiono ofendido—. ¿Que no vengaré la muerte de los míos?
—No lo sé. —Me sorprende su respuesta, ya que jamás había dudado de mí antes—. Hace días hubiera dicho que no, ahora ya no sé qué pasa por tu cabeza. Has defendido a esa perra como si te importara…
—No he hecho tal cosa —interrumpo perdiendo la paciencia—. Solo la he sacado de las mazmorras, es una mujer, no un hombre. Estaba prácticamente muerta, y te recuerdo que de ese modo no nos sirve, maldita sea.
—¿Pretendes decirme que, durante todo el tiempo que has pasado con ella, no le has tocado un solo pelo? —cuestiona ceñudo—. ¿No la has poseído?
—¿Crees que ella me hubiera dejado? —me burlo—. Nos odiamos, pero, a pesar de ello, jamás violaría a una mujer.
—Es hermosa. —Alzo una de mis cejas—. Y tiene fuego en su interior; no te culparía, pero no podría comprenderlo —niega—. No te olvides de que era yo quien intentaba consolarte mientras llorabas la muerte de Aileen y tu hijo.