Capítulo 4
Nessa MacGregor
En cuanto me encierra, poco después, comienzo a escuchar gemidos y golpes otra vez. No soy estúpida. Aunque soy virgen, sé qué está haciendo y puedo imaginar con quién.
—Maldito cerdo —mascullo furiosa.
Limpio mis labios una vez más al recordar su beso; no uno tierno, sino castigador.
Y ahora está poseyendo a su amante mientras yo debo escuchar cómo copulan cual animales en celo.
No puedo evitar sonrojarme; el calor me sube al rostro al recordar su desnudez.
Esa cosa entre sus piernas, erecta, enorme, rodeada de vello y…
—Basta, Nessa —me reprendo a mí misma—. Dios mío, ¿cómo voy a sobrevivir aquí?
Miro por la ventana; demasiado lejos del suelo como para arriesgarme a saltar. Quiero escapar, pero no soy una suicida. Ahora el perro vikingo conoce mis intenciones y no dudo de que me vigilará para impedir que huya. ¿Cómo he podido ser tan tonta y pensar que sería tan fácil salir de esta isla?
—No comprendo por qué se están matando por ella —mascullo.
A lo lejos, observo el mar, montañas y millas de tierra. Las mismas que me separan de mi hogar, Dunmara, mi propio cielo personal que no sabía que tenía hasta que no me he visto arrastrada al mismísimo infierno.
Me pregunto hasta cuándo…
No puedo evitar desear que mi padre y mis hermanos vengan en mi busca, algo egoísta por mi parte, antes preferiría morir que ponerlos en peligro. Pienso en mi madre, en Gillian, que debe de estar muy preocupada, y comienzo a llorar en silencio. Por primera vez, me permito hacerlo.
No pienso rendirme. Largo rato después, cuando esa resolución llega a mí, limpio mi llanto enfurecida. Nadie en esta maldita isla va a vencerme. No pudieron con Cedric y no podrán conmigo; soy una MacGregor, haré honor a mi apellido y a mi linaje.
Me tumbo en la cama. La siento extraña, vacía, helada.
Eso me hace ser todavía más consciente de que este no es mi hogar.
Me abrazo a mí misma y permito que la congoja vuelva a atraparme.
Echo de menos a mi familia con todo mi corazón.
Quiero verlos y, a la vez, no, supondría ponerlos ante la misma muerte.
Pienso durante horas en la forma de salir de aquí, de impedir que mi gente siga muriendo a manos de estos bastardos, pero no consigo hallar una solución.
***
El alba me sorprende sin haber dormido. Me siento agotada, famélica, sucia y destruida. Lucho por encontrar mi fuerza, mis ganas de plantar cara. ¿Cómo voy a rendirme tan pronto? Solo he intentado salir de aquí una vez; debo hacerlo todas las que sean necesarias hasta conseguir mi propósito.
La puerta se abre. Me incorporo en el lecho por puro instinto, e intento ocultar mi sorpresa, al ver que es la amante de Einar quien entra como si se tratara de una reina. Hace una mueca de asco, dejando claro lo que siente por mí, antes de hablar.
—Apestas. —Alzo una de mis cejas, me reiría en otras circunstancias—. No logro comprender por qué duermes aquí —mira a su alrededor.
—Pregúntaselo a mi carcelero —me encojo de hombros—. ¿Querías algo? —cuestiono levantándome de la cama, no puedo darle ninguna ventaja.
—No me hables así —sisea furiosa—. Tú y yo no somos iguales.
Sonrío y asiento dándole la razón. Sin embargo, algo que no logro comprender me hace abrir la boca, aun sabiendo que eso va a traerme problemas que no necesito en este momento. Ya tengo suficientes enemigos aquí como para que esta mujer me odie más.
—Cierto —replico sin perder la sonrisa—. De donde yo vengo, quien yace con un hombre que no es su esposo es una zorra, y yo no lo soy.
—¿Cómo te atreves? —brama mientras alza su mano; la bofetada la siento hasta en el alma—. Haré que te arrepientas de esto, maldita escocesa.
Estoy tentada a devolverle el golpe, pero eso sería sentenciarme a muerte.
No merece la pena perder la vida por esta mujer, que no es nada ni nadie para mí.
Sale de la alcoba tal y como ha entrado, y la puerta se cierra con un estruendo que retumba en toda la fortaleza.
Aprieto los puños, porque las ganas de pelear han vuelto a mí.
Ahora me arrepiento de no haberle enseñado un par de cosas a esa perra altiva, que se cree mejor que yo por el simple hecho de abrirse de piernas.
Intento permanecer inmóvil cuando ella regresa, esta vez, acompañada de dos hombres. Reconozco al bastardo que me golpeó en el barco, y él a mí también, por supuesto. La sonrisa que me dedica no presagia nada bueno, y me tenso cuando se acercan.
—Sacadla de aquí —ordena—. Llevémosla donde pertenece.
Lucho contra el agarre de esos dos animales.
Los insulto e intento defenderme, pero no lo consigo.
Me arrastran por las mismas escaleras por las que fui conducida ayer.
Seguimos bajando; el olor a humedad y muerte penetra por mi nariz.
La oscuridad nos envuelve, y solo las llamas de la antorcha que sostiene Solveig me permiten ver hacia dónde nos dirigimos.
—Tal vez aquí dentro recuerdes que no eres nadie —escupe mientras me lanzan dentro de una celda—. Tu hermano disfrutó mucho —se burla.
—No lo menciones —grito, aferrándome a los barrotes—. Tu sucia boca no tiene derecho a hablar de él.
Los hombres se ríen, ella pierde su sonrisa victoriosa. Se acerca todo lo que los barrotes que nos separan le permiten. Su mano se cuela, coge mi cabello y tira de él, siseo con rabia, con el deseo casi incontrolable de estrangularla.
—Conseguiré que Einar te destripe —promete entre dientes—. Disfrutaré viéndolo…
Se marchan, dejándome en la completa oscuridad.
El frío me envuelve y el hedor de la muerte amenaza con consumirme.
Intento observar a mi alrededor, pero resulta prácticamente imposible.
Imagino a mi hermano aquí encerrado, desangrándose, y las lágrimas de impotencia y pena comienzan a fluir sin que pueda detenerlas.
Parece ser que el gran Einar Thorsson no es tan valiente, ya que envía a su perra para hacer lo que él no se atreve. Mi desprecio por ese hombre crece con cada minuto que paso aquí encerrada en la más absoluta oscuridad.
Con cada temblor de mi cuerpo, con cada sonido de mi estómago hambriento, juro que no pienso perdonarle semejante humillación.
Si llega el día en que pueda convertir su vida en un infierno, lo haré.
No solo por mí, sino por Cedric, que estuvo aquí desangrándose; por la dulce Moira, cuyo único delito fue amar a su padre y salir en su busca; por todos los que han muerto bajo su espada, por cada insulto y desprecio contra mi patria.
Me abrazo intentando encontrar un calor que sé que no voy a hallar.
Mi cuerpo se sacude, mis dientes castañean; ese sonido rompe el silencio que me envuelve.
Cierro los ojos y rezo todo lo que sé por poder salir de aquí.
Soportaría cualquier cosa menos estar a merced de la oscuridad.
Desde niña me ha dado miedo, y siempre han estado mis padres y hermanos para ahuyentarlo.
—Os necesito… —musito a la nada—. No voy a poder soportarlo, no aquí dentro, no soy tan valiente como Cedric.
Me avergüenza reconocerlo en voz alta, pero, después de todo, aquí no hay nadie que pueda escucharme.
No estoy segura de si me duermo por debilidad o si pierdo la conciencia; lo único seguro es que vuelo muy lejos de aquí, y que solo la voz potente y atronadora de mi captor me trae de vuelta al infierno en el que él mismo me hace vivir desde que me secuestró.
—Nessa —alguien me llama, me zarandera, pero no quiero abrir los ojos, no quiero volver a mi realidad.