Capítulo 5
Einar
Regresar a Kirkwall después de un día fuera se siente como si hubiera sido un año. Todo parece estar en orden, ningún ataque. Estoy vigilando la costa, por lo que sé de sobra que los escoceses todavía no han llegado.
—Demasiado silencio, ¿no te parece? —pregunta mi primo.
Me encojo de hombros. Todo me parece igual que cuando nos fuimos, así que no le doy mucha importancia a sus palabras. No puedo dejar de pensar en la mujer que tengo cautiva, que duerme al lado de mi alcoba y, aun así, se siente tan lejos.
—¡Einar! —Solveig sale a recibirme como siempre—. Qué rápido habéis vuelto —exclama mientras desciendo del caballo. La miro, porque parece nerviosa, pero se lanza a mis brazos. Como ya es costumbre en ella, me besa y mi cuerpo reacciona como el de un hombre que ha pasado tiempo alejado de una mujer.
—Ordenaré que te preparen el baño —dice cuando nos separamos, por la forma que tiene de mirarme, me promete placeres que nada tienen que ver con el agua.
Mi primo palmea mi espalda mientras suelta una carcajada, después cada uno de mis hombres se marcha para reunirse con su familia, con sus mujeres e hijos, pero yo ya no tengo nada de eso, ni siquiera una hermana.
Entro dispuesto a ir en busca de lo más cercano a un enemigo que tengo ahora mismo en mi hogar, pero mi amante me detiene, coge mi mano y me lleva hacia mi dormitorio, donde la tina ya está llena de agua humeante.
Pierdo cualquier pensamiento coherente cuando sus manos acarician cada palmo de piel expuesto mientras me desnuda.
La escocesa puede esperar….
Me ayuda a lavarme mientras me tortura, y cobro venganza en cuanto estoy limpio.
Me muevo con rapidez; la alzo entre mis brazos.
No soy suave ni gentil. La poseo con furia para acabar con el deseo contenido durante días, para olvidar esos pensamientos estúpidos, porque el recuerdo de una muchacha de cabello castaño y ojos azules no deja de atormentarme.
Gruño cuando, tras varias estocadas, me vacío sobre su espalda mientras ella grita su éxtasis. Cae temblorosa sobre la cama, bocabajo, su cabello cubre su rosto sonrojado.
Me visto intentando recomponer mi máscara de frialdad, ahora que he apagado un poco el fuego que corría por mis venas.
No quiero pensar ni recordar que, por un instante, al cerrar los ojos, he imaginado que era Nessa quien gritaba mi nombre.
Eso consigue enfurecerme; mi humor es más negro que cuando salí de mi hogar, hace casi dos días, para asegurarme de que toda la isla estaba fuera de peligro.
—Qué apasionado eres… —murmura mientras abro la puerta. Me parece que dice algo más, pero yo ya me encamino hacia mi destino—. ¡Espera, Einar!
Demasiado tarde, he entrado al dormitorio asignado a mi prisionera, pero no se encuentra aquí.
—¿Qué demonios…? —mascullo. Mi amante llega a mi lado con cara de circunstancias—. ¿Solveig…? —Ella entiende de inmediato que es lo que le exijo—. ¿Dónde está Nessa MacGregor?
—Querido, yo… —muerde su labio inferior.
—¡¿Dónde?! —bramo sobresaltándola, sabe que no me gustan los rodeos y que, cuando pregunto algo, espero una respuesta inmediata y, por supuesto, nada de mentiras.
—Ayer se volvió loca —exclama a la defensiva—. Daba golpes y gritaba. Entré para intentar calmarla, pero me atacó —explica con lágrimas en los ojos—. Dos de tus hombres llegaron al escucharme pedir auxilio y…
Espero impaciente a que continue, no sé si creerla, la conozco, pero, después de todo, es una de los míos. Nessa es mi enemigo…
—¿Dónde está? —repito.
—En las mazmorras —responde bajando la mirada. Lanzo una maldición y paso por su lado corriendo—. ¡¡Ella se lo buscó!! —la escucho que grita—. ¿No me estás escuchando?
Lo cierto es que no. Solo puedo pensar en que esa muchacha lleva desde ayer ahí abajo, en medio del frío y la oscuridad.
La furia me recorre el cuerpo mientras desciendo las escaleras que llevan a lo más profundo de la fortaleza.
No escucho nada, salvo el crepitar de la antorcha que he cogido al vuelo.
—Nessa —llamo mientras busco en cada celda; nadie responde—. Nessa —insisto hasta llegar a la última—. Maldita sea.
Entro con rapidez. Está en el suelo; parece muerta.
Me acerco a ella y caigo de rodillas a su lado.
Toco su rostro pálido, sus labios morados; no reacciona.
La cojo en brazos y subo corriendo a la planta alta mientras llamo a gritos a mi primo.
Aparece de inmediato y, al verme con Nessa inerte, se queda inmóvil.
—¿La has matado? —pregunta extrañado—. Primo no sé si…
—Cállate, imbécil —interrumpo—. Trae a la curandera. Estaba en las mazmorras.
—¿Por qué diste semejante orden? —cuestiona, mientras subo al piso superior.
—¡No lo hice! —exclamo—. Mueve el trasero.
La dejo sobre la cama y siento los ojos de Solveig seguir mis movimientos. De reojo, veo cómo aprieta las manos en señal de nerviosismo; con una simple mirada sabe que ha cometido un grave error que tendrá consecuencias para todos los implicados.
—No entiendo por qué te pones así —murmura mientras intento que Nessa entre en calor—. Ella no es nadie para nosotros, una esclava, una enemiga que…
—¡Silencio! —bramo perdiendo los estribos, ni eso hace reaccionar a la mujer inerte en la cama—. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? No tienes potestad para dar órdenes en mi casa, Solveig.
—¿Te estás escuchando? —exclama furiosa—. ¿Me estás reclamando por defenderme?
—No veo marca alguna en tu rostro o cuerpo —mascullo—. Sin embargo, ella tiene un golpe en la cara, ¿qué puedes decir sobre eso?
—No pienso responder —alza el mentón con el orgullo herido—. No sé qué demonios te pasa —escupe—. Tú no eres así. ¿Desde cuándo te preocupas por la escocesa?
—Fuera —ordeno, cansado de sus palabras—. No quiero verte.
Sale de la alcoba en el mismo momento en el que Haakon llega con la curandera. La mujer comienza de inmediato a revisar a Nessa; frunce el ceño, y me tenso ante lo que pueda significar.
—¿Ha sido Solveig? —pregunta mi primo suspicaz, asiento; silva—. Los celos son malos consejeros.
Le miro sin comprender. Él alza una ceja, mirándome como si fuera estúpido.
—Tu cautiva es joven, hermosa —se encoge de hombros—. Todo lo que ella ya no es. Reconozcámoslo, Einar, tu amante ha vivido mejores años —bromea—. La ve como una amenaza. Cree que puede quitarle el lugar en tu cama…
—No hay un lugar para ninguna de ellas a mi lado —interrumpo su teoría—. Solveig debería saber que solo calienta mi cama de vez en cuando, tendría que haber supuesto que crearía problemas.
—La muchacha está al borde de la muerte. —Ambos miramos a la mujer—. Necesita entrar en calor de inmediato. Que traigan la tina con agua bien caliente.
Haakon sale raudo de la estancia para dar la orden.
La curandera comienza a desnudarla. Otro hombre se daría la vuelta, yo no lo hago.
Su piel blanca sin una sola marca, salvo de las que somos culpables; unos pechos plenos y firmes, que me hacen apretar los dientes; vientre plano y caderas estrechas, piernas torneadas y…
—Maldita sea —mascullo y mi cuerpo reacciona a pesar de estar saciado.
—La muchacha necesitará comer y beber. —Parpadeo para intentar comprender lo que la curandera me dice—. Algo ligero, o su estómago dolorido lo rechazará.
En cuanto las mujeres comienzan a traer lo necesario, doy la orden de que suban comida y bebida. Nadie habla, no miran a Nessa, pero saben que algo sucede con ella.
—Date la vuelta —siseo a mi primo, que también se ha quedado observándola con la boca abierta—. Hazlo —gruño, golpeándole.
—Cuanta posesividad —se burla mientras obedece—. ¿Has visto eso…?
—Cierra la boca —escupo, tenso como la cuerda de mi arco—. No digas una sola palabra. Sal de aquí, cuando despierte, no quiero que te vea en esta alcoba.
Alza las manos en señal de rendición; se marcha con una sonrisa que no presagia nada bueno. Las mujeres salen, no quieren ayudar más de lo necesario a la forastera.
—Voy a necesitar ayuda… —Me acerco, porque sé lo que me está pidiendo. Aprieto de nuevo los dientes y la cojo en brazos para sumergirla, poco a poco, en la tina de agua humeante, tal y como me indica—. Eso es, debería responder al calor; si no lo hace…
Gruño para que se calle, no necesito escuchar más sobre muerte. Otra que pesaría sobre mi espalda, a pesar de que no di orden de que se la encerrara en las mazmorras, ¿pero eso a quién le importa? Si algo le sucede, seré yo el responsable, por supuesto, su familia pedirá mi cabeza.
Su cuerpo inerte entre mis brazos comienza a moverse, primero muy despacio.
Gime y después abre los ojos, unos azules, que se encuentran con los míos.
Tarda en reaccionar, pero cuando se da cuenta de que está desnuda, y de que soy yo quien la sostiene, empieza a revolverse como un pez fuera del agua.
—Quieta, fiera —ordeno, intentando que no se haga daño—. Detente, Nessa —alzo más la voz; eso la hace obedecer por fin, aunque me lanza una mirada de odio tan clara que no hacen falta palabras para saber qué piensa de mí.
—Si no me sueltas, pienso cortarte yo misma esas sucias manos —sisea.
Su mano se mueve con rapidez y coge mi cabello.
Escucho a la curandera jadear sorprendida; quiere intervenir, pero se lo impido—.
Hazlo ahora —insiste, con la boca muy cerca de la mía.
Debo de estar volviéndome loco, su ataque, lejos de enfurecerme, me excita.
—Si te suelto, seguramente te ahogues aquí dentro —musito manteniendo la calma—. Cuando te he encontrado estabas…
—No me importa —interrumpe ejerciendo más fuerza; gruño—. Prefiero ahogarme a que me toques.
La suelto poco a poco, no porque ella lo ordene, sino porque necesito poner un poco de distancia entre nosotros antes de hacer el ridículo como un niño.
—Déjanos solos —ordeno sin mirar a la otra mujer—. Como ves, está muy lejos de la muerte —bromeo—. Que no nos moleste nadie.
Nos quedamos solos. Nessa sigue mirándome como si fuera el mismísimo diablo, mientras yo intento controlar mis instintos más primarios. Camino hacia la ventana más cercana, con las manos a la espalda, y observo el exterior, el mar embravecido, tan indómito como la mujer que tengo en mi poder.
—¿Qué crees que estás haciendo? —escucho que pregunta—. Fuera de aquí. —Pongo los ojos en blanco; estoy cansado de escuchar lo mismo, de que crea que puede darme ordenes en mi propio hogar—. ¿Dónde está tu perra? No creo que ella haya querido que me desnudarás y…
—No he sido yo —interrumpo—. No sé dónde está Solveig —resuelvo—. Nessa… —me giro para mirarla cara a cara—. No di la orden de que te encerraran en las mazmorras.
—Entonces, tienes un problema en tu propia casa —dice irónica—. Das demasiado poder a tu amante…