El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

Nessa

Volver a la realidad en brazos de mi enemigo y sentir sus manos sobre mi cuerpo desnudo no era lo que esperaba, mucho menos sentir lo que he sentido.

Ahora lo tengo frente a mí. Sus ojos parecen suplicar un perdón que no pienso otorgarle; me importa poco si dio la orden o no.

Ha permitido que su zorra me encierre, he estado a punto de morir por su mano, me siento como una estúpida porque no puedo evitar sentir que él me ha fallado; que no me ha protegido.

Me río. Él frunce el ceño sin comprender por qué lo hago, y yo no pienso decírselo. Quiero salir de la tina, pero no mientras mi peor enemigo se encuentre frente a mí; aunque soy consciente de que el agua no es ninguna barrera, y de que ya me ha visto como mi madre me trajo al mundo.

—¿Puedes salir para que me vista? —cuestiono—. El agua se está quedando fría.

Se mueve con rapidez; me coge entre sus brazos a pesar de mis protestas, de mis insultos, incluso de algún golpe que consigo asestarle en los hombros. Me deja sobre la cama y, de inmediato, me cubro con una de las mantas, avergonzada, nadie antes me había visto desnuda, mucho menos un hombre.

—Maldito cerdo —mascullo—. ¿Es alguna de tus torturas? —pregunto, porque la mejor arma es la rabia, dejar que la furia me domine para no pensar estupideces ni hacer caso del escalofrío que me ha recorrido el cuerpo al sentirlo tan cerca.

—No —dice con la voz más ronca de lo normal—. Vístete, mujer.

—Eso es lo que intento hacer, patán insufrible —exclamo enrojeciendo—. No pienso hacerlo frente a ti. Si fueras un hombre de honor…

—Pero no lo soy —interrumpe—. Hazlo, no voy a dejarte sola hasta que esté seguro de que no vas a desmayarte o algo parecido.

—Estoy bien —alzo el mentón—. Y no tendrías que preocuparte por ello si no dejarás que esa mujer hiciera lo que le da la gana en tu ausencia.

—Te he dicho que no tuve nada que ver —alza la voz, pasa una de sus manos por su cabello, por la barba—. Por otro lado, si no la hubieras atacado…

—¿Qué? —grito enfurecida, tanto que me olvido de mi desnudez, me levanto dejando atrás la manta y me planto frente a él—. Esto —señalo mi pómulo— me lo hizo ella. No la toqué, entró aquí como la dueña y señora, insultándome.

—¿Por qué haría eso? —murmura mirándome de una forma que enciende la sangre en mis venas y no tiene nada que ver con la furia—. Maldita seas, kona —masculla con los ojos oscurecidos por un sentimiento que no logro comprender —. ¿Por qué demonios te traje conmigo…?

Abro la boca para responderle, sin embargo, sus labios atrapan los míos en un beso feroz.

No como la primera vez; no es una forma de castigo, es ansia, deseo.

Gimo por la sorpresa y por el ramalazo de placer cuando mis pezones inhiestos rozan su piel, es como si un rayo hubiera golpeado con fuerza mi cuerpo.

Sus manos están por todas partes. Primero acarician mi espalda, suben por mis costillas hasta que amasan mis pechos con fervor.

Masculla algo en su lengua que no logro comprender, mientras su boca se pierde en mi cuello, muerde, succiona, y yo pierdo la razón, porque disfruto de lo que me está haciendo.

Mi espalda toca la cama muy despacio; el peso de Einar sobre mí, lejos de aplastarme, me hace sentir poderosa sin saber por qué.

Escuchar su gemido cuando alzo las caderas en busca de las suyas, sin saber muy bien qué necesito, me complace.

Grito cuando lo siento en mi interior, jadeo su nombre al sentirme llena. Él se detiene, pero no sus manos ni sus labios, no me permite pensar con claridad; solo puedo sentir placer. Me remuevo entre sus brazos en busca de algo, necesito más, mucho más.

—No te muevas, hjarta —susurra contra mi cuello—. Deja que tu cuerpo se acostumbre al mío.

No obedezco, por supuesto. Eso desencadena que comience a moverse cada vez más rápido, más profundo.

No puedo dejar de gemir, mis uñas recorren su espalda sudorosa, mi cuello se arquea.

Cierro los ojos con fuerza, me tenso, y de mi boca sale un grito cuando el éxtasis más intenso que he sentido jamás recorre cada rincón de mi cuerpo.

Lo escucho maldecir. Se mueve sobre mí y, tras varias estocadas que solo aumentan mi placer, se vacía en mi interior.

Su cuerpo cae sobre el mío mientras intento recuperar la respiración y dejar de ver miles de luces a mi alrededor.

Tiemblo no de frío, sino de algo más primitivo.

Todavía lo siento duro y grande dentro de mí, palpitando casi con vida propia.

Einar es el primero en reaccionar. Por mi parte, no soy capaz de recordar por qué debería odiarlo. Se aparta. Siento frío en mi piel sudorosa y jadeo un poco cuando sale de mí. Miro entre mis piernas y descubro la sangre que deja más que claro que era virgen.

—Maldición —exclama. Me doy cuenta de que sigue vestido, se arregla la ropa, me mira como si fuera la culpable de todos los males que asolan la tierra—. Sabía que me traerías problemas en cuanto abriste la boca.

—Vete al infierno —escupo dolida. Hace unos instantes empujaba su cuerpo contra el mío, estaba en mi interior, éramos uno solo y ahora volvemos a ser enemigos consumados—. No te he pedido que hicieras nada…

—Pero no te has apartado —interrumpe riendo—. Has disfrutado entre mis brazos, villikona —añade complacido. Tiemblo, esta vez de rabia—. No puedes negarlo. Podemos odiarnos todo lo que nos dé la gana, pero el deseo existe entre nosotros.

—Cerdo —replico—. ¿No tienes suficiente con tu amante? —. No logro comprender por qué odio esa idea—. Maldito perro infiel…

—No tengo dueña —interrumpe de nuevo—. No vuelvas a insultarme, porque te tumbaré sobre mis rodillas y pondré rojo tu trasero.

—No me amenaces —siseo con ganas de arañar su apuesto rostro—. ¿Puedes dejarme sola de una maldita vez?

Algo cambia en su mirada. A pesar de que me he cubierto lo mejor que he podido, no me pasa desapercibido hacia dónde mira. Muerta de vergüenza, intento ocultarme, pero él me detiene, no con fuerza, sino con la misma delicadeza con la que me ha poseído hace unos minutos.

«¿Quién es este hombre?», no puedo evitar pensar mientras me pierdo en sus ojos grises, llenos de una tormenta de sentimientos encontrados.

—No debes avergonzarte —susurra mirándome a los ojos, aunque después su mirada baja hasta mis labios; lo muerdo nerviosa, su dedo me lo impide—. No hagas eso. —Casi es una súplica entre dientes—. Dios, ¿por qué tú…?

Se aleja de golpe cuando creía que iba a besarme. Parpadeo intentando volver a la realidad de nuevo, esa donde ambos debemos odiarnos. Donde él es mi carcelero y yo su prisionera, donde él odia a los míos por lo que representan, y yo a él por lo que nos ha hecho.

Se marcha casi corriendo de mi alcoba. Cierro los ojos cuando escucho cómo cierra con llave. Después de sacarme de la mazmorra, de preocuparse por hacerme reaccionar y de poseerme como si me necesitase, vuelve a encerrarme como a un perro.

Las lágrimas fluyen, no por lo que esa harpía me ha hecho, sino porque Einar es capaz de verme como su enemiga, cuando me ha arrebatado la inocencia. No soy hipócrita, no me ha violado, me he entregado por propia voluntad, aun así, duele demasiado.

—Soy una tonta —murmuro, me levanto, mis piernas tiemblan.

Aprovecho el agua de la tina para limpiarme; está fría, pero no me importa.

Necesito dejar de olerlo en mí. Quiero sentirme limpia; borrar lo que ha sucedido si pudiera hacerlo.

Sin embargo, sé que no hay vuelta atrás, no puedo deshacer lo sucedido y, lo que es peor, no sé si quiero.

Vuelvo a tumbarme haciendo caso omiso a la mancha de sangre en la cama.

Cierro los ojos, sintiéndome agotada. No he comido nada de lo que me han traído; no podría probar bocado.

Siento el estómago cerrado y el cansancio vuelve a hacer mella en mí.

Nunca he sido una muchacha enfermiza, pero, desde que me arrancaron de Dunmara, siento como si toda mi fuerza desapareciera poco a poco.

Intento que a mi mente no regresen los recuerdos.

El calor de su cuerpo, la aspereza de sus manos recorriendo mi piel, su barba arañando suave a cada paso, su forma de poseerme y enseñarme el placer que puede existir entre un hombre y una mujer.

Uno tan intenso como para hacerte olvidar el odio, el desprecio y todo lo demás, y consumirte hasta las entrañas.

—¿Qué pensará mi familia cuando sepa que…? —Ni siquiera puedo pensarlo. Se sentirán humillados, traicionados y con justa razón.

Este secreto debo llevármelo a la tumba, ya que no quiero causarles más dolor del necesario. No tienen por qué saber que soy una traidora, que mi cuerpo me ha traicionado de la peor forma posible.